El nacionalismo banal es el que no necesita proclamarse porque se confunde con la percepción de la realidad: no aparece como ideología sino como la única manera razonable de ver las cosas. El españolismo dominante opera exactamente así: no como una posición entre otras, sino como el suelo natural desde el que se mira. Su mayor victoria no fue imponerse. Fue volverse invisible.
Tercera entrega de la serie. En «La toxicidad del nacionalismo español» argumentaba que el nacionalismo español dominante no es una variante tóxica dentro de un conjunto mayoritariamente democrático, sino una construcción reaccionaria y antiliberal edificada sobre la incapacidad de digerir la decadencia imperial: una matriz que convirtió la pérdida del imperio en trauma, el trauma en resentimiento y el resentimiento en doctrina nacional, con la búsqueda permanente de una anti-España a la que culpar del fracaso.
En «El proceso de radicalización del nacionalismo español» seguía esa matriz a lo largo del siglo XX: Marruecos como escuela de brutalización y compensación imperial, el africanomilitarismo como cultura castrense que despreciaba el poder civil, Asturias como primer ensayo de violencia colonial aplicada dentro de España, el franquismo como conversión de esa matriz en Estado, y la Transición como democratización del régimen que administró la herencia simbólica del franquismo sin desactivarla: la bandera, el himno, la monarquía heredada del dictador, y un patriotismo constitucional que acabó funcionando como vehículo de la vieja idea posesiva de España.
Este tercer artículo cierra el recorrido con la fase más difícil de desmontar: cómo esa misma matriz aprendió a no llamarse por su nombre y se confundió con la percepción misma de la realidad.
El nacionalismo español reaccionario no solo sobrevivió a la democracia. Con el tiempo la vampirizó: ocupó su centro, colonizó su lenguaje y consiguió que la legalidad, la convivencia y la igualdad funcionaran como sus nuevos vehículos.
I. No hubo patriotismo constitucional democrático
En el segundo artículo veíamos cómo el patriotismo constitucional podría haber sido, en teoría, una salida: fundar la pertenencia política no en la sangre ni en el mito imperial, sino en la adhesión cívica a un marco de derechos. Habermas lo concibió como proyecto abierto, plural, compatible con sociedades diversas. El PSOE de los primeros años intentó algo en esa dirección.
No cuajó. No porque el intento fuera insincero, sino porque la materia prima llegaba ya contaminada. La bandera era la de Franco. El himno era el del régimen. La monarquía era la que el dictador había designado. El ejército no había sido depurado. La judicatura tampoco. Y la Constitución de 1978, en su artículo más sensible, blindaba la unidad de España de manera tan rígida que convertía cualquier debate territorial serio en amenaza al orden democrático.
En ese terreno, el patriotismo constitucional democrático no pudo arraigar como proyecto alternativo. Fue ganando el otro: el que usaba la Constitución no como marco abierto de convivencia sino como blindaje de una única idea de España. Con Aznar se hizo explícito, pero el proceso venía de antes y siguió después. El resultado es que hoy el constitucionalismo español funciona con demasiada frecuencia como el nuevo lenguaje de la vieja matriz.
Ya no hace falta decir «España una, grande y libre». Basta con decir «el marco constitucional no se discute». El lenguaje cambió. La función siguió ahí.
No hay, en la España de hoy, un nacionalismo español que contemple una España genuinamente plural. El que podría haberlo sido fue vampirizado.
II. La banalización como victoria definitiva
Michael Billig describió el «nacionalismo banal» como el modo en que las naciones establecidas se reproducen sin exaltación, como ruido de fondo invisible. Está en las banderas de los edificios públicos, en los informativos, en la lengua administrativa. No necesita gritar porque no opera como ideología: opera como percepción de la realidad. No dice «esto es lo que debes creer»; dice «así son las cosas».
En España, Alejandro Quiroga y Ferran Archilés han mostrado que esa sedimentación cotidiana atravesó todos los regímenes. Pero lo que hace especialmente grave el caso español es esto: el españolismo banal no es una versión inocente de pertenencia cívica. Es la versión normalizada de la misma matriz reaccionaria que, cuando se siente cuestionada, aparece en forma agresiva. La banalidad es la fase en que el nacionalismo ha dejado de necesitar defenderse porque ya se confunde con la realidad misma.
III. Tres dispositivos de invisibilización
La banalización opera mediante mecanismos concretos que vale la pena nombrar.
La Constitución como frontera sagrada
La Constitución ha dejado de funcionar como norma reformable sometida a deliberación y ha pasado a ser una línea de obediencia. El artículo 168 hace la reforma tan costosa que el texto de 1978 está prácticamente fosilizado. Pero más allá de la técnica jurídica, el problema es político: la unidad de España ya no es una decisión histórica discutible, sino una condición previa de la democracia misma. Quien la cuestiona no argumenta desde otro proyecto político: queda expulsado de lo legítimo.
El patriotismo constitucional, usado así, no supera el nacionalismo reaccionario. Lo higieniza. Le da un vocabulario democrático a una matriz profundamente defensiva.
El castellano como neutralidad
El castellano no se presenta como lengua nacional española, sino como algo más inocente: la herramienta neutral que permite entenderse. Pero esa formulación oculta una relación de poder que viene de lejos. El castellano ocupa su posición porque es la lengua del Estado, la administración central, la justicia y el mercado mediático dominante. El artículo 3 de la Constitución establece el deber constitucional de conocerlo, obligación que no existe para ninguna otra lengua cooficial.
La consecuencia es clara: el castellano aparece como derecho natural de circulación; la normalización del catalán, el euskera o el gallego aparece como imposición. La lengua que tiene ventaja jurídica, administrativa y simbólica se presenta como neutral. Las que intentan corregir esa desigualdad aparecen como identitarias y artificiales. El nacionalismo lingüístico del Estado acusa de nacionalistas a quienes defienden lenguas subordinadas.
La identidad dual como jerarquía invisible
Un argumento recurrente: muchos españoles se sienten tan de su comunidad autónoma como españoles, lo que probaría una convivencia armónica. Pero la lectura es engañosa. Sentirse andaluz, castellano o riojano no cuestiona en absoluto la centralidad política de España. La comunidad autónoma funciona como acento, fiesta, gastronomía, memoria familiar; España funciona como Estado, soberanía, ley e historia oficial.
IV. El mecanismo que se repite
El dispositivo es siempre el mismo: lo español-estatal se presenta como universal; lo demás, como particularismo.
El nacionalismo banal acepta la diversidad mientras no altere la jerarquía. Puede celebrar fiestas, acentos y gastronomías. Tiene problemas cuando esa diversidad reclama poder real. Y cuando alguien toca el centro, la banalidad se vuelve reacción: aparece la acusación de golpe, de imposición, de ruptura. La matriz estaba ahí. Solo necesitaba ser provocada.
El que no se ve es el más difícil de desmontar
La frase «yo no soy nacionalista», pronunciada de buena fe, muchas veces no significa ausencia de nacionalismo. Significa que el nacionalismo propio coincide con el Estado. Significa: mi lengua tiene tanta ventaja que la confundo con neutralidad. Mi bandera ocupa tantos espacios que ya no me parece bandera. Mi nación está tan instalada en la legalidad que puedo llamar ilegales a todas las naciones que la cuestionan.
La banalización consiste exactamente en eso: en que una posición política cargada de historia —la misma que produjo la anti-España, el africanomilitarismo, el franquismo y la Transición asimétrica— pueda presentarse como ausencia de toda posición. Como sentido común. Como democracia.
Nombrarlo importa. Porque nombrarlo rompe el hechizo. Obliga a ver que la Constitución no está fuera de la historia, que la lengua común no está fuera del poder, que la unidad nacional no está fuera de la ideología.
El nacionalismo más poderoso no es el que se proclama. Es el que puede decir, sin ironía y sin conciencia de sí mismo: «Yo no soy nacionalista; simplemente defiendo lo normal». Pero lo normal también tiene dueño, historia y violencia acumulada. Y en España, demasiadas veces, lo normal ha sido la forma tranquila de una matriz que nunca fue democrática.
Nota: tercer artículo de la serie sobre el nacionalismo español. Las referencias historiográficas movilizadas (Billig, Quiroga, Archilés, Moreno Cabrera, Habermas) corresponden a la producción académica reciente sobre nacionalización española, glotopolítica e identidad nacional.




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