El crimen de apoyar la guerra en Ucrania

El informe que confirma el vaciamiento de Ucrania
Demografía · Geopolítica · Ucrania

El Bertelsmann Transformation Index publica el dato que lo cambia todo: Ucrania es el país que más población ha perdido en el mundo. No es un daño colateral. Es la consecuencia lógica de apostar por una guerra que no se puede ganar.

En un vistazo: la tesis
Ucrania ha perdido aproximadamente el 32,5% de su población entre 2000 y 2025, la mayor caída de cualquier país en el mundo según el Bertelsmann Transformation Index (BTI). A comienzos de 2026, solo 31 millones de personas viven en territorios controlados por el gobierno.
Más de 6,8 millones de ucranianos están fuera del país. El 90% son mujeres y niños: el núcleo reproductivo de la sociedad. Casi tres cuartas partes de los beneficiarios de protección temporal en la UE son mujeres adultas (43,5%) y menores (30,3%).
La tasa de fertilidad ha caído a entre 0,9 y 1,0 hijos por mujer, muy por debajo del umbral de reemplazo de 2,1. En 2025, la mortalidad triplica a la natalidad.
La intención de retorno ha caído del 74% al 43%. Los retornos efectivos han pasado de 660.000 en 2022 a menos de 100.000 en 2025. El flujo se ha vuelto, en la práctica, unidireccional.
El Wilson Center proyecta una población de apenas 25,2 millones en 2051 si las tendencias actuales continúan. Una victoria territorial podría resultar pírrica si no queda sociedad capaz de habitar ese territorio.
Este no es solo el coste de la guerra. Es su dinámica. Cuanto más se prolonga el conflicto, más irreversible se vuelve el vaciamiento. La prolongación de la guerra no solo defiende a Ucrania: está consumiendo los recursos biológicos y sociales que hacen de Ucrania una nación viva.

En los últimos meses, distintos medios ucranianos han destacado un dato que, por sí solo, debería haber cambiado el foco del debate internacional: Ucrania se ha convertido en el país con mayor caída de población del mundo. Según datos recogidos por el Bertelsmann Transformation Index (BTI) —el índice de referencia internacional que elabora la Fundación Bertelsmann para medir la calidad de la gobernanza y la transformación política y económica en más de cien países— el país ha perdido aproximadamente un 32,5% de su población entre 2000 y 2025, una cifra sin precedentes en el contexto europeo contemporáneo.

El propio informe del BTI señala que, a comienzos de 2026, la población en territorios controlados por el gobierno se sitúa en torno a los 31 millones de personas, lo que implica una pérdida de al menos 10 millones desde el inicio de la invasión a gran escala en 2022. No se trata de una oscilación demográfica más. Es otra cosa.

Porque lo que describen estos datos no es solo destrucción. Es vaciamiento.

Ucrania no solo está perdiendo población: está perdiendo la capacidad de reproducirse como sociedad.

Las cuatro dimensiones del vaciamiento

Este proceso tiene varias dimensiones que, juntas, configuran un cuadro difícil de ignorar.

La primera es la magnitud del declive. Como subrayan distintos análisis demográficos recogidos por el propio BTI, Ucrania lidera el descenso poblacional global en el periodo reciente. No estamos ante un fenómeno regional comparable al de otros países de Europa del Este, sino ante una anomalía demográfica de escala mundial.

La segunda es la composición de ese éxodo. Según datos del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), más de 6,8 millones de ucranianos se encuentran fuera del país, y aproximadamente el 90% son mujeres y niños. Los datos de Eurostat sobre los beneficiarios de protección temporal en la Unión Europea lo confirman con precisión: el 43,5% son mujeres adultas y el 30,3% son menores. Es decir, casi tres cuartas partes del grupo protegido es exactamente el núcleo reproductivo que Ucrania necesita para regenerarse. No se está yendo cualquier población. Se está yendo la que hace posible el futuro.

La tercera es el colapso de la natalidad. La tasa de fertilidad total ha caído a niveles de entre 0,9 y 1,0 hijos por mujer según las estimaciones más recientes, muy por debajo del umbral de reemplazo generacional de 2,1, como señalan estadísticas recogidas por el Banco Mundial y el sistema FRED. Conviene recordar que incluso antes de la guerra, en 2021, la tasa ya era de apenas 1,2, una de las más bajas de Europa. La guerra no ha creado este problema: lo ha convertido en un colapso. En 2025, en algunas estimaciones, la mortalidad llega a triplicar a la natalidad.

La cuarta es la dinámica del retorno. Según datos de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y del propio ACNUR, la intención de regresar al país ha caído del 74% en los primeros momentos del conflicto a aproximadamente el 43% en 2025. Pero la intención es solo una parte de la historia. Los retornos efectivos cuentan otra: en 2022, regresaron al país unas 660.000 personas; en 2025, esa cifra había caído a menos de 100.000. El flujo se ha vuelto, en la práctica, unidireccional.

El mecanismo: la guerra larga

Estas cuatro dimensiones no describen solo una crisis. Describen un mecanismo. Ese mecanismo tiene un nombre: guerra larga.

No es solo la existencia del conflicto lo que produce este efecto, sino su duración. Una guerra que, conviene recordarlo, no comenzó en febrero de 2022: lleva en realidad más de una década activa desde la anexión de Crimea y el inicio del conflicto en el Donbas en 2014. Cuanto más se prolonga la guerra, más probable es que los desplazamientos se vuelvan permanentes, que la natalidad no se recupere y que la estructura social se descomponga de forma irreversible. A medida que el conflicto persiste, los niños completan ciclos escolares completos en Alemania, Polonia o Chequia. Los adultos construyen redes laborales y vínculos sociales en el extranjero. La integración deja de ser temporal y pasa a ser estructural.

El informe del BTI es claro al respecto: Ucrania ha mostrado resiliencia institucional y capacidad de resistencia militar, pero esa resiliencia tiene un precio que rara vez se menciona. El Estado ucraniano se mantiene en pie, en buena medida, porque el dinero exterior lo sostiene: en torno al 80% de su déficit presupuestario ha sido cubierto por ayuda externa. Sin esa inyección continua, las funciones básicas del Estado —salarios públicos, pensiones, servicios esenciales— no podrían mantenerse. Es una resiliencia real, pero prestada. Y su base social y económica ha sufrido una erosión profunda que compromete su viabilidad futura como sociedad autónoma.

Se va la población en edad de reproducir.
Cae la natalidad a niveles de no retorno.
Disminuye la voluntad y la posibilidad efectiva de regresar.
Envejece la población que permanece.
Y todo ello mientras la guerra continúa.

La dimensión económica

A esto se suma una dimensión económica difícil de ignorar. Según datos recogidos por organismos internacionales y análisis macroeconómicos recientes, en torno al 80% del déficit presupuestario ucraniano ha sido cubierto por ayuda externa en los últimos años. Esta dependencia, lejos de ser coyuntural, refuerza el círculo vicioso: una economía frágil desincentiva el retorno, y la falta de retorno agrava la fragilidad económica.

Un profesional ucraniano en Polonia o Alemania compara la estabilidad de su empleo actual con la precariedad de una economía de guerra donde la inflación ha llegado a tocar el 12% y los servicios públicos dependen de la ayuda internacional mes a mes. El vaciamiento económico refuerza el vaciamiento demográfico en un círculo vicioso de difícil ruptura.

Lo que los datos obligan a preguntar

Todo esto obliga a reinterpretar el conflicto en términos distintos a los habituales. Durante estos años, el debate se ha centrado en el frente militar: avances, retrocesos, envío de armamento, capacidad de resistencia. Sin embargo, los datos demográficos introducen una pregunta mucho más incómoda: ¿qué sociedad quedará cuando la guerra termine?

Porque el problema no es solo cuántos kilómetros de territorio se controlan. Es quién queda para habitar ese territorio. Y, más aún, si queda alguien capaz de sostener ese territorio en el tiempo.

Las proyecciones del Wilson Center —el principal think tank bipartidista de Washington dedicado al análisis de política internacional— ofrecen una respuesta que debería detener cualquier debate: en el escenario de inercia —sin cambio de tendencia, con la guerra prolongada o estancada— la población de Ucrania podría caer a 25,2 millones para 2051. Un país que hoy tiene problemas para reclutar soldados tendría entonces dificultades para sostener su sistema de pensiones, mantener sus servicios básicos y conservar una economía funcional. La victoria territorial podría ser, literalmente, pírrica.

En un artículo anterior —El crimen de seguir apostando por la guerra en Ucrania— planteaba que la prolongación del conflicto podía estar teniendo un coste que no se estaba midiendo adecuadamente: la erosión de la propia sociedad ucraniana. Los datos actuales permiten ir un paso más allá. No se trata solo de un coste. Se trata de una dinámica.

Una sociedad que se vacía no se reconstruye fácilmente

Esto no es únicamente una guerra de desgaste militar. Es un proceso de desgaste social. Y ese desgaste tiene una característica especialmente problemática: es acumulativo y, en gran medida, irreversible en el corto y medio plazo. Las decisiones reproductivas no se recuperan de un año para otro. Las trayectorias vitales de quienes emigran no se revierten fácilmente. Y los niños que han crecido en otro idioma, en otro sistema educativo, con otra red de vínculos, no regresan solo porque la guerra haya terminado.

Por eso, el informe no es solo un diagnóstico demográfico. Es una prueba. La prueba de que la prolongación del conflicto no solo está defendiendo a Ucrania. Está transformando su estructura social hasta el punto de poner en cuestión su viabilidad futura como comunidad.


Se va la población que reproduce la sociedad.
Cae la natalidad a niveles sin precedente histórico.
Los retornos efectivos se desploman: de 660.000 a menos de 100.000 anuales.
La integración en el extranjero se vuelve permanente.
Porque una guerra puede ganarse. Pero una sociedad que se vacía, difícilmente se reconstruye.

Los datos citados en este artículo proceden del Bertelsmann Transformation Index (BTI) 2026, del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), de Eurostat, del Wilson Center y del Banco Mundial.

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