El Homo economicus en Valdemanín

Cuando cobrar el 100% destruye el 100%: el caso de Villamanín

Cuando querer cobrar el 100% puede destruir el 100%: el caso de Villamanín

En Villamanín (León), un error en la venta de participaciones de lotería premiada desencadenó un dilema: aceptar una quita proporcional y cobrar rápido, o exigir el 100% aunque eso prolongue el conflicto durante años. Este caso revela en crudo la lógica del homo economicus: esa forma de pensar que reduce un conflicto humano a "me toca X, exijo X, y el resto es ruido". Pero el verdadero hallazgo no es que algunos elijan maximizar, sino cómo ese guion cultural opera: convierte la maximización en "principios", ignora los costes sociales, y normaliza la ruptura comunitaria como daño colateral inevitable.

En un vistazo: El caso Villamanín muestra cómo funciona el homo economicus cuando deja de ser teoría y se convierte en conducta. La tesis central: este modelo antropológico no describe naturaleza humana, sino un guion cultural que se ha normalizado. Convierte la maximización individual en "justicia", trata la cooperación como ingenuidad, e ignora que en sistemas sociales el 100% de un premio puede ser el 100% de una victoria pírrica en un entorno degradado. Lo interesante es que no todos siguieron el guion: hubo quienes aceptaron la quita, demostrando que el modelo maximizador no es inevitable. La pregunta que deja abierto el caso: ¿puede una comunidad reconocer ese guion y desaprenderlo?

En Villamanín (León), una entidad local vendió participaciones de un número de la Lotería de Navidad. El número resultó premiado, pero tras el sorteo se descubrió un fallo: se habían distribuido participaciones por un importe superior al realmente respaldado por décimos oficiales. En la práctica, eso deja a algunas personas con un papel que acredita participación, pero sin cobertura suficiente para cobrar el premio "como lotería".

A partir de ahí surgió el dilema: buscar un acuerdo rápido con una quita proporcional para que nadie se quede fuera, o entrar en conflicto (reclamaciones, demandas, bloqueo) para intentar cobrar el 100%, aunque eso pueda alargar el desenlace durante años.

Villamanín no es interesante por el cotilleo local. Es interesante porque hace visible, en crudo, un tipo de lógica que llevamos décadas normalizando: la lógica del homo economicus. No como teoría económica, sino como guion cultural. Esa forma de pensar que reduce un conflicto humano a una operación: "me toca X, exijo X, y el resto es ruido".

1) Qué es el homo economicus cuando sale del manual y entra en la vida

El homo economicus no es "el egoísta". Es algo más específico: el individuo que se concibe a sí mismo como una unidad separada, que maximiza su beneficio y que trata el resto —vínculos, comunidad, consecuencias— como externalidades.

En el papel, esa figura "optimiza". En la vida real, su marca no es la inteligencia: es la reducción. Reduce un problema complejo a una sola variable: lo mío. Y, si hace falta, acepta costes enormes porque no los lee como costes: los lee como peajes legítimos en la ruta hacia el máximo.

2) El gesto clave: preferir el 100% dentro de años al 90% ahora

Aquí está la bisagra del caso. Si la alternativa es cobrar algo ya mediante una quita, ¿qué significa preferir el 100% aunque el conflicto se prolongue? Significa aplicar un cálculo donde el coste de oportunidad de la paz es cero. Como si cuatro o cinco años de conflicto fueran neutros, como si el dinero futuro valiera lo mismo que el dinero presente y como si la convivencia no tuviera un precio de mercado.

Esto convierte a Villamanín en una puesta en escena del Dilema del Prisionero. Si todos cooperan (aceptan la quita), todos ganan algo rápido y el pueblo sigue adelante. Pero si los individuos deciden no cooperar esperando que los demás sí lo hagan para ellos llevarse el máximo, el sistema se bloquea. Al final, la supuesta "racionalidad" individual dicta que todos pierdan: el dinero se queda en el limbo, los abogados cobran y la comunidad se rompe.

3) El truco ideológico: llamar "principios" a la maximización

En estos conflictos, la posición dura rara vez se presenta como "quiero más dinero". Se presenta como virtud.

"Es lo que me corresponde."

"Yo no tengo la culpa."

"Si cedo, se premia el error."

Aquí aparece el mecanismo central: el homo economicus moderno no va desnudo. Va vestido de moral. Convierte el máximo en "justicia" y la negociación en "claudicación". Lo que hace poderosa esa lógica no es el dinero; es que ofrece una coartada perfecta: puedes actuar como maximizador y sentirte, a la vez, un hombre de principios.

4) El punto ciego: las externalidades humanas

El homo economicus vive de una ficción: que tus decisiones no tienen coste fuera de ti. Pero el coste de ir "a por el 100%" lo pagan muchos: se envenena la convivencia, se multiplica el resentimiento y se degrada la confianza futura. La paradoja es brutal: la decisión que se presenta como "racional" es la que más valor destruye. Porque en sistemas sociales, el beneficio no vive en el vacío: vive dentro de vínculos. Sin esos vínculos, el 100% de un premio es el 100% de una victoria pírrica en un entorno degradado.

5) Por qué esto es una crítica al neoliberalismo como cultura

El neoliberalismo no se limita a describir individuos; ha fabricado un ideal: el sujeto que maximiza y se justifica. Esto no ocurre en abstracto. Se aprende en políticas públicas que premian la competencia sobre la cooperación, en narrativas empresariales que celebran al "ganador", en sistemas educativos que enseñan a optimizar el currículum personal antes que a construir comunidad.

Cuando esa antropología se vuelve sentido común, la cooperación deja de parecer virtud y pasa a parecer ingenuidad. Villamanín muestra el resultado: frente a un fallo humano reparable, el sistema cultural ofrece una respuesta automática: "cada uno a por lo suyo". Y si el conjunto se rompe, se asume como daño colateral. Eso no es naturaleza humana; es aprendizaje social.

6) La objeción obvia: "pero también hay bondad"

Claro que la hay. Y aquí es donde el caso se vuelve más interesante: no todos los afectados en Villamanín eligieron el conflicto. Hubo quienes aceptaron la quita, quienes priorizaron la paz sobre el máximo. Esa decisión puede venir de inteligencia práctica (evitar años de guerra), pero también de compasión.

La generosidad existe y es una tecnología de reparación: es la capacidad de absorber parte del coste para salvar el conjunto. El homo economicus desprecia esto porque no sabe tabularlo en su Excel, pero es precisamente lo que evita que un error administrativo se convierta en una catástrofe social. Que haya personas dispuestas a ceder no desmiente el análisis; lo refuerza: demuestra que el guion cultural no es inevitable, que hay resistencias, que la lógica maximizadora no es la única forma de pensar.

7) Conclusión: Villamanín no demuestra maldad; demuestra un guion

La moraleja útil es que Villamanín revela cómo opera el modelo cuando se convierte en conducta. Cuando esa estructura se impone, un fallo humano deja de ser un problema a reparar y se convierte en una oportunidad para maximizar.

Al final, el éxito de una demanda judicial podría ser el acta de defunción de la comunidad. Porque un pueblo donde nadie está dispuesto a perder un euro para que el vecino no lo pierda todo, deja de ser un pueblo para convertirse, simplemente, en un código postal compartido por desconocidos con derechos en la mano y vínculos rotos.

Pero la pregunta que deja abierto el caso es esta: ¿puede una comunidad reconocer ese guion y rechazarlo? ¿Pueden los que aceptaron la quita convertirse en ejemplo de otra lógica posible? Si algo enseña Villamanín es que el homo economicus no es un destino. Es una elección que se puede desaprender.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Pasión o sumisión: lo que el fútbol argentino enseña al Atleti

Jacques Baud y la sanción europea: cuando disentir se paga con la ruina

Lo que sí existe: desmontando el mito de las denuncias falsas