Pueden golpearte, pero no puedes celebrar, o la toxicidad del fútbol argentino

Pueden golpearte, pero no puedes celebrar, o la toxicidad del fútbol argentino
OPINIÓN · FÚTBOL · MASCULINIDADES

Lo ocurrido tras la final del Mundial no fue un arrebato: fue la exhibición completa de un código. Si tienen que ganarte, te cosen a patadas. No puedes protestar, porque todo queda en el campo. Y si aun así les ganas, debes celebrarlo con cuidado de no ofenderles.

En un vistazo
Los hechos: seis amonestaciones argentinas, Enzo Fernández expulsado, y tras el pitido final Paredes agredió a Eric García y Gavi. En la ceremonia, la selección dio la espalda a los campeones.
La tesis: no fue un calentón, sino una concepción tóxica del fútbol con nombre y tradición: el aguante.
El código: ellos pueden dañar tu cuerpo; tú debes proteger su orgullo. Una masculinidad heteronormativa y maltratadora que necesita dominar incluso después de perder.

La final del Mundial entre España y Argentina dejó un manual de instrucciones de la masculinidad tóxica en tres actos. Durante el partido, Argentina intentó condicionar el cuerpo del adversario: seis amonestaciones, todas suyas, y Enzo Fernández expulsado. Tras el pitido final, intentó condicionar su alegría: Nahuel Molina golpeó a Rodri cuando corría a celebrar, y Leandro Paredes, que no formaba parte de la disputa, acudió desde fuera para agarrar del cuello a Eric García y después golpear y derribar a Gavi, lo que le costó la tarjeta roja. Y durante la ceremonia, cuando ya no quedaba nada que condicionar, la selección argentina dio la espalda mientras los españoles recibían sus medallas.

1 Durante el partido: condicionar el cuerpo del adversario. Patadas, amonestaciones, expulsión.
2 Tras el pitido: castigar su celebración. Manotazo de Molina a Rodri, agresiones de Paredes a Eric García y Gavi.
3 En la ceremonia: negarse a contemplar su victoria. La espalda como último acto de dominio.

Tres actos, un solo mensaje: podéis quedaros el trofeo, pero las condiciones las seguimos poniendo nosotros.

No fue una demostración de carácter ni un calentón aislado. Fue la exhibición de una concepción tóxica del fútbol: una forma de entenderlo en la que la violencia es un recurso legítimo, la derrota una humillación inaceptable y la alegría ajena una ofensa. Esa concepción no nació aquella noche: tiene nombre, tradición y bibliografía en el fútbol argentino. Se llama aguante.

La gramática del maltratador

La justificación llegó al día siguiente por boca de Lisandro Martínez. Según sus declaraciones recogidas por Goal, Paredes reaccionó al escuchar que un español decía: «Messi ha fallado y ahora os vais todos a casa». Y remató: «Acabábamos de perder una final de un Mundial y escuchar eso no calma a nadie».

Conviene leer despacio esa frase, porque es una gramática que reconocemos de otro ámbito. No me provoques. Mira lo que me has obligado a hacer. Si hubieras medido tus palabras, no habría pasado nada. Es, palabra por palabra, el discurso del maltratador: la responsabilidad del golpe se transfiere a la conducta del golpeado, el agresor se presenta como víctima de una provocación y el golpe queda contextualizado por la ofensa. La pregunta deja de ser por qué Paredes agarró, golpeó y derribó a un adversario, y pasa a ser qué dijo ese adversario para merecerlo.

Da igual si la frase existió o no, quién la dijo y en qué tono. El mecanismo es lo revelador: para esta concepción del fútbol, no hay equivalencia que no pueda fabricarse. Una frase justifica un puño; una celebración justifica una agresión; la alegría del vencedor justifica cualquier cosa que haga el derrotado. Borrar la diferencia entre palabras y golpes es exactamente lo que el código necesita para funcionar: así siempre habrá una provocación disponible que convierta al agresor en víctima.

Porque la norma real del aguante no es que todo quede en el campo. La norma real es esta: todo lo que ellos te hacen debe quedarse en el campo; todo lo que tú les haces sentir puede ser castigado.

Pueden dañar tu cuerpo, pero tú debes proteger su orgullo.

El aguante: un código con bibliografía

Esta conducta tiene fundamento sociológico documentado. Como explican Pablo Alabarces y José Garriga Zucal en El «aguante»: una identidad corporal y popular, el aguante nació en las hinchadas argentinas como un código moral que se demuestra con el cuerpo, y tiene dos dimensiones inseparables. La pasiva: soportar el dolor, no exteriorizarlo, no retroceder, no huir. La activa: imponerse, pelear, «poner el cuerpo», ir al frente. El mismo código que considera honorable soportar la violencia concede prestigio a quien la ejerce.

Y no se quedó en las barras. Alabarces sostiene que el aguante impregna transversalmente todo el fútbol argentino: directivos, periodistas, aficionados y futbolistas profesionales, socializados en esas categorías desde las divisiones inferiores. El jugador formado en ese ecosistema decodifica el partido bajo sus coordenadas: la patada es garra, soportar sin quejarse es hombría y responder con golpes a un desafío verbal es una obligación de honor.

En «Pasión o sumisión: lo que el fútbol argentino enseña al Atleti» analicé la cara interna de este código: hacia dentro exige sumisión, el hincha debe sufrir, obedecer y callar. La final mostró la cara externa: hacia fuera legitima el dominio. Al aficionado le ordena aguantar; al jugador le concede el derecho a imponer. Es el mismo sistema visto desde sus dos extremos.

Una pedagogía heteronormativa

El aguante no es solo una forma de vivir el fútbol: es una pedagogía de la masculinidad. Como analizó Eduardo Archetti en Masculinidades. Fútbol, tango y polo en la Argentina, el fútbol no refleja una hombría fabricada en otra parte: la produce, la exhibe y la somete a examen público. En este modelo la masculinidad no se posee: se demuestra, partido a partido, ante los demás.

Y el propio lenguaje del fútbol revela sobre qué está construida esa demostración. Ganar es «romperle el culo» al rival; el que pierde, el que se queja, el que pide protección arbitral, es un «puto». La competición no se imagina como una relación entre iguales, sino como una escena de dominación sexual con solo dos posiciones: el que somete y el sometido, el macho y el feminizado. En ese esquema no cabe la figura del rival como un igual que simplemente hoy ha jugado mejor: solo existen dominadores y dominados. Por eso la derrota no se vive como un resultado, sino como una degradación: el otro no se ha limitado a ganar, te ha arrebatado la posición dominante sobre la que estaba construida tu identidad.

Y quien se cree con derecho natural a la posición dominante experimenta perderla como un robo que legitima la violencia correctora. Eso es exactamente lo que se vio tras el pitido final. La trifulca no corrigió el marcador, pero cumplió su función pedagógica: demostrar que el vencedor tampoco sería libre para disfrutar. Incapaces de imponerse mediante el balón, lo intentaron mediante el cuerpo.

Es una masculinidad que se vende como fortaleza y es exactamente lo contrario: presume de soportarlo todo y no soporta una derrota; se enorgullece de un código brutal y se ofende por un gesto; exige un mundo acolchado alrededor de su ego mientras se atribuye el derecho a no cuidar a nadie.

El folclore: la maquinaria de impunidad

La toxicidad no reside solo en los que golpean. Reside en la cultura que traduce cada conducta a vocabulario honorable. La agresión se llama garra. La intimidación, carácter. La provocación, viveza. La incapacidad de perder, mentalidad ganadora. Las palabras no describen: distribuyen la responsabilidad, embellecen al agresor y colocan bajo sospecha al agredido.

La final ofreció la demostración en tiempo real. Mientras la prensa británica calificaba lo ocurrido con palabras como «delincuentes», sectores de la prensa argentina lo diluían en «las pulsaciones de una final» y señalaban la provocación del rival como el verdadero origen del conflicto. El mismo hecho, dos vocabularios: uno nombra la violencia y otro la lava. «Garra» hace en el fútbol el mismo trabajo que «crimen pasional» hizo durante décadas en las crónicas de sucesos: llamar amor, o carácter, a la violencia.

Eso no es un código de honor. Es un sistema de privilegios: ellos pueden golpearte, y tú debes saber aguantar; ellos pueden perder el control, y tú eres responsable de haberlos provocado.

Dar la espalda

Quedaba una última forma de negar al adversario: no mirarlo. Cuando los españoles recibieron sus medallas, los jugadores argentinos se volvieron hacia su afición y dieron la espalda a la ceremonia. El gesto no podía cambiar el marcador ni quitarle el trofeo a España, pero completaba la secuencia con precisión de manual: durante el partido intentaron condicionar su cuerpo; tras el pitido, castigar su celebración; en la entrega, negarse a contemplar su victoria.

La deportividad no es una formalidad burguesa. Es el reconocimiento de que el adversario existe como un igual: tiene derecho a competir, a denunciar una agresión, a derrotarte y a celebrar sin pedirte permiso. Aprender a perder no significa fingir que no duele. Significa aceptar que tu dolor no te concede autoridad sobre el cuerpo ni sobre la alegría del otro.

La final mostró una masculinidad que no ha aprendido esa lección y que fuera de los estadios llamamos por su nombre, sin eufemismos deportivos que la embellezcan.

No es pasión ni carácter. Es una masculinidad tóxica, heteronormativa y maltratadora, tan frágil que necesita dominar incluso después de haber perdido.

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