La primavera reactiva el frente y vuelven los mismos titulares de cada año: nuevas ofensivas, oportunidades tácticas, expectativa de ruptura. Pero hay una pregunta que, por razones obvias, casi nunca se formula: ¿tiene sentido que Ucrania siga enfrentándose a un ejército superior que tiene la iniciativa estratégica desde hace tres años? Desde un punto de vista estrictamente militar, la respuesta es clara, y los datos de los últimos años no dejan margen a la interpretación.
En entradas anteriores he sostenido que apoyar la prolongación de esta guerra es, llegados a este punto, un crimen (El crimen de apoyar la guerra en Ucrania; El crimen de seguir apostando por una guerra que no se puede ganar). Allí lo argumenté desde lo ético y lo político.
Aquí quiero argumentarlo desde un ángulo distinto: el estrictamente militar. No desde lo que debería ocurrir, sino desde lo que la doctrina militar reconoce como el punto en el que una guerra ha dejado de poder ganarse.
Durante años se ha presentado la guerra de Ucrania como un conflicto en el que el siguiente esfuerzo —la próxima ofensiva, el próximo paquete de armamento, la próxima primavera— podría alterar el equilibrio. Cada año, la misma expectativa.
Pero hay un dato que el discurso público nunca pone en el centro: desde finales de 2022, Ucrania no ha sido capaz de recuperar la iniciativa estratégica. Y en términos militares, eso no es un detalle. Es el dato que define el resto.
I. La pregunta que la doctrina militar sí responde
Desde Carl von Clausewitz, la teoría militar ha establecido que existe un punto en el que continuar luchando deja de generar ventaja. Clausewitz lo llamó el punto de culminación: el momento en que seguir atacando ya no mejora la posición, sino que la deteriora. La doctrina contemporánea ha refinado el concepto distinguiendo dos formas. Existe el punto de culminación del ataque —que afecta al que avanza— y existe el punto de culminación de la victoria, que es estratégico y describe el momento en que los esfuerzos militares, ofensivos o defensivos, dejan de poder mejorar los términos políticos del final del conflicto.
No es derrota inmediata. Es algo más incómodo:
Una guerra ha alcanzado su punto de culminación cuando los éxitos tácticos ya no se pueden convertir en cambios operativos, y los cambios operativos —si se producen— ya no se pueden convertir en victoria estratégica.
Aplicada a Ucrania, esa definición no es ambigua. Es descriptiva.
II. Lo que la dinámica del frente lleva dos años diciendo
La iniciativa estratégica es el indicador más claro de quién va ganando una guerra. No quién tiene más territorio. No quién hace más bajas. Quién decide dónde, cuándo y cómo se combate. Recuperarla, una vez perdida, exige operaciones ofensivas exitosas que rompan el dispositivo enemigo y generen una nueva dinámica.
Ucrania ha tenido tres oportunidades de hacerlo desde 2022. Las tres han fracasado.
Mientras tanto, Rusia ha consolidado la iniciativa de teatro. En 2025 capturó aproximadamente 5.600 km² —más que en 2023 y 2024 combinados, según AFP a partir de datos del Institute for the Study of War—. Avdiivka cayó en febrero de 2024. Vuhledar, en octubre de 2024. Pokrovsk y Myrnohrad, a finales de 2025 y principios de 2026. La línea no se rompe, pero se desplaza siempre en el mismo sentido.
Lo importante no es el ritmo —unos 70 metros al día en Pokrovsk, según el CSIS, más lento que el Somme en 1916—. Es la dirección. Las guerras de desgaste no se ganan por velocidad: se ganan por capacidad de sostener un avance, por lento que sea, hasta que el adversario no puede reemplazar lo que pierde.
Esta es la dinámica que llega a la primavera de 2026, en un contexto exterior más negativo para Ucrania que en cualquier momento anterior del conflicto:
Una primavera ofensiva normalmente se planifica con la expectativa de que los recursos disponibles aumenten o, al menos, se mantengan. Ucrania llega a la de 2026 con la expectativa contraria: cada mes de combate consume capacidades que no se van a reponer al ritmo al que se gastan. La asimetría con Rusia, que sostiene su esfuerzo militar con producción interna en economía de guerra, no hace más que ampliarse.
Cuando la capacidad de un bando para seguir luchando depende de decisiones políticas tomadas en otras capitales —y esas capitales son cada vez menos favorables—, ese bando ya no controla su propia guerra. La libra; no la decide.
III. La guerra que se libra y la que se cuenta
Y sin embargo, el discurso público apenas ha cambiado. Se sigue hablando de victoria en términos territoriales. Se sigue sugiriendo que el siguiente paquete de armamento, el siguiente sistema, la siguiente decisión política puede romper el equilibrio. Se sigue planteando la guerra como si estuviera en fase de maniobra, cuando todos los datos del frente desde finales de 2022 indican que ha pasado a una fase distinta: una guerra que Ucrania no puede ganar y que solo puede prolongar.
En teoría de terminación de guerras, este tipo de situaciones tiene un nombre: «apuesta por la resurrección». Como ha explicado el politólogo Dan Reiter, los líderes prolongan conflictos que no pueden resolver militarmente esperando que un factor externo —un cambio político en el adversario, un colapso económico, una alteración del equilibrio internacional— modifique el resultado.
No se lucha para ganar. Se lucha para que algo ocurra fuera del campo de batalla. Y mientras se espera, se sigue muriendo.
Y aquí aparece el rasgo común de todos los argumentos que aún sostienen el discurso de la victoria: son voluntaristas. Apuestan por algo que debería ocurrir, sin pruebas reales que lo respalden.
Ninguno de estos argumentos es militar. Son apuestas sobre algo que no depende del campo de batalla, formuladas en términos que la doctrina clásica reconoce con precisión: basar la continuación de una guerra en factores que no controlas y que llevan años sin materializarse no es estrategia. Es voluntarismo. Y voluntarismo, en términos militares, es la definición operativa de haber perdido la iniciativa estratégica.
IV. El criterio que las academias militares siguen enseñando hoy
La doctrina contemporánea sobre la legitimidad de la guerra —lo que en la literatura profesional se conoce como Just War Theory— es materia viva en la formación de oficiales superiores. Se enseña en West Point, en Sandhurst, en el Naval War College de Newport, en la Escuela Superior de las Fuerzas Armadas española y en los programas de ética militar de la OTAN. No es teoría académica desconectada del campo de batalla: es parte del planeamiento operativo y forma parte de los manuales de ética profesional militar.
Su formulación contemporánea más influyente es la de Michael Walzer en Just and Unjust Wars (1977, con sucesivas ediciones revisadas), texto fundacional del debate ético-militar moderno y lectura obligatoria en la formación de cuadros de mando occidentales. Walzer estableció los seis criterios que hoy estructuran la evaluación de la legitimidad de cualquier conflicto:
El sexto criterio —el que aquí importa— no exige victoria segura. Exige que la lucha tenga una posibilidad realista de cambiar el resultado. Y la doctrina más reciente lo ha extendido en una dirección decisiva: el llamado jus ex bello, que establece los criterios para abandonar legítimamente una guerra que ya no cumple las condiciones con las que se inició. Cuando una guerra deja de tener probabilidad razonable de éxito, prolongarla deja de ser una decisión militar legítima.
Este no es un debate filosófico. Es el criterio que cualquier oficial superior aplica cuando evalúa si una operación tiene sentido: si los costes son altos y el resultado favorable es improbable, la operación se cancela. Lo que es válido para una operación lo es, escalado, para una guerra entera.
La palabra que deja de ser provocación
Y es ahí donde la tesis que sostuve en El crimen de apoyar la guerra en Ucrania y en El crimen de seguir apostando por una guerra que no se puede ganar deja de ser una provocación y empieza a ser una descripción técnica.
No porque Ucrania no tenga derecho a defenderse: lo tiene. No porque la agresión rusa sea legítima: no lo es. Sino porque, leídos los datos desde la doctrina militar y no desde la propaganda de cualquiera de los bandos, el resultado es asimétrico y claro:
En esa situación, seguir alimentando la guerra como si se tratase de una lucha que se va a ganar no es una posición prudente. Es una posición que ignora lo que la doctrina militar lleva diciendo desde Clausewitz: hay un punto en el que continuar luchando deja de mejorar tu posición. Y cruzado ese punto, cada mes adicional de guerra es vidas pagadas por una expectativa que el campo de batalla ya ha invalidado.
Llamar crimen a sostener una guerra que no se puede ganar no es un exceso retórico. Es lo que la lógica militar permite afirmar cuando se la lee sin filtros ideológicos.
La pregunta ya no es cómo ganar.
Es cuántos más se está dispuesto a dejar morir antes de aceptar que la guerra que se libra ya no es la que se dice que se está librando.
Y cuando alguien sigue alimentando esa guerra sabiendo que esas muertes ya no van a cambiar el resultado —porque los datos militares lo dicen, porque la doctrina lo formaliza, porque las academias lo enseñan—, lo que está cometiendo tiene un nombre. Y no es defensa de la libertad. Es un crimen.




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