Si Roy Cohn enseñó a Trump cómo combatir, Roger Stone le enseñó a convertir el combate en poder político de masas. La trayectoria que une a estos dos mentores no describe una anomalía histórica: describe la evolución coherente de un modelo de poder que hoy gobierna desde la Casa Blanca.
En diciembre de 2020, Donald Trump firmó el indulto total de un hombre que se había negado a delatarlo. Roger Stone llevaba meses condenado por mentir al Congreso, obstrucción a la justicia y manipulación de testigos en el marco de la investigación sobre WikiLeaks y las elecciones de 2016. Antes de ingresar en prisión recibió primero una conmutación de pena, en julio; después, el indulto total. La operación tenía la limpieza de un contrato cumplido: lealtad absoluta a cambio de protección absoluta.
Ese principio no era de Trump. Lo había aprendido medio siglo antes en el Manhattan judicial de los años setenta, de un abogado llamado Roy Cohn. Pero la persona que se benefició del indulto en 2020 no era Cohn —muerto inhabilitado en 1986— sino el hombre que había completado la educación política de Trump donde Cohn no podía llegar.
I. Del fixer al operador
En La lógica del fixer: cómo leer la política exterior de Trump analizábamos al primero de los dos maestros que enseñaron a Trump las artes oscuras del poder. Cohn le transmitió un código operativo para combatir: atacar siempre, no admitir nada, declarar victoria en cualquier escenario. Pero ese código, por sí solo, servía para sobrevivir en tribunales civiles, no para conquistar la Casa Blanca. Necesitaba traducción.
Esa traducción fue obra de Roger Stone, el segundo maestro. Y la conexión entre los dos no es metafórica: es genealógica directa. Fue el propio Cohn quien presentó a Stone a la familia Trump a finales de los años setenta. Stone era entonces un joven operador republicano que trabajaba en la campaña presidencial de Ronald Reagan y necesitaba financiación. Cohn le sugirió que llamara a un cliente suyo, un constructor neoyorquino con un hijo ambicioso.
La primera reunión fue reveladora. Según el propio Stone ha contado en entrevistas con PBS Frontline, Fred Trump le entregó 200.000 dólares en cheques de mil —el máximo legal entonces— mediante la técnica del bundling, agrupando donaciones individuales para sortear los límites de financiación. La transacción inauguraba una relación que duraría más de cuarenta años y que, desde el primer minuto, mezclaba dinero, política y maniobra técnica al borde de las reglas.
Pero lo importante de aquel encuentro no fue el dinero. Fue lo que Stone vio en Donald Trump. Donde el resto del establishment republicano veía a un constructor estridente con problemas de imagen, Stone vio un activo histórico. Aquel perfil mediático —el ego desbordado, la falta de filtros, la capacidad innata para ocupar espacio en los periódicos— no era el problema que había que disimular. Era exactamente la materia prima de una nueva forma de hacer política que Stone llevaba años buscando.
Si Cohn enseñó a Trump cómo combatir, Stone le enseñó cómo convertir ese combate en poder político de masas.
II. La escuela: McCarthy, Nixon y la herencia oscura
Para entender por qué Stone vio en Trump lo que nadie más vio, hay que entender de dónde venía. Y aquí los caminos de los dos maestros se cruzan otra vez: ambos se habían formado en la misma tradición política americana, la que une el macartismo con el nixonismo.
Cohn había sido la mano derecha del senador Joseph McCarthy durante las audiencias anticomunistas de los años cincuenta. Allí aprendió que la política puede sostenerse sobre tres pilares: la sospecha permanente, la destrucción del adversario y el uso agresivo de los medios. Cuando McCarthy cayó en desgracia, Cohn trasladó ese método a los tribunales civiles de Nueva York. La política, para él, era una forma del litigio.
Stone heredó esa tradición pero la cruzó con otra: la de Richard Nixon. Comenzó su carrera, siendo casi un adolescente, en las operaciones clandestinas de la campaña de reelección de 1972 —las mismas que desembocarían en Watergate—. Stone llevaría toda la vida el rostro de Nixon tatuado en la espalda. No es una excentricidad: es una declaración de pertenencia. De Nixon aprendió la idea que organizaría toda su carrera:
La política moderna no consiste en administrar la realidad, sino en controlar la percepción de la realidad.
En 1980, con apenas veintisiete años, Stone fundó junto a Charlie Black y Paul Manafort la firma Black, Manafort & Stone —más tarde Black, Manafort, Stone & Kelly—. La firma inventó algo que entonces no tenía nombre: la operación double-breasted, un híbrido de consultoría electoral y lobby corporativo que permitía vender al mismo cliente la estrategia para ganar elecciones y, simultáneamente, el acceso al político ya electo. La empresa terminaría representando a un catálogo de dictadores extranjeros —Mobutu, Marcos, Savimbi— que habría sido impresentable una década antes. Stone normalizó lo impresentable. Esa fue, quizá, su primera gran innovación: convertir la influencia política en mercancía organizada y vender ese servicio sin pudor.
El método operativo correspondía a esa filosofía. Stone no buscaba el consenso: buscaba la intensidad. Sabía que la intensidad emocional moviliza más que la coherencia racional, y que en un ecosistema mediático saturado, lo que sobrevive no es el argumento mejor construido sino el más capaz de generar conflicto. Atacar, filtrar, provocar, fabricar enemigos, saturar el ciclo de noticias con controversia constante. Stone llamaba a esto, sin apuro, sus dirty tricks. En 2008 publicaría incluso un libro recogiendo sus reglas de combate político.
III. El hombre que vio a Trump cuarenta años antes
Una de las pruebas más nítidas de la lucidez estratégica de Stone es que empezó a empujar a Trump hacia la política nacional cuando nadie, ni siquiera Trump, se lo tomaba en serio.
Ya en 1987, casi tres décadas antes de la candidatura real, Stone organizó viajes de Trump a New Hampshire —el laboratorio tradicional de candidatos presidenciales—, le facilitó contactos con estructuras republicanas locales y orquestó la compra de anuncios a página completa en el New York Times, el Washington Post y el Boston Globe. Los anuncios denunciaban que Estados Unidos pagaba el coste de proteger militarmente a sus aliados sin recibir nada a cambio. Eran, palabra por palabra, los argumentos que veríamos repetidos casi sin retoques en la campaña de 2016 y en el segundo mandato actual.
La candidatura presidencial del año 2000 con el Partido Reformista funcionó como ensayo general. Aunque fracasó electoralmente, permitió a Stone validar empíricamente varias hipótesis sobre el electorado estadounidense:
Esta última lección incluyó una primera demostración del método aplicado en directo: para liquidar la candidatura de Pat Buchanan dentro del propio Partido Reformista, Stone usó a Trump como proyectil mediático llamando a Buchanan, en directo, "amante de Hitler". Era, en pequeño, el manual operativo completo: el ataque personal devastador, la saturación del ciclo informativo, la construcción de un enemigo cómodo, el uso de la celebridad como artillería. Quince años antes de la escalera mecánica de la Torre Trump, todas las piezas estaban sobre la mesa.
IV. 2016: la institucionalización del método
Cuando Trump descendió por la escalera mecánica de la Torre Trump en junio de 2015, el terreno llevaba décadas labrado. Stone fue uno de los asesores principales de la fase inicial. En agosto de aquel mismo año hubo una salida formal —la versión oficial habló de discrepancias estratégicas, la oficiosa de un choque de egos—, pero Stone recomendó como sustituto a su antiguo socio Paul Manafort. No fue una ruptura: fue una sustitución por un clon. La lógica permaneció intacta.
Esa lógica tenía pocos principios y muy claros. La campaña debía operar como una guerrilla mediática: dominar el ciclo informativo a base de declaraciones extremas, saltarse los filtros de los grandes medios usando directamente las redes sociales, construir una base electoral movilizada por intensidad emocional —no por convicción programática—, y convertir cada controversia, por dañina que pareciera en el corto plazo, en combustible para mantener encendida la atención. La política dejaba de ser, en este modelo, gestión de programas. Se convertía en gestión permanente de percepción, identidad y conflicto.
Hubo además un componente operativo más oscuro. Durante la campaña, según testificó después Steve Bannon ante el tribunal que juzgó a Stone, dentro del equipo se consideraba a Stone el "punto de acceso" hacia WikiLeaks —el canal informal a través del cual la campaña anticipaba o gestionaba la publicación de los correos electrónicos del Comité Nacional Demócrata sustraídos por servicios rusos—. Stone presumía públicamente de sus contactos con Julian Assange. Si esa relación era real o solo una pose es algo que la justicia nunca llegó a establecer del todo. Pero la percepción interna de la campaña, según el testimonio de Bannon, era que Stone era el operador externo encargado de gestionar canales políticamente sensibles. Era exactamente el papel que Cohn había desempeñado para Trump en los setenta y ochenta, ahora trasladado al terreno electoral.
V. Stop the Steal: controlar el relato cuando se pierde
Hay una idea de Stone que condensa toda su filosofía política y que define, mejor que ninguna otra, lo que diferencia su modelo del de Cohn:
Si no puedes controlar el resultado, controla el relato del resultado.
Cohn enseñó a Trump a no admitir nunca la derrota. Stone fue más allá: enseñó a deslegitimar el sistema que produce la derrota. Y lo enseñó con un eslogan que utilizó por primera vez no en 2020, sino en las primarias republicanas de 2016, cuando el establishment republicano intentaba bloquear la nominación de Trump frente a Ted Cruz. El eslogan era Stop the Steal. Aquella primera vez perdió fuelle —Trump ganó la nominación y dejó de ser necesario—, pero el dispositivo quedó archivado, listo para ser reactivado cuando la situación lo requiriera.
La reactivación llegó en noviembre de 2020. Pero comprender que Stop the Steal no fue una reacción emocional improvisada tras la derrota, sino la ejecución de una operación que llevaba cuatro años en el cajón, cambia el análisis. No estamos ante un líder que no acepta una derrota concreta, sino ante un sistema que, por diseño, está preparado para no aceptar nunca ninguna derrota. La premisa operativa es brutal: en una sociedad mediáticamente fragmentada, la cohesión interna del propio grupo importa más que el consenso factual general. Si los seguidores creen que el sistema es fraudulento, la lealtad al líder se vuelve incuestionable. La verdad es secundaria a la pertenencia.
Esa es la diferencia decisiva entre los dos maestros. Cohn operaba sobre el adversario. Stone operó sobre la realidad misma.
VI. El contrato: lealtad por protección
La condena de Stone en 2019, su negativa a colaborar con los fiscales y el indulto presidencial de 2020 son los tres movimientos de una misma operación. Y son la prueba más clara de que el código de Cohn —pulido por Stone— funciona como contrato bilateral, no como simple ética de combate.
Durante el juicio Stone se mantuvo en silencio. No habló del presidente, no negoció reducciones de pena a cambio de información, no se acogió a ninguna de las salidas que los fiscales suelen ofrecer en casos así. Repitió en público que nunca traicionaría a Trump. Aquello no fue solo amistad personal. Era la ejecución del primer término de un contrato cuya segunda parte se cumpliría en julio y diciembre de 2020 con la conmutación y el indulto.
El mensaje político iba mucho más allá de Stone. Era una comunicación dirigida a todo el círculo de leales presentes y futuros: aguantad, no habléis, y se os protegerá. Es el mismo principio que estructuraba el mundo de Cohn —donde la lealtad se medía por la disposición a cruzar líneas éticas— pero ahora con el aval del aparato presidencial. Lo que en los setenta era código informal del Manhattan judicial pasaba a ser, cuarenta años después, política de Estado.
VII. Una Ley de Gresham para la política
El error más común al analizar a Roger Stone es verlo como una excentricidad —el hombre del tatuaje de Nixon, los trajes de raya diplomática, las provocaciones televisadas—. Stone funciona mejor leído como síntoma. Su trayectoria ilumina dinámicas que ya estaban presentes en el sistema político estadounidense pero que él hizo explícitas: la mercantilización del acceso al poder a través de firmas como Black, Manafort, Stone & Kelly; la transformación del conflicto en producto mediático; la disolución del espacio común de hechos compartidos.
De ese conjunto de operaciones se deriva algo parecido a una Ley de Gresham aplicada a la política: las tácticas más agresivas, polarizadoras y emocionales empujan al resto de los actores a imitarlas si quieren sobrevivir electoralmente. La buena política, entendida como debate de ideas y gestión administrativa, queda desplazada por la mala política, entendida como gestión de la atención mediante el conflicto. Y como en la versión monetaria original de Gresham —la moneda mala expulsa a la buena—, una vez iniciada la dinámica, revertirla es muy difícil. Cualquier candidato que renuncie a las tácticas Stone competirá en desventaja contra quienes las usan.
La consecuencia última no es solo la polarización, fenómeno que existiría sin Stone. Es la transformación estructural de la política en espectáculo emocional permanente.
En ese ecosistema, los marcos institucionales tradicionales —la prensa establecida, los partidos como organizaciones programáticas, los procesos electorales como mecanismos legitimadores compartidos— pierden capacidad de ordenar el debate. No porque desaparezcan, sino porque dejan de ser referencia común para quienes operan bajo el manual Stone.
De Cohn a Stone, de Stone al presente
La línea que une a Roy Cohn, Roger Stone y Donald Trump no describe una anomalía histórica aislada. Describe una evolución coherente que recorre medio siglo de política estadounidense.
Cohn enseñó la lógica del combate individual: atacar siempre, no admitir nada, declarar victoria en cualquier escenario. Stone tomó esa lógica y la escaló al plano nacional, adaptándola al ecosistema de la televisión, la celebridad y la guerra mediática permanente. Trump terminó siendo el ejecutor perfecto de ambos modelos a escala presidencial.
Lo que estamos viendo en este segundo mandato es la aplicación simultánea de las dos enseñanzas. Las amenazas extremas seguidas de aperturas tácticas en política exterior —Irán, Groenlandia, los aranceles europeos analizados en el artículo anterior— son ejecución del manual Cohn: el código del fixer aplicado a las relaciones internacionales. Pero la guerra interna contra los medios, las purgas de la administración federal, la instrumentalización del Departamento de Justicia contra adversarios políticos, los ataques sistemáticos a jueces y funcionarios, y la deslegitimación preventiva de cualquier institución que pueda producir un veredicto adverso son, sobre todo, ejecución del manual Stone: la gestión del relato como herramienta de poder, la construcción permanente de enemigos como combustible de movilización, el control de la percepción como sustituto del control de los hechos.
Por eso Trump no puede entenderse como un fenómeno personal. Es el producto final de una transformación más profunda: el desplazamiento de la política desde la gestión hacia el espectáculo, desde el consenso hacia la movilización emocional, desde la discusión pública hacia la guerra de relatos.
Roger Stone vio ese futuro mucho antes que el resto del sistema. Y vio en Trump el vehículo perfecto para hacerlo realidad. Cohn murió inhabilitado en 1986. Stone, indultado, sigue activo. Y el modelo que entre los dos enseñaron a su discípulo más prominente gobierna hoy, desde la Casa Blanca, los movimientos de la primera potencia del planeta.




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