De Vietnam a Irán: cuando destruir no basta

De Vietnam a Irán: cuando destruir no basta
Análisis · Geopolítica · Estrategia

En marzo de 2026, la comparación con Vietnam comenzó a circular en medios de tres continentes. Nadie la hace cuando una guerra va bien. Que aparezca ya es el diagnóstico.

En un vistazo: la tesis
La comparación con Vietnam no es un ejercicio académico. Aparece cuando el discurso oficial y la realidad han divergido tanto que ya no pueden sostenerse juntos.
En marzo de 2026, esa comparación circula en el Global Times, el Boston Globe, el Asia Times, el Christian Science Monitor y el International Business Times. No es coincidencia intelectual. Es un diagnóstico colectivo.
El error de McNamara no fue de medios, sino de lógica: confundió la capacidad de destruir con la capacidad de controlar. Esa misma confusión reaparece hoy en Irán.
Un dron Shahed cuesta 20.000 dólares. Interceptarlo con un Patriot PAC-3, 4 millones. Ratio 1:200. En la primera semana, EE.UU. gastó 11.300 millones solo en municiones.
La Operación Epic Fury eliminó a Khamenei. No produjo colapso: activó la "Defensa en Mosaico", una estructura descentralizada diseñada para ese escenario exacto.
Trump señala la salida mientras la guerra escala. Nadie declara la salida cuando va ganando.

Introducción

En marzo de 2026, el Global Times preguntaba sin rodeos: "¿Se convertirá Irán en otro Vietnam para EE.UU.?". El International Business Times listaba diez paralelismos entre ambos conflictos y concluía que historiadores y analistas de política están cada vez más estableciendo comparaciones con uno de los capítulos más dolorosos de la historia estadounidense moderna. El Boston Globe publicaba una carta de lector que resumía el estado de ánimo con una sola frase: "Trump imagina que puede salir de este pantano en semanas. ¿Cuánto tiempo estuvimos en Vietnam, Irak y Afganistán?". El Asia Times escribía que el conflicto se ha instalado en el familiar pantano de costes crecientes, deriva estratégica y un enemigo que se niega a seguir el guión del Pentágono. Y el Christian Science Monitor recuperaba una conversación de los Acuerdos de París de 1973 en la que un coronel estadounidense le dice a su homólogo norvietnamita que EE.UU. no había perdido una sola batalla, a lo que este responde: "Puede que eso sea cierto, pero también es irrelevante."

Nadie hace esas preguntas cuando una guerra va bien.

La comparación con Vietnam no es un ejercicio académico. No aparece en los titulares cuando una potencia avanza hacia sus objetivos, cuando el discurso oficial y la realidad coinciden, cuando el adversario muestra señales de colapso. Aparece exactamente cuando ocurre lo contrario: cuando las promesas de brevedad se han incumplido, cuando las métricas sustituyen a la estrategia y cuando el enemigo sigue siendo operativo a pesar de todo.

Y la comparación ya está circulando. En medios de tres continentes. En análisis de think tanks. En editoriales de los principales periódicos del mundo. Las precondiciones estructurales para un pantano al estilo Vietnam —guerra no declarada, condiciones de victoria indefinidas, resiliencia asimétrica del adversario, erosión política interna y desbordamiento regional— están todas presentes y acelerándose.

Que esa comparación haya aparecido sobre Irán no es una coincidencia intelectual. Es un diagnóstico. Y este artículo intenta explicar por qué.

1. Por qué Vietnam es siempre un diagnóstico, no una analogía

La gente no compara guerras con Vietnam porque estudie historia militar. Lo hace cuando detecta instintivamente un patrón: promesas de brevedad incumplidas, un adversario que no colapsa, un discurso oficial que progresivamente deja de coincidir con lo que ocurre.

La comparación es un diagnóstico popular antes de ser un análisis experto.

Y ese diagnóstico tiene una firma reconocible, que Robert S. McNamara convirtió en doctrina durante la guerra de Vietnam. McNamara, secretario de Defensa entre 1961 y 1968, trató la guerra como un sistema optimizable: variables medibles, inputs y outputs, progreso cuantificable. El éxito se medía en recuento de bajas, ratio de desgaste y número de misiones aéreas. La premisa era simple: si aumentas el coste lo suficiente, el adversario cede.

El problema es que esa lógica contenía un error estructural. Lo que los economistas llaman la Ley de Goodhart: cuando una métrica se convierte en objetivo, deja de medir la realidad. En Vietnam, el recuento de bajas dejó de indicar el progreso de la guerra y pasó a distorsionarlo. Los propios documentos internos del Departamento de Estado ya lo reconocían en 1966: el bombardeo no rompía la voluntad del enemigo, las bajas no reducían su capacidad de combate, y la guerra avanzaba en los indicadores pero no en el objetivo.

Lo que hace que la comparación con Vietnam sea tan persistente no es la geografía ni el tipo de conflicto. Es que describe un tipo de error, no un tipo de guerra. Un error con firma reconocible que puede aparecer con cualquier tecnología, en cualquier escenario, contra cualquier adversario.

Ese error tiene un nombre: confundir la capacidad de destruir con la capacidad de controlar.

2. Las señales que activaron la comparación

En junio de 2025, la administración Trump lanzó la Operación Midnight Hammer en coordinación con Israel. Ataques de precisión masivos contra las instalaciones de Fordow, Natanz e Isfahan. Más de 100 sitios estratégicos destruidos. Los titulares hablaban de degradación irreversible de la infraestructura nuclear iraní.

Irán no colapsó. Reconstruyó las instalaciones a mayor profundidad subterránea.

El 28 de febrero de 2026, la Operación Epic Fury eliminó al Ayatolá Khamenei y a la cúpula militar del régimen. La lógica era la misma que McNamara aplicó décadas antes: destruir el centro neurálgico produce parálisis del sistema. Pero en lugar del colapso esperado, el vacío de poder fue ocupado de inmediato por una estructura de mando descentralizada que Irán había diseñado precisamente para ese escenario: la llamada Defensa en Mosaico, que permite a cada unidad operar de forma autónoma si se pierde la comunicación con el centro.

La eliminación de Khamenei no detuvo la guerra. Eliminó a los actores con autoridad religiosa y política para negociar una salida, dejando el control en manos de cuadros militares más radicales y menos sensibles a la presión externa.

Destruir el nodo no desarticuló el sistema. Lo radicalizó.

Mientras tanto, Irán demostraba que no necesitaba igualar a EE.UU. en términos convencionales. Le bastaba con una aritmética brutal: un dron Shahed cuesta 20.000 dólares. Interceptarlo con un misil Patriot PAC-3 cuesta 4 millones. Ratio 1:200. En la primera semana de operaciones a gran escala en 2026, EE.UU. gastó más de 11.300 millones de dólares solo en municiones y despliegue operativo. La rapidez con que se agotaron los arsenales obligó al Pentágono a retirar sistemas de defensa aérea de Corea del Sur para abastecer el Golfo.

Los misiles de precisión utilizados en los ataques cuestan más de un millón de dólares cada uno, y las líneas de producción, ya tensadas por el apoyo continuo a Ucrania e Israel, no pueden seguir el ritmo de las tácticas de saturación iraníes.

Eso no es una guerra que se está ganando. Es una guerra que se está pagando.

3. Lo que la comparación revela que el discurso oficial oculta

La comparación con Vietnam circula precisamente cuando el discurso oficial y la realidad han divergido tanto que ya no pueden sostenerse juntos.

Los datos de opinión pública lo muestran con precisión. Antes del conflicto, una encuesta de Quinnipiac de mediados de enero de 2026 mostraba que el 70% de los estadounidenses —incluyendo una mayoría de republicanos— se oponía a la intervención militar en Irán, dejando el apoyo en torno al 30%. Tras la Operación Epic Fury, el apoyo subió al 44%. En marzo, con la guerra estancada, había caído ya al 40%. No es solo cansancio. Es el momento en que los ciudadanos perciben la distancia entre lo que se les prometió y lo que ocurre.

Es el momento en que alguien dice: esto parece Vietnam.

El mecanismo es el mismo que se repitió en el sudeste asiático. Washington subestimó la dimensión política del conflicto: la voluntad de sacrificio del adversario, su capacidad de absorber costes sin colapso, el nacionalismo que se activa cuando una civilización milenaria es atacada por una potencia exterior. Las proyecciones de inteligencia hablaban de colapso del régimen en 72 horas tras la eliminación de su liderazgo. A 60 días de Epic Fury, el mando descentralizado seguía operando. Los aliados de la OTAN, que debían sumarse en coalición, optaron por el silencio o la crítica abierta. El precio del petróleo se disparó.

Ninguna de las administraciones implicadas en Vietnam o en Irán proporcionó una declaración veraz de por qué EE.UU. debía ir a la guerra, ni articuló un plan de salida comprensivo. El mismo patrón. La misma ausencia.

Y entonces llegó la señal más clara: Trump indicando una salida mientras la guerra escalaba. El mismo movimiento que Nixon llamó "vietnamización" tiene hoy otro nombre, pero la misma naturaleza: no es una estrategia de victoria. Es una estrategia de salida con otra etiqueta.

Nadie declara la salida cuando va ganando.

4. El patrón que no cambia

Irán no es Vietnam. No hay ocupación terrestre masiva, no hay centenares de miles de soldados desplegados, no hay selva.

Pero el paralelismo no está en el formato. Está en la lógica.

Vietnam no fue un error porque hubiera guerrilla o jungla. Fue un error porque se creyó que la guerra podía gestionarse como un problema técnico sin resolver su dimensión política. Esa misma ilusión se ha repetido en Irán con herramientas más sofisticadas: en lugar de los modelos estadísticos rudimentarios de McNamara, sistemas avanzados de análisis de datos y munición de precisión milimétrica. La capacidad de procesar información mejoró. La comprensión del objetivo político no.

El resultado es estructuralmente idéntico: la guerra progresa en los indicadores y retrocede en el objetivo.

Los adversarios, especialmente los menos poderosos, se han acostumbrado a librar campañas asimétricas que pueden conducir a la victoria. Ocurrió en Vietnam y también en Afganistán, donde EE.UU., que dominaba los cielos y tenía una tecnología muy superior, fue derrotado por tácticas de guerrilla. Irán no necesita ganar en términos convencionales. Le basta con resistir, adaptarse y alargar el conflicto. Porque el tiempo no juega a favor de quien promete brevedad.

Cierre

Vietnam no enseñó que EE.UU. no pueda ganar guerras.

Enseñó algo más incómodo: que puede seguir destruyendo sin saber para qué.

Que esa lección haya vuelto a los titulares, que la comparación con Vietnam esté circulando en medios de tres continentes mientras Washington busca una salida que no parezca una derrota, no es un ejercicio de memoria histórica. El poder militar no siempre se traduce en éxito político. Eso lo sabían los analistas en 1968. Lo saben también en 2026. La diferencia es que entonces tardaron años en decirlo en voz alta. Esta vez, la comparación apareció a las pocas semanas.

Eso no es casualidad. Es la velocidad a la que el fracaso se vuelve visible en la era de la información.


La comparación con Vietnam no describe un tipo de guerra. Describe un tipo de error.
Ese error tiene firma reconocible: destrucción sin control, métricas sin estrategia, salida sin victoria.
Nadie compara una guerra con Vietnam cuando va ganando.

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