Crecimiento del 2,8%, paro al 10,83% y un detalle que cambia la lectura: el 70% del aumento del desempleo se concentra en un solo sector. Lo que la EPA confirma no es una crisis, sino la grieta que ya se intuía en la Navidad de 2025.
En La economía española "va bien", pero… ¿para quién? analizábamos cómo la Navidad de 2025 había mostrado la distancia entre la macro defendible y la micro doméstica tensada: ahorro hundido al 4,6%, préstamos a hogares disparados al 2,1% del PIB, crédito al consumo creciendo al 12,56%. Los hogares celebraban igual, pero con más cálculo y más deuda.
La tesis era que esa tensión doméstica acabaría aflorando en algún sitio. La última EPA no la inventa: la hace visible.
Durante meses se ha repetido la misma idea: la economía española funciona. Crece, crea empleo, resiste mejor que otros países europeos. Y, en términos agregados, es cierto.
Pero esa afirmación siempre ha tenido un problema: no describe cómo se vive esa economía desde dentro.
La última EPA —Encuesta de Población Activa— no cambia ese diagnóstico. Lo hace visible.
I. El dato no es que suba el paro. Es dónde y cómo
El primer trimestre de 2026 deja cifras claras. Según el Instituto Nacional de Estadística, el paro alcanza los 2.708.600 desempleados, tras aumentar en 231.500 personas en un solo trimestre. La ocupación cae en 170.300 personas y la tasa de paro sube hasta el 10,83%.
Se trata, además, del mayor incremento del paro en un primer trimestre desde 2013, excluyendo 2020 por la pandemia. Y la pérdida de ocupación casi duplica la del mismo trimestre de 2025, cuando se destruyeron 92.500 empleos.
El primer trimestre suele ser negativo: terminan las campañas de Navidad, se ajustan plantillas. Pero esto no es ruido estacional. Es ruido estacional amplificado por algo más.
Lo relevante no es que el paro suba. Es que el ajuste no es general: está concentrado.
Un solo sector explica casi todo
El dato clave de la EPA es este: el sector servicios concentra alrededor del 70% del incremento del desempleo, según los datos del Instituto Nacional de Estadística.
El resto queda muy lejos. La industria mantiene un saldo positivo, la agricultura aporta una variación marginal y la construcción ajusta de forma moderada. Esto no describe una economía que se rompe. Describe una economía que empieza a tensarse por donde es más débil — y por donde, además, ya venía mostrando síntomas en otros indicadores.
Pero esa concentración no es solo sectorial. También es estructural.
Esa fecha no es casual. La última vez que el ajuste golpeó así a los autónomos, el sistema estaba entrando en la crisis financiera. Hoy, evidentemente, no estamos ahí. Pero el indicador que se rompe primero es el mismo.
II. Donde vive la microeconomía
El sector servicios no es solo una categoría estadística. Es donde se concentra:
Es, en términos reales, la microeconomía: pequeños negocios, empleo precario, trabajo autónomo. Cuando todo va bien, este sector absorbe empleo rápidamente. Cuando algo se tensa, es el primero en caer. Por eso es ahí donde aparecen antes los problemas que la macro todavía no refleja.
Y por eso es lógico que el ajuste haya golpeado de forma desproporcionada a las mujeres —el paro femenino aumentó en 137.000 personas, hasta una tasa del 12,35% frente al 9,47% masculino—: el empleo femenino se concentra precisamente en las ramas de servicios más volátiles y peor pagadas.
La cadena causal que conecta los dos artículos
Esto es lo que enlaza directamente con el diagnóstico de febrero. Si los hogares cerraron 2025 con la tasa de ahorro hundida y financiando el consumo navideño con deuda, era cuestión de tiempo que el consumo perdiera fuelle. Y cuando el consumo pierde fuelle, lo primero que cae es el sector servicios.
La cadena no tiene misterio:
Este comportamiento coincide con el deterioro del clima económico percibido por los hogares. El Índice de Confianza del Consumidor elaborado por el Centro de Investigaciones Sociológicas registró en marzo de 2026 una caída de 17 puntos, hasta situarse en 66,9. Las expectativas sobre el mercado de trabajo se desplomaron 20,1 puntos en un solo mes.
Los hogares están viendo lo que la EPA confirma con varias semanas de retraso.
III. El andamiaje que no se ve
Hay un dato que no aparece en los titulares pero explica por qué la situación no es peor: el Real Decreto-ley 7/2026 prorroga la moratoria sobre pérdidas, de modo que durante 2026 no se computan las pérdidas de 2020 y 2021 a efectos de determinar la causa legal de disolución de sociedades.
Traducido: miles de empresas que técnicamente deberían disolverse por la situación de su patrimonio neto siguen operativas porque la ley, temporalmente, no las obliga a hacerlo.
Aun así, las disoluciones de sociedades han crecido un 10% en el primer trimestre, y las microempresas concentran el 68% de los concursos de acreedores.
No es lo mismo aguantar porque hay solidez que aguantar porque se ha pospuesto el ajuste.
IV. La grieta en el relato
La macroeconomía permite seguir diciendo que España crece por encima de la media europea —con un Producto Interior Bruto del 2,8% en 2025, según el Instituto Nacional de Estadística— y que las previsiones para 2026 siguen siendo positivas, como apuntan organismos como el Banco de España o BBVA Research.
Pero hay un matiz técnico que conviene no olvidar: en 2025, mientras los puestos equivalentes a tiempo completo crecían un 3,3%, las horas efectivamente trabajadas lo hacían solo un 2,5%. Es decir, se reparte más empleo, pero no se trabaja proporcionalmente más. El crecimiento es extensivo —se basa en sumar mano de obra— y no intensivo —no se basa en producir más por hora.
Cuando ese modelo se enfría, lo primero que se ajusta no es la cifra agregada de empleo. Son las horas. Y, después, los empleos más débiles.
Para quién se gobierna la economía
Aquí conviene formular algo que rara vez se dice de forma explícita pero que estructura buena parte del debate económico contemporáneo: la macroeconomía es la economía de los mercados. Es la que mira la prima de riesgo, la que cotiza la deuda soberana, la que evalúan las agencias de calificación, la que sirve para presentar credenciales en Bruselas y en Davos.
La microeconomía —los autónomos que cierran, los servicios que ajustan plantilla, los hogares que se endeudan para sostener el consumo— no cotiza en ningún sitio. No tiene prima de riesgo. No mueve mercados.
Y aquí aparece el problema político que la EPA hace difícil seguir ignorando: los gobiernos se evalúan, se financian y se legitiman en el primer plano —el del PIB, el del empleo agregado, el del diferencial con el bund alemán—, no en el segundo. El incentivo estructural de cualquier gobierno es defender los indicadores macro, porque son los que el sistema premia y castiga.
La macroeconomía se gobierna para los mercados. La microeconomía, en el mejor de los casos, se atiende. En el peor, se aplaza.
El RDL 7/2026 es un ejemplo casi literal de esto. Se aplaza la causa de disolución porque el coste político y financiero de que decenas de miles de microempresas pasaran simultáneamente al concurso sería inasumible. Pero la decisión no resuelve nada: solo evita que la microeconomía contamine la fotografía macro. Es una intervención diseñada para preservar el indicador, no para reparar el tejido que el indicador refleja.
La presión acumulada en la microeconomía empieza a trasladarse al empleo. No como colapso. Sino como ajuste selectivo.
Eso es lo que rompe el equilibrio del relato:
No es una crisis. Es una señal
Conviene ser preciso. Esto no es 2008. No hay un hundimiento del sistema. Pero tampoco es continuidad tranquila. Es otra cosa: un mercado laboral que sigue funcionando, pero con menos margen, más sensible, más expuesto, sostenido en parte por moratorias y por la inercia macro.
Un sistema que no cae… pero que empieza a mostrar por dónde puede hacerlo.
La pregunta que vuelve
En febrero la pregunta era retórica: ¿para quién va bien la economía? Hoy ya no lo es del todo.
Empieza a haber datos que permiten sostener que la economía puede ir bien en conjunto mientras se deteriora en su base. La inflación alimentaria acumulada del 54% frente a una subida salarial del 31% en el mismo periodo no es una percepción: es aritmética. Y es lo que explica que un país que crece al 2,8% tenga simultáneamente una caída de 17 puntos en la confianza del consumidor.
Son dos países estadísticos. Uno funciona. El otro empieza a aparecer en la EPA.
La EPA del primer trimestre de 2026 no invalida los buenos datos macroeconómicos. Pero introduce algo más importante: evidencia de que la microeconomía —la parte más frágil del sistema— ha empezado a irrumpir en los datos agregados.
Y lo hace de forma muy concreta: concentrando cerca del 70% del aumento del paro en el sector servicios, trasladando el ajuste de forma desproporcionada a los trabajadores autónomos y a las mujeres, y haciéndolo a pesar de que el sistema se sostiene gracias a moratorias legales que aplazan miles de disoluciones empresariales.
Lo que la EPA pone sobre la mesa, en última instancia, es una pregunta sobre el horizonte de lo que la política económica considera relevante. Si la macro se gobierna para los mercados, y la micro solo entra en la agenda cuando amenaza con contaminar la macro, lo que estamos viendo no es un problema técnico de coyuntura. Es una elección sobre qué economía importa y qué economía se gestiona como ruido a contener.



Comentarios
Publicar un comentario