Durante décadas nos contaron que si hacíamos lo correcto, nos iría bien. Hoy ese trato se rompe por el centro: gente que cumple las reglas y, aun así, no llega. La grieta no está en las personas, está en el sistema. Y detrás del sistema hay algo que el lenguaje del "todos en el mismo barco" se empeña en ocultar: hay partes con intereses opuestos y a una de las partes le está yendo mejor que a la otra por diseño del sistema.
Nadie elige nacer en una sociedad. Pero todos aceptamos sus reglas. No por moral: por cálculo. Mientras compensa estar dentro, se obedece. Cuando deja de compensar, la pregunta deja de ser incómoda y pasa a ser inevitable: ¿por qué seguir sosteniendo esto?
Ese momento no llega de golpe. Llega despacio, en datos publicados durante años por la OCDE, la OIT, el FMI, FOESSA, el Banco de España. Datos que describen no una crisis pasajera, sino una mutación: el sistema ha dejado de repartir lo que produce. Y lo que no se reparte, se acumula en una parte concreta y minoritaria de la sociedad.
Este artículo intenta nombrar lo que ese lenguaje neutro evita decir.
I. La ilusión del consenso
Durante décadas nos contaron una historia sencilla: si haces lo correcto, te irá bien.
Estudia. Trabaja. Madruga. Cumple.
No te prometían riqueza. Te prometían algo más básico: estabilidad. Una vida que, sin ser brillante, al menos fuera viable. Ese era el trato.
Hoy ese trato empieza a romperse por donde más duele: en el centro.
No hablamos de los márgenes. Hablamos de gente que hace exactamente lo que se espera de ella y aun así no llega. Trabaja, pero no vive. Cobra, pero no acumula. Se esfuerza, pero no avanza.
No es un accidente. No es mala suerte. Es una señal.
Cuando una sociedad empieza a producir de forma masiva individuos que cumplen las reglas y aun así no prosperan, lo que está fallando no es la gente. Es el sistema.
Y cuando el sistema deja de ofrecer una vida viable, la pregunta deja de ser incómoda y pasa a ser inevitable: ¿por qué seguir sosteniéndolo?
No es una impresión aislada. El informe Under Pressure: The Squeezed Middle Class de la OCDE (2019) documenta que el 70% de los baby boomers pertenecía a la clase media a los veinte años; entre los millennials, esa cifra cae al 60%. La base social donde el contrato funcionaba lleva décadas estrechándose. Y según el estudio A Broken Social Elevator? de la propia OCDE, en los países desarrollados un niño nacido en una familia situada en el 10% más pobre necesitaría entre cuatro y cinco generaciones —hasta 150 años— para alcanzar el nivel medio de ingresos de su país, es decir, los ingresos medianos del conjunto de la población.
En la práctica, eso significa que el ascensor social no está parado: está bloqueado.
II. El trato que nunca firmamos
Nadie elige nacer en una sociedad. Pero todos aceptamos sus reglas. No por moral. Por cálculo.
Thomas Hobbes formuló la base: obedecemos para evitar el caos. John Locke añadió el núcleo económico: el sistema existe para proteger lo que generamos con nuestro trabajo. Jean-Jacques Rousseau fijó el límite: solo es legítimo si sirve al conjunto.
Tres versiones de una misma lógica: obedecemos porque compensa.
Cuando deja de compensar, deja de tener sentido obedecer.
III. La ficción del "todos en el mismo barco"
Aquí conviene parar.
Porque el relato que sostiene el contrato no dice solo "obedece y prosperarás". Dice algo más: que todos estamos dentro del mismo proyecto. Que el éxito del país es el éxito de cada uno. Que lo que es bueno para la economía es bueno para ti.
Esa idea es la que hay que cuestionar.
No estamos en el mismo barco.
Hay quien vive de su trabajo y hay quien vive de su capital. Hay quien paga alquiler y hay quien lo cobra. Hay quien debe y hay quien presta. Y cuando la economía crece, esas posiciones no ganan lo mismo. Ni siquiera ganan en la misma dirección.
Los datos lo dicen sin rodeos. El indicador más sólido es la participación de los salarios en el PIB, es decir, qué porcentaje de toda la riqueza producida en un país acaba en manos de quienes trabajan. Según un análisis publicado en la revista Economic and Industrial Democracy sobre 19 países de la OCDE, esa participación cayó del 56% al 49% entre 1985 y 2010: siete puntos del PIB transferidos del trabajo al capital en una sola generación.
Y la tendencia no se ha detenido desde entonces. Según el Global Wage Report 2024-25 de la Organización Internacional del Trabajo, en una muestra de 52 países de ingresos altos la productividad ha crecido 12,6 puntos porcentuales por encima de los salarios entre 2000 y 2022. En España, según el Observatorio Social de la Fundación La Caixa, las rentas del capital han ganado seis puntos porcentuales sobre la renta nacional desde 2006, impulsadas por beneficios empresariales y rentas del alquiler.
Esto importa porque cada punto porcentual de PIB que sale de los salarios entra en el capital. No se evapora. No se queda en el aire. Tiene un destino concreto: beneficios empresariales no distribuidos, dividendos a accionistas, rentas del alquiler, intereses financieros. Es una transferencia medible, año tras año, durante cuatro décadas.
Esto no es una abstracción macroeconómica. Es una decisión de reparto.
El sistema produce más que nunca y reparte menos a quienes producen. La diferencia no se evapora: se acumula en una parte concreta y minoritaria de la sociedad —los propietarios del capital, los rentistas inmobiliarios, los accionistas, los acreedores—.
Por eso el lenguaje del "esfuerzo colectivo" funciona como anestesia. Mientras todos somos "ciudadanos" preocupados por "la economía", nadie tiene que hablar de quién gana y quién pierde con cada decisión.
El conflicto social no es un fallo del sistema. Es lo que el sistema oculta para seguir funcionando.
IV. Cuando se rompe el vínculo
Durante mucho tiempo, el sistema funcionó. No porque fuera justo, sino porque era tolerable. Había desigualdad, pero también recorrido.
Hoy eso desaparece.
El punto de ruptura es concreto: el vínculo entre esfuerzo y recompensa se rompe.
La OIT lo llama directamente the broken link: el vínculo roto entre salarios y productividad. En 2022, en plena recuperación post-pandemia, el crecimiento del salario real fue negativo en muchas economías avanzadas. La inflación se comió las subidas nominales. Quien trabajaba más, ganaba menos en términos reales.
Y cuando ese vínculo se rompe, el relato deja de sostenerse.
Antonio Gramsci lo explicó con claridad: los sistemas no se mantienen solo por la fuerza, sino por el consentimiento. Cuando la realidad contradice ese consentimiento, lo que se erosiona no es solo la economía, sino la legitimidad.
V. La trampa: no puedes salir
Cuando una sociedad deja de compensar, lo lógico sería salir. Pero no puedes. La vivienda y la deuda son los dos mecanismos que cierran la salida y, al mismo tiempo, ejecutan en lo concreto el trasvase de renta del trabajo al capital.
El precio de la vivienda ya no refleja lo que cuesta construirla. Refleja cuánto se puede extraer de quien necesita vivir en ella. El FMI, en The Housing Affordability Crunch (2024), describe la peor crisis de asequibilidad en más de una década. En España, según FEDEA, el 45% de quienes viven de alquiler está en riesgo de pobreza. La entrada masiva de inversores institucionales —Blackstone es hoy el mayor propietario privado de vivienda en Madrid, según el trabajo de Michael Janoschka— transformó un mercado de propietarios particulares en uno gestionado bajo lógicas de máxima rentabilidad.
La clase media ya no solo paga más. Transfiere riqueza.
El efecto generacional es brutal: según el Banco de España, los hogares con cabeza de familia menor de 35 años tienen una riqueza neta media de 90.100 euros; los mayores de 74, 469.300. Una brecha de cinco a uno. No es que los jóvenes vivan peor que sus padres: están estructuralmente fuera del juego de acumulación que sus padres jugaron.
La segunda capa es la deuda. Como sostiene Maurizio Lazzarato en La fabricación del hombre endeudado, la relación acreedor-deudor ha sustituido a la relación capitalista-trabajador como forma fundamental de control social: obliga a seguir participando, bloquea la salida, convierte el futuro en obligación. En España, el 54% de los hogares tiene deudas pendientes. Millones de personas no pueden romper con un mercado laboral precario porque tienen una cuota a fin de mes.
El contrato social se sustituye por una obligación financiera.
VI. La causa y el efecto: cuando la transferencia se vuelve presión
Hasta aquí hemos visto la causa. Ahora hay que ver el efecto.
La caída de siete puntos del PIB en la participación de los salarios, los doce puntos de productividad que no llegan al sueldo, los seis puntos de renta nacional que cambian de bolsillo en España, no son cifras macroeconómicas que ocurren en un plano abstracto. Cada punto que se transfiere arriba se convierte en presión concreta abajo.
Esto es lo que conecta la macroeconomía con la vida concreta: el trasvase de rentas no se queda en una hoja de cálculo. Se traduce en horas de trabajo extra, en hijos que no llegan, en cuidados que no se pagan, en alquileres que devoran la nómina, en jóvenes con cinco veces menos riqueza que sus abuelos. La estadística agregada y la angustia individual son la misma cosa vista a dos escalas.
Y aquí aparece la segunda capa del problema. Esa presión, si no se contiene, rompe el sistema. Por eso, junto a la extracción, aparecen mecanismos de amortiguación: crédito barato cuando los salarios no llegan, subsidios mínimos cuando la pobreza se hace visible, relatos individualistas cuando el agravio se vuelve colectivo.
No hay que leer esto como un plan coordinado. Es algo más sencillo y más difícil de combatir: el sistema, allí donde la presión amenaza con romperlo, segrega por sí mismo los mecanismos que la contienen. No para revertir la transferencia, sino para hacerla soportable.
El objetivo emergente no es que vivas mejor. Es que sigas sosteniendo la transferencia que va de tu trabajo al capital de otro.
VII. Cuando ya no compensa
Ningún sistema se rompe porque alguien quiera romperlo. Se rompe cuando deja de tener sentido mantenerlo.
Antes hay señales: desafección, cinismo, retirada silenciosa.
El Tang Ping en China —"tumbarse plano"— y la "renuncia silenciosa" en las economías occidentales no son modas generacionales. Son estrategias racionales de afrontamiento. Gallup estimó en 2023 que el 59% de la fuerza laboral mundial practicaba alguna forma de renuncia silenciosa, con un coste estimado de 8,8 billones de dólares anuales en productividad perdida.
Eso no es un margen. Es la mayoría.
La gente no se rebela primero. Primero deja de creer.
VIII. La fragmentación: la sociedad que se repliega
Aquí aparece el problema que bloquea cualquier respuesta.
No es solo que la gente deje de creer. Es que deja de confiar.
El Edelman Trust Barometer 2025 es categórico:
Lo que esos números dibujan no es un país enfadado: es un país que ha dejado de creer en la idea misma de pacto.
En España, el IX Informe FOESSA lo describe en sus propios términos: un proceso inédito de fragmentación social, con una clase media que se contrae y desplaza a familias enteras hacia estratos inferiores. La movilidad ya no funciona hacia arriba. Funciona hacia abajo.
Y cuando la confianza desaparece, la sociedad ya no se organiza. Se repliega: se reduce, se vuelve insular, se atomiza. Cada uno busca su isla. Su grupo. Su trinchera.
Esto es exactamente lo que necesita el sistema para seguir funcionando sin reformarse: una sociedad incapaz de articular una respuesta común. Mientras los inquilinos no se reconocen como inquilinos, mientras los asalariados no se reconocen como asalariados, mientras los deudores no se reconocen como deudores, la asimetría sigue invisible.
La fragmentación no es un efecto colateral. Es el resultado funcional de negar el conflicto.
IX. La pregunta que define una época
Todo sistema necesita algo más que leyes. Necesita una creencia compartida: que estar dentro es mejor que estar fuera.
Esa creencia está desapareciendo.
Por primera vez en décadas, el futuro deja de percibirse como mejora. Y en ese punto aparece la única pregunta que importa:
¿Tiene sentido seguir formando parte de una sociedad que ya no permite vivir?
Si la respuesta empieza a ser "no" para una mayoría, el problema ya no es político. Es estructural.
Lo que el espejo devuelve
Una sociedad que no permite prosperar a quienes la sostienen deja de ser un contrato. Se convierte en un mecanismo de extracción. Y todo mecanismo de extracción tiene un límite.
Pero hay una condición previa para alcanzar ese límite: dejar de aceptar el lenguaje que niega el conflicto. Dejar de hablar de "la economía", "la sociedad" o "el país" como si fueran un solo cuerpo con un solo interés. Empezar a nombrar a las partes.
Solo cuando el conflicto se nombra, puede ser disputado.
Y solo lo que se disputa, puede cambiar.






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