Cuando los profesionales de la defensa simulan un conflicto real, no aparece la victoria gestionable que promete el discurso político europeo. Aparecen burocracia, descoordinación y una derrota en los primeros días. La distancia entre ambas visiones es el verdadero problema.
1. El discurso político: la guerra como opción gestionable
En los últimos años, una parte del discurso político europeo ha comenzado a hablar de un conflicto armado con Rusia en términos que merecen ser examinados con cuidado. No como hipótesis de planificación defensiva —que es el trabajo legítimo de militares y analistas— sino como opción política articulable, con plazos declarados, con voluntad anunciada y, en algunos casos, con una ligereza que contrasta llamativamente con lo que los propios profesionales de la defensa advierten.
Esa frivolización tiene tres dimensiones que se superponen y que conviene nombrar con precisión.
La pregunta no es si Europa debe defenderse. La pregunta es si quienes hablan de hacerlo saben lo que eso implica.
2. Lo que muestran los wargames: la derrota viene de dentro
Un wargame es un ejercicio de simulación estratégica en el que equipos de analistas, militares y expertos representan a los distintos actores de un conflicto hipotético y toman decisiones en tiempo real dentro de un escenario definido. No es un videojuego ni una predicción: es una herramienta metodológica para explorar cómo se comportan sistemas complejos bajo presión, qué decisiones se toman en condiciones de incertidumbre y dónde aparecen los puntos de fallo que en tiempos normales permanecen invisibles. Los resultados no dicen lo que pasará. Dicen lo que puede pasar si no se corrige lo que el ejercicio ha revelado.
El wargame de Hamburgo
El ejercicio más revelador de los últimos años no proviene de un think tank crítico con la OTAN, sino del German Wargaming Center de la Universität der Bundeswehr Hamburg —una universidad militar alemana— y fue divulgado por el diario Die Welt. El escenario planteaba una crisis en Lituania y el corredor de Suwałki.
La conclusión central merece ser leída con atención: la clave del resultado no era la superioridad militar rusa. Era la parálisis decisional occidental. Si la reacción inicial se retrasa por dudas políticas o por la búsqueda de consenso entre aliados, el adversario puede imponer un hecho consumado antes de que la superioridad agregada de la OTAN llegue a materializarse. El problema no estaba fuera. Estaba dentro.
No es que la OTAN no pueda ganar. Es que sus propios procedimientos pueden impedir que llegue a tiempo para hacerlo.
El precedente RAND
El antecedente más citado en los círculos de defensa procede de la RAND Corporation, cuyos estudios sobre el flanco oriental llegaron a conclusiones similares: fuerzas rusas podrían alcanzar capitales bálticas en un plazo muy corto ante un ataque sorpresa, creando un dilema de escalada para la Alianza. El punto crítico no era la derrota total, sino la incapacidad de revertir rápidamente un hecho consumado.
Dos ejercicios, dos instituciones distintas, la misma estructura de problema: no la potencia del adversario, sino la velocidad de respuesta propia.
Por qué los wargames negativos no son derrotismo, pero tampoco son suficientes
Los ejercicios estratégicos se diseñan para encontrar fallos, no para demostrar fortaleza. En el ámbito militar esto se conoce como red teaming: un equipo adversario busca activamente los puntos de quiebre del propio sistema. Un resultado negativo no indica debilidad estructural inevitable; indica que el proceso de análisis está funcionando y que se han identificado los problemas que hay que resolver.
La publicación de resultados pesimistas también tiene una función política interna: presionar a gobiernos, desbloquear presupuestos, acelerar reformas. Lo que externamente puede parecer una señal de debilidad es con frecuencia una herramienta deliberada para corregir rumbo.
Pero hay una condición implícita en esa lógica que rara vez se cumple: que los problemas identificados se tomen en serio y se corrijan. Ahí es donde el círculo no se cierra. Los wargames señalan los fallos con precisión técnica; el discurso político responde con declaraciones de determinación. Identificar un problema y proclamar voluntad de resolverlo son dos cosas distintas. Y cuando las declaraciones triunfalistas sustituyen sistemáticamente al trabajo operativo de corrección, los ejercicios dejan de ser una herramienta de mejora para convertirse en un diagnóstico ignorado.
- Los políticos hablan de: determinación, valores, voluntad de defensa, líneas rojas.
- Los profesionales hablan de: tiempos de despliegue, ventanas de decisión, cadenas de mando, capacidad industrial, cuellos de botella logísticos.
- No son dos formas de decir lo mismo. Son dos concepciones distintas de lo que significa estar preparado para un conflicto.
3. Las fricciones concretas que los wargames documentan
Cuando los analistas modelan un conflicto real, los factores que aparecen de forma recurrente no son los que protagonizan el discurso político. Son estos:
Ninguno de estos factores lo crea un adversario exterior. Todos son problemas de diseño, de presupuesto, de voluntad política real —no declarada— y de décadas de desinversión en defensa.
4. Dos límites estructurales que el discurso político no menciona
Estructural · Largo plazoLos ejércitos no se construyen en legislaturas. Décadas de reducción del gasto militar en Europa han generado déficits en personal, logística e industria que requieren años para revertirse. La propia Comisión Europea lo reconoce al situar el horizonte de preparación real en iniciativas como "Readiness 2030". La conversión de euros en capacidad militar operativa tiene inercias que ningún discurso sobre determinación puede acelerar. Anunciar disposición al conflicto sin haber resuelto esas inercias no es valentía; es una declaración desconectada de la realidad operativa.
La experiencia de combate no se improvisa. La invasión a gran escala de Ucrania iniciada en febrero de 2022 ha proporcionado al ejército ruso una experiencia operativa continua en guerra de alta intensidad que no tiene equivalente en Europa occidental. Estudios de Chatham House y del RUSI documentan la capacidad rusa de adaptación bajo fuego real: rotación de unidades, ajuste de doctrinas, integración progresiva de nuevas tecnologías en condiciones de combate efectivo. Las pérdidas han sido enormes y los fallos, reales. Pero la asimetría de memoria de combate inmediata existe. Ignorarla no es determinación; es un error de análisis.
Cierre
El problema no es que Europa deba o no deba defenderse. El problema es que parte de su clase política habla de conflicto armado con una potencia nuclear de una forma que no resiste el contraste con lo que los propios analistas y wargames occidentales muestran cuando se hace el ejercicio de modelarlo en serio.
No es que la OTAN no pueda ganar. Es que las condiciones para que su superioridad se materialice —velocidad de decisión, movilidad, industria, cohesión— están lejos de ser las que ese discurso da por supuestas. Y esos problemas los ha identificado la propia OTAN, no ningún adversario.
Los wargames no predicen el futuro. Revelan los mecanismos por los que un futuro adverso se vuelve posible. Entender esa diferencia —entre el análisis honesto de vulnerabilidades y la retórica de la determinación— es lo que separa la política de seguridad seria de la gestión de la imagen.
Mientras esa brecha persista, la primera batalla no la librará ningún ejército. La librará la distancia entre lo que se dice y lo que se sabe.



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