El egoísmo de clase mató a Occidente

El egoísmo de clase mató a Occidente
Análisis · Economía política · Clases sociales

Las élites occidentales llevan cuatro décadas trasladando el coste de cada crisis sobre los trabajadores: vaciando industria, territorio y salarios para acumular arriba lo que se destruía abajo. La IA es solo el último capítulo de esa historia. Y los resultados están a la vista.

En un vistazo
Tesis: La decadencia de Occidente no es el resultado inevitable de fuerzas abstractas. Es el resultado de una decisión de clase: ante cada crisis, las élites eligieron trasladar el coste hacia abajo. La IA es el último episodio de ese mismo reflejo.
El patrón: Desde los años setenta, cada innovación —globalización, automatización, financiarización, IA— ha sido usada para reducir el peso de los salarios, no para ampliar capacidades.
El coste: Se destruyó industria, tejido territorial, cohesión social y soberanía productiva. El trabajador producía más, pero cobraba proporcionalmente menos. La riqueza crecía, pero cambiaba de bolsillo.
La anestesia: Mercancías baratas, crédito abundante y activos inflados ocultaron el vaciamiento hasta 2008. Desde entonces, la factura no ha dejado de crecer.
La paradoja: Las élites que vaciaron Occidente ahora piden sacrificios para salvarlo. Ganaron contra sus trabajadores y perdieron el mundo.

En 2026, empresas con beneficios récord están despidiendo a miles de trabajadores. El argumento es siempre el mismo: la inteligencia artificial. Block, la firma de Jack Dorsey, eliminó el 50% de su plantilla —más de 4.000 personas— mientras reportaba los mejores resultados de su historia. Amazon suprimió 14.000 puestos corporativos. Cloudflare prescindió de 1.100 empleados con ingresos en máximos. En abril de 2026, uno de cada cuatro despidos en Estados Unidos se atribuyó oficialmente a la IA.

No es una revolución tecnológica. Es un reflejo de clase.

Según Gartner, el 80% de las empresas que han implementado IA han recortado plantilla sin que ello se correlacione con mejoras reales de productividad. Según Forrester, en nueve de cada diez casos, la organización carece de una herramienta lista para sustituir las funciones eliminadas. Se despide primero. Se reorganiza —o no— después. El resultado no es una empresa más inteligente, sino una empresa más frágil: sin el conocimiento tácito y la memoria institucional que solo tiene el trabajador que ya no está.

Pero este reflejo no es nuevo. Es el mismo que lleva cuatro décadas vaciando Occidente.

La crisis era real. La salida fue de clase.

Occidente no se está debilitando porque sus trabajadores hayan vivido demasiado bien. Se está debilitando porque sus élites decidieron que debían vivir peor.

La decadencia suele explicarse con palabras solemnes: China, globalización, inmigración, gasto público, populismo, crisis demográfica. Todo eso puede influir. Pero sirve demasiadas veces para tapar lo esencial: la decadencia de Occidente empezó como una decisión de clase.

A finales de los sesenta y durante los setenta, el modelo de posguerra empezó a tensarse: inflación, crisis energética, competencia internacional, caída de la rentabilidad, agotamiento del pacto fordista. No fue una invención. El problema existía.

Pero lo decisivo no fue la existencia de la crisis. Lo decisivo fue quién la pagó.

Las élites tenían dos opciones: aceptar una redistribución del coste —menores beneficios, salarios protegidos, inversión productiva— o trasladarlo hacia abajo. Eligieron trasladarlo hacia abajo.

Eso fue el neoliberalismo: no una modernización neutral ni una adaptación inevitable. Fue una salida de clase a una crisis real. Como sostiene David Harvey, fue un proyecto orientado a restaurar el poder de las clases propietarias tras la crisis de los setenta. Privatizaciones, desregulación, ataque a los sindicatos, apertura comercial, deslocalización industrial: si el salario pesaba demasiado, había que rebajarlo. Si los trabajadores tenían demasiada fuerza, había que disciplinarlos. Si las fábricas obligaban a negociar con obreros organizados, había que moverlas donde el trabajo fuera más barato y más débil.

Al trabajador occidental se le dijo: acepta peores condiciones o la fábrica se va. Y la fábrica se fue.
Según el FMI, la participación del trabajo en la renta nacional cayó en las economías avanzadas desde los años ochenta hasta alcanzar mínimos históricos antes de 2008.
La OCDE muestra que la densidad sindical se redujo a la mitad en las últimas décadas, con caídas paralelas en la cobertura de la negociación colectiva.
El trabajador producía más, pero una parte cada vez menor de esa productividad volvía a él en forma de salario. La riqueza seguía creciendo, pero cambiaba de bolsillo.

Durante un tiempo, la jugada pareció brillante. Los beneficios empresariales se recuperaron. Los precios bajaron. Las finanzas se expandieron. Las élites pudieron presentar la destrucción industrial como progreso y la precariedad como flexibilidad.

Pero era comida para hoy y hambre para mañana.

Lo que se destruyó con las fábricas

Una sociedad no vive solo de comprar barato. Vive de producir, de saber fabricar, de conservar capacidades técnicas y de mantener cierta soberanía material. Cuando se destruye la industria, no se pierde solo empleo. Se pierde conocimiento acumulado, tejido territorial y capacidad de futuro.

Pisano y Shih lo explicaron con el concepto de industrial commons: la riqueza productiva común que permite a un país fabricar, mejorar e innovar. Kodak descubrió demasiado tarde que una patente no basta cuando se ha destruido la red de proveedores y capacidades que permite convertir una idea en producto. La innovación no vive solo en el laboratorio. También vive en la fábrica, en el ajuste técnico, en el error corregido.

La ilusión: Occidente creyó que podía quedarse con la cabeza —patentes, marcas, diseño, finanzas— y desprenderse del cuerpo, enviando la fabricación donde el trabajo fuera más barato.
El error: El cuerpo aprende. China usó su papel de taller barato para acumular tecnología, escala, experiencia e infraestructuras. Mientras Occidente se financiarizaba, China aprendía a fabricar.
El daño: Los estudios de Autor, Dorn y Hanson sobre el shock chino muestran que la competencia de las importaciones chinas destruyó millones de empleos industriales y golpeó de forma persistente a los territorios más expuestos. El beneficio fue difuso; el daño fue concentrado.

La anestesia

La crisis de 2008 no creó el problema. Lo desnudó.

Hasta entonces el modelo se sostenía sobre tres anestesias: mercancías baratas, crédito abundante y activos inflados. El salario se debilitaba, pero llegaban productos baratos. La industria se vaciaba, pero subía el valor de la vivienda. Fue lo que Colin Crouch denominó keynesianismo privatizado: si el keynesianismo clásico recurría al gasto público para sostener la demanda, el neoliberalismo empujó a los hogares a sostener el consumo mediante deuda privada e hipotecas. El empleo se precarizaba, pero el crédito permitía seguir comprando.

2008 rompió el decorado. Mostró que Occidente no era más eficiente: estaba más endeudado. No era más moderno: estaba más desindustrializado. No era más rico: estaba más hueco.

Ganaron contra sus trabajadores y perdieron el mundo

Desde 2008, la factura no ha dejado de crecer. Dependencia energética, industrial y tecnológica. Cadenas de suministro frágiles. Territorios abandonados. Clases medias empobrecidas. Rabia social. Populismo. Desconfianza institucional.

Y las mismas élites que vaciaron Occidente ahora piden sacrificios para salvarlo. Piden competitividad, pero destruyeron la base productiva. Piden moderación salarial, pero llevan décadas apropiándose de una parte creciente de la riqueza. Piden patriotismo económico, pero pusieron la rentabilidad por encima de la nación.

Las élites occidentales confundieron su victoria contra la clase trabajadora con una victoria histórica de Occidente. Y los despidos de hoy, envueltos en lenguaje de innovación y futuro, son el mismo error con otra coartada.

Ganaron contra sus trabajadores y perdieron el mundo.

La decadencia occidental no es solo el ascenso de China ni la pérdida de valores. Es el resultado de una salida de clase ante una crisis real. Cuando llegó la crisis de rentabilidad, las clases dominantes se negaron a pagar su parte. Prefirieron sacrificar salarios, industria y cohesión social para conservar beneficios.

Durante décadas pareció una jugada inteligente.

Ahora sabemos lo que era.

Este artículo de opinión se basa en datos del FMI, la OCDE y trabajos académicos de David Harvey, Gary Pisano y Willy Shih, David Autor, Dorn y Hanson, Colin Crouch, Gartner y Forrester. Los datos deben entenderse como órdenes de magnitud dentro del debate sobre desigualdad, desindustrialización y automatización.

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