Con motivo de su aniversario, ciertos sectores vuelven a enaltecer la División Azul. Lo que no cuentan es el marco jurídico, el paisaje del Holocausto y el saqueo cultural que acompañaron a esa expedición.
Con motivo de su aniversario, ciertos sectores de la derecha española han vuelto a enaltecer la memoria de la División Azul. Actos de homenaje, discursos sobre el sacrificio y el honor, referencias al anticomunismo como causa noble. El relato de siempre: voluntarios idealistas, soldados caballerosos, una aventura épica en el frío ruso que no tiene nada que ver con el nazismo.
Es un relato construido con mucho cuidado y muchos silencios. Vale la pena examinar qué hay detrás de ellos.
La narrativa del "soldado caballeroso e idealista" fue una construcción deliberada de posguerra para distanciar a la División de sus raíces nacionalsocialistas. Lo que la investigación histórica rigurosa lleva décadas documentando es otra cosa.
1. Una unidad del ejército nazi, no una fuerza autónoma
El primer silencio es también el más básico. La División Azul no operó como un contingente independiente bajo soberanía española. Fue la 250.ª División de Infantería de la Wehrmacht, encuadrada en sus cuerpos de ejército, sometida a su cadena de mando, equipada con sus armas —fusiles Kar 98k, ametralladoras MG34— y vestida con su uniforme Feldgrau. El pequeño escudo con la bandera española en la manga era la única distinción visible. Operativamente, eran soldados del Reich.
Esto no es un juicio moral, sino un hecho técnico con consecuencias precisas. La Wehrmacht en el frente oriental no era solo un ejército combatiendo en primera línea: era un sistema de ocupación total que administraba territorios, explotaba recursos y aplicaba lo que el historiador Xosé M. Núñez Seixas —la referencia académica más rigurosa sobre la División— describe como las "órdenes criminales" de Hitler. Esas directivas regulaban el trato a prisioneros, civiles, comisarios políticos y judíos, y fueron juzgadas como crímenes de guerra en Núremberg.
2. El juramento: un acto jurídico, no un símbolo
El 31 de julio de 1941, en el campo de entrenamiento de Grafenwöhr, los voluntarios españoles prestaron juramento de obediencia personal a Adolf Hitler. No a Alemania. No a España. No a Franco. A Hitler.
Cuando hoy se dice que los divisionarios "no eran nazis", este dato establece los términos exactos de lo que sí eran: soldados del Reich en términos de mando, disciplina y responsabilidad jurídica.
3. La ocupación: ni idílica ni excepcional
El mito incluye una variante específica: la de los españoles como ocupantes benévolos, más humanos que sus aliados alemanes. La historiografía desmonta ese tópico sin necesidad de exagerar.
Núñez Seixas documenta que la relación con la población civil distó mucho de ser idílica: robos y requisas desde Polonia, escaso autocontrol en el trato con las mujeres, ejecuciones de partisanos en aplicación de la política de represalias. Desde mediados de 1942, cuando la División asumió tareas de vigilancia en la retaguardia, estas violencias se intensificaron.
La brutalidad de la División fue menor que la de sus aliados alemanes. Pero esa comparación no es el listón adecuado para medir la conducta de una fuerza ocupante. La pregunta relevante no es si fueron peores que las SS, sino qué hicieron y bajo qué órdenes.
4. Testigos del Holocausto: ni ignorantes ni ajenos
El historiador Haim Avni, de la Universidad Hebrea de Jerusalén, ha documentado en detalle lo que ocurrió en los hospitales militares españoles de Vilna y Riga. En ambas ciudades, trabajadores judíos del gueto —identificados con la estrella de David cosida a la ropa, sometidos a trabajo forzado— prestaban servicios en las instalaciones españolas: cocina, talleres, enfermería.
Desde el inicio de su marcha, la División atravesó la geografía del genocidio: Grodno, Vilna, Vitebsk. No era algo oculto en un despacho. Era el paisaje que los rodeaba.
5. La cruz de Nóvgorod: entre la reverencia y el expolio
Ningún episodio condensa mejor las contradicciones de la División que el de la cruz de la catedral de Santa Sofía de Nóvgorod, uno de los templos más antiguos de Rusia, construido entre 1045 y 1062.
En 1942, tras un bombardeo que dañó las cúpulas, el comandante Alfredo Bellod ordenó desmontar la gran cruz de cobre dorado y transportarla a España. La presentó como un acto de preservación: quienes habían sabido "respetar y defender" la cruz querían "conservarla y elevarla de nuevo como símbolo". La cruz fue embalada, transportada a través de Europa y entregada a la Academia de Ingenieros de Burgos, donde estuvo durante más de seis décadas presidiendo su capilla como trofeo de guerra.
El discurso de la "cruzada cristiana" convivió sin aparente incomodidad con el expolio de los espacios sagrados que decía defender. No hay metáfora más clara de las contradicciones de esta expedición.
Conclusión: el mito no absuelve; construye
El relato que hoy se celebra no surgió espontáneamente. Fue una construcción deliberada. Tras la derrota del Eje en 1945, el régimen de Franco necesitó distanciar a la División de sus raíces nacionalsocialistas. El desplazamiento fue preciso: de "unidad aliada del Reich" a "precursora de la defensa de Occidente contra el comunismo". Se silenciaron el juramento a Hitler, el paisaje del Holocausto y las violencias de ocupación. Se ensalzaron el valor individual y la supuesta humanidad del soldado español frente al alemán.
El historiador Stanley G. Payne lo llama la "leyenda blanca": la inversión simétrica de la leyenda negra, igualmente distorsionada en sentido contrario.
Quienes hoy enaltecen esa memoria sin matices no están honrando a unos soldados: están eligiendo deliberadamente qué partes de la historia cuentan y cuáles callan. Y ese silencio, ochenta años después y con toda la investigación histórica disponible, ya no puede ser involuntario.



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