La genética contra el estado de Israel

La genética contra Israel
Análisis · Historia · Genética · Conflicto

Samaritanos y palestinos, los parientes rechazados

Continuidad, exclusión y memoria en la historia del Levante. Lo que el ADN dice sobre quién habitó esta tierra, y por qué ese conocimiento resulta incómodo para casi todas las narrativas del conflicto.

La tesis en un vistazo
En 1918, los propios fundadores del Estado de Israel sostenían que los campesinos palestinos eran descendientes de judíos que nunca abandonaron la tierra. Ese argumento fue descartado por razones políticas, no científicas.
La paleogenómica —el estudio del ADN extraído de restos arqueológicos— confirma que entre el 75 y el 88 por ciento de la ancestría de los palestinos modernos proviene de las poblaciones que habitaron el Levante en la Edad del Hierro. Son los descendientes directos de los habitantes ancestrales del territorio.
Los samaritanos —la comunidad con mayor continuidad genética con los israelitas antiguos— llevan dos mil años siendo rechazados por Israel. Son el caso extremo de un patrón que se repite a lo largo de la historia: el pariente que se quedó, excluido por el que regresó.
La idea del otro como intruso absoluto no tiene respaldo ni en la genética ni en la historiografía rigurosa. Lo que sí tiene respaldo es la continuidad humana compartida que las narrativas políticas prefieren silenciar.

En 1918, antes de que el conflicto árabe-judío adquiriera la forma de una guerra nacional por la soberanía, David Ben-Gurión —quien décadas más tarde fundaría el Estado de Israel y sería su primer ministro— e Itzhak Ben-Zvi publicaron un libro hoy difícil de encontrar: Erets Yisroel in fergangenhayt un gegenvart (Eretz Israel: pasado y presente). Escrito originalmente en yidis en el contexto del final del Imperio otomano y del inicio del Mandato británico, el texto contiene una tesis que hoy resulta incómoda para casi todas las narrativas contemporáneas del conflicto. En él, los autores sostenían que los campesinos árabes de Palestina —los fellahin— no eran invasores tardíos ni una población llegada recientemente desde el mundo árabe, sino en gran medida los descendientes de las antiguas poblaciones agrícolas de la región, incluidas comunidades hebreas que habían permanecido en la tierra tras las derrotas frente a Roma y que con el tiempo se habían convertido al cristianismo y posteriormente al islam.

Aquella idea no era una curiosidad marginal. Formaba parte de una interpretación histórica relativamente extendida en ciertos círculos del sionismo temprano, que concebían el retorno judío como un proceso de renovación nacional en una tierra habitada por poblaciones con raíces profundas en el mismo paisaje histórico. El campesino árabe no aparecía necesariamente como un enemigo extranjero, sino como una figura que podía reinterpretarse como un pariente distante, transformado por siglos de historia religiosa y política.

Ben-Gurión y Ben-Zvi apoyaban esa intuición con un argumento concreto basado en la toponimia. En su libro identificaban más de doscientas aldeas —alrededor de 210 pueblos— cuyos nombres árabes conservaban rastros de antiguos topónimos hebreos o bíblicos. Para ellos, esa continuidad lingüística indicaba que muchas comunidades rurales no eran asentamientos recientes, sino poblaciones que habían permanecido en los mismos lugares durante siglos, transformando su lengua y su religión sin abandonar el paisaje histórico.

Esa visión desaparecería con el desarrollo del conflicto nacional. Tras los disturbios de los años veinte, la masacre de Hebrón en 1929 y la Gran Revuelta Árabe de 1936, el sionismo dejó de poder imaginar al campesino palestino como un pariente histórico. A medida que el enfrentamiento se intensificaba, el discurso político tendió a redefinirlo como un extraño o como una presencia demográfica incompatible con la soberanía judía. El cambio no fue el resultado de un descubrimiento histórico nuevo, sino de la lógica política de un conflicto que se radicalizaba.

El episodio revela algo más profundo que una simple evolución ideológica. Muestra cómo las identidades nacionales modernas no emergen de una biología evidente ni de una continuidad transparente, sino de decisiones políticas que delimitan quién pertenece y quién queda fuera.

1. Lo que dice el ADN

En las últimas décadas, la investigación científica ha vuelto a examinar esta cuestión desde otro ángulo: la genética de poblaciones. Y los resultados son, en cierto sentido, los más difíciles de ignorar, porque no dependen de interpretaciones de documentos ni de debates sobre fuentes: provienen del ADN.

Los estudios más recientes no trabajan solo con poblaciones actuales, sino con ADN antiguo extraído de restos arqueológicos en lugares como Megiddo, Ashkelon, Sidón y Hazor. Esto permite comparar directamente a los habitantes de hoy con los del pasado. Lo que muestran es lo siguiente: tanto palestinos como judíos comparten un sustrato genético profundo que se remonta a las poblaciones que habitaron el Levante durante la Edad del Bronce y la Edad del Hierro, es decir, durante la época de las culturas cananea e israelita. Se estima que entre el 75 y el 88 por ciento de la ancestría de los palestinos modernos proviene de esas poblaciones locales de la Edad del Hierro, lo que convierte a los palestinos en descendientes directos de los habitantes ancestrales de ese territorio. La masa de la población nunca fue reemplazada, sino que absorbió oleadas menores de nuevos grupos a lo largo de los siglos.

La imagen es más compleja para los judíos de la diáspora. Los judíos asquenazíes —los de Europa central y oriental— también portan ese sustrato levantino antiguo, pero en menor proporción, porque durante siglos de residencia en Europa también incorporaron ancestría de poblaciones mediterráneas, sobre todo del sur de Italia y Grecia. El resultado es un perfil genético intermedio: más levantino que europeo, pero significativamente mezclado.

El 70% de los hombres judíos y el 82% de los árabes palestinos pertenecen al mismo grupo ancestral en el cromosoma Y, transmitido de padres a hijos a lo largo de milenios.
Esto apunta a que los antepasados masculinos de ambos grupos procedían de la misma población en el Levante antes de las separaciones religiosas y geográficas de la era moderna.
La genética no determina derechos políticos. Pero sí refuta las versiones más extremas del relato de la ruptura: ni los palestinos son invasores sin raíces, ni los judíos asquenazíes son puramente europeos.

Hay un caso extremo que ilustra esta continuidad de forma casi fotográfica: los samaritanos. Esta pequeña comunidad, que ha mantenido una endogamia estricta durante más de dos mil años, conserva hasta un 94 por ciento de afinidad genética con las poblaciones israelitas de la Edad del Hierro. Son, en cierto sentido, los palestinos más antiguos que existen: una población que nunca abandonó la tierra y que por eso preserva con una fidelidad extraordinaria el perfil biológico de los antiguos israelitas. Su historia es también, paradójicamente, la historia de un rechazo que se repite hasta hoy, y merece un examen más detenido en las páginas que siguen.

2. El mito del exilio total

La historiografía también ha cuestionado algunos de los relatos tradicionales sobre una ruptura total entre las poblaciones antiguas de Judea y los habitantes posteriores del territorio. El historiador israelí Shlomo Sand ha argumentado que no existe evidencia histórica sólida de una deportación masiva de toda la población judía tras las guerras contra Roma en los siglos I y II de nuestra era. Este argumento es discutido y no constituye un consenso entre los especialistas, pero hay una razón de peso, independiente de Sand, que merece considerarse: el Imperio romano no vaciaba territorios de sus campesinos.

Las estructuras fiscales imperiales dependían precisamente de que los agricultores permanecieran en la tierra produciendo tributos. Lo que Roma expulsó o esclavizó fueron élites políticas y religiosas, no la masa del pueblo rural.

En esa lógica, muchos habitantes de la región habrían permanecido en su lugar, transformando gradualmente su identidad religiosa bajo el dominio bizantino y posteriormente bajo los califatos islámicos. La genética, como hemos visto, no contradice esta hipótesis.

Lo que la arqueología y el ADN confirman
No hay registro arqueológico de un vacío poblacional repentino en el territorio tras las guerras romanas del siglo II.
Los datos genéticos muestran continuidad demográfica a través de conquistas, conversiones religiosas y cambios políticos: las mezclas se produjeron sobre una base local que no desapareció.
La "arabización" fue un proceso cultural y lingüístico, no un reemplazo poblacional: introdujo linajes de la península arábiga sobre una base que ya era mayoritariamente autóctona.

3. El precedente bíblico: Esdras, Nehemías y el pariente excluido

La propia tradición bíblica ofrece un precedente antiguo de esta dinámica de exclusión entre poblaciones estrechamente emparentadas. Los libros de Esdras y Nehemías describen el regreso de comunidades judías desde el exilio babilónico en el siglo V antes de nuestra era. Los retornados se encontraron con poblaciones locales que también practicaban formas de culto a Yahvé y que afirmaban descender de antiguos israelitas. Sin embargo, los líderes del retorno definieron la nueva comunidad a partir de criterios estrictos de genealogía y pureza religiosa.

Los habitantes locales, descritos en los textos como "pueblos de la tierra", fueron excluidos del proceso de reconstrucción del templo de Jerusalén. Con el tiempo, esta exclusión contribuyó al surgimiento del cisma samaritano: una ruptura que dividió a comunidades que compartían un origen histórico cercano, y que los samaritanos —los más continuos genéticamente con los israelitas de la antigüedad— siguen pagando hoy. El Estado de Israel no los reconoce como judíos a efectos de la Ley del Retorno salvo que demuestren también ascendencia materna judía. La ironía es mayúscula: la comunidad genéticamente más próxima a los israelitas antiguos queda excluida precisamente por los criterios heredados de aquella ruptura del siglo V.

El grupo que regresa de una diáspora prolongada tiende a definir la pertenencia mediante genealogías y criterios de pureza religiosa.
El vecino que permaneció en la tierra se convierte en un extraño, incluso cuando comparte una historia común.
Las fronteras de las identidades nacionales no se trazan sobre la genética, sino sobre narrativas selectivas de pertenencia y exclusión.

El politólogo Benedict Anderson describió las naciones como "comunidades imaginadas": comunidades que existen porque los individuos creen pertenecer a ellas y porque instituciones políticas, culturales y educativas reproducen esa creencia colectiva. Las fronteras de esas comunidades no se trazan sobre la genética, sino sobre narrativas compartidas, símbolos y memoria histórica.

4. El intruso inventado y el narcisismo de las pequeñas diferencias

En el caso del conflicto palestino-israelí, la construcción de narrativas nacionales rivales ha reforzado la necesidad de presentar al otro como radicalmente distinto. Durante décadas, algunos autores sostuvieron que la población árabe de Palestina era en gran medida una inmigración reciente llegada durante el Mandato británico. El libro From Time Immemorial de Joan Peters popularizó esta tesis en la década de 1980. Sin embargo, el análisis posterior de historiadores como Yehoshua Porath mostró que la obra se basaba en una interpretación profundamente errónea de las estadísticas demográficas del Mandato, llegando a describirla como una "falsificación total". El crecimiento de la población árabe palestina se explicaba por crecimiento natural, no por inmigración masiva reciente.

La negación de la continuidad del vecino no es un fenómeno exclusivo del Levante. Sigmund Freud identificó una tendencia psicológica que llamó el "narcisismo de las pequeñas diferencias": la propensión de comunidades muy próximas a exagerar sus divergencias para construir identidades separadas y reforzar la cohesión interna del grupo. El politólogo Michael Ignatieff retomó esta idea para explicar los nacionalismos modernos, observando que los conflictos más intensos no siempre se producen entre civilizaciones completamente distintas, sino precisamente entre comunidades que comparten gran parte de su historia.

El mecanismo de Freud en el Levante
Los Balcanes, Ruanda, Irlanda del Norte: la proximidad no modera la violencia. En ciertos contextos, la exacerba.
Para un judío israelí, reconocer que el palestino es un pariente con continuidad histórica rompería el guion de la exclusividad del retorno.
La proximidad biológica e histórica no garantiza reconciliación. Pero sí desactiva los argumentos que justifican la exclusión presentando al otro como un intruso absoluto sin ninguna conexión con la tierra.

Continuidades superpuestas

El conflicto palestino-israelí puede interpretarse también como una disputa entre continuidades históricas superpuestas. Judíos y palestinos no son poblaciones que hayan surgido en universos humanos completamente separados, sino comunidades cuyas trayectorias históricas se entrelazan en el mismo espacio geográfico desde hace milenios. Las divisiones religiosas, lingüísticas y políticas que hoy parecen absolutas son el resultado de transformaciones históricas relativamente recientes.

Nada de esto resuelve el conflicto ni determina soluciones políticas. La historia no dicta fronteras ni reparte soberanías. Pero sí permite comprender que las identidades nacionales modernas se construyen a partir de narrativas selectivas que resaltan algunas continuidades y silencian otras.

Los propios fundadores de Israel reconocieron en 1918 que los palestinos eran parientes históricos. Ese reconocimiento fue descartado por política, no por ciencia.
El ADN antiguo confirma que los palestinos son descendientes directos de los habitantes ancestrales del territorio, con entre el 75 y el 88% de ancestría levantina de la Edad del Hierro.
Los samaritanos —los más cercanos genéticamente a los israelitas de la antigüedad— llevan dos mil años siendo excluidos. El patrón no es nuevo.
La idea del intruso absoluto no tiene respaldo empírico. Tiene respaldo político.

Bajo las identidades nacionales contemporáneas persiste una continuidad humana más compleja, y más compartida, de lo que las narrativas políticas suelen admitir.

Bibliografía básica
  • Agranat-Tamir, L. et al. "The Genomic History of the Bronze Age Southern Levant." Cell, 2020.
  • Nebel, Almut et al. "High-Resolution Y Chromosome Haplotypes of Israeli and Palestinian Arabs." American Journal of Human Genetics, 2001.
  • Sand, Shlomo. The Invention of the Jewish People. London: Verso, 2009.
  • Anderson, Benedict. Imagined Communities. London: Verso, 1983.
  • Freud, Sigmund. "El malestar en la cultura." Obras completas, vol. XXI. Amorrortu, 1976 [1930].
  • Ignatieff, Michael. Blood and Belonging. London: Vintage, 1993.
  • Finkelstein, Norman. Image and Reality of the Israel-Palestine Conflict. London: Verso, 1995.
  • Ben-Gurion, David y Ben-Zvi, Itzhak. Erets Yisroel in fergangenhayt un gegenvart, 1918.

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