En 2026, después de dos años de guerra de desgaste sin ruptura posible, Ucrania y la OTAN han cambiado de enfoque. Ya no empujan contra el músculo ruso. Intentan otra cosa: degradar los nervios logísticos que alimentan su maquinaria de guerra. No es una estrategia de conquista. Es una estrategia de asfixia. Es demasiado pronto para saber si tendrá algún impacto sobre la evolución estratégica de la guerra.
En 2026, la guerra de Ucrania ha entrado en una fase diferente, al menos del lado europeo y ucraniano. La principal novedad no es simplemente el uso masivo de drones. Lo verdaderamente nuevo es la aparición de una forma de combate que mezcla guerra industrial, vigilancia permanente, pequeñas unidades dispersas, inteligencia en tiempo real, producción tecnológica barata y ataques de precisión contra la retaguardia enemiga.
Podríamos llamarlo guerrilla tecnificada. No es la guerrilla clásica del partisano escondido en el bosque, ni la guerra mecanizada convencional que durante décadas imaginaron los manuales de la OTAN. Es otra cosa: una guerra en la que pequeños grupos humanos, drones baratos, satélites, sensores, enlaces digitales, guerra electrónica y munición de precisión se combinan para golpear los nervios logísticos del adversario.
En los últimos días ha empezado a circular una imagen casi novelesca de esta dinámica: pequeños grupos de soldados ucranianos infiltrados tras las líneas rusas en una especie de guerrilla suicida. La imagen es potente, pero engañosa. Sirve para alimentar la épica, no para entender la guerra.
La OTAN y Ucrania han asumido una realidad más fría: ya no pueden plantear la guerra como una gran maniobra convencional de ruptura del frente. Rusia tiene más hombres, más profundidad logística, más capacidad industrial de desgaste y una disposición política mucho mayor a pagar el coste humano de una guerra larga. Ante esa situación, han pasado de la fantasía de la contraofensiva decisiva a una estrategia más modesta pero más inteligente: impedir que Rusia convierta su superioridad material en una ofensiva ordenada, sostenida y profunda.
No se trata de recuperar grandes territorios. Se trata de cortar los tendones.
I. El campo de batalla transparente
El frente se ha vuelto transparente. Concentrar vehículos, tropas o munición cerca de la línea de contacto equivale a invitar al enemigo a destruirlos. La doctrina militar moderna define este entorno bajo el concepto de Tactical Reconnaissance-Strike Complex: todo ve, todo escucha y casi todo puede ser atacado en cuestión de minutos, consolidando una zona de muerte persistente de entre 15 y 25 kilómetros desde la línea de frente.
La asimetría material que impulsa esta realidad es abrumadora. Durante 2025, la maquinaria industrial rusa alcanzó una producción de 7 millones de proyectiles de artillería, mortero y cohetes. La brecha económica es igual de profunda: un obús ruso de 152 mm le cuesta al Kremlin menos de 100.000 rublos (aproximadamente 1.050 euros) gracias a masivos subsidios estatales, mientras que un proyectil de 155 mm de la OTAN promedia los 4.000 dólares.
Ante la imposibilidad de competir en una guerra de desgaste simétrica, Ucrania y la OTAN han digitalizado el conflicto. Con problemas críticos de movilización e infantería, Kiev compensa la falta de acero pesado con silicio y software, proyectando la fabricación de más de 3 millones de drones anuales. El dron se ha convertido en el partisano del siglo XXI: barato, reproducible y asumible como pérdida dentro de una cadena industrial que puede generar miles de unidades diarias.
II. Middle strike: la guerra en la retaguardia operativa
La pieza central de esta nueva forma de combate es la expansión de los middle strikes, ataques de mediano alcance contra una franja situada entre 50 y 200 kilómetros detrás de la línea de contacto. Es el espacio donde habitan los camiones, los depósitos de munición, las comunicaciones, los radares y las defensas antiaéreas.
Para ejecutar esta campaña, Ucrania utiliza masivamente drones de ala fija de producción nacional lanzados desde catapultas portátiles. Un ejemplo es el dron Behemot, que vuela a baja cota para esquivar radares, con un alcance superior a los 300 kilómetros y una doble carga explosiva. Cada camión destruido o depósito alcanzado no produce una gran victoria territorial, pero genera fricción, retraso y desorganización logística.
Un ejército puede tener miles de hombres, pero si el combustible no llega y las órdenes se retrasan, la ofensiva pierde su tempo. Y en una guerra de desgaste, perder tempo también es perder poder.
III. La carretera como campo de batalla
La imagen más clara de esta estrategia no es un tanque ardiendo en primera línea, sino una carretera amenazada a decenas de kilómetros del frente.
La ruta R-280, bautizada por Moscú como la vía «Novorossiya», conecta Rostov del Don con Crimea a través de Mariúpol y Melitópol. Es la principal arteria de abastecimiento para las fuerzas rusas en el sur. La 412ª Brigada Némesis de las Fuerzas de Sistemas No Tripulados ha desatado una campaña sistemática de hostigamiento contra los camiones y cisternas que transitan por esta vía, forzando a los convoyes hacia caminos de tierra secundarios donde quedan expuestos a drones FPV que patrullan los desvíos.
Esta asfixia logística terrestre se complementa con la actividad de redes de resistencia. Células partisanas del grupo Atesh han llevado a cabo sabotajes físicos: incendios en nudos ferroviarios, ataques selectivos contra camiones de suministro en territorios ocupados. El estrangulamiento tiene efectos concretos: la escasez de combustible en Crimea ha llegado a obligar a gasolineras de Sebastopol a racionar las ventas a 20 litros por vehículo.
IV. Convertir el paraguas ruso en queso suizo
Para que los drones de mediano y largo alcance puedan operar con libertad, la guerrilla tecnificada debe cegar y perforar el sistema de defensa aérea que protege la retaguardia enemiga. No se busca una destrucción total —algo impracticable—, sino abrir huecos temporales y corredores ciegos en la cobertura de radar.
En los primeros meses de 2026, los drones ucranianos habrían destruido más de 500 sistemas de defensa aérea, generando brechas físicas en el frente de entre 50 y 100 kilómetros de ancho. La sinergia entre tecnología y factor humano es clave. En la víspera del ataque aéreo del 23 de mayo de 2026, agentes partisanos ejecutaron un sabotaje en Novorossiysk, destruyendo torres de comunicaciones y una subestación eléctrica que dejó sin energía a grandes radares fijos de alerta temprana. Aprovechando ese corredor de sombra electromagnética, las fuerzas ucranianas golpearon la terminal petrolera Grushevaya Balka, el puerto militar de Novorossiysk y la terminal de Tamanneftegaz. La información sobre el sabotaje procede principalmente de fuentes ucranianas y debe tratarse con la cautela debida.
V. La interdicción química: cortar los tendones en origen
La interdicción no se limita a carreteras o radares. Se extiende directamente a los cuellos de botella de la cadena de producción militar rusa.
La producción masiva de pólvora y propelentes depende de una infraestructura química rígida y centralizada. Mediante drones y misiles de crucero de desarrollo propio, como el FP-5 Flamingo, las fuerzas ucranianas han golpeado depósitos estratégicos de la Dirección Principal de Misiles y Artillería (GRAU), como el arsenal de Kotluban (Volgograd), provocando explosiones secundarias que destruyeron decenas de miles de proyectiles antes de su distribución.
Al apuntar a complejos que producen ácido nítrico concentrado y el propelente mélange, Ucrania ataca componentes que requieren entre 18 y 36 meses para recuperar su operatividad. La guerra no se libra solo en el frente. También se libra en la planta química.
No se corta solo la carretera. Se intenta cortar la probeta química del Kremlin.
Una adaptación por fin, no una solución mágica
La consecuencia doctrinal de esta evolución es clara: ante la imposibilidad de una ruptura territorial rápida, la OTAN y Ucrania buscan una neutralización estratégica. No destruir físicamente al ejército enemigo, sino inducir una parálisis operativa: que aunque Rusia mantenga su masa de hombres y fábricas, sea incapaz de coordinarla para lograr avances profundos.
En los sectores de Lyman y Zaporiyia, donde el avance ruso se mide en metros diarios, esta campaña de interdicción coincide en el tiempo con una ofensiva que avanza más lento de lo que el tamaño de la ventaja rusa haría esperar. Si hay relación causal entre ambas cosas —y en qué medida— es una pregunta que hoy no tiene respuesta. Es demasiado pronto para saber si esta nueva estrategia puede tener algún impacto real sobre la evolución estratégica de la guerra.
Sin embargo, conviene no confundir inteligencia táctica con victoria estratégica. Rusia también aprende, también produce drones y también golpea la logística ucraniana. Y puede absorber niveles de desgaste que serían políticamente insostenibles en Occidente. Tras el regreso de Andrej Babiš al poder en Praga, el número de países que financian la iniciativa checa de municiones cayó de 18 a 9, recordando algo esencial: la guerra no se decide solo en el frente, sino también en parlamentos, presupuestos y calendarios electorales.
La OTAN y Ucrania han comprendido que no pueden derrotar a Rusia empujando directamente contra su músculo. Por eso intentan otra cosa: cortar sus tendones. No es poco. Pero en un duelo de resistencia mutua, el tiempo dirá si es suficiente.
Nota: este análisis se basa en fuentes abiertas especializadas (CSIS, ISW, Reuters, Financial Times, Kyiv Independent, Militarnyi) y en research propio sobre el conflicto. Los datos sobre producción de munición, costes y sistemas destruidos proceden de estimaciones de inteligencia occidental y deben entenderse como órdenes de magnitud, no como cifras exactas. La información sobre operaciones partisanas procede principalmente de fuentes ucranianas.




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