Tres partidos presentaron propuestas legislativas sobre el velo integral en una misma semana de febrero de 2026. El número de mujeres que lo usan en España es, según los especialistas, residual. Eso no es un dato menor. Es la noticia.
El 17 de febrero de 2026, el Congreso debatió durante horas la prohibición del burka y el niqab. Ese mismo día, los arabistas consultados por la Cadena SER resumieron la situación con una frase que debería haber cerrado el debate antes de que empezara: en España no existe un problema social vinculado al uso del burka o el niqab.
No es una opinión. Es el diagnóstico de los especialistas en la materia. El uso del velo integral en España es, en palabras del Diario Público, una práctica "residual". No hay cifras oficiales porque no hay fenómeno que medir. Y sin embargo, tres partidos —VOX, PP y Junts— presentaron o anunciaron tres propuestas legislativas distintas en el mismo mes.
Eso es lo que merece explicación: no el burka, sino el debate sobre el burka.
1. El espejo marroquí
Si la preocupación fuera real y no performativa, el primer paso lógico sería mirar a la comunidad que protagoniza la inmigración musulmana en España. Esa comunidad es la marroquí: 968.999 personas a 1 de enero de 2025, según el INE, a las que hay que sumar más de 270.000 nacionalizados en los últimos años. Casi un millón de residentes y cientos de miles de ciudadanos españoles de pleno derecho.
¿Y qué dice Marruecos sobre el burka? En enero de 2017, el propio Estado marroquí —un reino que se define constitucionalmente islámico, cuyo monarca ostenta el título de Comendador de los Creyentes— prohibió la fabricación y comercialización de la prenda.
La escuela malikí, predominante en el norte de África, sostiene que el rostro y las manos no forman parte de la awra, la parte del cuerpo que debe cubrirse. El velo integral no es una obligación religiosa para la inmensa mayoría de los musulmanes en España. Es, en el mejor de los casos, una práctica minoritaria dentro de una minoría.
2. Tres propuestas, ningún problema real
La fragmentación del bloque prohibicionista revela mejor que ningún argumento la naturaleza del debate. Cuando hay un problema real, las soluciones convergen. Cuando hay un problema fabricado, cada actor lo moldea a su medida electoral.
Tres partidos, tres enfoques radicalmente distintos para el mismo supuesto problema. Y el daño colateral ya es visible: según datos sociológicos recogidos en el debate, el 61,9% de los musulmanes en España ha empezado a practicar su religión de forma más discreta por miedo a ser asociado con el terrorismo o el extremismo.
Un debate sobre una prenda que casi nadie lleva está logrando que casi un millón de personas se sienta bajo sospecha permanente.
3. Lo que ya existe y nadie menciona
Jurídico · OperativoEl argumento de la seguridad, el más invocado, tiene un problema: ya está resuelto. La Ley Orgánica 4/2015 de protección de la seguridad ciudadana permite a los agentes requerir identificación en supuestos tasados, incluyendo a personas con el rostro cubierto. La negativa puede derivar en multa grave o incluso en cargos penales por desobediencia.
No hay vacío legal. No hay desprotección. Lo que hay es un debate que no busca resolver un problema operativo, sino enviar un mensaje. Y ese mensaje, como advirtió el Tribunal Supremo al anular la prohibición municipal de Lleida en 2013, tiene efectos contrarios a los declarados: no integra, sino que puede enclaustrar a las mujeres afectadas, aumentando su dependencia del entorno familiar más conservador.
Francia ya lo comprobó. El informe After the Ban de Open Society Justice Initiative documentó cómo muchas mujeres que antes participaban activamente en la vida pública pasaron a un aislamiento doméstico para evitar multas y acoso. La prohibición no las liberó. Las encerró más.
Cierre
España tiene casi un millón de residentes marroquíes y cientos de miles de ciudadanos españoles de origen magrebí. La integración real de esa comunidad —en el mercado laboral, en la educación, en la vida pública— es un asunto político de primer orden.
El burka no lo es. Es un tótem útil para fabricar una dicotomía simple: nosotros contra ellos, valores occidentales contra islam, modernidad contra atraso. Pero el islam que practican los marroquíes en España es mayoritariamente el mismo que llevó a Marruecos a prohibir el burka antes que cualquier parlamento europeo de derechas.
Mientras tres partidos compiten por ver quién tiene la ley más dura contra una prenda que casi nadie usa, casi un millón de personas aprende a hacerse invisible. No por el burka. Por el miedo.



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