El lado negro de la división azul

El lado oscuro de la División Azul: lo que la leyenda tapa
Análisis histórico · División Azul · Memoria y fascismo

Con motivo de su aniversario, ciertos sectores vuelven a enaltecer la División Azul. Lo que no cuentan es el marco jurídico, el paisaje del Holocausto y el saqueo cultural que acompañaron a esa expedición.

En un vistazo: la tesis
La División Azul no fue una fuerza autónoma: fue la 250.ª División de Infantería de la Wehrmacht, sometida a sus órdenes, sus normas y su cadena de mando.
Sus voluntarios juraron obediencia personal a Adolf Hitler. No a España. No a Franco. A Hitler. Ese acto tiene consecuencias jurídicas y morales que el relato oficial prefiere ignorar.
Los divisionarios convivieron de forma cotidiana con el aparato del Holocausto: trabajadores judíos del gueto prestaban servicio en sus propios hospitales militares.
El mito del soldado caballeroso e idealista fue una construcción deliberada de posguerra para blanquear la historia y encajar a la División en el relato anticomunista de la Guerra Fría.

Con motivo de su aniversario, ciertos sectores de la derecha española han vuelto a enaltecer la memoria de la División Azul. Actos de homenaje, discursos sobre el sacrificio y el honor, referencias al anticomunismo como causa noble. El relato de siempre: voluntarios idealistas, soldados caballerosos, una aventura épica en el frío ruso que no tiene nada que ver con el nazismo.

Es un relato construido con mucho cuidado y muchos silencios. Vale la pena examinar qué hay detrás de ellos.

La narrativa del "soldado caballeroso e idealista" fue una construcción deliberada de posguerra para distanciar a la División de sus raíces nacionalsocialistas. Lo que la investigación histórica rigurosa lleva décadas documentando es otra cosa.

1. Una unidad del ejército nazi, no una fuerza autónoma

El primer silencio es también el más básico. La División Azul no operó como un contingente independiente bajo soberanía española. Fue la 250.ª División de Infantería de la Wehrmacht, encuadrada en sus cuerpos de ejército, sometida a su cadena de mando, equipada con sus armas —fusiles Kar 98k, ametralladoras MG34— y vestida con su uniforme Feldgrau. El pequeño escudo con la bandera española en la manga era la única distinción visible. Operativamente, eran soldados del Reich.

Esto no es un juicio moral, sino un hecho técnico con consecuencias precisas. La Wehrmacht en el frente oriental no era solo un ejército combatiendo en primera línea: era un sistema de ocupación total que administraba territorios, explotaba recursos y aplicaba lo que el historiador Xosé M. Núñez Seixas —la referencia académica más rigurosa sobre la División— describe como las "órdenes criminales" de Hitler. Esas directivas regulaban el trato a prisioneros, civiles, comisarios políticos y judíos, y fueron juzgadas como crímenes de guerra en Núremberg.

Los divisionarios no diseñaron esas órdenes. Pero sí operaban bajo ellas. La subordinación no es un detalle: es el marco que define lo que era posible y lo que era obligatorio.
La decisión de despliegue fue tomada por el Alto Mando Alemán (OKW), no por Franco. La División era movida según las necesidades del frente como cualquier otra división de infantería alemana.

2. El juramento: un acto jurídico, no un símbolo

El 31 de julio de 1941, en el campo de entrenamiento de Grafenwöhr, los voluntarios españoles prestaron juramento de obediencia personal a Adolf Hitler. No a Alemania. No a España. No a Franco. A Hitler.

El texto exacto del juramento
«¿Juráis a Dios y prometéis a vuestro jefe, Adolf Hitler, como Jefe Supremo del Ejército Alemán, en cuya lucha contra el bolchevismo os encontráis, obediencia absoluta y que como valientes soldados estaréis dispuestos en todo momento a dar vuestra vida en cumplimiento de este juramento?»
En el Tercer Reich, el Hitlereid vinculaba al soldado a la voluntad del dictador por encima de cualquier otra lealtad nacional o código moral previo.
Para los oficiales del Ejército español presentes, significaba subordinar su mando a un líder extranjero cuyas órdenes ya habían definido el frente oriental como un conflicto racial y de exterminio.

Cuando hoy se dice que los divisionarios "no eran nazis", este dato establece los términos exactos de lo que sí eran: soldados del Reich en términos de mando, disciplina y responsabilidad jurídica.

3. La ocupación: ni idílica ni excepcional

El mito incluye una variante específica: la de los españoles como ocupantes benévolos, más humanos que sus aliados alemanes. La historiografía desmonta ese tópico sin necesidad de exagerar.

Núñez Seixas documenta que la relación con la población civil distó mucho de ser idílica: robos y requisas desde Polonia, escaso autocontrol en el trato con las mujeres, ejecuciones de partisanos en aplicación de la política de represalias. Desde mediados de 1942, cuando la División asumió tareas de vigilancia en la retaguardia, estas violencias se intensificaron.

Ocupación
Incautación de ganado, grano y ropa de invierno para la tropa. Uso de civiles locales para construcción de búnkeres y limpieza de nieve.
Represión
Detención y entrega a las autoridades alemanas (Sicherheitsdienst) de posibles partisanos. Ejecuciones en aplicación de la doctrina de represalias.
Retaguardia
Desde 1942: tareas de vigilancia y seguridad. Vladimir Kovalevskii, intérprete ruso de la División, describe en sus memorias una realidad que contradice la imagen oficial de caballerosidad.
La brutalidad de la División fue menor que la de sus aliados alemanes. Pero esa comparación no es el listón adecuado para medir la conducta de una fuerza ocupante. La pregunta relevante no es si fueron peores que las SS, sino qué hicieron y bajo qué órdenes.

4. Testigos del Holocausto: ni ignorantes ni ajenos

El historiador Haim Avni, de la Universidad Hebrea de Jerusalén, ha documentado en detalle lo que ocurrió en los hospitales militares españoles de Vilna y Riga. En ambas ciudades, trabajadores judíos del gueto —identificados con la estrella de David cosida a la ropa, sometidos a trabajo forzado— prestaban servicios en las instalaciones españolas: cocina, talleres, enfermería.

El informe interno del hospital de Vilna los menciona bajo el epígrafe "personal no español". Algunos soldados convalecientes participaron en la vigilancia de esos trabajadores en sus desplazamientos entre el gueto y el hospital.
En Vitebsk, el 8 de octubre de 1941 —el mismo día en que unidades españolas tomaban los trenes hacia el frente—, comenzó la liquidación de los 16.000 judíos del gueto local, cuyos cadáveres fueron arrojados al río Vitba.
La conclusión de Núñez Seixas, recogida por Avni: los divisionarios fueron bystanders, espectadores pasivos del Holocausto. No perpetradores directos. Pero la narrativa de la ignorancia total es históricamente insostenible.

Desde el inicio de su marcha, la División atravesó la geografía del genocidio: Grodno, Vilna, Vitebsk. No era algo oculto en un despacho. Era el paisaje que los rodeaba.

5. La cruz de Nóvgorod: entre la reverencia y el expolio

Ningún episodio condensa mejor las contradicciones de la División que el de la cruz de la catedral de Santa Sofía de Nóvgorod, uno de los templos más antiguos de Rusia, construido entre 1045 y 1062.

En 1942, tras un bombardeo que dañó las cúpulas, el comandante Alfredo Bellod ordenó desmontar la gran cruz de cobre dorado y transportarla a España. La presentó como un acto de preservación: quienes habían sabido "respetar y defender" la cruz querían "conservarla y elevarla de nuevo como símbolo". La cruz fue embalada, transportada a través de Europa y entregada a la Academia de Ingenieros de Burgos, donde estuvo durante más de seis décadas presidiendo su capilla como trofeo de guerra.

Lo que ocurrió en paralelo
La misma División saqueó el Museo de Nóvgorod y vendió iconos en el mercado negro de arte —citado tres veces en el informe aliado de 1946 sobre expolio cultural.
Los iconostasios medievales de la Iglesia de San Teodoro Estratélates fueron utilizados como leña.
Frescos del siglo XII en el Monasterio de San Jorge fueron grabados con imágenes obscenas por soldados españoles, según documentó el medievalista ruso Ligachev en su visita de 1944.
En 2004, tras negociaciones diplomáticas entre Putin y Zapatero, la cruz fue devuelta a Rusia. Que fuera necesario devolverla dice todo sobre cómo llegó allí.
El discurso de la "cruzada cristiana" convivió sin aparente incomodidad con el expolio de los espacios sagrados que decía defender. No hay metáfora más clara de las contradicciones de esta expedición.

Conclusión: el mito no absuelve; construye

El relato que hoy se celebra no surgió espontáneamente. Fue una construcción deliberada. Tras la derrota del Eje en 1945, el régimen de Franco necesitó distanciar a la División de sus raíces nacionalsocialistas. El desplazamiento fue preciso: de "unidad aliada del Reich" a "precursora de la defensa de Occidente contra el comunismo". Se silenciaron el juramento a Hitler, el paisaje del Holocausto y las violencias de ocupación. Se ensalzaron el valor individual y la supuesta humanidad del soldado español frente al alemán.

El historiador Stanley G. Payne lo llama la "leyenda blanca": la inversión simétrica de la leyenda negra, igualmente distorsionada en sentido contrario.

Operaron bajo las órdenes criminales del Tercer Reich, juzgadas en Núremberg
Juraron obediencia personal a Hitler el 31 de julio de 1941
Convivieron cotidianamente con el aparato del Holocausto en sus propias instalaciones
Dejaron un rastro de saqueo cultural sobre los espacios sagrados que decían proteger
Y el mito que los cubre fue fabricado después, con fines políticos precisos

Quienes hoy enaltecen esa memoria sin matices no están honrando a unos soldados: están eligiendo deliberadamente qué partes de la historia cuentan y cuáles callan. Y ese silencio, ochenta años después y con toda la investigación histórica disponible, ya no puede ser involuntario.

Fuentes principales: Xosé M. Núñez Seixas, Camarada invierno. Experiencia y memoria de la División Azul (Crítica, 2016) y The Spanish Blue Division on the Eastern Front, 1941–1945 (U. of Toronto Press, 2022); Haim Avni, La División Azul y el Holocausto en la Unión Soviética (Universidad Hebrea de Jerusalén); Abigail Beus, The Blue Division in the Soviet Union: Cultural Exchange through the Lens of Art (BYU, 2025); Stanley G. Payne, Franco and Hitler (Yale UP, 2008).

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