Petróleo: Pasolini en Caracas

Pasolini: un referente incómodo de la izquierda (y por eso necesario)

Cuando el poder entra en modo administración, la política se convierte en logística y el derecho en barniz: Venezuela como caso pasoliniano

Pasolini fue uno de los grandes pensadores de la izquierda heterodoxa del siglo XX, y tuvo la lucidez de no venderse a la sociedad de consumo cuando el capital lo ofrecía todo a cambio de silencio. Si la izquierda quiere seguir pensando —y no solo simular que piensa— necesita herejes. A falta de herejes nuevos, su visión sigue siendo útil cincuenta años después.

En un vistazo: Este artículo analiza la vigencia del pensamiento de Pier Paolo Pasolini a través de su obra inacabada Petrolio y su aplicación al caso de Venezuela en enero de 2026. El petróleo funciona en Pasolini como metáfora moral del poder contemporáneo: oscuro (opaco), viscoso (adherente) y pegajoso (contamina todo lo que toca). La intervención militar estadounidense en Venezuela ejemplifica exactamente lo que Pasolini describió: cuando el poder entra en modo administración, el derecho internacional y nacional se convierten en barniz, la política en logística y la moral en coartada. No se trata de predecir casos concretos, sino de describir patrones de funcionamiento del poder que siguen operando cincuenta años después.

Pasolini sigue vivo: marxista sin liturgia, anticlerical sin complacencia, popular sin populismo, y sobre todo ferozmente anticonsumista. No se limitó a denunciar "la derecha" o "el capital" como abstracciones: señaló cómo el nuevo poder —industrial, mediático, tecnocrático— homologa, vacía el lenguaje y convierte la vida en mercancía, incluso cuando se disfraza de modernización o progreso. En ese punto su diagnóstico sigue siendo útil: el enemigo no siempre grita; a menudo sonríe y administra.

Petróleo, obra inacabada: una ventaja, no una carencia

Petróleo (Petrolio) es su testamento narrativo y político: monstruoso, fragmentario, inacabado, construido como una serie de "apuntes" que bordean la novela sin cerrarla. Pasolini trabajó en ella entre 1972 y 1975 y se publicó póstumamente en 1992 (Einaudi).

Esa forma no es un accidente: es coherente con lo que quiere mostrar. El protagonista, Carlo, aparece como un hombre del aparato (en muchas lecturas, ligado al mundo energético estatal) y se despliega mediante un motivo central: el doble. El "hombre y su gemelo", el sujeto escindido que puede ser, a la vez, funcionario del orden y criatura del subsuelo.

Tal vez sea mejor que no esté terminada. Un texto cerrado ofrece "solución" o moraleja. Petróleo no: deja al lector ante una maquinaria abierta, como si dijera: no busques el final; mira el mecanismo. Su inacabamiento no empobrece el pensamiento: lo impide cristalizar. Se asoma uno y ve engranajes, no conclusiones.

El petróleo como metáfora total: oscuro, viscoso, pegajoso

En Petróleo, el petróleo no es solo tema económico. Es sustancia moral.

Oscuro: porque el poder contemporáneo funciona en la penumbra. No solo en lo clandestino, sino en lo opaco: informes, despachos, pactos, intermediarios, "seguridad nacional", "procedimientos". Lo esencial ocurre fuera de foco.

Viscoso: porque no opera por choque frontal, sino por adherencia. Se pega a instituciones, partidos, tribunales, prensa, empresas. Todo queda untado: la responsabilidad se difumina y el sistema sigue funcionando.

Pegajoso: porque no hay manos limpias cuando el medio en el que te mueves es aceite. Puedes discutir ideologías, pero el cuerpo social ya está impregnado por el incentivo, el miedo, la promoción, el chantaje, la dependencia.

Ese es el corazón pasoliniano: la corrupción no es un vicio puntual; es un estado físico de la sociedad. Y por eso el petróleo es el símbolo perfecto: algo que hace funcionar el mundo y a la vez lo mancha.

Venezuela: cuando el derecho se disuelve en la sustancia

Lo ocurrido en Venezuela encaja con ese esquema de forma casi obscena, precisamente porque no requiere sutilezas.

El 3 de enero de 2026, Estados Unidos lanzó una operación militar en Venezuela con bombardeos/ataques y una acción de fuerzas especiales que terminó con la captura del presidente Nicolás Maduro (y Cilia Flores), trasladados a Nueva York para enfrentar cargos vinculados a narcotráfico/terrorismo según el relato estadounidense. Trump lo presentó como intervención directa y llegó a afirmar que EE. UU. "dirigiría/gestionaría" Venezuela mientras se produce una transición.

Ahora, el punto pasoliniano no es "qué opinamos de Maduro". Ese debate —moral, ideológico— puede ser interminable y, además, suele servir de cortina.

El punto es otro: la forma del acto.

La soberanía como papel mojado

Juristas citados por prensa internacional han señalado que la operación carece de justificación legal sólida bajo el derecho internacional (uso de la fuerza contra un Estado soberano fuera de los supuestos de legítima defensa o autorización del Consejo de Seguridad). Se ha descrito, sin rodeos, como violación de la Carta de la ONU y hasta como "agresión".

El derecho estadounidense como decoración

Según reportajes, la operación se ordenó sin autorización del Congreso, lo que reabre la vieja grieta entre poder ejecutivo y control legislativo en acciones militares.

La moral como coartada; la gestión como objetivo

El encuadre "narco-terrorismo", "seguridad" o "orden" cumple la función clásica que Pasolini olfateaba: convertir una operación de fuerza en una operación "higiénica". Y cuando el propio discurso oficial habla de "administrar" el país, se delata el fondo: el Estado deja de ser comunidad política y pasa a ser activo gestionable.

Pasolini entendía el poder como capacidad de apropiarse del cuerpo, exhibirlo, trasladarlo, reducirlo a objeto. En Venezuela, el símbolo no es solo el ataque: es la extracción física del jefe del Estado y su traslado a una jurisdicción extranjera. La soberanía se convierte en una escena: puedo sacarte de tu casa, del palacio, del país.

El hilo rojo: lo oscuro y viscoso que está debajo del discurso

Tanto el derecho interno de EE. UU. como el derecho internacional aparecen, otra vez, como una capa superficial que se rompe cuando emerge algo más básico: la lógica material del poder. No tiene por qué ser "petróleo" en sentido literal para funcionar como petróleo en sentido pasoliniano: una sustancia que todo lo permea, que hace girar la máquina y que, cuando se impone, deja el derecho como un barniz.

Y esa es, exactamente, la vigencia de Petrolio: no "predijo" un caso; describió un patrón. Cuando el poder entra en modo administración, la política se convierte en logística, el derecho en justificación posterior y la moral en relato de portada. Debajo, sigue estando lo mismo: oscuridad, viscosidad, adherencia.


Resumen final

Por eso Pasolini sigue siendo necesario precisamente porque sigue siendo incómodo: obliga a mirar lo que funciona debajo del discurso, incluso cuando ese discurso coincide con nuestras propias convicciones. No ofrece consuelo; ofrece método. Y eso, hoy, puede valer más.

El caso de Venezuela en 2026 no requería que Pasolini lo "predijera". Lo que Petrolio ofreció fue una radiografía de cómo funciona el poder cuando deja de fingir. Cuando la fuerza se ejerce sin disimulo, cuando el derecho se convierte en papel mojado y cuando "administrar" un país se dice en voz alta, lo que emerge es exactamente aquello que Pasolini señaló: una sustancia oscura, viscosa y pegajosa que todo lo impregna. Esa sustancia sigue ahí. Y por eso su lectura sigue siendo vigente.

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