El proceso de radicalización del nacionalismo español

Marruecos, Franco y la Transición: cómo se radicalizó el nacionalismo español
Opinión · Nacionalismo español · Siglo XX

Del trauma imperial al africanomilitarismo, del Rif a Asturias, de la anti-España franquista al constitucionalismo defensivo: la historia de una nación entendida demasiadas veces como propiedad.

En “La toxicidad del nacionalismo español” (https://asperomundo.blogspot.com/2026/05/la-toxicidad-del-nacionalismo-espanol.html) defendía que el nacionalismo español dominante arrastra una relación enferma con su propia historia: decadencia imperial mal asumida, rechazo de la pluralidad interna, castellanocentrismo, nostalgia de unidad y tendencia a confundir España con una sola forma legítima de ser español.

Pero esa matriz no se quedó en el terreno de las ideas. En el siglo XX se radicalizó. Se hizo colonial en Marruecos, militar en el africanomilitarismo, Estado con Franco y constitucionalismo defensivo tras la Transición.

En un vistazo

Tesis: el nacionalismo español reaccionario no se radicalizó por accidente, sino mediante una secuencia histórica concreta.
Primer eslabón: Marruecos funcionó como compensación imperial y escuela de brutalización militar.
Segundo eslabón: la violencia colonial regresó a la península como búmeran imperial, con Asturias 1934 como ensayo decisivo.
Resultado: Franco convirtió esa matriz en Estado y la Transición democratizó el régimen sin desmontar del todo su herencia simbólica.

I. Marruecos: la escuela de la brutalización

Después de 1898, España no asumió serenamente su nueva condición posimperial. Había perdido Cuba, Puerto Rico y Filipinas, pero no había perdido la necesidad de seguir imaginándose como potencia. Marruecos ofreció una compensación simbólica: un escenario colonial donde una España decadente podía seguir representando el papel de imperio.

Sería simplista decir que España fue a Marruecos solo por nostalgia imperial. Había intereses estratégicos, diplomáticos y económicos: el Estrecho, Francia, el reparto colonial europeo. Pero para una parte decisiva del ejército, Marruecos fue mucho más que una operación exterior. Fue una escuela política.

Como han estudiado Daniel Macías Fernández y María Gajate Bajo, las campañas de Marruecos consolidaron una identidad militar específica: la de una oficialidad endurecida en la guerra colonial, hostil al parlamentarismo y convencida de que el ejército era la reserva moral de la nación.

No todo africanismo fue igual. Hubo africanistas más inclinados al conocimiento del territorio, la negociación o la administración colonial. Pero la corriente que terminó pesando de forma decisiva en la historia española fue otra: el africanomilitarismo. Es decir, una cultura castrense basada en el ascenso por méritos de guerra, la violencia extrema, el desprecio al poder civil y la convicción de que España solo podía regenerarse mediante disciplina, mando y fuerza.

La mentalidad africanomilitarista
Frente al político: el soldado.
Frente al debate: la orden.
Frente a la pluralidad: la unidad impuesta.
Frente a la democracia: la patria entendida como verdad superior.

Ese resentimiento tenía además una base corporativa. El ejército de la Restauración arrastraba graves deficiencias organizativas, materiales y profesionales, con un cuadro de oficiales hipertrofiado y una cultura militar incapaz de asumir su propia obsolescencia. La culpa de los fracasos no se buscó dentro del estamento castrense, sino fuera: en los políticos, en el parlamentarismo, en la sociedad civil.

El desastre de Annual, en 1921, reforzó esa mentalidad. La derrota y el Expediente Picasso alimentaron entre sectores militares la idea de que los políticos de Madrid habían traicionado al ejército. La responsabilidad histórica era mucho más compleja, pero la lectura africanomilitarista fue sencilla y eficaz: la patria había sido abandonada por el poder civil.

Ahí nace una idea letal: el ejército no debe limitarse a obedecer al Estado; debe corregirlo cuando considere que España está en peligro.

II. El búmeran imperial: del Rif a Asturias

La violencia colonial no quedó encerrada en Marruecos. Volvió.

Sebastian Balfour ha explicado bien esa lógica del búmeran imperial: prácticas de sometimiento, brutalidad e impunidad ensayadas en las colonias regresan después a la metrópoli y se aplican contra la propia población. En el caso español, el Rif fue el laboratorio; la península, el territorio de retorno.

En Marruecos se normalizó una relación brutal con el enemigo. Se usaron métodos de guerra colonial extrema, incluida la guerra química contra poblaciones rifeñas. Pero lo más importante no fue solo la violencia material, sino la mentalidad que produjo: quien se opone al orden no es un adversario legítimo, sino un enemigo al que se puede tratar fuera de las normas ordinarias.

El búmeran imperial: la violencia practicada en la colonia vuelve después contra la población de la metrópoli.
La clave política: el adversario interno deja de ser ciudadano y pasa a ser enemigo moral de la patria.

Ese salto se vio con claridad en Asturias en 1934. La represión de la revolución obrera fue el primer gran ensayo peninsular de esa lógica colonial reimportada. Tropas curtidas en África fueron utilizadas contra trabajadores españoles. El minero asturiano fue tratado como enemigo interior, casi como extranjero moral dentro de la patria.

Esa fue la operación decisiva: la extranjerización del adversario político.

El obrero revolucionario, el republicano, el laicista, el nacionalista periférico o el sindicalista dejaron de ser españoles con otro proyecto de país. Pasaron a ser cuerpos extraños, amenazas internas, agentes de una anti-España que debía ser sometida.

La Guerra Civil fue la expansión de esa lógica. Los militares sublevados hicieron la guerra como sabían hacerla: como una guerra colonial. No reconocieron al enemigo como adversario político legítimo, ni como parte de una comunidad nacional en conflicto, sino como población hostil que debía ser ocupada, depurada y disciplinada. La península se convirtió así en un Rif interior: columnas de castigo, terror ejemplarizante, limpieza de retaguardia y ausencia deliberada de respeto por el vencido.

Marruecos enseñó a una parte del ejército a combatir enemigos coloniales. Asturias mostró que esa misma lógica podía aplicarse dentro de España. La Guerra Civil la convirtió en método general de conquista interior.

III. Franco: el nacionalismo convertido en Estado

Franco no inventó el nacionalismo español reaccionario. Lo convirtió en Estado.

El franquismo fue la cristalización política de una matriz previa: nacionalcatolicismo, militarismo africanomilitarista, anticomunismo, antiliberalismo, autoritarismo, castellanocentrismo, nostalgia imperial y odio a la pluralidad. España dejó de ser una comunidad de ciudadanos y pasó a ser una propiedad moral de los vencedores.

La dictadura no decía simplemente: hemos ganado una guerra. Decía algo más profundo: nosotros somos España; los demás son la anti-España.

Ahí estaba la clave. El adversario político no era un rival legítimo, sino una enfermedad nacional. Republicanos, socialistas, comunistas, anarquistas, separatistas, laicistas, maestros, sindicalistas, lenguas periféricas, memorias alternativas: todo podía ser presentado como amenaza contra la patria.

Como ha mostrado Zira Box, el franquismo organizó su imaginario político alrededor de la oposición entre la España verdadera y la anti-España. Y como ha estudiado Carme Molinero, la represión franquista no se presentó solo como castigo, sino como depuración necesaria del cuerpo nacional.

Nacionalismo punitivo
La nación no solo se definía por lo que afirmaba ser: católica, una, militar, castellana.
También se definía por aquello que debía extirpar: la anti-España.
La violencia aparecía como limpieza. La represión como purificación. La victoria como redención.

Ese afán de purificación llegó a extremos casi microscópicos. La dictadura no se limitó a perseguir el catalán, el euskera o el gallego en la escuela, la administración o la vida pública. También intentó expulsarlos de los espacios íntimos de la memoria: incluso las inscripciones funerarias en lenguas periféricas fueron prohibidas o perseguidas en cementerios y panteones familiares. El franquismo no quería uniformar solo a los vivos. Quería castellanizar también a los muertos.

Xosé M. Núñez Seixas ha insistido en que el franquismo consagró una versión católica, tradicionalista y castellanocéntrica del nacionalismo español, adornada con la retórica de la Hispanidad y con una nostalgia imperial que servía para compensar simbólicamente la pérdida real del imperio.

España quedaba convertida en una nación embalsamada: eterna, obediente, uniforme y enemiga de su diversidad real.

IV. Cuelgamuros: arquitectura de la victoria

El Valle de los Caídos, hoy Valle de Cuelgamuros, resume esa lógica mejor que cualquier discurso. No fue un monumento de reconciliación. Fue arquitectura de victoria.

Levantado como gran templo funerario del franquismo, vinculaba la victoria militar con una genealogía imperial, católica y monárquica. Su mensaje era claro: la España vencedora quedaba sacralizada; la vencida, sometida incluso después de muerta.

La perversión simbólica era brutal: presos republicanos participaron en su construcción mediante trabajos forzados, mientras los restos de muchos vencidos fueron incorporados al recinto sin consentimiento familiar. Los derrotados quedaban físicamente integrados bajo el altar de la victoria que los había aplastado.

Cuelgamuros no cerraba la guerra. La petrificaba.

V. La Transición y la asimetría simbólica

La Transición cambió España de manera decisiva. Sería absurdo negarlo. La Constitución de 1978 abrió un marco democrático, reconoció libertades, pluralismo político, soberanía popular y autonomía territorial.

Pero democratizar el régimen no fue lo mismo que desmontar por completo la matriz simbólica del franquismo.

El consenso de 1978 no fue un diálogo puro entre iguales. Como permite pensar la noción de “violencia constituyente” trabajada por Jacques Derrida, todo orden político nace también clausurando posibilidades. En España, la democracia se abrió dejando fuera desde el principio debates fundamentales: la opción republicana, un federalismo real o una ruptura más profunda con los poderes fácticos heredados de la dictadura.

La palabra España llegó a la democracia cargada de historia sucia: bandera impuesta, cuartel, misa, desfile militar, monarquía heredera del dictador, unidad obligatoria y franquismo sociológico. Como ha señalado Borja de Riquer, el uso autoritario y exclusivista del nacionalismo español durante la dictadura dejó el españolismo profundamente distorsionado.

La Transición no resolvió esa distorsión. La administró.

Ese nacionalismo no necesitó seguir ocupando el centro explícito del nuevo discurso democrático para sobrevivir. Le bastó con replegarse y pervivir en zonas esenciales de continuidad: la judicatura, el ejército, determinados aparatos administrativos, las élites económicas, buena parte del sistema mediático y la cultura política de la derecha sociológica. El régimen cambiaba; muchos reflejos profundos del Estado permanecían.

La derecha conservadora: pudo habitar la bandera, la monarquía, el himno y la unidad nacional como patrimonio natural.
La izquierda: marcada por la memoria represiva del franquismo, tuvo más dificultades para disputar la idea de España.
La consecuencia: la nación no fue refundada democráticamente; fue heredada con cautela.

El Partido Comunista de España (PCE), al aceptar la bandera monárquica y la monarquía parlamentaria durante la Transición, asumió una concesión pragmática que facilitó la legalización y la estabilidad democrática, pero también evidenció hasta qué punto los símbolos nacionales llegaban ya políticamente desequilibrados.

El Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y otras fuerzas progresistas se movieron durante décadas entre el europeísmo, el internacionalismo, el autonomismo y una defensa genérica de la Constitución. Mientras tanto, la derecha conservó con mucha más naturalidad la gramática emocional de España.

VI. El patriotismo constitucional como vehículo ideológico

Ese nacionalismo replegado en instituciones, élites y aparatos del Estado necesitaba un lenguaje nuevo para seguir operando dentro de la democracia. No podía hablar siempre con la retórica vieja de la cruzada, la unidad sagrada o la anti-España. Necesitaba una gramática compatible con el régimen constitucional.

Ahí apareció la fórmula del patriotismo constitucional. La idea, formulada por Dolf Sternberger y desarrollada por Jürgen Habermas en el contexto alemán, pretendía fundar la pertenencia política no en la sangre, la religión, la raza o el mito imperial, sino en la adhesión cívica a un marco democrático de derechos.

En teoría, era una salida razonable. En España, sin embargo, terminó funcionando muchas veces como vehículo ideológico del nacionalismo que la Transición no había desactivado. Le dio un vocabulario democrático a una matriz profundamente defensiva: unidad, soberanía indivisible, centralidad del Estado y sospecha permanente hacia la pluralidad nacional.

Como han señalado Jordi Muñoz y Ramón Zallo, el patriotismo constitucional español no fue siempre un proyecto neutral e inclusivo. Con frecuencia asumió como naturales la centralidad del castellano, la soberanía única e indivisible y la superioridad simbólica del Estado sobre las identidades nacionales periféricas.

El giro se hizo más claro con el Partido Popular (PP) de José María Aznar. El patriotismo constitucional dejó de ser una posible fórmula cívica de convivencia y se convirtió en un instrumento de recentralización simbólica. La Constitución ya no aparecía solo como marco abierto de derechos, sino como blindaje de una única idea de España.

La mutación del viejo nacionalismo
Antes: cruzada, anti-España, unidad sagrada, disciplina nacional.
Después: legalidad constitucional, unidad indivisible, Estado de derecho, defensa del orden.
Resultado: el lenguaje cambiaba, pero la función seguía siendo parecida: deslegitimar como amenaza todo cuestionamiento profundo de la idea heredada de España.

Este proceso se ha agravado durante el siglo XXI. La crisis territorial catalana, el desgaste del Estado autonómico, la ofensiva contra la memoria democrática y el crecimiento de la derecha nacionalista han convertido el patriotismo constitucional en algo cada vez menos cívico y cada vez más defensivo. Ya no opera solo como adhesión a unas reglas comunes, sino como frontera moral: dentro quedan quienes aceptan una única lectura de España; fuera, quienes la discuten.

Ya no hacía falta hablar de anti-España en términos religiosos o militares. Bastaba con presentar toda demanda de soberanía compartida, autodeterminación, memoria democrática o pluralidad nacional como amenaza al orden constitucional.

La vieja retórica de la cruzada fue sustituida por la retórica de la legalidad. El lenguaje cambiaba. La matriz seguía ahí, y en el siglo XXI encontró una forma más eficaz de presentarse como simple defensa de la democracia.

El nacionalismo posesivo

La radicalización del nacionalismo español en el siglo XX siguió una lógica clara: del trauma imperial se pasó a la compensación colonial; de Marruecos, al africanomilitarismo; del Rif, a Asturias; de Asturias, al golpe; del golpe, al franquismo; y del franquismo, a una democracia que cambió el régimen sin desactivar del todo la idea posesiva de España.

Trauma imperial
Compensación colonial en Marruecos
Africanomilitarismo
Búmeran imperial: del Rif a Asturias
Franquismo y anti-España
Transición con asimetría simbólica
Patriotismo constitucional defensivo

Por eso el problema no es solo la nostalgia explícita de Franco. Existe, pero no agota el asunto.

El problema más profundo es una cultura política que sigue entendiendo España como propiedad simbólica. No como una comunidad plural en deliberación, sino como una herencia indivisible custodiada por quienes se consideran sus dueños legítimos.

Esa matriz sigue confundiendo pluralidad con amenaza, memoria democrática con revancha, autogobierno con deslealtad y crítica histórica con odio a España.

El nacionalismo español reaccionario no soporta la España real porque necesita una España imaginaria: una, eterna, obediente, castellana, vertical, homogénea y siempre al borde de ser traicionada.

Su tragedia es que dice amar España, pero desconfía de buena parte de los españoles.

Y esa es su toxicidad: no defiende una comunidad compartida, sino una propiedad. No pregunta cómo convivir, sino quién manda. No acepta que España pueda ser discutida porque nunca ha dejado de pensarla como una verdad anterior y superior a la democracia.

La pregunta decisiva, por tanto, no es si España existe. Claro que existe.

La pregunta es a quién pertenece.

Y ahí el nacionalismo español reaccionario sigue fallando. Porque una España democrática no puede pertenecer a quienes más gritan su nombre, ni a quienes heredaron sus símbolos, ni a quienes deciden quién es español de verdad y quién no.

España, si quiere ser una democracia real, solo puede pertenecer a todos sus ciudadanos.

Pero esa respuesta sigue siendo insoportable para quienes necesitan confundir patria con propiedad.

Nota: este artículo continúa la reflexión iniciada en “La toxicidad del nacionalismo español” y desarrolla la radicalización histórica de esa matriz durante el siglo XX.

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