El 28 de febrero de 2026, mientras los diplomáticos iraníes negociaban en Ginebra sus mayores concesiones en décadas, los bombarderos B-2 ya estaban en ruta. Lo que vino después no fue el final de una diplomacia fracasada, sino su ejecución deliberada.
La operación se llamó "Epic Fury". Para justificarla, la administración de Donald Trump necesitaba una sola palabra: inminente. No peligrosa, no preocupante, no estratégicamente inaceptable. Inminente: el umbral jurídico que convierte el uso de la fuerza en autodefensa legítima y no en una decisión de guerra. Pero cuando esa palabra tuvo que sostenerse ante las propias instituciones del Estado, el relato comenzó a desmoronarse desde adentro.
La urgencia bélica proclamada por la Casa Blanca terminó chocando con las evaluaciones técnicas de la propia comunidad de inteligencia estadounidense y con la realidad de una diplomacia que todavía estaba en marcha.
1. Los profesionales lo desaconsejaron
El 1 de marzo de 2026, apenas un día después de iniciados los bombardeos, funcionarios del Pentágono comparecieron en sesiones cerradas ante los comités de seguridad nacional del Congreso. Lo que dijeron contradecía directamente el relato de la Casa Blanca: no existía inteligencia específica que indicara que Irán estuviera planeando atacar primero a las fuerzas estadounidenses (The Straits Times, 2 de marzo de 2026; RNZ, 2 de marzo de 2026). Lo que los militares podían señalar era una "amenaza general" derivada de las capacidades balísticas iraníes y sus milicias aliadas en la región, pero no una intención táctica de agresión inmediata. El senador Mark Warner lo formuló con precisión: no se presentó nada que cumpliera con el estándar legal o tradicional de amenaza inminente que justificara una acción militar masiva sin autorización del Congreso (CBS News, 3 de marzo de 2026).
Pero la contradicción más reveladora no vino del Congreso, sino de dentro de la propia administración. Tulsi Gabbard, Directora de Inteligencia Nacional (DNI) y la funcionaria con mayor acceso formal a los secretos del Estado, había testificado bajo juramento ante el Comité de Inteligencia del Senado en marzo de 2025: "La comunidad de inteligencia continúa evaluando que Irán no está construyendo un arma nuclear y que el Líder Supremo Jamenei no ha autorizado el programa de armas nucleares que suspendió en 2003" (Responsible Statecraft, 22 de junio de 2025; ScheerPost, 28 de febrero de 2026). Era la posición oficial y colectiva de todas las agencias de inteligencia estadounidenses, expresada bajo juramento.
El andamiaje técnico de la amenaza tampoco resistía el escrutinio. Trump había afirmado públicamente que Irán tendría "muy pronto" la capacidad de golpear el territorio continental de Estados Unidos con misiles balísticos intercontinentales. Sin embargo, un informe de la Agencia de Inteligencia de la Defensa (DIA) de mayo de 2025 situaba esa posibilidad, en el mejor de los casos y con un esfuerzo tecnológico máximo, hacia el año 2035 (ROIC, 27 de febrero de 2026; FactCheck.org, 3 de marzo de 2026). Expertos como Daryl Kimball, de la Arms Control Association, señalaron que la comunidad de inteligencia venía manteniendo ese horizonte de diez años desde mediados de los años noventa, sin ningún salto cualitativo reciente (WRAL, 28 de febrero de 2026).
Trump no exageró el peligro: directamente lo situó en el punto exacto de la inmediatez para convertir un desafío estratégico de largo plazo en justificación de un bombardeo inmediato.
2. Irán cedía más que nunca
El aspecto más oscuro de esta historia no es la manipulación de la inteligencia. Es que la operación se ejecutó mientras Irán realizaba las mayores concesiones diplomáticas en décadas, en un proceso de mediación que todos los mediadores describían como históricamente cercano al acuerdo.
El 22 de febrero, Reuters informaba que Irán había señalado su disposición a enviar al exterior parte de su uranio enriquecido al 60% y a diluir el resto, a participar en un consorcio regional de enriquecimiento con supervisión multilateral, y a aceptar un régimen de inspecciones plenas por parte del OIEA (Iran International, 22 de febrero de 2026). Irán ofrecía también abrir sus sectores de petróleo y gas a la inversión de empresas estadounidenses, un gesto calculado para apelar al instinto comercial de la administración Trump. El 24 de febrero, el alto funcionario Ali Larijani viajó personalmente a Omán portando la respuesta oficial de Teherán (ISW, 23 de febrero de 2026).
Como explicó el análisis de CGTN, el factor determinante no fue el fracaso de la diplomacia, sino la intervención israelí que empujó al límite el proceso antes de que el acuerdo pudiera sellarse (CGTN, 28 de febrero de 2026). Los bombardeos no llegaron tras el fracaso de las negociaciones. Llegaron para destruirlas.
3. El relato que muta
A medida que avanzaba la operación, el discurso oficial sufrió una transformación que Al Jazeera documentó con precisión: el argumento fue desplazándose de la "amenaza inminente" a la necesidad de eliminar una "amenaza estratégica intolerable", de ahí al peligro de los misiles iraníes y finalmente a la acusación de que Irán no había negociado de buena fe (Al Jazeera, 3 de marzo de 2026).
Este movimiento es un patrón conocido: cuando la urgencia militar concreta no puede sostenerse, el marco de la amenaza se amplía hasta hacerse irrefutable. El propio Trump llegó a declarar que decidió actuar porque tenía "el presentimiento" de que Irán golpearía primero. El presentimiento presidencial reemplazó a la inteligencia técnica.
4. La ley rota
La legalidad de la operación es, como mínimo, profundamente cuestionable. La Carta de las Naciones Unidas permite el uso de la fuerza solo en dos circunstancias: con autorización del Consejo de Seguridad —que no existió, dado que Rusia y China se opusieron frontalmente— o en legítima defensa frente a un ataque armado previo, que tampoco se produjo (Economic Times, 4 de marzo de 2026; Modern Diplomacy, 5 de marzo de 2026).
El coste que no aparece en los briefings
Los bombardeos no fueron quirúrgicos. Entre los episodios más documentados está el ataque a la escuela de niñas Shajareh Tayyebeh en Minab, en el sur de Irán, ocurrido a plena luz del día mientras las aulas estaban llenas de alumnas de entre siete y doce años. Murieron al menos 153 personas (Middle East Eye, 3 de marzo de 2026). Testigos describieron restos humanos en los pupitres. Este tipo de incidentes, sumados a los bombardeos en zonas residenciales de Teherán, han llevado a múltiples organizaciones internacionales a denunciar posibles crímenes de guerra. La narrativa de la operación "limpia y precisa" no sobrevive al contacto con los hechos en el terreno.
Lo que queda cuando se retiran las capas de justificación es una imagen que no se deja reencuadrar fácilmente.
Esta no fue una guerra inevitable. Fue una guerra elegida, en el peor momento posible, contra el consejo de quienes tenían la información y en el momento exacto en que la otra parte tendía la mano. Eso no es defensa. Es lo contrario.



Comentarios
Publicar un comentario