Ayn Rand: la coartada moral del neoliberalismo
Rand contra Smith (y contra la economía política): cómo el neoliberalismo moraliza el egoísmo borrando la ética y la verdad material
Hay una operación ideológica muy eficaz que se repite una y otra vez: convertir una preferencia política en una virtud moral. El neoliberalismo necesita esa operación para funcionar, y Ayn Rand es el instrumento perfecto para ejecutarla. Su fórmula es simple y seductora: el egoísmo no solo es inevitable, sino bueno; no solo es humano, sino virtuoso. El individuo que persigue su interés sería el héroe moral, y el que apela a obligaciones sociales sería, como poco, un manipulador; como mucho, un parásito.
En un vistazo: Este artículo critica la operación ideológica central del neoliberalismo: convertir el egoísmo en virtud moral. Ayn Rand no solo defiende la libertad; transforma el interés propio en criterio de lo justo, y con ello ofrece la coartada ética que el neoliberalismo necesita para justificar desregulación, privatización y concentración de riqueza. La tesis central: el neoliberalismo despolitiza la economía precisamente cuando la moraliza. Al convertir conflictos de poder en juicios sobre el carácter individual, cierra la conversación política antes de que empiece. El artículo confronta a Rand con Adam Smith (Teoría de los sentimientos morales) y la economía política clásica, mostrando cómo sus personajes —John Galt, Howard Roark— encarnan un "átomo moral" que Smith rechazaría como alienación. Donde los clásicos veían clases, rentas y conflicto distributivo, Rand ve genios solitarios; donde Smith exigía justicia y reconocimiento mutuo, Rand consagra el juicio unilateral del ego. El resultado: un sistema donde el ganador no solo gana, sino que merece, y el poder queda blindado como orden moral.
Lo que el neoliberalismo necesita justificar —desregulación, privatización, desmantelamiento del Estado social, concentración de riqueza— no se vende bien como programa técnico. Suena árido, o peor: suena a lo que es, una redistribución del poder hacia arriba. Pero si conviertes ese programa en un relato moral sobre creadores y parásitos, sobre mérito y envidia, sobre libertad individual frente a colectivismo opresor, entonces ya no discutes política: discutes carácter. Y Rand proporciona exactamente ese relato.
El problema no es que Rand "defienda la libertad". El problema es que hace algo más radical: transforma el interés propio en criterio de lo justo. Y aquí aparece el contraste que el neoliberalismo intenta ocultar: no solo choca con Adam Smith cuando lo lees completo (Teoría de los sentimientos morales), sino también con la verdad material que la economía política clásica nunca dejó de mirar de frente.
Porque los clásicos —con todas sus limitaciones— tenían una virtud que el discurso neoliberal suele perder: hablaban de cómo se produce la riqueza, quién la controla y cómo se reparte. Eso implica conflicto, poder, dependencia, instituciones y coerción. El neoliberalismo, en cambio, tiende a convertir esa realidad áspera en un cuento limpio sobre individuos que "eligen" en un mercado neutral. Y Rand le pone la guinda: si ese cuento es cierto, entonces el ganador no solo gana: merece.
1) Lo que Smith aporta (y Rand no tolera): moral contra autoengaño
El corazón de la ética smithiana es una idea que dinamita a Rand: el espectador imparcial. Es el punto de vista interiorizado desde el cual te juzgas como si fueras otro, como si tu pasión no tuviera permiso para declararse inocente a sí misma.
Smith entiende algo elemental: el problema moral no es que tengamos intereses; es que somos expertos en justificarlos. Si mi beneficio es mi criterio, siempre encontraré una narrativa para convertir mi apetito en virtud, mi éxito en merecimiento y el daño colateral en "inevitabilidad".
Rand hace lo contrario: consagra el relato interno como autoridad moral. Y eso, aplicado a una sociedad desigual, es gasolina.
1 bis) El personaje de Rand como "átomo moral" vs. el "hombre social" de Smith
Los héroes de Rand —John Galt, Howard Roark— son individuos que existen en un vacío social. Su única brújula es su propio juicio. No deben nada a nadie, no reconocen deuda con la sociedad que los formó, no aceptan que su éxito dependa de condiciones materiales o institucionales previas.
Para Smith, eso no es heroísmo: es alienación. Porque el individuo smithiano no es un átomo; es un nudo de relaciones. Nos juzgamos a través de los demás, construimos nuestro criterio moral internalizando la mirada del otro, y dependemos de una trama social que nos precede y nos sostiene.
Rand moraliza el aislamiento. Al declarar que el individuo no debe nada a nadie, convierte un hecho político —la interdependencia económica— en un pecado moral: el colectivismo. Y así despolitiza: al reducir la economía a "duelos de voluntad" entre creadores y parásitos, borra la estructura. Ya no hay leyes de propiedad, ni herencias, ni privilegios estatales, ni acceso desigual al crédito. Solo hay carácter. La economía deja de ser política para ser biografía.
2) El truco: llamar "virtud" a la prudencia
Rand suele vender el "egoísmo" como independencia, responsabilidad, creatividad, mérito. En la práctica, eso es prudencia: cuidar tu vida, tu proyecto, tu autonomía. Smith no desprecia la prudencia; la considera valiosa.
Pero Smith distingue lo decisivo: la prudencia no agota la ética. Puedes ser prudente y seguir siendo injusto. Puedes ser eficaz y vivir de relaciones abusivas. En Smith, la virtud exige autocontrol, medida, reconocimiento del otro y un marco de justicia que no depende de tu conveniencia.
Rand toma una parte (prudencia) y la declara el todo (virtud). Ese salto es exactamente lo que permite que un programa político se disfrace de moral.
2 bis) El espectador imparcial como juez de los héroes de Rand
Imagina pasar a Howard Roark o a John Galt por el filtro del espectador imparcial de Smith.
Roark se niega a modificar sus diseños porque "no vive para los demás". Galt detiene el mundo porque el mundo no lo merece. Ambos declaran que su único juez es su propio criterio, que no necesitan validación externa, que la opinión ajena es irrelevante o sospechosa.
Smith diría que eso no es orgullo legítimo: es patología moral. El espectador imparcial requiere simpatía (empatía) para validar nuestras acciones. Nos preguntamos: "¿otro, en mi lugar, con mi información pero sin mi pasión, aprobaría esto?". Es el mecanismo que nos protege del autoengaño.
Un personaje que dice "no vivo para los demás" está, en términos de Smith, renunciando a la base de la justicia, que es el reconocimiento mutuo. Y aquí aparece la despolitización: si la única validación necesaria es la del propio ego, entonces no hay necesidad de deliberación pública ni de consenso social sobre lo que es justo. La justicia se vuelve algo que el "creador" decide unilateralmente.
Rand convierte esa renuncia en virtud. Y con eso cierra la conversación política antes de que empiece.
3) Aquí entra la diferencia grande: la economía política clásica miraba el poder; el marginalismo lo disuelve
El neoliberalismo no nace solo de Rand. Rand es el martillo moral. Pero el terreno se prepara antes, con un giro intelectual: del análisis de clases, rentas y conflicto al análisis de preferencias individuales, utilidad y equilibrio.
La economía política clásica (Smith, Ricardo y compañía; también Marx como heredero crítico) se obsesiona con preguntas incómodas:
¿de dónde sale el valor?
¿cómo se reparte entre salarios, beneficios y rentas?
¿qué poder tienen propietarios de tierra, capital, crédito o monopolios?
¿qué pasa cuando el trabajador "acepta" porque no tiene alternativa?
Ese enfoque tiene algo brutalmente honesto: el mercado no es un jardín de decisiones libres; es un sistema social con posiciones.
El marginalismo y la economía neoclásica, en cambio, tienden a reescribir el mundo como un conjunto de intercambios entre agentes simétricos que maximizan utilidad. Ese movimiento no solo desplaza el conflicto distributivo: lo disuelve en un artefacto formal. La distribución deja de ser un problema político y pasa a presentarse como un resultado "técnico" del equilibrio. Pero ese resultado depende de abstracciones cada vez menos reales —agentes sin historia, sin poder, sin dependencia, sin instituciones— que describen peor el capitalismo efectivo que los planteamientos clásicos, precisamente porque eliminan del modelo lo que organiza la vida social: posición, coerción y conflicto.
3 bis) La inversión de la economía clásica: del trabajo social al genio individual
Los clásicos veían la economía como el estudio de cómo las clases sociales se relacionan para reproducir la vida. Smith pregunta cómo se forma el valor, cómo se reparte, qué papel juegan el trabajo, la tierra y el capital. Ricardo obsesiona con la renta y la distribución. Marx radicaliza esa lógica y pone el conflicto en el centro.
Rand hace una operación magistral: invierte la causalidad. Para los clásicos, el valor tiene que ver con el trabajo social y las condiciones materiales de producción. Para Rand, el valor es una proyección del genio individual. El creador no depende de nada: él es la fuente.
Eso despolitiza de manera brutal. Porque si la riqueza es el resultado puramente moral del "esfuerzo del genio", entonces se vuelve inmoral preguntar por la distribución. Si cuestionas por qué un CEO gana 500 veces más que un obrero, Rand no te responde con datos económicos: te responde con una acusación moral. "Eres un envidioso que odia la excelencia."
Así se cierra la discusión política sobre el salario, la renta, la propiedad, el acceso. Lo que era un problema de reparto del poder se convierte en un problema de reconocimiento del mérito. Y el mérito, por supuesto, lo define quien ya ganó.
4) Neoliberalismo: la impostura no es que esté "equivocado", es que cambia el objeto
La impostura típica no consiste en un error de cálculo, sino en cambiar de tema.
Si hablas de salarios estancados, te responden "productividad individual".
Si hablas de monopolios, te responden "innovación".
Si hablas de vivienda, te responden "oferta y demanda" como si fuera meteorología.
Si hablas de coerción económica, te responden "nadie te obliga".
El neoliberalismo opera así: transforma problemas de poder en problemas de comportamiento individual. Y cuando hace eso, Rand encaja como anillo al dedo, porque convierte esa operación en moral: si tu situación es mala, es culpa tuya; si alguien gana, lo merece; si pides protección, parasitas.
La secuencia es limpia:
simplificas el mundo social a decisiones individuales,
declaras neutral el mercado,
conviertes el éxito en señal de mérito,
y rematas con una ética del ganador.
5) Justicia: la frontera que Rand reduce hasta casi desaparecer
Smith es muy claro en una jerarquía práctica: la beneficencia es deseable, pero no se puede exigir; la justicia, en cambio, es obligatoria. Y no por sentimentalismo, sino por estructura social: sin justicia la sociedad no se sostiene.
Rand suele reducir justicia a "no uses la fuerza". Pero en sociedades complejas, la injusticia real no necesita un puñetazo: basta con captura de mercado, fraude, colusión, abuso de posición, control de acceso (vivienda, crédito, empleo, plataformas), dependencia y chantaje económico.
Si quitas eso del mapa, el mundo se vuelve moralmente cómodo para el fuerte.
5 bis) El truco final: moralizar para despolitizar
Aquí está la operación completa: convertir un conflicto político en un juicio moral individual.
Si el problema es que alguien no tiene vivienda, el neoliberalismo no pregunta "¿quién controla el suelo y el crédito?"; pregunta "¿por qué no ahorraste más?". No se trata de que ignore el problema: lo recodifica como fallo personal.
Y ahí entra Rand con la pieza decisiva: moraliza ese desplazamiento. No solo te dice que la economía es neutral; te dice que el ganador es virtuoso y el perdedor es débil. Así, lo que era una cuestión de reparto del poder se convierte en una cuestión de merecimiento.
El resultado es devastador: despolitizas la economía precisamente cuando la moralizas. Porque si el éxito es virtud y el fracaso es vicio, entonces no hay nada que discutir políticamente. Solo hay gente que merece y gente que no. Y eso no se negocia: se premia o se castiga.
6) Conclusión: Rand no es Smith. Es la pieza moral que completa la despolitización económica
Si quieres resumirlo: Smith admite el interés propio como motor, pero lo disciplina con moral y justicia; los clásicos miran poder y reparto; el neoliberalismo limpia el conflicto y lo convierte en cuento técnico; y Rand lo moraliza.
Por eso Rand funciona como fetiche neoliberal: porque ofrece una coartada ética para un giro previo que ya había desactivado la pregunta peligrosa: "¿quién se queda con qué, y por qué?"
Y lo hace mediante un truco perfecto: despolitiza la economía precisamente cuando la moraliza. Convierte el conflicto en carácter, el reparto en mérito, la posición estructural en elección individual. Cuando el egoísmo se vuelve virtud, ya no hay que discutir el poder: basta con juzgar a las personas.
Así, el ganador no solo gana: merece. Y el sistema que lo sostiene queda blindado como orden moral.



Comentarios
Publicar un comentario