Cómo el comportamiento errático de Trump produce ganancias corruptas a corto plazo y destruye el sistema económico a medio plazo — y por qué eso no es una anomalía, sino la culminación lógica de cuarenta años de capitalismo cortoplacista.
En La lógica del fixer: cómo leer la política exterior de Trump analizamos el código operativo que opera bajo la aparente improvisación de la política exterior de Trump: atacar siempre, no admitir nada, declarar victoria. Lo que sigue es la pregunta económica que aquel análisis dejaba abierta.
¿Qué le ocurre a una economía global cuando la potencia que la ordenaba aplica ese código a la gestión del sistema?
La respuesta corta es incómoda: pasa exactamente lo que está pasando. Una minoría aprende a ganar dinero con la inestabilidad que el propio gobierno produce, mientras la base productiva del sistema —la inversión a largo plazo, las cadenas de suministro eficientes, la productividad industrial, la confianza en el dólar como activo refugio— se erosiona silenciosamente.
La respuesta larga es más interesante. Porque el fixer en la Casa Blanca no es una anomalía importada desde fuera del capitalismo contemporáneo. Es su consumación política natural.
I. El mecanismo de extracción
El patrón shock-rebote como ciclo de mercado controlable
El 2 de abril de 2025, autoproclamado Liberation Day, la administración anunció una batería masiva de aranceles que provocó una caída inmediata de los mercados de valores y, lo más significativo, una subida brusca de los tipos de interés de largo plazo. Días después, una señal de alivio y la introducción de exenciones puntuales generaron un rebote igualmente intenso.
Este patrón —shock, caída, rectificación, rebote— se ha repetido a lo largo de 2025 y la primera mitad de 2026 con una frecuencia tal que ha dejado de ser excepción para convertirse en estructura del mercado.
En entornos de reglas estables, este tipo de oscilaciones serían anómalas. En el entorno actual son la norma. Y aquí aparece el primer rasgo que distingue al sistema actual de cualquier ciclo económico convencional:
La volatilidad ya no es un riesgo a gestionar, sino un activo del que se puede extraer valor.
Los informes de J.P. Morgan han señalado que esta dinámica ha consolidado un mercado donde el trading táctico, algorítmico y especulativo gana terreno frente a la inversión pasiva de largo plazo. Lo que en términos técnicos parece un cambio de estilo de inversión es, en realidad, un cambio en la naturaleza misma de para qué sirve el mercado.
La ventaja informativa como activo político
En un sistema institucional clásico —reglas estables, decisiones colegiadas, procedimientos predecibles— la información política tiene un valor de mercado limitado. Las reglas no cambian de un día para otro. Las decisiones se filtran lentamente. Anticipar el siguiente movimiento del Estado no genera ventajas extraordinarias porque no hay movimientos extraordinarios que anticipar.
En un sistema transaccional, la situación se invierte. Cuando las reglas se renegocian semanalmente, cuando los aranceles se imponen y se retiran en cuestión de días, cuando una decisión presidencial puede mover el precio del cobre, del petróleo o del bono americano en cuestión de horas, la información sobre el próximo giro se convierte en el activo más rentable que existe.
Esto reconfigura el incentivo del poder. El Estado deja de ser un regulador externo del mercado y pasa a ser un participante con capacidad de influir directamente —y de manera predecible solo para algunos— sobre los ciclos de valor a corto plazo. La frontera entre la decisión política y la operación financiera se vuelve porosa.
No hace falta probar ninguna conspiración para entender el problema. Basta con observar el incentivo estructural:
Quien tiene la capacidad de generar incertidumbre tiene también la capacidad de beneficiarse de ella.
Y cuando ese incentivo existe en el centro del sistema decisor, las consecuencias son inevitables, materialicen quien las materialice. El sistema, simplemente, ha cambiado de naturaleza.
Una forma sutil de corrupción sistémica
Lo que estamos describiendo no es la corrupción tradicional —el soborno, la captura regulatoria, la asignación clientelar de contratos— aunque también ocurra. Es algo más difuso y, por eso mismo, más difícil de combatir.
Es una corrupción que opera dentro de la propia volatilidad que las decisiones políticas producen. No requiere transferencias directas de fondos. No requiere instrucciones explícitas. Solo requiere asimetría informativa: que un círculo reducido pueda anticipar lo que el resto del mercado tendrá que reaccionar.
El resultado es un sistema que ya no premia la inversión productiva ni la innovación eficiente. Premia la agilidad táctica de quien puede operar dentro del caos. La riqueza se genera mediante la anticipación de giros políticos en lugar de la creación de valor real.
II. El fixer no inventa el cortoplacismo, lo culmina
Aquí está el punto que cambia toda la lectura del fenómeno. Si todo lo anterior pareciera el efecto exclusivo de un presidente atípico, la conclusión obvia sería esperar a su salida para que el sistema vuelva a la normalidad. Pero esa normalidad no existe — o más exactamente, hace décadas que dejó de existir.
El cortoplacismo del fixer no es un cuerpo extraño en el capitalismo financiero contemporáneo. Es su consecuencia política natural.
Una genealogía de cuarenta años
La deriva hacia el corto plazo no comenzó en 2025. Tiene una historia documentada y rastreable.
En 1970, Milton Friedman publica su famoso artículo en The New York Times Magazine estableciendo que la única responsabilidad social de la empresa es maximizar el valor para el accionista. Lo que parece una formulación técnica es revolucionario: subordina todo lo demás —trabajadores, comunidad, planificación industrial, futuro de la propia empresa— al precio de la acción hoy. Es la primera piedra doctrinal del giro cortoplacista.
A lo largo de los años ochenta y noventa, esa doctrina se traduce en prácticas concretas. Las recompras de acciones —prohibidas en Estados Unidos hasta 1982— se generalizan. Los hedge funds activistas presionan a las empresas para extraer valor en lugar de reinvertirlo. La financiarización avanza: las empresas no financieras empiezan a obtener una parte creciente de sus beneficios de operaciones financieras y no de su actividad productiva.
En los años dos mil, la dinámica se intensifica. Los CEOs pasan a gestionar para el siguiente earnings report trimestral. La I+D se sacrifica en favor de la recompra de acciones. El horizonte medio de tenencia de una acción, que en los años sesenta era de unos ocho años, cae por debajo del año.
En la década de 2010, la algoritmización completa el ciclo. El trading de alta frecuencia reduce los horizontes de operación a milisegundos. La volatilidad deja de ser un riesgo a evitar y se convierte en un input productivo del que se extrae valor. Los mercados ya no descuentan futuros: descuentan microsegundos.
El salto cualitativo: del mercado al poder político
Hasta aquí, lo descrito podría parecer la prolongación de una deriva conocida. Pero hay un salto que cambia la naturaleza del fenómeno y que conviene formular sin ambigüedad:
Por primera vez, el fixer no opera desde una sala de trading ni desde un consejo de administración. Opera desde el Despacho Oval. Es el presidente de Estados Unidos.
Esto importa porque cambia radicalmente la magnitud del fenómeno. Cuando un hedge fund activista presiona a una empresa para extraer valor a corto plazo, el daño se circunscribe a esa empresa, sus trabajadores y sus accionistas. Cuando un trader algorítmico explota la volatilidad de los mercados, el daño se reparte entre quienes operan en ellos. Son comportamientos cortoplacistas, sí, pero contenidos dentro del propio sistema económico, donde otros actores —reguladores, bancos centrales, instituciones públicas— pueden actuar como contrapeso.
Cuando quien aplica esa lógica es el presidente de Estados Unidos, los contrapesos desaparecen. No hay un regulador externo al que apelar, porque el regulador es él. No hay una institución que pueda imponer un horizonte largo, porque la institución que tradicionalmente lo hacía —el propio Estado federal— es ahora la que opera con horizonte corto. Y no hay un actor externo que pueda absorber la volatilidad, porque la fuente de la volatilidad es la mayor potencia económica del mundo.
Esto produce tres consecuencias concretas que ningún fixer privado podría provocar:
Trump gobierna como cotizan las empresas: trimestralmente, reactivamente, extrayendo valor de la volatilidad que él mismo genera. El Liberation Day no es una rareza diplomática: es un earnings call aplicado a la geopolítica. La amenaza máxima seguida de la oferta de diálogo no es contradicción: es la misma técnica con la que un fondo activista presiona a un consejo de administración para arrancar concesiones. Solo que ahora esa técnica no se aplica a una empresa cotizada, sino al comercio mundial, al sistema monetario internacional y a las relaciones de seguridad entre potencias.
Y aquí está el dato revelador: el sistema económico, lejos de rechazarlo como anómalo, lo ha reconocido como propio.
Wall Street no se ha opuesto. Se ha acomodado. Los grandes fondos han aprendido a tradear los anuncios. Las grandes tecnológicas negocian exenciones bilaterales en lugar de defender un marco común. Los CEOs hacen peregrinaciones a Mar-a-Lago. Los grandes hyperscalers —Amazon, Microsoft, Meta, Alphabet— continúan inyectando cientos de miles de millones en una carrera tecnológica que descuenta el largo plazo a su mínima expresión.
¿Por qué tan poca resistencia? Porque el sistema ya operaba con esa lógica. El fixer no es un disruptor llegado desde fuera; es alguien que habla el idioma nativo del capital financiero contemporáneo. La diferencia decisiva es que ahora ese idioma se habla también desde el poder político —y desde el más alto cargo político del planeta—, lo que multiplica exponencialmente la capacidad de extracción para quien tiene acceso al círculo decisor.
El fixer en la Casa Blanca es el CEO trimestral aplicado al Estado-nación. Y esa correspondencia no es coincidencia: es consecuencia.
III. Por qué esto destruye la economía a medio plazo
La rentabilidad cortoplacista del modelo es real. Las cifras agregadas pueden incluso seguir mostrando crecimiento durante un tiempo. Pero la base estructural del sistema se erosiona de forma silenciosa, acumulativa e inevitable. Veamos cómo.
La huida del capital productivo
Las empresas no dejan de invertir de golpe. Simplemente dejan de hacerlo a largo plazo. Y aquí los datos son demoledores.
Según el análisis del Stanford Institute for Economic Policy Research (SIEPR), aproximadamente tres cuartas partes del crecimiento de la inversión empresarial en 2025 se concentraron en tecnologías relacionadas con la inteligencia artificial — un sector que representa apenas el 8% del gasto total de capital.
El capital no desaparece. Se concentra donde puede operar con horizontes de retorno acelerados y donde la volatilidad es activo, no pasivo. La economía no se detiene: cambia de naturaleza. Pasa de invertir a reaccionar. Pasa de construir a apostar.
La inflación estructural del just-in-case
Durante décadas, las cadenas de suministro globales se optimizaron bajo la lógica del just-in-time: producción ajustada al tiempo, inventarios mínimos, costes reducidos. Bajo la lógica transaccional actual, esa arquitectura se ha quebrado.
Las empresas han pasado al just-in-case: producción preventiva, acumulación de inventarios, duplicación de proveedores. Es racional para la empresa individual —protegerse ante la imprevisibilidad arancelaria— pero genera una ineficiencia masiva a nivel sistémico. Costes de producción más altos. Inflación estructural más persistente. Menos margen real.
Los datos del Fondo Monetario Internacional confirman que el choque arancelario de 2025 redujo el crecimiento global en un 0,5% inicial, con efectos acumulativos que podrían lastrar la producción mundial durante años. La fragmentación de las cadenas de valor —el llamado near-shoring o friend-shoring— no ha sido una mejora de la resiliencia, sino una huida defensiva ante la arbitrariedad de las reglas impuestas desde Washington.
La erosión silenciosa de la productividad
Mientras la productividad agregada se sostiene gracias al impulso de la IA en los servicios, la productividad manufacturera estadounidense cayó un 2,5% en el último trimestre de 2025, con costes laborales unitarios subiendo un 9,1%.
Este dato es particularmente revelador. Significa que la reindustrialización forzada mediante aranceles no está produciendo ganancias de eficiencia, sino exactamente lo contrario: encarecimiento de la producción sin mejora de la base productiva. La política industrial del fixer no construye industria; produce la apariencia política de hacerlo mientras erosiona su base real.
Y a esto se suma algo que rara vez aparece en los indicadores: la pérdida de capacidad estatal. La purga de la administración civil, el debilitamiento de las agencias reguladoras y la sustitución de criterios técnicos por lealtades personales han mermado la capacidad del Estado para gestionar bienes públicos esenciales —desde la calidad del aire hasta la estabilidad financiera— cuyos efectos no se reflejan en el PIB inmediato pero son devastadores a medio plazo.
Mar-a-Lago, o el momento en que la lógica del fixer toca el activo refugio
El pilar más vulnerable del sistema económico estadounidense es también el menos comprendido por la administración actual: el estatus del dólar como activo refugio global.
El llamado Acuerdo de Mar-a-Lago —el plan informal para utilizar la presión arancelaria como palanca para forzar a otros países a devaluar el dólar y a alargar la duración de sus tenencias de deuda americana— representa el momento en que la lógica del fixer se aplica al núcleo monetario del sistema. Y es aquí donde el riesgo se vuelve sistémico.
Como han advertido analistas de instituciones como el Council on Foreign Relations, ING o ABN AMRO, cualquier movimiento percibido por los inversores internacionales como una manipulación forzada de los términos de los bonos del Tesoro podría desencadenar una salida masiva de capitales. La volatilidad observada durante el episodio del Liberation Day —cuando el anuncio de aranceles masivos provocó una subida repentina de los tipos de interés de largo plazo— ilustra la fragilidad de esta estrategia.
El fixer puede ganar negociaciones puntuales sobre aranceles. Lo que no puede ganar es una negociación sobre la confianza. La confianza no se negocia: se acumula durante décadas y se pierde en semanas.
Si los mercados internacionales empiezan a percibir que el dólar ya no es un activo neutral sino un instrumento sometido a presión política coyuntural, la huida hacia activos alternativos —oro, divisas refugio, deuda de otras jurisdicciones— se acelerará. Y entonces los costes de endeudamiento del propio gobierno estadounidense se dispararán, en el peor momento posible.
La paradoja autodestructiva
Aquí es donde el círculo se cierra de manera devastadora.
El cortoplacismo capitalista llevaba cuarenta años erosionando lentamente las bases productivas del sistema. Menos I+D, menos formación, menos infraestructura, menos planificación industrial. Pero lo hacía despacio, dentro de un marco institucional que todavía proporcionaba un mínimo de estabilidad de fondo. Era una termita lenta.
Lo que el fixer en el poder hace es eliminar también ese marco institucional de fondo. Aplica la lógica cortoplacista no solo a las empresas, sino al propio Estado que sostenía las reglas. La termita se acelera exponencialmente.
El resultado es una economía que ha perdido a la vez tres pilares fundamentales:
El cortoplacismo, llevado a su forma pura, destruye las propias condiciones de las que se alimentaba. El fixer no puede extraer valor de un sistema productivo que ha colapsado. El trader algorítmico no puede operar en un mercado sin liquidez. La presión sobre el dólar no funciona si nadie confía ya en él como activo refugio.
El capitalismo cortoplacista llevado a su consumación política es el capitalismo que se devora a sí mismo.
Y aquí está la conclusión más incómoda. Lo que estamos viviendo no es un episodio. No es una administración particularmente errática a la que sucederá otra más estable. Es la culminación lógica de una deriva estructural que el propio sistema económico llevaba décadas incubando. Por eso el sistema no resiste: porque reconoce al fixer como suyo.
La pregunta entonces no es cuándo termina esto, porque no termina por sí solo. La pregunta es si el sistema será capaz de revertir cuarenta años de descuento sistemático del futuro antes de que ese descuento se cobre el principal.
Porque el principal, en este caso, no es solo la inversión productiva, ni la coordinación internacional, ni siquiera el dólar como activo refugio. Es la idea misma de que la economía es un mecanismo orientado a producir valor a largo plazo.
Si esa idea se pierde, lo que queda no es una economía en crisis. Es otra cosa.






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