Ucrania no puede ganar y todos lo saben: el crimen de prolongar una guerra perdida

Ucrania no puede ganar y todos lo saben: el crimen de prolongar una guerra perdida
Análisis · Guerra en Ucrania · Primavera de 2026

La primavera reactiva el frente y vuelven los mismos titulares de cada año: nuevas ofensivas, oportunidades tácticas, expectativa de ruptura. Pero hay una pregunta que, por razones obvias, casi nunca se formula: ¿tiene sentido que Ucrania siga enfrentándose a un ejército superior que tiene la iniciativa estratégica desde hace tres años? Desde un punto de vista estrictamente militar, la respuesta es clara, y los datos de los últimos años no dejan margen a la interpretación.

En entradas anteriores he sostenido que apoyar la prolongación de esta guerra es, llegados a este punto, un crimen (El crimen de apoyar la guerra en Ucrania; El crimen de seguir apostando por una guerra que no se puede ganar). Allí lo argumenté desde lo ético y lo político.

Aquí quiero argumentarlo desde un ángulo distinto: el estrictamente militar. No desde lo que debería ocurrir, sino desde lo que la doctrina militar reconoce como el punto en el que una guerra ha dejado de poder ganarse.

Durante años se ha presentado la guerra de Ucrania como un conflicto en el que el siguiente esfuerzo —la próxima ofensiva, el próximo paquete de armamento, la próxima primavera— podría alterar el equilibrio. Cada año, la misma expectativa.

Pero hay un dato que el discurso público nunca pone en el centro: desde finales de 2022, Ucrania no ha sido capaz de recuperar la iniciativa estratégica. Y en términos militares, eso no es un detalle. Es el dato que define el resto.

En un vistazo: la tesis
La doctrina militar reconoce desde Clausewitz un umbral preciso: el punto de culminación. El momento en que un ejército ya no puede transformar éxitos tácticos en cambios operativos, ni cambios operativos en victoria estratégica. No es derrota inmediata. Es la pérdida de la capacidad de revertir el resultado.
Ucrania cruzó ese umbral hace tiempo. Tras Járkov y Jersón en 2022 —los últimos éxitos en los que impuso el ritmo—, ningún esfuerzo posterior ha logrado arrebatar la iniciativa: ni la contraofensiva de 2023 que se quedó en 20 km, ni la incursión de Kursk en 2024 que Rusia recuperó en seis meses. Y la primavera de 2026 llega con un contexto exterior más negativo que nunca: sin nuevos paquetes de ayuda estadounidense desde enero de 2025, recortes confirmados en el presupuesto 2026, y negociaciones bilaterales con exigencias rusas idénticas a las de 2022.
Pese a esos datos, el discurso público mantiene la promesa de la victoria. Pero los argumentos que aún la sostienen —«Putin se desestabilizará», «las sanciones lo asfixiarán», «el próximo sistema cambiará la dinámica»— son voluntaristas: apuestan por algo que debería ocurrir, llevan años sin materializarse, y ninguno es militar.
La doctrina contemporánea sobre legitimidad de la guerra —la que enseñan hoy West Point, Sandhurst y los programas de ética militar de la OTAN— exige probabilidad razonable de éxito como condición no solo para iniciar un conflicto, sino para sostenerlo. Cuando esa probabilidad se desvanece, prolongar la guerra deja de ser defensa y pasa a ser espera. Y la espera la pagan los que mueren cada semana en Pokrovsk, Chasiv Yar y Kupiansk.

I. La pregunta que la doctrina militar sí responde

Desde Carl von Clausewitz, la teoría militar ha establecido que existe un punto en el que continuar luchando deja de generar ventaja. Clausewitz lo llamó el punto de culminación: el momento en que seguir atacando ya no mejora la posición, sino que la deteriora. La doctrina contemporánea ha refinado el concepto distinguiendo dos formas. Existe el punto de culminación del ataque —que afecta al que avanza— y existe el punto de culminación de la victoria, que es estratégico y describe el momento en que los esfuerzos militares, ofensivos o defensivos, dejan de poder mejorar los términos políticos del final del conflicto.

No es derrota inmediata. Es algo más incómodo:

Ya no decides el ritmo de la guerra.
Reaccionas a lo que hace el otro.
Atacas, pero no avanzas.
Logras éxitos puntuales, pero no los puedes explotar para producir un cambio decisivo.
Una guerra ha alcanzado su punto de culminación cuando los éxitos tácticos ya no se pueden convertir en cambios operativos, y los cambios operativos —si se producen— ya no se pueden convertir en victoria estratégica.

Aplicada a Ucrania, esa definición no es ambigua. Es descriptiva.

II. Lo que la dinámica del frente lleva dos años diciendo

La iniciativa estratégica es el indicador más claro de quién va ganando una guerra. No quién tiene más territorio. No quién hace más bajas. Quién decide dónde, cuándo y cómo se combate. Recuperarla, una vez perdida, exige operaciones ofensivas exitosas que rompan el dispositivo enemigo y generen una nueva dinámica.

Ucrania ha tenido tres oportunidades de hacerlo desde 2022. Las tres han fracasado.

Las contraofensivas de Járkov y Jersón en otoño de 2022 fueron éxitos genuinos —Ucrania impuso el ritmo a un dispositivo ruso aún disperso— y son los últimos momentos en que esa frase puede escribirse con precisión técnica.
La gran contraofensiva de 2023, planificada con apoyo de EE.UU. y Reino Unido y dotada con material occidental moderno, avanzó unos 20 km en seis meses en el eje Orikhiv-Tokmak. No rompió la Línea Surovikin, no llegó a Tokmak —el "objetivo mínimo"—, no cortó el corredor a Crimea. En noviembre de 2023, el general Zaluzhnyi reconoció en The Economist que la guerra había llegado a un stalemate. En mayo de 2025, Rusia ya había recapturado las catorce aldeas conquistadas en aquella ofensiva.
La incursión de Kursk en agosto de 2024 sorprendió a Rusia y produjo el efecto político buscado, pero no obligó a desviar fuerzas significativas del Donbás —los ataques rusos en Donetsk solo bajaron de 185 a 110 diarios— y, en marzo de 2025, las fuerzas ucranianas ya se habían retirado tras un contraataque ruso reforzado con tropas norcoreanas. El precio: debilitamiento del frente del Donbás, justo cuando Rusia aceleraba su ofensiva sobre Pokrovsk.

Mientras tanto, Rusia ha consolidado la iniciativa de teatro. En 2025 capturó aproximadamente 5.600 km² —más que en 2023 y 2024 combinados, según AFP a partir de datos del Institute for the Study of War—. Avdiivka cayó en febrero de 2024. Vuhledar, en octubre de 2024. Pokrovsk y Myrnohrad, a finales de 2025 y principios de 2026. La línea no se rompe, pero se desplaza siempre en el mismo sentido.

Lo importante no es el ritmo —unos 70 metros al día en Pokrovsk, según el CSIS, más lento que el Somme en 1916—. Es la dirección. Las guerras de desgaste no se ganan por velocidad: se ganan por capacidad de sostener un avance, por lento que sea, hasta que el adversario no puede reemplazar lo que pierde.

Esta es la dinámica que llega a la primavera de 2026, en un contexto exterior más negativo para Ucrania que en cualquier momento anterior del conflicto:

Sin nuevos paquetes de ayuda militar de EE.UU. desde enero de 2025. La administración Trump no ha pedido al Congreso un solo paquete nuevo. La asistencia que llega proviene de compromisos firmados por la administración anterior.
Recortes confirmados en el presupuesto 2026 destinado a armamento para Ucrania, según testimonio del secretario de Defensa Pete Hegseth ante el Congreso. EE.UU. ha dejado además de liderar el Ukraine Defense Contact Group, el foro que coordinaba la ayuda internacional desde 2022.
El 20% que aporta EE.UU. es lo insustituible: misiles de largo alcance, sistemas Patriot, inteligencia satelital, comunicaciones Starlink. Lo que Europa puede sustituir lo está sustituyendo. Lo que no puede, Ucrania lo perderá.
Negociaciones bilaterales abiertas en Abu Dabi y Ginebra desde enero de 2026, con exigencias rusas idénticas a las de 2022 —control de todo el Donbás, neutralidad ucraniana, no adhesión a la OTAN—. Cuatro años de guerra después, la posición negociadora rusa no se ha debilitado. La ucraniana, sí.

Una primavera ofensiva normalmente se planifica con la expectativa de que los recursos disponibles aumenten o, al menos, se mantengan. Ucrania llega a la de 2026 con la expectativa contraria: cada mes de combate consume capacidades que no se van a reponer al ritmo al que se gastan. La asimetría con Rusia, que sostiene su esfuerzo militar con producción interna en economía de guerra, no hace más que ampliarse.

Cuando la capacidad de un bando para seguir luchando depende de decisiones políticas tomadas en otras capitales —y esas capitales son cada vez menos favorables—, ese bando ya no controla su propia guerra. La libra; no la decide.

III. La guerra que se libra y la que se cuenta

Y sin embargo, el discurso público apenas ha cambiado. Se sigue hablando de victoria en términos territoriales. Se sigue sugiriendo que el siguiente paquete de armamento, el siguiente sistema, la siguiente decisión política puede romper el equilibrio. Se sigue planteando la guerra como si estuviera en fase de maniobra, cuando todos los datos del frente desde finales de 2022 indican que ha pasado a una fase distinta: una guerra que Ucrania no puede ganar y que solo puede prolongar.

En teoría de terminación de guerras, este tipo de situaciones tiene un nombre: «apuesta por la resurrección». Como ha explicado el politólogo Dan Reiter, los líderes prolongan conflictos que no pueden resolver militarmente esperando que un factor externo —un cambio político en el adversario, un colapso económico, una alteración del equilibrio internacional— modifique el resultado.

No se lucha para ganar. Se lucha para que algo ocurra fuera del campo de batalla. Y mientras se espera, se sigue muriendo.

Y aquí aparece el rasgo común de todos los argumentos que aún sostienen el discurso de la victoria: son voluntaristas. Apuestan por algo que debería ocurrir, sin pruebas reales que lo respalden.

«El régimen de Putin se desestabilizará por dentro.» Es voluntarismo. Cuatro años después, no hay un solo indicador empírico que lo respalde: la economía rusa creció un 0,6% en 2025 según el CSIS —débil, pero lejos del colapso—, el control político interno se ha endurecido en lugar de debilitarse, y las grietas internas previstas tras Prigozhin o tras las elecciones de 2024 nunca llegaron.
«Las sanciones acabarán asfixiando a Rusia.» Es voluntarismo. Tras cuatro años, las sanciones han impuesto costes pero no han reducido la capacidad rusa de sostener la guerra. La economía rusa se ha reorientado hacia China, India y Asia Central, y la producción militar opera ya en lógica de economía de guerra. Esperar que el siguiente paquete sí funcione, cuando los anteriores no lo hicieron, es repetir la apuesta sin actualizar la evidencia.
«El próximo sistema de armas cambiará la dinámica.» Es voluntarismo. Esto se ha dicho con los HIMARS, con los Leopard 2, con los Bradley, con los F-16, con los ATACMS, con los Storm Shadow. Cada sistema ha aportado capacidades reales. Ninguno ha cambiado la dirección estratégica del conflicto. La acumulación de fracasos sucesivos del mismo argumento debería invalidarlo, no renovarlo.

Ninguno de estos argumentos es militar. Son apuestas sobre algo que no depende del campo de batalla, formuladas en términos que la doctrina clásica reconoce con precisión: basar la continuación de una guerra en factores que no controlas y que llevan años sin materializarse no es estrategia. Es voluntarismo. Y voluntarismo, en términos militares, es la definición operativa de haber perdido la iniciativa estratégica.

IV. El criterio que las academias militares siguen enseñando hoy

La doctrina contemporánea sobre la legitimidad de la guerra —lo que en la literatura profesional se conoce como Just War Theory— es materia viva en la formación de oficiales superiores. Se enseña en West Point, en Sandhurst, en el Naval War College de Newport, en la Escuela Superior de las Fuerzas Armadas española y en los programas de ética militar de la OTAN. No es teoría académica desconectada del campo de batalla: es parte del planeamiento operativo y forma parte de los manuales de ética profesional militar.

Su formulación contemporánea más influyente es la de Michael Walzer en Just and Unjust Wars (1977, con sucesivas ediciones revisadas), texto fundacional del debate ético-militar moderno y lectura obligatoria en la formación de cuadros de mando occidentales. Walzer estableció los seis criterios que hoy estructuran la evaluación de la legitimidad de cualquier conflicto:

Causa justa.
Autoridad legítima.
Recta intención.
Último recurso.
Proporcionalidad entre el bien obtenido y el daño causado.
Probabilidad razonable de éxito (reasonable prospects of success).

El sexto criterio —el que aquí importa— no exige victoria segura. Exige que la lucha tenga una posibilidad realista de cambiar el resultado. Y la doctrina más reciente lo ha extendido en una dirección decisiva: el llamado jus ex bello, que establece los criterios para abandonar legítimamente una guerra que ya no cumple las condiciones con las que se inició. Cuando una guerra deja de tener probabilidad razonable de éxito, prolongarla deja de ser una decisión militar legítima.

Este no es un debate filosófico. Es el criterio que cualquier oficial superior aplica cuando evalúa si una operación tiene sentido: si los costes son altos y el resultado favorable es improbable, la operación se cancela. Lo que es válido para una operación lo es, escalado, para una guerra entera.

Después de cuatro años de combate, el coste se mide en cientos de miles de bajas y en un nivel de destrucción que afecta a generaciones enteras. Si ese coste se está pagando para sostener una guerra que ya no cumple el criterio de probabilidad razonable de éxito —tal como lo definen los manuales de la OTAN y los programas de ética militar de las propias academias occidentales—, entonces lo que se está prolongando no es una defensa: es una espera. Y la espera la pagan quienes mueren cada semana en Pokrovsk, en Chasiv Yar, en Kupiansk.

La palabra que deja de ser provocación

Y es ahí donde la tesis que sostuve en El crimen de apoyar la guerra en Ucrania y en El crimen de seguir apostando por una guerra que no se puede ganar deja de ser una provocación y empieza a ser una descripción técnica.

No porque Ucrania no tenga derecho a defenderse: lo tiene. No porque la agresión rusa sea legítima: no lo es. Sino porque, leídos los datos desde la doctrina militar y no desde la propaganda de cualquiera de los bandos, el resultado es asimétrico y claro:

Ucrania ha perdido la iniciativa estratégica y no ha podido recuperarla en tres intentos.
Su capacidad de sostener el esfuerzo militar depende de decisiones tomadas fuera de Ucrania.
Rusia mantiene la iniciativa de teatro, avanza —despacio, pero avanza— y tiene la base estructural para sostener el desgaste más tiempo del que Ucrania puede.
Los argumentos que sostienen la prolongación de la guerra no son militares: son apuestas por factores externos que en cuatro años no se han producido.

En esa situación, seguir alimentando la guerra como si se tratase de una lucha que se va a ganar no es una posición prudente. Es una posición que ignora lo que la doctrina militar lleva diciendo desde Clausewitz: hay un punto en el que continuar luchando deja de mejorar tu posición. Y cruzado ese punto, cada mes adicional de guerra es vidas pagadas por una expectativa que el campo de batalla ya ha invalidado.

Llamar crimen a sostener una guerra que no se puede ganar no es un exceso retórico. Es lo que la lógica militar permite afirmar cuando se la lee sin filtros ideológicos.

La pregunta ya no es cómo ganar.

Es cuántos más se está dispuesto a dejar morir antes de aceptar que la guerra que se libra ya no es la que se dice que se está librando.

Y cuando alguien sigue alimentando esa guerra sabiendo que esas muertes ya no van a cambiar el resultado —porque los datos militares lo dicen, porque la doctrina lo formaliza, porque las academias lo enseñan—, lo que está cometiendo tiene un nombre. Y no es defensa de la libertad. Es un crimen.

Fuentes y referencias principales: Carl von Clausewitz, De la guerra (concepto de punto de culminación); Jack Watling y Nick Reynolds, Preliminary Lessons from Ukraine's Offensive Operations 2022-2023, Royal United Services Institute (RUSI); Center for Strategic and International Studies (CSIS), Russia's Grinding War in Ukraine, febrero de 2026; U.S. Army, Blocked and Bloodied: Lessons from the Combined Arms Breach during the 2023 Ukrainian Counter-Offensive; Institute for the Study of War (ISW), evaluaciones diarias de la campaña; Dan Reiter, How Wars End (concepto de «apuesta por la resurrección»); declaración del general Valerii Zaluzhnyi en The Economist, noviembre de 2023, sobre el stalemate; The New York Times, reportaje sobre la planificación y desarrollo de la contraofensiva de 2023; AFP a partir de datos del ISW sobre territorio capturado en 2025; Michael Walzer, Just and Unjust Wars (1977 y ediciones revisadas posteriores), referente contemporáneo del jus ad bellum; Stanford Encyclopedia of Philosophy, entrada sobre la guerra, sobre los seis principios de la teoría contemporánea; O'Brien Notre Dame International Security Center, The Just War Tradition and Theory in Context, enero de 2026; literatura sobre jus ex bello aplicada a la terminación legítima de conflictos.

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