Manhattan 1973, Washington 2026: cómo leer la política exterior estadounidense del segundo mandato Trump a través de la figura del fixer.
En marzo de 2026, desde la Casa Blanca, Donald Trump amenazó con destruir "la civilización iraní" y bombardear sus plantas desalinizadoras de agua. Semanas antes había ordenado el asesinato del ayatolá Khamenei en plena negociación sobre el programa nuclear. Ha llegado a plantear la cesión de Groenlandia como condición para que Estados Unidos permanezca en la OTAN. Y ha pasado, en cuestión de horas, de amenazar con la aniquilación total de un adversario a ofrecerle diálogo.
Ante un comportamiento así, la reacción cómoda es concluir que el presidente está sencillamente desquiciado. Este artículo parte de una premisa distinta: que lo que parece caos responde a un código aprendido.
La pregunta que importa no es si Trump es racional. Es qué lógica opera debajo de lo que parece no tenerla. Y en ese terreno, la biografía ofrece una pista muy precisa: el Manhattan de los años setenta, los tribunales civiles de Nueva York, y la figura del abogado Roy Cohn, que fue mentor de Trump durante más de una década.
Cohn no era, estrictamente, un abogado. Era lo que el argot neoyorquino llama un fixer: un operador que opera en la intersección entre legalidad, ilegalidad y zona gris, y cuya función no es ganar casos sino reconfigurar el terreno donde esos casos se deciden. Lo que Trump aprendió de él no fue derecho: fue un código operativo. Y ese código, escalado a la arena internacional, permite leer con coherencia lo que desde fuera parece pura improvisación.
Qué es un fixer
El término fixer no tiene traducción limpia al español. No es un lobbyista, porque no opera en la luz de los despachos oficiales. No es un consigliere mafioso, porque no pertenece a una organización criminal. No es un abogado agresivo, porque su campo de acción excede con mucho el tribunal. Un fixer es una figura específica del ecosistema neoyorquino de mediados del siglo XX que opera en la intersección entre legalidad, ilegalidad y zona gris, y cuya función no es ganar casos ni cerrar acuerdos: es reconfigurar el terreno donde esos casos y acuerdos se deciden.
Donde un abogado discute la aplicación de una norma, un fixer discute qué norma se aplica. Donde un negociador busca el punto medio, un fixer desplaza el punto medio hacia donde le conviene antes de sentarse a negociar. Su herramienta no es el argumento sino la presión: mediática, judicial, económica, personal. Su objetivo no es el acuerdo justo sino el acuerdo favorable, idealmente arrancado a un adversario que ha perdido la capacidad de planificar su propia posición.
Roy Cohn fue el arquetipo puro de esa figura. Había sido asesor del senador Joseph McCarthy durante las audiencias anticomunistas de los años cincuenta y, tras el ocaso del macartismo, se reinventó como operador central del ecosistema de poder neoyorquino. Trump no solo lo contrató como abogado entre 1973 y mediados de los ochenta: lo adoptó como modelo de comportamiento.
Cuando Trump, ya en la Casa Blanca, preguntó en voz alta "¿dónde está mi Roy Cohn?" tras la recusación del fiscal general Jeff Sessions, no estaba pidiendo un abogado. Estaba pidiendo un fixer. La frase es la prueba biográfica directa de que el presidente piensa explícitamente en esos términos.
La herencia: tres principios operativos
El código de Cohn puede sintetizarse en tres principios, ampliamente documentados por biógrafos como Wayne Barrett y James Zirin, y recogidos también en el análisis político de James Zogby: atacar siempre, no admitir nada y declarar victoria en cualquier escenario.
La anécdota fundacional es de 1973. El Departamento de Justicia demandó a la Trump Organization por discriminación racial en el alquiler de viviendas en Nueva York. Un abogado convencional habría negociado un acuerdo discreto. Cohn respondió con una contrademanda de cien millones de dólares contra el propio gobierno federal. El caso acabó con un acuerdo en el que los Trump aceptaron modificar sus prácticas sin admitir culpa, y Trump salió a declarar que había ganado.
Aplicado al presente, ese código permite leer de otra manera la aparente incoherencia del comportamiento presidencial: amenazas máximas seguidas de ofertas de negociación, escaladas retóricas combinadas con aperturas tácticas. No es contradicción. Es secuencia. La lógica es directa: elevar el coste del no-acuerdo hasta que el acuerdo parezca la única salida racional. Cuando los marcos tradicionales —como los de la ONU o la OTAN— no favorecen esa lógica, dejan de ser referencia y pasan a ser obstáculo.
El ecosistema: poder, recursos y relaciones de fuerza
El Nueva York en el que Trump se forma no es un mercado abstracto, sino un sistema atravesado por relaciones de poder muy concretas. Como documentó Wayne Barrett en Trump: The Deals and the Downfall, el desarrollo inmobiliario dependía de redes complejas donde convergían constructores, sindicatos y estructuras de influencia que controlaban el acceso a recursos clave como el hormigón y la mano de obra.
La construcción de la Trump Tower en los primeros ochenta ofrece un microcosmos útil. Para demoler el edificio preexistente, Trump contrató a un equipo de unos doscientos obreros polacos indocumentados, sin cascos, sin equipamiento de seguridad y con salarios muy por debajo del mínimo sindical. Cuando el caso llegó a los tribunales, Cohn llevó la defensa durante años. La Trump Organization terminó pagando una suma significativa, pero tras un proceso tan prolongado y enredado que la historia quedó enterrada. El patrón es reconocible: transgresión inicial, negociación bajo presión, narrativa final de éxito.
En ese entorno, la legalidad no desaparece, pero deja de ser el eje central. Se convierte en una variable más dentro de un sistema donde lo decisivo es la capacidad de presión. De ahí se deriva una forma específica de entender el poder: el acceso a recursos no es neutral, las reglas son negociables, el conflicto no se evita, se gestiona.
Trasladado a la política internacional, este aprendizaje se traduce en una visión donde la geopolítica no es un sistema de normas compartidas, sino un espacio de gestión de flujos estratégicos bajo presión.
El método: desorientar para negociar
Una de las claves del estilo de Cohn era impedir que el adversario fijara el marco del conflicto. Ese principio se traduce hoy en un patrón reconocible: declaraciones extremas, cambios bruscos de posición, multiplicación de mensajes contradictorios. Lejos de ser ruido, este comportamiento puede interpretarse como una forma de desorientación estratégica.
Cuando el adversario no puede anticipar, pierde capacidad de planificación. Cuando pierde capacidad de planificación, reacciona. Cuando reacciona, cede la iniciativa.
El caso iraní de los últimos trece meses ilustra la secuencia con nitidez inhabitual:
La justificación pública del ataque osciló, en cuestión de días, entre detener una amenaza nuclear inminente, proteger rutas comerciales y abrir la puerta a un cambio de régimen. Esa cacofonía no es confusión: impide que aliados y organismos internacionales fijen un marco coherente de respuesta.
No se trata de coherencia discursiva, sino de control del ritmo. El adversario que no puede fijar un marco no puede responder; solo reaccionar.
De aliados a partes presionables
La lógica del fixer no distingue entre aliados y adversarios. Distingue entre posiciones de fuerza y posiciones de debilidad. Esto introduce una transformación relevante en la política exterior: los aliados dejan de ser socios estables y pasan a ser actores susceptibles de presión.
La crisis de Groenlandia, desplegada a lo largo de 2025 y 2026, es el caso más explícito. La administración vinculó la permanencia estadounidense en la OTAN con la cesión del territorio danés, y combinó esa presión política con la amenaza de aranceles del 25% a las importaciones europeas. Un compromiso de seguridad de siete décadas quedó formulado, por primera vez de forma abierta, como una transacción inmobiliaria geopolítica.
La respuesta europea —la aceleración del debate sobre autonomía estratégica, el endurecimiento de los instrumentos comerciales frente a grandes tecnológicas estadounidenses— señala una fractura que, aun si no es irreversible, marca un punto de no retorno psicológico.
La lección de Cohn, que si el terreno no te favorece se cambia el terreno, ha llevado a Europa a plantearse seriamente la autonomía estratégica no por convicción, sino por necesidad de supervivencia frente a un aliado que ha hecho de la imprevisibilidad un método.
Los límites de la negociación coercitiva
Este modelo, sin embargo, no es omnipotente. La lógica de presión encuentra límites cuando se enfrenta a lo que cabría llamar realidades persistentes: estructuras políticas, sociales o económicas que no colapsan bajo presión.
El propio caso iraní ofrece la ilustración más clara. La decapitación del liderazgo, que en la doctrina del fixer debería haber producido un colapso sistémico rápido, no lo produjo. Mojtaba Khamenei fue designado sucesor a los ocho días del asesinato de su padre. La Guardia Revolucionaria cerró filas. El programa nuclear quedó retrasado, pero el régimen no se desplomó y el Estrecho de Ormuz sigue siendo, en abril de 2026, un punto de bloqueo intermitente con efectos sistémicos sobre los precios de la energía.
Como ha señalado Ali Vaez, del International Crisis Group, el asesinato eliminó al decisor más pragmático del sistema y empoderó a las corrientes más duras. La coerción extrema no produjo capitulación: produjo cohesión defensiva.
Algo análogo ocurrió con Groenlandia. La resistencia institucional danesa, sumada al respaldo del resto de la Unión Europea, obligó a la administración a retirar la amenaza militar. Aparece aquí una tensión clave del método:
Riesgos sistémicos
El desplazamiento desde una diplomacia basada en normas hacia una lógica de negociación bajo presión introduce un elemento de inestabilidad estructural en el sistema internacional. Cuando los marcos previsibles se debilitan, aumentan la volatilidad y la incertidumbre. Esto afecta no solo a los equilibrios políticos, sino también a variables económicas críticas como el precio de la energía o la seguridad de las rutas comerciales.
El resultado no es necesariamente un colapso inmediato del sistema, pero sí una transformación silenciosa de sus reglas de funcionamiento. Los actores racionales empiezan a descontar la posibilidad de que cualquier compromiso pueda ser revisado unilateralmente.
Esa prima de incertidumbre, invisible pero persistente, encarece toda cooperación futura. Y lo hace precisamente en el momento en que los desafíos globales —climáticos, tecnológicos, sanitarios— más necesitan coordinación.
Una clave de lectura
Roy Cohn murió inhabilitado y solo en 1986, pero su manera de entender el poder no desapareció con él. Lo que se observa en la política internacional actual no es la ausencia de lógica, sino la presencia de una lógica distinta: una en la que el conflicto no se gestiona para evitarse, sino para explotarse.
Interpretar el comportamiento de Trump como puro caos impide entenderlo. Interpretarlo como la aplicación sistemática de una forma de negociación coercitiva, aprendida en un ecosistema concreto de poder y escalada a la arena internacional, permite al menos dotarlo de sentido.



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