El éxito de Griezmann como trampa mental de Simeone: cómo una excepción irrepetible se convirtió en una exigencia permanente.
"Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las desatendidas." La frase se atribuye a Santa Teresa de Jesús, y es una idea brutal porque rompe el cuento infantil de la fe: que lo deseado, cuando llega, te salva. No. A veces lo deseado te ata. Te obliga. Te cambia las reglas. Te sube el listón hasta volverte incapaz de convivir con lo normal.
Eso es exactamente lo que le pasó a Simeone con Griezmann. Pero para entender por qué, hay que volver más atrás. Hay que ir a River.
El antecedente: el Burrito Ortega y el origen del patrón
Antes del Atlético. Antes de las finales de Champions y los títulos de Liga. Antes de convertirse en el entrenador más longevo y exitoso de la historia rojiblanca, Diego Simeone fue entrenador de River Plate. Y en River encontró, por primera vez, la misma ecuación imposible que lo perseguiría el resto de su carrera: ¿qué haces con el genio que no puede vivir dentro de un sistema?
El Burrito Ortega era, en ese momento, uno de los jugadores más talentosos del fútbol argentino. Nadie discutía eso. Lo que se discutía era otra cosa: el estatuto. Si el genio podía vivir con las normas comunes o necesitaba un espacio propio. Cuando un equipo depende de la excepción permanente, el orden se vuelve rehén del artista. Y cuando el orden no puede permitirse rehenes —como siempre ha sido el caso de Simeone— el talento solo entra si acepta el mismo contrato que todos.
Con Ortega, Simeone ganó el campeonato. Pero no podía tolerar la licencia estructural que Ortega necesitaba para ser Ortega. Y cuando decidió prescindir de él, el equipo se vino abajo. Se fue al descenso. Le echaron con el equipo último de la tabla.
Ahí estaba ya, en estado puro, el patrón que definiría toda su carrera: Simeone puede ganar con el talento díscolo. Lo que no puede hacer es convivir con él a largo plazo.
Años después, en Madrid, la historia se repetiría. Pero con una variante que lo cambiaría todo.
La plegaria atendida: el milagro Griezmann
Durante años, el sueño imposible del Cholo no fue "tener talento". Talento han tenido muchos equipos. Su sueño fue otra cosa: talento que además sea energía, disciplina, sacrificio y trabajo sin balón. Un jugador diferencial que no pida privilegios. Un crack que acepte el barro como contrato.
Con Griezmann, la plegaria fue atendida.
Lo que ocurrió con Griezmann no fue un ajuste táctico. Fue una conversión. Fue aceptar que en el Atleti no hay artistas libres: hay artistas que trabajan. Y eso no lo produce un entrenador por decreto. Eso lo decide un futbolista en su cabeza.
Por eso, si hay que decirlo sin rodeos: el éxito de la reinvención de Griezmann fue más mérito del jugador que del entrenador. Simeone puso el sistema. Griezmann pagó el precio. Y ese matiz es fundamental, porque Simeone no lo registró así. Lo que Simeone registró fue: "he encontrado el molde". Y ahí nació el problema.
Porque cuando una plegaria se atiende, pasa lo de Santa Teresa: no siempre hay alegría. A veces hay lágrimas. Porque te acostumbras a lo excepcional y empiezas a exigirlo como si fuera lo normal.
El espejismo: si funcionó con Griezmann, funcionará con cualquier otro
Simeone ha intentado repetir esa reinvención con distintos perfiles de calidad. Y lo interesante es que no hablamos de jugadores malos. Hablamos de futbolistas con talento de sobra para jugar en equipos grandes. Pero el problema nunca fue solo el talento. El problema fue el tipo de pacto que estaban dispuestos —o podían— firmar con el sistema.
Tres nombres resumen el diagnóstico. Tres historias distintas. Un mismo patrón.
1. Lemar: cuando no hay cuerpo, no hay reinvención
Lemar es el caso más trágico porque no es el caso del "no quiere". Es el caso del "no puede". La reinvención simeonista necesita continuidad: semanas seguidas, carga, repetición, automatismos, confianza. Un jugador que entra y sale por lesiones no puede construir hábitos.
2. João Félix: el talento que exige privilegio
João es el caso más claro de choque cultural. Porque Simeone no negocia una cosa: la fase sin balón. Puedes ser diferencial, puedes ser fino, puedes tener magia, pero si no entras en el orden defensivo, rompes el mecanismo.
El talento de João es de pausa, de improvisación, de flotación. Quiere aparecer donde nadie lo espera. El problema es que el Atlético de Simeone también quiere que, cuando no apareces, no desaparezcas. Que estés. Que cierres. Que vuelvas. Que sostengas.
João pidió libertad antes de pagar el peaje. El resultado fue previsible: guerra de desgaste, minutos intermitentes, confianza oscilante.
Y aquí aparece el eco más incómodo: João Félix fue importante en la conquista de la Liga 2020-21. Premio al Mejor Jugador de LaLiga en noviembre de 2020, pieza clave junto a Luis Suárez. Ganó el título con Simeone. Igual que Ortega ganó el campeonato con Simeone en River. En los dos casos, el entrenador no supo —o no quiso— convivir con lo que había necesitado para ganar. El patrón no es nuevo. Es una firma.
3. Julián Álvarez: el dilema del delantero en el simeonismo
Julián es el caso más interesante porque introduce la gran paradoja: incluso cuando hay rendimiento, Simeone sigue pidiendo más. Porque Simeone no se satisface con el gol si el gol no viene acompañado de estructura.
Cada retorno largo, cada repliegue de 40 metros, cada esfuerzo de sostener una banda, tiene un coste: segundos menos de llegada, menos frescura para el desmarque, menos claridad en la definición. El delantero puede seguir marcando, sí, pero el riesgo es que se convierta en un delantero meritorio más que letal.
Y otra vez vuelve Griezmann como fantasma: "si Griezmann lo hace, tú también". Pero Julián no es Griezmann. Ni por rol, ni por zonas, ni por fisiología competitiva.
La tesis: el éxito de Griezmann no prueba un método, prueba una excepción
Aquí está el punto central: Simeone no es un mal gestor del talento porque no lo vea. Simeone tiene un problema estructural con el talento porque solo lo tolera plenamente cuando se subordina. Y cuando aparece un talento que se subordina sin dejar de ser determinante, Simeone siente que ha resuelto su contradicción histórica.
Pero no la resolvió. La esquivó, porque la vida le dio un jugador rarísimo.
El patrón empezó en River con Ortega. Continuó en Madrid con una excepción irrepetible llamada Griezmann. Y siguió con Lemar, João y Julián, cada uno por razones distintas, pero todos bajo el mismo peso: el peso de una plegaria atendida que se convierte en exigencia.
Y ahora llega Lookman
Simeone llevaba meses quejándose de falta de contundencia. Le traen a Ademola Lookman, un delantero que en sus primeros partidos sale a casi un gol por partido. La plegaria, otra vez atendida. Y la primera reacción pública de Simeone no es celebración sino corrección: ha traído goles, dice, pero necesita mejorar en defensa. Ahí está otra vez el molde. La misma mirada. El mismo reflejo de siempre.



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