La propaganda del siglo XX necesitaba consignas, carteles, uniformes. La del siglo XXI no. Hoy se llama resiliencia, alfabetización mediática, cohesión democrática. Se hace en reuniones a puerta cerrada con guionistas de Hollywood y en sistemas de inteligencia artificial que monitorizan el ánimo colectivo en tiempo real. Y precisamente por eso funciona.
Durante décadas, Occidente construyó una imagen muy concreta de la propaganda. La propaganda era algo que hacían los otros: la Unión Soviética, los regímenes totalitarios, las dictaduras, los sistemas donde el Estado controlaba directamente la cultura, la prensa y el relato oficial. Era visible. Tenía consignas, carteles, himnos, uniformes y discursos grandilocuentes. Precisamente por eso era fácil de identificar.
La propaganda occidental, en cambio, siempre se presentó como lo contrario: libertad, pluralismo, mercado, entretenimiento, creación artística independiente. Pero quizá esa diferencia nunca fue tan grande como se nos dijo.
I. El rearme europeo ya no es solo militar
Cuando la Organización del Tratado del Atlántico Norte se reúne con guionistas, productores, directores y miembros de la industria audiovisual para "mejorar la comprensión" de la seguridad global, lo importante no es el escándalo superficial de la noticia. Lo importante es lo que revela sobre cómo funciona hoy el poder. No estamos ante una anomalía. Estamos ante la oficialización de una lógica que lleva décadas existiendo.
La guerra moderna ya no depende solo de ejércitos, armas o industria militar. Depende también de la capacidad de producir marcos emocionales, relatos culturales y consensos psicológicos. La guerra necesita munición. Pero antes necesita espectadores preparados para aceptarla.
En marzo de 2026, Armida van Rij publicó para el Centre for European Reform el informe How to build public support for defence spending in Europe. El documento parte de un problema muy concreto: el incremento masivo del gasto militar europeo puede provocar rechazo social y castigar electoralmente a los gobiernos que lo impulsen.
La cuestión es importante porque, tras la Cumbre de La Haya de junio de 2025, los países de la OTAN acordaron avanzar hacia un objetivo de gasto equivalente al 5% del Producto Interior Bruto, dividido entre un 3,5% destinado a defensa militar directa y un 1,5% asociado a resiliencia, ciberseguridad, infraestructuras y preparación estratégica. El salto presupuestario respecto a 2024 es enorme: se estima un incremento colectivo anual cercano a los 831.000 millones de dólares.
El informe reconoce explícitamente que sostener ese esfuerzo requerirá sacrificios: más deuda, más impuestos o reducción de otras partidas presupuestarias. Y ahí aparece el verdadero problema político. El documento admite que amplios sectores de la población europea apoyan el rearme únicamente mientras no afecte al bienestar material ni a los servicios públicos, y reconoce también que partidos populistas, tanto de extrema derecha como de extrema izquierda, podrían capitalizar electoralmente el malestar derivado de esos sacrificios.
Por eso el informe propone una "campaña de comunicación cuidadosamente diseñada" destinada a elevar la percepción de amenaza entre la población europea. Según Van Rij, aumentar la conciencia pública sobre los riesgos de seguridad es fundamental para generar apoyo social hacia las nuevas prioridades estratégicas europeas.
El rearme ya no aparece únicamente como una cuestión industrial o militar. Aparece como un problema de gestión psicológica del consenso.
II. La propaganda que ya no se llama propaganda
Lo verdaderamente interesante del nuevo lenguaje estratégico occidental es que la propaganda prácticamente ha desaparecido como palabra. Nadie habla de propaganda. Se habla de resiliencia, concienciación, alfabetización mediática, preparación social, lucha contra la desinformación, cohesión democrática o seguridad cognitiva.
Ese desplazamiento semántico es fundamental. La propaganda contemporánea ya no se presenta como imposición ideológica: se presenta como protección democrática.
El propio informe del Centre for European Reform recomienda utilizar "enfoques no tradicionales" para llegar a públicos alejados del establishment de defensa. Entre las propuestas aparecen instituciones culturales, museos, productores audiovisuales, líderes juveniles, influencers, plataformas digitales y programas educativos. La cultura deja así de ser concebida únicamente como un espacio autónomo de creación y pasa a integrarse dentro de la arquitectura estratégica de producción de consenso.
No se trata necesariamente de censurar contenidos incómodos. Se trata de producir atmósferas culturales favorables. Hacer que determinadas percepciones parezcan simples expresiones del sentido común.
III. Hollywood, la OTAN y la ficción geopolítica
La colaboración entre aparato militar e industria audiovisual no es nueva. Hollywood lleva décadas cooperando con el Pentágono mediante cesión de equipamiento, acceso a bases militares, asesoramiento técnico y apoyo logístico a determinadas producciones. Películas como Top Gun o Top Gun: Maverick funcionaron como gigantescas operaciones de prestigio simbólico para las fuerzas armadas estadounidenses: espectacularidad, heroísmo, fascinación tecnológica, épica nacional y asociación emocional positiva con el aparato militar. La lógica era todavía relativamente clásica: la fuerza militar aparecía vinculada a admiración, aventura y orgullo patriótico.
La novedad de 2026 es distinta. Según reveló The Guardian el pasado 3 de mayo, la OTAN ha mantenido encuentros privados con guionistas, directores y productores en Los Ángeles, Bruselas, París y Londres para discutir la evolución de la seguridad internacional y facilitar contacto directo entre la alianza atlántica y la industria cultural. Estas reuniones se celebraron bajo reglas de confidencialidad como la Chatham House Rule, mecanismo habitual en espacios diplomáticos y estratégicos que permite utilizar la información compartida sin identificar públicamente a quienes la proporcionan.
Y lo más relevante: según correos internos del Writers' Guild of Great Britain, esas sesiones ya han inspirado al menos tres proyectos cinematográficos y televisivos actualmente en desarrollo. La maquinaria, por tanto, no es teórica. Está produciendo ficción.
Las críticas dentro del propio sector audiovisual fueron inmediatas. El guionista irlandés Alan O'Gorman calificó estas reuniones de "claramente propagandísticas", argumentando que la OTAN intenta introducir mensajes militaristas en la ficción contemporánea. Por su parte, el productor Faisal A. Qureshi advirtió sobre el riesgo de que los creadores terminen "seducidos" por la cercanía institucional y por la apariencia de autoridad moral proporcionada por estructuras militares y de inteligencia.
Aquí aparece un cambio importante. La propaganda audiovisual contemporánea ya no depende exclusivamente del blockbuster patriótico clásico representado por Top Gun. Producciones actuales como Alone at Dawn, dirigida por Ron Howard y protagonizada por Adam Driver, apuntan hacia otra lógica cultural: realismo práctico, autenticidad emocional, trauma, vulnerabilidad, experiencia humana del combate y proximidad casi documental a la maquinaria militar. No buscan glorificar la guerra de manera explícita. Buscan algo más sofisticado: construir legitimidad emocional. La propaganda clásica necesitaba héroes invencibles; la contemporánea funciona mucho mejor cuando parece simplemente realista, humana y moralmente compleja.
Lo relevante no es imaginar una conspiración cinematográfica centralizada. Lo relevante es entender la lógica estructural. No hace falta ordenar directamente qué debe decir un creador: basta con ofrecer acceso privilegiado, legitimidad institucional, información exclusiva, proximidad al poder y validación profesional.
El creador sigue sintiéndose libre. Y quizá ahí reside la forma más sofisticada de propaganda jamás construida.
IV. De la propaganda clásica a la guerra cognitiva
La transformación conceptual más importante de los últimos años quizá sea el desplazamiento desde la "guerra de información" hacia la llamada "guerra cognitiva". La OTAN finalizó formalmente su doctrina de guerra cognitiva en 2025 con la participación de más de veinte países aliados, según el informe de Matti J. Kaarkoski para las Fuerzas de Defensa finlandesas. La doctrina establece que el cerebro humano es "tanto el objetivo como el arma" en la lucha por la superioridad cognitiva.
El nuevo campo de batalla ya no es únicamente el territorio físico o el ecosistema mediático, sino los propios procesos mentales mediante los cuales las sociedades perciben, interpretan y reaccionan ante la realidad. La diferencia es importante. La guerra de información tradicional buscaba influir sobre los hechos percibidos. La guerra cognitiva pretende actuar sobre la atención, la memoria, la percepción, la respuesta emocional y la disposición psicológica colectiva. El objetivo deja de ser únicamente cambiar lo que la población sabe: pasa a ser modificar cómo siente y cómo reacciona.
Eso implica una transformación radical de la relación entre seguridad y sociedad. La frontera entre tiempos de paz y tiempos de guerra se vuelve cada vez más difusa. La competición estratégica ya no se desarrolla únicamente entre Estados: se desarrolla dentro de las propias sociedades.
V. La gestión emocional de las democracias
Uno de los desarrollos más reveladores de esta nueva lógica son las llamadas Emotionally Based Strategic Communications (EBSC), o Comunicaciones Estratégicas Basadas en la Emoción. Investigaciones publicadas en Frontiers in Psychology en 2026 proponen utilizar inteligencia artificial, análisis de sentimiento y modelos de lenguaje extenso para monitorizar en tiempo real el clima emocional de las poblaciones y diseñar mensajes capaces de reforzar la "resiliencia social" frente a campañas hostiles.
La comunicación estratégica ya no se limita a transmitir información: aspira a gestionar estados emocionales colectivos. Miedo, ansiedad, desesperanza o ira pasan a concebirse como variables que pueden medirse, mapearse, analizarse y modularse mediante narrativas específicas.
Lo más significativo es que estos sistemas no funcionan como campañas estáticas de propaganda tradicional. Funcionan como circuitos de retroalimentación permanente. Las redes sociales, plataformas digitales y espacios de conversación online se convierten en sensores emocionales capaces de detectar variaciones de ánimo colectivo prácticamente en tiempo real. A partir de ahí, las narrativas pueden reajustarse constantemente para reforzar cohesión, confianza institucional, percepción de amenaza o resiliencia social.
Todo ello se presenta como una herramienta defensiva frente a amenazas híbridas y manipulación extranjera. Sin embargo, el desplazamiento conceptual es enorme.
La población deja progresivamente de ser concebida como un sujeto político racional al que informar y pasa a ser tratada como un ecosistema emocional cuya estabilidad debe ser gestionada.
VI. La seguridad entra en las aulas
El proceso no se limita al entretenimiento o a las redes sociales. También alcanza el espacio educativo. El informe del Centre for European Reform recomienda explícitamente incorporar contenidos de seguridad nacional en programas escolares y desarrollar modelos pedagógicos inspirados en países como Finlandia, donde la resiliencia social forma parte de la cultura estratégica nacional.
En Reino Unido, la creación en abril de 2025 de la UK Resilience Academy bajo la supervisión de la Oficina del Gabinete refleja hasta qué punto la resiliencia ha dejado de ser un concepto abstracto para convertirse en una política pública institucionalizada, integrada en formación, gestión comunitaria, preparación civil y cultura cívica. El Ministerio de Defensa británico distribuye ya materiales escolares que van desde la historia de las fuerzas armadas hasta formación en ciberseguridad, presentados como "retos de la vida real" para estudiantes de todas las edades. El Comité de Resiliencia Nacional de la Cámara de los Lores recomienda explícitamente integrar la resiliencia en el currículo escolar y en las organizaciones juveniles.
El lenguaje utilizado vuelve a ser revelador. No se habla de militarización cultural. Se habla de preparación, resiliencia, alfabetización digital, cohesión social y capacidad de respuesta frente a crisis. El resultado práctico, sin embargo, es la progresiva integración de la lógica de seguridad dentro de la vida cotidiana y de la formación ciudadana.
Y aquí conviene mirar el mapa. Estudios recientes sobre resiliencia cognitiva en Europa, como el publicado en MDPI Administrative Sciences, sitúan a países como Luxemburgo, Irlanda, Países Bajos y Dinamarca en el cuartil superior, mientras que España, Italia y Grecia aparecen en el inferior, identificados como más vulnerables a la manipulación cognitiva. Ese mapeo no es neutral: justifica intervenciones más intensas sobre la ecología informativa precisamente en aquellos países considerados más frágiles. Quien esto escribe lo hace desde uno de esos países.
El ciudadano convertido en consumidor emocional
La transformación final es probablemente la más profunda. Las democracias contemporáneas parecen depender cada vez menos de ciudadanos críticamente informados y cada vez más de poblaciones emocionalmente alineadas.
La mayoría de las personas ya no interpreta la geopolítica mediante historia, economía, estrategia, energía o relaciones internacionales complejas. La interpreta mediante imágenes, relatos audiovisuales, clips virales, influencers, héroes, villanos y experiencias emocionales simplificadas. Por eso el informe del Centre for European Reform insiste tanto en TikTok, Twitch, YouTube, influencers, celebridades y figuras públicas capaces de conectar emocionalmente con las nuevas generaciones. La guerra deja de aparecer como una cuestión estratégica compleja: se convierte en atmósfera cultural.
Y precisamente ahí reside la verdadera sofisticación del sistema contemporáneo. La propaganda del siglo XX buscaba convencer. La del siglo XXI aspira a construir el clima psicológico dentro del cual las sociedades sentirán, reaccionarán y aceptarán determinadas decisiones estratégicas antes incluso de que el debate político comience.
Quizá esa sea la propaganda más eficaz jamás construida: la que ya no necesita parecer propaganda para funcionar.
Informe del Centre for European Reform. Armida van Rij, How to build public support for defence spending in Europe, marzo de 2026, disponible en cer.eu. Estimación del incremento colectivo anual de gasto OTAN (~831.000 millones de dólares) recogida en el mismo informe.
Cumbre de La Haya y compromiso del 5% del PIB. Acuerdos alcanzados en junio de 2025, con horizonte 2035, distribuidos en 3,5% de defensa de núcleo y 1,5% de resiliencia y preparación estratégica.
Reuniones OTAN-industria audiovisual. Información publicada por The Guardian el 3 de mayo de 2026: «Nato meetings with TV and film-makers prompt claims it is seeking propaganda». Las declaraciones de Alan O'Gorman y Faisal A. Qureshi proceden de ese reportaje. Los correos internos del Writers' Guild of Great Britain referidos a los tres proyectos en desarrollo aparecen citados en la misma fuente.
Doctrina de guerra cognitiva de la OTAN. Matti J. Kaarkoski, NATO's Concept of Cognitive Warfare, Fuerzas de Defensa de Finlandia (Puolustusvoimat), 2026, disponible en puolustusvoimat.fi.
EBSC y Frontiers in Psychology. Emotionally based strategic communications as a new tool in defensive cognitive warfare, Frontiers in Psychology, 2026, disponible en frontiersin.org.
UK Resilience Academy. Creada en abril de 2025 bajo la supervisión de la Oficina del Gabinete del Reino Unido. Información oficial en ukresilienceacademy.org. Recomendaciones del Comité de Resiliencia Nacional de la Cámara de los Lores recogidas por la National Preparedness Commission.
Mapeo de resiliencia cognitiva en Europa. Mapping European Countries' Resilience to Cognitive Warfare, MDPI Administrative Sciences, vol. 16, núm. 3, 2026, disponible en mdpi.com.




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