Lo normal en la vida —y en el fútbol— es perder. Solo desde una soberbia muy peculiar se puede vivir la derrota como afrenta metafísica, y por eso la liturgia del Real Madrid en sus malos momentos resulta tan ridícula. Pero el cholismo ha caído en una trampa simétrica: en lugar de procesar la derrota como información, la procesa como amenaza al relato. El problema no es perder. El problema es haber construido un entorno donde cada derrota sirve menos para revisar el proyecto que para justificar por qué revisarlo sería una traición.
En un artículo anterior —"El cholismo o el aplazamiento perpetuo"— analizaba cómo una parte del cholismo parece haber convertido la excepcionalidad en horizonte permanente. El Atlético crece económica e institucionalmente, pero la exigencia siempre se aplaza hacia delante.
Quizá el problema ya no sea solo ese. Quizá el problema más profundo sea otro: la manera en que muchas derrotas importantes dejan de analizarse críticamente para convertirse, casi inmediatamente, en mecanismos de protección del relato.
I. La derrota como información, la derrota como coartada
Todos los proyectos deportivos pierden. El problema no es perder. El problema aparece cuando las derrotas dejan de utilizarse para detectar límites, corregir errores o replantear dinámicas, y pasan a gestionarse emocionalmente para blindar el modelo existente. Y eso es precisamente lo que parece haber ocurrido alrededor del cholismo.
Durante años, el Atlético ha repetido en momentos decisivos patrones muy concretos: bloqueos ofensivos, renuncia al control del partido, miedo competitivo, planteamientos excesivamente conservadores, incapacidad para sostener la iniciativa, dependencia emocional del sufrimiento, jugadores ofensivos que empeoran dentro de determinados contextos colectivos. Lo importante no es que esos problemas existan —todos los equipos tienen límites estructurales—, sino que cada vez que reaparecen, una parte del cholismo reacciona no intentando entender por qué persisten, sino construyendo de inmediato mecanismos argumentales destinados a proteger al entrenador de cualquier cuestionamiento profundo.
Ahí ocurre algo decisivo: la derrota deja de funcionar como información. Se convierte en material defensivo del relato.
Ese cambio altera por completo la relación entre crítica y aprendizaje. En cualquier proyecto competitivo sano, las derrotas importantes obligan a revisar planteamientos, automatismos, gestión emocional, dinámicas tácticas, capacidad de adaptación. La derrota cumple una función correctiva. Pero en buena parte del discurso cholista sucede algo muy distinto: las derrotas no corrigen el modelo, lo refuerzan.
Cada resultado adverso no abre una discusión estructural: la cierra.
II. El ejemplo concreto: Arsenal, mayo de 2026
El caso más reciente sirve de manual. Tras la eliminación en la semifinal de Champions ante el Arsenal, una parte importante del cholismo construyó en cuestión de horas una narrativa de robo arbitral. Y conviene ser justo: el árbitro se equivocó en algunas decisiones, como se equivocan todos los árbitros en todos los partidos. Esa parte es real y se puede discutir.
El problema no es ese. El problema es que, esa misma noche, también se habían equivocado otros. Se había equivocado quien planteó el partido. Se había equivocado quien volvió a proponer, una vez más, una manera de jugar que en quince años no ha funcionado en ninguna eliminatoria europea decisiva contra un rival de su categoría. Se había equivocado quien decidió que un equipo con esos jugadores podía permitirse rematar dos veces a puerta en una semifinal de Champions y aspirar a pasar.
De todos esos errores, solo uno entró en el debate público mayoritario del cholismo. El del árbitro.
Ahí está la operación entera, en miniatura. La derrota produjo una conversación intensísima sobre lo único que el proyecto no controla —el criterio de un colegiado— y casi ninguna conversación sobre lo único que el proyecto sí controla: cómo decide jugar sus partidos más importantes.
El árbitro funciona como pararrayos perfecto porque cumple dos requisitos a la vez: es un agente externo, así que culparlo no obliga a revisar nada propio; y es un error puntual, así que culparlo no obliga a explicar por qué los mismos bloqueos ofensivos llevan repitiéndose una década en eliminatorias decisivas. Hablar del árbitro permite no hablar del modelo. Hablar del minuto 56 permite no hablar de los quince años. Esa es exactamente la función defensiva que este artículo intenta describir: la derrota deja de ser información sobre el proyecto y pasa a ser munición contra agentes externos al proyecto.
La pregunta que verdaderamente afectaba al modelo —por qué un equipo que lleva más de una década con el mismo entrenador remata dos veces a puerta en una semifinal de Champions— quedó, una vez más, fuera del marco. No porque no existiera, sino porque hacerla públicamente activaba inmediatamente el mecanismo defensivo.
III. El mecanismo tribal
Aquí conviene detenerse, porque ese mecanismo no es casual ni meramente futbolístico. Tiene una dimensión tribal muy reconocible, y la antropología lleva décadas describiéndola.
Mary Douglas, en Pureza y peligro, mostró cómo las comunidades organizan su identidad mediante fronteras simbólicas: hay un "dentro" puro que debe protegerse y un "fuera" contaminante del que hay que defenderse. Cualquier crítica que provenga del exterior —o que suene a exterior— se interpreta no como información, sino como amenaza a la integridad del grupo. Algo similar describió Benedict Anderson al hablar de las "comunidades imaginadas": colectividades que sostienen su cohesión menos por hechos objetivos que por relatos compartidos cuya defensa se vuelve cuestión moral.
Esa lógica explica buena parte del cholismo contemporáneo. Cuando alguien señala patrones repetidos, no se le responde discutiendo los patrones: se le acusa de estar fuera. "Madridista", "anticholista", "no entiendes al club". La acusación no busca refutar el argumento, sino expulsarlo del perímetro. Y una vez expulsado el emisor, el contenido del argumento queda automáticamente neutralizado, porque ya no procede de un miembro legítimo de la tribu.
Es un mecanismo extraordinariamente eficaz para sostener cohesión emocional, pero devastador para cualquier proceso de aprendizaje colectivo, porque convierte la crítica interna en imposibilidad estructural.
IV. De la rebelión a la administración
En sus orígenes, el cholismo funcionó como una cultura de rebelión competitiva. El Atlético asumía la inferioridad económica, sí, pero precisamente para desafiarla. Su orgullo consistía en competir contra jerarquías aparentemente inmutables. Por eso el equipo resultó tan admirado incluso fuera del atletismo: parecía demostrar que el fútbol todavía podía romper la lógica puramente financiera.
Pero con el tiempo parece haberse producido una inversión extraña: la cultura que nació para desafiar los límites ha empezado, en muchos casos, a administrarlos. La épica deja de empujar hacia delante y empieza a funcionar como un mecanismo de resignación sofisticada.
Y entonces aparece la gran paradoja del cholismo contemporáneo: cuando Simeone gana, demuestra que el fútbol no es pura escala económica; cuando pierde, muchos de sus defensores explican que precisamente sí lo es.
No pueden valer las dos cosas al mismo tiempo. Si las diferencias presupuestarias hacen imposible exigir más, entonces el propio éxito histórico de Simeone pierde parte de su carácter excepcional. Y si Simeone sí pudo romper esas jerarquías durante años, entonces resulta legítimo preguntarse por qué el proyecto parece hoy tan instalado en la naturalización de determinados límites competitivos.
La verdadera crisis del cholismo
Aquí es donde el debate deja de ser solo futbolístico. Porque el problema ya no parece ser la derrota: el problema parece ser la construcción de una cultura donde perder no obliga a pensar, sino a defender. Y eso termina generando algo muy peligroso para cualquier proyecto competitivo: una estructura mental donde el relato se protege incluso a costa de renunciar al aprendizaje que producen las derrotas importantes.
Tal vez ahí resida la verdadera crisis del cholismo. No en haber perdido determinados partidos, sino en haber construido un entorno donde cada derrota importante sirve menos para revisar el proyecto que para justificar por qué revisarlo sería una traición.




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