El 23F fracasó y lo recordamos como el gran atentado contra la democracia española. La reforma del artículo 135 triunfó y casi nadie la llama golpe de estado. Unos se llevan la fama. Otros escardan la lana.
Hay un refrán español que viene al caso: unos se llevan la fama y otros escardan la lana. Se aplica a quienes acaparan la atención mientras otros hacen el trabajo real. Funciona igual para los golpes de estado.
Ahora que se desclasifican los documentos del 23 de febrero de 1981, volvemos a hablar de aquel episodio como el gran atentado contra la democracia española. Y tiene sentido: hombres armados en el Congreso, tanques en Valencia, diputados en el suelo. Tejero se llevó la fama. El fracaso fue tan dramático que reforzó el sistema que intentaba destruir.
Pero mientras recordamos ese golpe que no pudo ser, hablamos mucho menos de los que sí funcionaron.
El que escardó la lana
En agosto de 2011, con los mercados presionando sobre la deuda española y el BCE condicionando su ayuda, el gobierno reformó la Constitución en tiempo récord. El artículo 135 quedó reescrito para blindar el pago de la deuda por encima de cualquier otra prioridad política. Sin debate público relevante. Sin que casi nadie saliera a la calle. Con el respaldo de los dos grandes partidos y en cuestión de días.
No hubo pistolas. Hubo boletines oficiales. No hubo tanques. Hubo agencias de calificación y comunicados del BCE. Todo perfectamente legal, todo dentro del orden constitucional.
Y sin embargo el resultado fue lo que cualquier golpe de estado persigue: decidir de forma permanente quién manda realmente.
Desde ese momento, cualquier gobierno español, con el respaldo electoral que tenga, gobierna dentro de un perímetro que no fijó la ciudadanía sino los mercados financieros y sus instituciones. La soberanía popular no fue abolida. Fue recolocada en un segundo plano.
El golpe perfecto no tiene cara
Lo que hace al 23F tan presente en la memoria colectiva es precisamente que tuvo un rostro: Tejero, el tricornio, el disparo al techo. Hubo un responsable identificable, un momento dramático, un relato con principio y fin.
El golpe de 2011 no tiene nada de eso. Sus autores no irrumpieron en ningún hemiciclo. No dejaron fotografías. El golpe llegó en forma de prima de riesgo, de reuniones en Bruselas, de condiciones técnicas sobre el déficit.
Es difícil de dramatizar, difícil de recordar, y precisamente por eso, difícil de revertir. Los representantes electos no fueron secuestrados: simplemente trasladaron al texto constitucional las exigencias que llegaban de Bruselas y Fráncfort.
La soberanía que sobrevivió a Tejero
España resistió el 23F. La democracia aguantó la fuerza. Esa es la historia que contamos, y tiene sentido contarla.
Pero mientras celebramos esa resistencia, conviene preguntarse qué pasó treinta años después, cuando la amenaza no llegó con pistola sino con prima de riesgo. Cuando los tanques fueron sustituidos por agencias de calificación. Cuando el asalto al Parlamento fue reemplazado por una reforma exprés de la Constitución a petición de los mercados.
Unos se llevan la fama
La apertura de los archivos del 23F es un ejercicio necesario de transparencia histórica. Pero también es una oportunidad para ampliar la reflexión más allá del golpe que fracasó.



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