Alemania y la Tercera Hoguera: el mito nibelungo que condena a Europa

Alemania y la Tercera Hoguera: El propelente de la aniquilación europea

La lealtad absoluta del mito nibelungo explica por qué Alemania, la locomotora de Europa, siempre termina siendo su enterrador. La tercera hoguera arde ahora en silencio, con todos nosotros dentro.

Si se analiza con frialdad la historia del último siglo, se llega a una conclusión perturbadora: Alemania no es la causa única de la decadencia europea, pero sí su propelente perfecto. Cada vez que el continente entra en crisis estructural, Alemania actúa como el acelerador que convierte la tensión latente en explosión definitiva. No es un actor secundario ni una víctima de las circunstancias; es el catalizador que, cuando alcanza su máximo régimen, transforma el malestar europeo en desastre continental.

Para entender por qué un país tan relevante parece destinado a detonar el colapso de su propia civilización, no hay que mirar sus balances de exportación, sino su mito fundador: El Cantar de los Nibelungos. En esa leyenda, que los alemanes aceptaron como espejo identitario, no hay espacio para la rendición, el pacto o la supervivencia pragmática. Solo existe la lealtad absoluta hacia el desastre.

En un vistazo: Este artículo sostiene que Alemania ha funcionado históricamente como el propelente de las explosiones europeas: no causa la decadencia del continente, pero sí acelera su conversión en catástrofe. El argumento se basa en una coincidencia narrativa inquietante entre el mito fundacional alemán (El Cantar de los Nibelungos) y el papel geopolítico jugado por Alemania en el último siglo. Tres veces en un siglo —1914, 1939 y 2022-2025— Alemania ha priorizado la lealtad a una causa o alianza por encima de la supervivencia material de Europa, siguiendo el patrón de la Nibelungentreue: fidelidad absoluta hasta las cenizas. La tercera hoguera no se alimenta de bombas, sino de omisión: Alemania acepta la desindustrialización por lealtad atlántica, arrastrando al continente a su declive final.


El relato fundacional: Lealtad hasta las cenizas

Para comprender el patrón que se repite, es necesario conocer el argumento de El Cantar de los Nibelungos, el poema épico medieval que Alemania adoptó como narrativa identitaria.

La historia gira en torno a Sigfrido, héroe invencible que conquista un tesoro maldito (el oro de los nibelungos) y desposa a Krimilda, princesa de Borgoña. Sigfrido es traicionado y asesinado por Hagen, vasallo del rey Gunther, en un complot por el poder y el honor. Krimilda, consumida por la sed de venganza, se casa con Etzel (Atila), rey de los hunos, y años después invita a sus propios hermanos y a toda la corte borgoñona a un banquete.

Lo que sigue es el núcleo del mito: Krimilda exige que le entreguen a Hagen. Los borgoñones se niegan. Ella ordena entonces prender fuego al salón de Etzel y desata una matanza. Los guerreros borgoñones, atrapados entre las llamas y las espadas, luchan hasta la muerte defendiendo a Hagen por lealtad, aunque saben que la causa está perdida y que la destrucción es total. El salón arde. Nadie huye, nadie negocia, nadie se rinde. Prefieren morir todos juntos antes que traicionar el vínculo de lealtad.

Al final, no quedan supervivientes. El salón es un cementerio en llamas. El reino borgoñón ha desaparecido. El tesoro está perdido. Solo queda silencio sobre las cenizas.

La Nibelungentreue: lealtad suicida como virtud suprema

De este relato nace el concepto de Nibelungentreue (lealtad nibelunga): la fidelidad absoluta a una alianza o causa, incluso —y especialmente— cuando conduce al desastre total. No es pragmatismo, no es supervivencia, no es cálculo estratégico. Es la voluntad de mantener el honor del compromiso hasta el final, aunque el final sea la aniquilación.

Este principio, exaltado como virtud suprema en la cultura alemana, ha operado como brújula moral en momentos críticos de la historia del país. Y cada vez que Alemania ha seguido esa brújula, Europa ha ardido con ella.


El guion del desastre: cuando el mito describe la función

El Nibelungenlied no es una simple historia de caballeros; es una narrativa que, inquietantemente, predice el papel geopolítico alemán con precisión escalofriante.

Todos los pueblos tienen sus relatos fundacionales. Pero ninguno describe con tanta exactitud su función histórica real como el alemán. No se trata de determinismo cultural, sino de una coincidencia narrativa que merece atención: tres veces en un siglo, Alemania ha elegido la lealtad al guion trágico por encima de la supervivencia material de Europa.


Primera y Segunda Hoguera: El propelente armado

Las dos guerras mundiales fueron las primeras detonaciones de este patrón.

1914: La lealtad nibelunga a Austria-Hungría

En 1914, Europa estaba en tensión, pero fue Alemania quien activó la Nibelungentreue con Austria-Hungría, convirtiendo un conflicto regional en una pira continental. La decadencia de los imperios europeos era un hecho; Alemania fue el propelente que transformó esa decadencia en catástrofe. Guillermo II declaró que Alemania permanecería junto a su aliado austriaco "con lealtad nibelunga", y esa frase no fue retórica vacía: fue el detonante de una guerra que nadie ganó y que vació de poder a toda Europa.

1939: Krimilda desatada

En 1939, bajo un delirio de pureza y poder total, Alemania actuó como una Krimilda desatada: ejerció su propia Nibelungentreue, pero dirigida hacia su marido asesinado, hacia Sigfrido. Como ella, que tras la muerte de su esposo y viendo también morir a su hijo en la venganza, incendió el salón para castigar la traición, Alemania prendió fuego al hogar común europeo para vengar las humillaciones de Versalles y perseguir una visión de orden racial absoluto. La lealtad de Krimilda a Sigfrido la llevó a sacrificarlo todo —incluso a su propia sangre— con tal de cumplir su juramento de venganza. De nuevo, las condiciones de crisis estaban dadas; Alemania aceleró la explosión con lealtad fanática a su propio mito de resurrección.

En ambos casos, el resultado fue idéntico: el vaciamiento de la fuerza europea y el trasvase del poder global hacia el otro lado del Atlántico. Europa no cayó sola, pero Alemania fue quien empujó el detonador.


La Tercera Hoguera: El propelente por omisión

Lo que nos lleva al presente: la fase más sibilina y quizá definitiva de la caída.

Tras 1945, Alemania construyó la Unión Europea como una maquinaria económica prodigiosa. Se convirtió en la locomotora del continente, el centro de gravedad industrial de Europa. Y esa locomotora funcionaba en las últimas décadas a tope con un combustible específico: energía barata procedente de Rusia a través de gasoductos como Nord Stream.

Pero en 2022, esa infraestructura fue destruida. Y Alemania, el país cuya economía dependía de ella, no exigió investigaciones transparentes, no protestó con contundencia, no replanteó su posición estratégica. Simplemente aceptó.

La tercera hoguera no se alimenta de bombas, sino de dimisión. Alemania está permitiendo que el motor industrial europeo —su propia industria— sea desmantelado por los intereses estratégicos de los americanos, su nuevo "Etzel" atlántico.

La nueva Nibelungentreue

La lealtad suicida ya no es con Austria-Hungría. Hoy es con el bloque atlántico, con Washington. Y una vez más, Alemania prioriza esa lealtad por encima de su supervivencia material:

  • Acepta sin rechistar el sabotaje de su seguridad energética
  • Asume el encarecimiento brutal de sus costes de producción
  • Observa impasible cómo su industria química, metalúrgica y automovilística pierde competitividad
  • Permite la fuga de empresas hacia Estados Unidos, donde la energía es más barata gracias, en parte, al GNL americano que ahora Europa debe comprar a precio de oro

Y hay una guerra de por medio. Eso hace el silencio alemán aún más grave. No se trata de pacifismo o prudencia, sino de complicidad pasiva con la destrucción de la propia base material europea.


El propelente perfecto: peso sin agencia

Alemania es el propelente perfecto porque es el único país con el peso suficiente para arrastrar a todos los demás al salón en llamas.

  • Si Alemania se planta y defiende sus intereses estratégicos, Europa tiene margen de maniobra
  • Si Alemania se arrodilla, Europa muere con ella

Hoy, Berlín ha decidido que la "disciplina de bloque" es superior a la soberanía europea. Al aceptar su propia desindustrialización sin resistencia, Alemania está firmando el acta de defunción del continente. No es una derrota militar como en 1918 o 1945; es una dimisión ontológica disfrazada de virtud: responsabilidad histórica, solidaridad occidental, lealtad atlántica.

La paradoja de la omisión como acción

En 1914 y 1939, Alemania hizo algo que incendió Europa: declaró guerras, invadió, destruyó.

En 2022-2025, Alemania no hace nada mientras Europa arde. Y esa omisión es tan letal como las acciones previas.

Ambas actitudes —la agresión y la pasividad— son expresiones del mismo patrón nibelungo: la lealtad al guion trágico por encima de la supervivencia. El mito no exige victoria; exige fidelidad hasta las cenizas.


Epílogo: El silencio de los borgoñones

El Cantar de los Nibelungos termina con un silencio absoluto sobre las ruinas de un reino que fue glorioso. Todos los héroes han muerto. No hay herederos. Solo ceniza y leyenda.

Alemania, cumpliendo su narrativa fundacional por tercera vez en un siglo, parece decidida a que Europa termine igual: como un relato de museo, una civilización que prefirió arder con sus principios antes que sobrevivir con pragmatismo.

La paradoja es cruel: el país que por su fuerza debía sostener a Europa es el que, por su peso, la arrastra al abismo cada vez que elige la lealtad mítica sobre el interés material.

Europa no cae sola. Pero Alemania, una vez más, ha decidido ser el propelente de su explosión final.

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