La amenaza de salir de la OTAN se presenta como una decisión estratégica audaz. No lo es. Es no entender qué es lo que se tiene, y qué pasaría si se destruyera.
Una imagen para empezar
Imagina que construyes una casa. Pones los cimientos, levantas las paredes, instalas la electricidad, el agua, la calefacción. Todo el sistema funciona porque tú estás en el centro. Un día, enfadado con los vecinos que comparten el edificio, anuncias que te vas a ir.
La pregunta es obvia: ¿adónde?
No puedes irte de tu propia casa. Puedes amenazar con hacerlo. Puedes gritar que lo harás. Pero el edificio está construido sobre ti. Si te vas, no se queda en pie sin ti. Se derrumba.
Eso es la OTAN para Estados Unidos.
No es una organización a la que Washington se unió en 1949 como quien se apunta a un club. Es una estructura que Estados Unidos diseñó, construyó y habita desde el primer día. Amenazar con abandonarla no es una decisión estratégica audaz. Es no entender qué es lo que se está amenazando con abandonar.
El jefe siempre ha sido americano
Para entender por qué esto es así, hay un dato que lo resume todo.
Desde 1950, el cargo militar más importante de la OTAN —el Comandante Supremo Aliado en Europa, conocido por sus siglas en inglés como SACEUR— ha sido ocupado siempre por un general o almirante estadounidense. Siempre. Sin excepción. El primero fue el propio Dwight D. Eisenhower, el héroe de la Segunda Guerra Mundial que luego sería presidente de Estados Unidos.
Esto no es una cortesía ni un gesto de prestigio hacia Washington. Es una necesidad operativa. Ese mismo general manda simultáneamente las fuerzas de la OTAN y el Mando Europeo de Estados Unidos. Son el mismo puesto. La misma persona. El mismo despacho.
Lo que esto significa es que la planificación militar de la Alianza y la planificación militar de Estados Unidos en Europa son, en la práctica, la misma cosa. No hay dos sistemas coordinados. Hay un solo sistema con una sola cabeza, y esa cabeza es siempre americana.
El único momento en que se usó el Artículo 5 fue para defender a Estados Unidos
El Artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte es la cláusula de defensa mutua. El famoso "un ataque contra uno es un ataque contra todos". Durante décadas se ha presentado como el paraguas que protege a Europa bajo el poder de Washington.
Hay un dato que destruye ese relato de forma fulminante.
El Artículo 5 solo se ha invocado una vez en toda la historia de la Alianza. Una sola vez. Y no fue para defender a ningún país europeo. Fue el 12 de septiembre de 2001, el día después de los atentados de las Torres Gemelas, para defender a Estados Unidos.
Cuando llegó el momento de la verdad, fueron los aliados europeos los que acudieron en defensa de Washington. En la guerra de Afganistán que siguió, los países no americanos llegaron a aportar hasta el 66% de las tropas de la coalición y sufrieron más de 1.100 bajas. Más de mil soldados europeos murieron en una guerra que empezó porque alguien atacó a Estados Unidos.
Sin Estados Unidos, la OTAN se vuelve ciega
Pero hay algo más concreto que los argumentos históricos. Algo técnico que explica por qué la Alianza no puede funcionar sin Washington aunque quisiera.
La guerra moderna no se gana solo con soldados. Se gana con información. Con la capacidad de saber dónde está el enemigo, de comunicarse en tiempo real entre unidades de distintos países, de mover tropas y equipos al otro lado del continente en horas, de repostar aviones en el aire para que puedan volar más lejos.
Todo eso —absolutamente todo— depende de infraestructuras que controla Estados Unidos. El sistema GPS que guía los misiles y orienta a las tropas es americano. Los satélites de vigilancia que detectan movimientos de tropas enemigas son americanos. La flota de aviones cisterna que permite repostar en vuelo es americana. Los sistemas de transporte estratégico para mover divisiones enteras de un punto a otro del globo son americanos.
Europa tiene ejércitos. Lo que no tiene —al menos no en escala suficiente— es el sistema nervioso que los conecta y los hace funcionar como una fuerza integrada. El Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS) ha calculado que reemplazar solo los activos convencionales que Estados Unidos aporta a Europa costaría aproximadamente un billón de dólares en 25 años. Y eso sin contar el personal ni la formación de los 300.000 soldados adicionales que harían falta.
El negocio que Trump dice que es malo en realidad es extraordinario
La narrativa de Trump presenta la OTAN como una carga financiera injusta. Estados Unidos pagando la seguridad de Europa mientras los europeos se aprovechan. Es un argumento que suena intuitivo pero que no aguanta el análisis.
Primero, los números concretos. Desde 2022, los aliados europeos han firmado contratos con empresas de defensa estadounidenses por valor de más de 140.000 millones de dólares. Cada vez que un país europeo compra un F-35, no solo está comprando un avión. Está entrando en un ecosistema de repuestos, software, mantenimiento y actualizaciones que lo vincula a la industria americana durante décadas. La OTAN no es una carga para la economía de defensa de Estados Unidos. Es su mayor mercado cautivo.
Segundo, la alternativa. Sin la red de bases europeas que la OTAN garantiza, Washington tendría que negociar acuerdos individuales con cada país, sujetos a la política local de cada gobierno. Los analistas del Congressional Research Service estiman que mantener la presencia global de Estados Unidos sin ese paraguas costaría entre 100.000 y 200.000 millones de dólares adicionales cada año.
El absurdo jurídico: notificarse a uno mismo
Y llegamos al punto que convierte todo esto en algo casi cómico.
El Tratado del Atlántico Norte establece en su Artículo 13 que cualquier país que quiera abandonar la alianza debe notificar su decisión al gobierno de los Estados Unidos de América, que es el depositario oficial del tratado.
Esto significa que si Estados Unidos decide salirse, tiene que notificárselo formalmente a sí mismo. Literalmente. El mismo Estado que quiere marcharse es el que custodia el documento y el que debe recibir el aviso de salida.
Pero hay más. En 2023, el Congreso de Estados Unidos aprobó una ley que prohíbe al presidente abandonar la OTAN sin la aprobación de dos tercios del Senado o una ley del propio Congreso. Y además prohíbe usar fondos federales para financiar cualquier paso hacia esa salida sin ese visto bueno previo. La ley fue impulsada, entre otros, por Marco Rubio, el mismo que hoy es Secretario de Estado del gobierno Trump.
El delirio más peligroso no es la salida, es la ambigüedad
Hay un último punto que el debate público suele ignorar.
Trump probablemente no va a sacar a Estados Unidos de la OTAN formalmente. Lo que está haciendo es algo más sutil y potencialmente más dañino: convertir una alianza basada en valores compartidos en un contrato de protección transaccional. "Paga o no te defiendo."
El problema es que la disuasión —la razón por la que ningún adversario ataca a un miembro de la OTAN— no funciona con contratos. Funciona con certezas. Si Rusia cree que Estados Unidos dudará antes de defender a Estonia o Polonia, el Artículo 5 pierde su efecto disuasorio aunque el texto siga siendo el mismo.
Si los miembros de la OTAN no pueden confiar en que Estados Unidos honrará el Artículo 5, la alianza ya está rota en lo que más importa. — Ian Bremmer, analista de riesgo geopolítico
Conclusión: lo que realmente se está perdiendo
No existe la OTAN sin Estados Unidos. No porque Europa sea débil o dependiente por naturaleza, sino porque la Alianza fue diseñada desde el principio como una extensión del poder americano. Su mando, su infraestructura, su disuasión nuclear y su arquitectura legal están construidos alrededor de Washington.
Amenazar con abandonarla no es una postura de negociación dura. No propone una estrategia distinta. Propone desmontar la que ya existe sin tener otra preparada.
No es una retirada. Es el intento de desconectarse de uno mismo.





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