El auto de Plus Ultra no es débil porque investigue. Es débil porque afirma más de lo que sus indicios permiten afirmar.
Un auto de imputación no es una sentencia. El juez no tiene que demostrar definitivamente la culpabilidad de nadie. Pero precisamente por eso debe ser cuidadoso: cuando una resolución provisional usa lenguaje de certeza, convierte la sospecha en relato público de culpabilidad.
I. Un auto no es una sentencia, pero tampoco debería ser una condena narrativa
Un auto de imputación no es una sentencia. Conviene empezar por ahí, porque si no la crítica se vuelve demasiado fácil. El juez no tiene que demostrar definitivamente la culpabilidad de nadie. No está condenando. Está justificando por qué considera necesario llamar a una persona como investigada. Por tanto, es normal que acumule indicios, conversaciones, sociedades, pagos, relaciones personales, cronologías y documentos. En un auto de este tipo, el juez debe poner sobre la mesa lo que tiene.
Precisamente por eso el auto de Plus Ultra resulta tan problemático.
No porque investigue. No porque reúna materiales. No porque intente reconstruir una posible trama. Todo eso entra dentro de la función propia de una instrucción penal. El problema es otro: el auto habla con una seguridad que sus propios indicios no sostienen.
El problema no es que el juez despliegue los indicios disponibles. El problema es que convierte una base indirecta en un relato taxativo.
II. El lenguaje de la certeza
La desproporción salta a la vista. El lenguaje judicial se mueve muchas veces en un terreno muy categórico. El auto afirma que las diligencias “permiten afirmar la existencia de una estructura organizada y estable, dirigida por José Luis Rodríguez Zapatero”. No dice que haya indicios de una posible estructura. No dice que sea necesario investigar si Zapatero pudo desempeñar algún papel. Dice que los indicios “permiten afirmar” la existencia de una estructura “dirigida” por él. La diferencia no es menor. Es la diferencia entre una hipótesis de investigación y una tesis narrada con apariencia de certeza.
“permiten afirmar la existencia de una estructura organizada y estable, dirigida por José Luis Rodríguez Zapatero”
Auto de Plus Ultra, fundamentos sobre hechos investigados.El tono continúa en esa misma línea. El auto sostiene que “en el vértice de la estructura se sitúa José Luis Rodríguez Zapatero”, a quien atribuye “el liderazgo estratégico” y los “contactos institucionales y empresariales de alto nivel”. Incluso llega a calificar su oficina de Ferraz como “centro de coordinación de la red”, desde donde supuestamente “se imparten instrucciones, se elaboran documentos, se gestionan comunicaciones sensibles y se articula la operativa financiera y societaria”. Es difícil escribir con más contundencia en una fase que, formalmente, sigue siendo provisional.
“en el vértice de la estructura se sitúa José Luis Rodríguez Zapatero”
“centro de coordinación de la red”
Auto de Plus Ultra, fundamentos sobre la supuesta estructura investigada.Pero cuando se mira la base sobre la que descansa esa contundencia, aparece algo bastante más débil: contactos, mensajes, relaciones empresariales, sociedades vinculadas, pagos por servicios, coincidencias temporales, frases interpretables, proximidades políticas y económicas. Todo eso puede justificar una investigación. Lo que no justifica tan fácilmente es el salto a una narración tan rotunda.
Ahí está el problema central del auto: convierte indicios indirectos en afirmaciones fuertes.
III. Indicios indirectos, afirmaciones fuertes
Una cosa es decir que existen elementos que aconsejan investigar si determinados contactos pudieron influir en una decisión pública. Otra muy distinta es escribir como si esa influencia estuviera ya acreditada. Una cosa es analizar pagos, contratos o sociedades para comprobar si encubren otra finalidad. Otra es presentarlos narrativamente como piezas de una maquinaria delictiva sin que el mecanismo quede realmente demostrado.
El auto acumula piezas, pero no siempre muestra el engranaje.
Y en derecho penal el engranaje importa. No basta con que haya nombres conocidos, relaciones incómodas, llamadas, pagos o coincidencias temporales. Hay que conectar esos elementos con hechos concretos: qué acto de influencia se realizó, sobre quién, con qué finalidad, qué decisión produjo, qué contraprestación existió y cuál fue la participación individual de cada persona. Sin ese puente, lo que hay es sospecha. Puede ser una sospecha investigable, pero sigue siendo sospecha.
La acumulación tampoco resuelve por sí sola el problema. Muchos indicios débiles no se convierten automáticamente en una prueba fuerte por el simple hecho de estar amontonados. A veces solo producen densidad. Y la densidad, en un auto judicial, puede funcionar como efecto retórico: muchos nombres, muchas fechas, muchas sociedades, muchos importes, muchas conversaciones. Parece mucho. Pero la pregunta decisiva sigue siendo la misma: ¿qué prueba exactamente todo eso?
IV. Si esto es toda la carne en el asador, el auto deja mucho que desear
Y aquí entra el segundo punto importante. En un auto de imputación, el juez no guarda sus mejores cartas para después. Debe justificar la imputación. Debe enseñar la base racional de su decisión. Debe poner toda la carne en el asador. Por eso, si esto es lo más sólido que hay, el resultado deja bastante que desear.
Porque entonces el problema ya no es solo que el auto sea demasiado taxativo. El problema es que esa contundencia parece compensar la debilidad de los materiales. Se escribe con fuerza lo que no se prueba con la misma fuerza. Se construye una narración cerrada sobre indicios abiertos. Se presenta como arquitectura lo que muchas veces sigue siendo una sucesión de inferencias.
Si el auto debía mostrar los mejores indicios disponibles, la conclusión no es que sea demoledor. La conclusión es que necesita escribir con mucha fuerza porque sus materiales no tienen esa misma fuerza.
La sospecha escrita como certeza
Y eso tiene consecuencias políticas. Un auto así no circula en el espacio público como una pieza técnica provisional. Circula como relato de culpabilidad. Aunque formalmente no condene, mediáticamente mancha. Aunque jurídicamente solo abra una investigación, políticamente instala una sospecha. Y esa es una de las formas más eficaces del lawfare: no necesita siempre una sentencia final. Le basta con un auto denso, un lenguaje rotundo, un nombre reconocible y una maquinaria mediática dispuesta a convertir indicios en condena.
El auto de Plus Ultra no es débil porque investigue. Es débil porque afirma más de lo que sus indicios permiten afirmar. Y si, como debe ocurrir en una resolución de imputación, el juez ha puesto ahí sus mejores argumentos, entonces la conclusión no es que el auto sea demoledor. La conclusión es bastante menos épica: hay mucha certeza escrita para tan poco indicio probado.
La diferencia entre investigar y afirmar no es un matiz técnico. Es la frontera entre la instrucción penal y la condena narrativa.
Nota: este artículo no discute que el caso Plus Ultra pueda contener hechos investigables. Examina el modo en que el auto convierte indicios indirectos en afirmaciones taxativas sobre José Luis Rodríguez Zapatero.



Comentarios
Publicar un comentario