Cuando las direcciones devuelven las llaves: la huelga valenciana se convierte en crisis de legitimidad

Cuando las direcciones devuelven las llaves: la huelga valenciana se convierte en crisis de legitimidad
Opinión · Educación · Comunitat Valenciana

Una huelga docente puede desgastarse, encerrarse en la lógica salarial, presentarse como demanda parcial de un colectivo. Pero cuando empiezan a dimitir los equipos directivos —el punto exacto donde la administración descarga cada día sus contradicciones—, el marco cambia. Ya no estamos ante quienes piden mejoras: estamos ante quienes sostienen el engranaje diciendo que el engranaje cruje.

Hace unos días escribí Cuando las aulas dicen basta: manifiesto. No era una metáfora. Era la constatación de que la huelga indefinida de la educación pública valenciana no podía reducirse a una bronca salarial ni a una negociación más entre sindicatos y administración.

Ahora ya no basta con decir eso. El conflicto ha cambiado de fase.

Más de un centenar de equipos directivos de centros educativos de la Comunitat Valenciana se han concentrado para anunciar su dimisión, sumando más de 400 cargos directivos implicados, según El Periódico de Aquí. LaSexta lo ha formulado de manera más directa: directores de cien centros escolares valencianos han anunciado más de doscientas dimisiones en apoyo a la huelga indefinida docente.

Y esto ya no es solo una huelga. Es el momento en que quienes sostienen la maquinaria cotidiana de los centros empiezan a devolver simbólicamente las llaves.

En un vistazo: la tesis
Dimite el centro del sistema, no los márgenes. Una dirección escolar no es una pancarta: es el punto donde la administración descarga sus contradicciones —faltas de profesorado, ratios imposibles, burocracia, inclusión sin recursos—. Cuando ese eslabón dice basta, el problema deja de ser el ruido de la protesta y pasa a ser la estructura.
Doce minutos para años de desgaste. El 78% del profesorado rechazó la última oferta de la Conselleria. La reunión con la consellera Carmen Ortí duró apenas doce minutos. Una administración que quería gestionar una huelga se ha encontrado con una crisis de legitimidad.
Externalizar el fracaso hacia abajo. Se exige inclusión sin recursos, calidad con infraestructuras deficientes, atención personalizada con ratios excesivas. Eso no es política educativa: es trasladar el cumplimiento real de los derechos a una tarea heroica de los centros.
De las aulas a las llaves. Primero dijeron basta las aulas. Ahora lo dicen quienes abren, organizan y sostienen los centros. La autoridad formal se conserva; la autoridad real se pierde cuando quienes están dentro del sistema dejan de creer que obedecer sea compatible con sostener dignamente el servicio público.

I. No dimiten los márgenes: dimite el centro del sistema

Conviene entender bien la gravedad política del gesto.

Una dirección escolar no es una pancarta. No es una consigna lanzada desde fuera. No es el ala más combativa de una asamblea. Una dirección escolar es, normalmente, el punto exacto donde la administración descarga sus contradicciones.

Cuando faltan docentes, la dirección gestiona el agujero.
Cuando no llegan sustituciones, la dirección improvisa.
Cuando las ratios son imposibles, la dirección aguanta la presión.
Cuando las familias exigen respuestas, la dirección pone la cara.
Cuando la burocracia se multiplica, la dirección firma, tramita, justifica y obedece.
Cuando la inclusión se proclama sin recursos suficientes, la dirección intenta convertir el discurso institucional en una práctica mínimamente soportable.

Por eso estas dimisiones son tan importantes. No vienen de quienes están fuera del engranaje. Vienen de quienes hacen que el engranaje siga girando.

Cuando el engranaje dice que no puede más, el problema ya no es el ruido de la protesta. El problema es la estructura que cruje.

II. Doce minutos para años de desgaste

La administración valenciana puede intentar presentar el conflicto como una negociación bloqueada. Puede hablar de ofertas, de mesas, de calendarios, de voluntad de diálogo. Puede insistir en que ha puesto sobre la mesa una mejora económica ambiciosa.

Hay dos datos que desmontan el relato.

El rechazo masivo a la oferta

El profesorado rechazó masivamente la última oferta. Según LaSexta, un 78% votó en contra de la propuesta de la Conselleria, que contemplaba una subida progresiva de hasta 200 euros brutos mensuales hasta 2028, además de medidas sobre ratios, plantillas, burocracia e infraestructuras que los sindicatos consideraron insuficientes, poco concretas o demasiado diferidas.

Doce minutos de reunión

La reunión con la consellera Carmen Ortí duró apenas doce minutos. Doce minutos para un conflicto que lleva años acumulándose. Doce minutos para responder a una escuela pública que lleva demasiado tiempo funcionando a base de sobreesfuerzo, paciencia y agotamiento.

La administración quería gestionar una huelga. Se ha encontrado con una crisis de legitimidad.

Una huelga puede resistirse políticamente. Puede desgastarse. Puede intentarse encerrar en la lógica salarial. Puede presentarse ante la opinión pública como una demanda parcial de un colectivo concreto. Pero cuando empiezan a dimitir equipos directivos, el marco cambia. Ya no estamos solo ante docentes que piden mejoras: estamos ante centros que advierten de que la normalidad administrativa se ha convertido en una ficción.

III. Externalizar el fracaso hacia abajo

Hay una forma muy concreta de deteriorar lo público: no destruirlo de golpe, sino cargarlo de misiones imposibles mientras se le niegan los medios necesarios para cumplirlas.

Se exige inclusión, pero sin recursos suficientes.
Se exige atención personalizada, pero con ratios excesivas.
Se exige innovación, pero con burocracia creciente.
Se exige convivencia, pero sin plantillas reforzadas.
Se exige calidad, pero con infraestructuras deficientes.
Se exige compromiso, pero se castiga el agotamiento.

Eso no es política educativa. Es externalizar el fracaso hacia abajo. Una administración promete derechos educativos mientras convierte su cumplimiento real en una tarea heroica de los centros.

Las dimisiones se presentan «por dignidad, por coherencia y con la cabeza bien alta». No se trata de abandonar el barco, sino de decir basta a las promesas incumplidas.

Jaume Olmos, director del CRA Benavites-Quart de les Valls · El Periódico de Aquí

Ahí está el núcleo político del asunto. No dimiten porque quieran abandonar la escuela pública. Dimitir, en este caso, es negarse a seguir fingiendo que todo puede continuar igual.

Primero fueron las aulas. Ahora son las llaves

El conflicto educativo valenciano ha cruzado una frontera. Primero dijeron basta las aulas. Ahora empiezan a decir basta quienes abren, organizan y sostienen los centros. Las renuncias podrían alcanzar los 300 equipos directivos si el conflicto no se desbloquea, según El Periódico de Aquí.

Cuando eso ocurre, el problema ya no puede reducirse a una huelga docente. El problema es una administración que ha conseguido que incluso sus propios gestores educativos de base dejen de querer seguir actuando como pantalla de contención.

La autoridad formal se conserva: se puede nombrar, cesar, ordenar, publicar instrucciones, abrir expedientes, emitir notas de prensa. La autoridad real es otra cosa. Se pierde cuando quienes están dentro del sistema dejan de creer que obedecer sea compatible con sostener dignamente el servicio público.

Cuando las aulas dicen basta, todavía puede haber quien finja no escuchar. Pero cuando las direcciones devuelven las llaves, ya no estamos ante ruido sindical. Estamos ante el sonido de una estructura que empieza a agrietarse.
Fuentes principales: El Periódico de Aquí (dimisiones masivas de equipos directivos en la Comunitat Valenciana); LaSexta (resultados de la consulta sindical y duración de la reunión con la consellera Carmen Ortí); declaraciones de Jaume Olmos, director del CRA Benavites-Quart de les Valls. Texto previo del autor: Cuando las aulas dicen basta: manifiesto (asperomundo.blogspot.com, mayo 2026).

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