Por qué todo lo que te han contado sobre cómo lucha Rusia en Ucrania es mentira
Pokrovsk y la guerra de negación: Cómo Rusia combate realmente (y por qué el cliché de la "horda" es pereza intelectual)
En el artículo anterior —"La horda rusa: por qué el análisis de Ucrania recicla propaganda fabricada por generales nazis para la Guerra Fría"— intenté desmontar el cliché más repetido cuando se habla de cómo combate Rusia: la idea de la "masa bruta sin táctica", el ejército como horda. Ese mito no es un diagnóstico técnico: es una pieza histórica con utilidad política, diseñada para reemplazar el análisis por un juicio moral.
Este texto es el movimiento complementario: pasar de la genealogía del mito al contraejemplo empírico. No para blanquear a nadie, sino para cortar de raíz la pereza mental que convierte una guerra real en una caricatura cultural. Si miras Pokrovsk sin el filtro de la "horda", lo que aparece no es un impulso asiático ni una oleada irracional, sino un sistema integrado de negación: un mecanismo donde tecnología, doctrina y logística convergen para hacer que el enemigo no pueda moverse, no pueda ser relevado, no pueda ser evacuado y, finalmente, no pueda resistir.
En un vistazo: Este artículo analiza Pokrovsk como contraejemplo empírico del mito de la "horda rusa". Demuestra que lo que ocurre no son "oleadas humanas", sino un sistema integrado de negación donde la Interdicción Aérea del Campo de Batalla (BAI) corta las rutas logísticas a 25-100 km de profundidad, el Complejo de Reconocimiento y Ataque (RUK) comprime el ciclo detección-destrucción a 3-6 minutos, unidades de élite como el Centro Rubikon neutralizan la superioridad tecnológica enemiga, y la adaptación táctica permite operar en un entorno donde la guerra mecanizada tradicional ha muerto. El resultado es una guerra de atrición industrializada que produce efectos estratégicos mediante negación persistente, no mediante masa bruta. La lección de Pokrovsk: el adversario tiene método, aprende y adapta, y ese mecanismo es mucho más peligroso que cualquier caricatura moral.
1. El problema: cuando el cliché sustituye al análisis
La etiqueta "horda asiática" no describe un ejército: describe un prejuicio. Operativamente, el estereotipo hace una cosa: sustituye el análisis por una moraleja. Si el enemigo es "horda", entonces no hay doctrina, ni aprendizaje, ni tecnología, ni logística: solo "oleadas".
Esa explicación es cómoda porque permite ignorar por qué el frente se mueve. Pero hay un problema: el mito no puede explicar Pokrovsk. No puede explicar por qué una ciudad fortificada, defendida por unidades motivadas y con apoyo occidental, se asfixia lentamente sin que haya habido asaltos masivos visibles. No puede explicar por qué las rutas de suministro se cortan sin cercos físicos. No puede explicar por qué la rotación de tropas colapsa sin batallas decisivas.
Si el mito no puede explicar lo que ocurre, entonces necesitamos otra lente. Y esa lente tiene nombre: la guerra de negación.
2. La arquitectura de la negación: del cerco físico al cerco de fuego
Tradicionalmente, cercar una ciudad significaba rodearla con tanques y cortar físicamente las carreteras. Eso requiere grandes concentraciones de fuerzas, control del terreno y vulnerabilidad a los contraataques. Pokrovsk muestra otra cosa: Rusia ha sustituido el cerco físico por el cerco de fuego, lo que en terminología militar se conoce como Interdicción Aérea del Campo de Batalla (BAI).
¿Qué significa esto en la práctica? Que las arterias logísticas se cortan no ocupándolas, sino haciendo que transitar por ellas sea letal. La autopista H-15 y las vías desde Kramatorsk —las rutas principales hacia Pokrovsk— se han convertido en zonas de muerte donde el movimiento diurno es prácticamente imposible. Pero este cerco no es superficial: opera a una profundidad de 25 a 100 kilómetros desde la línea de contacto.
En este punto coincide Robert C. Castel, analista de seguridad húngaro-israelí y exmilitar, conocido por un enfoque realista que a menudo choca con el optimismo mediático occidental. Castel sostiene que Pokrovsk estaba "perdida" logísticamente mucho antes del asalto final. Según su lectura, si dominas el "aire bajo" (drones FPV y municiones merodeadoras), las arterias vitales se cortan sin necesidad de ocuparlas.
Y aquí está el mecanismo clave: la interdicción persistente genera efectos en cascada. No es solo que un convoy sea destruido; es que la destrucción de convoyes hace que los siguientes tarden más en organizarse, que los conductores deserten, que las unidades en el frente entren en pánico logístico. La negación del movimiento produce negación de la moral, y la negación de la moral produce negación de la resistencia.
El colapso en tres actos
La interdicción persistente desencadena un colapso sistémico que se desarrolla en tres niveles interconectados:
Primer acto: La rotación imposible. Unidades agotadas que deberían ser relevadas permanecen en el frente durante periodos extendidos. Durante 2024, Ucrania ha reportado niveles récord de ausencias sin permiso (AWOL), no porque los soldados sean cobardes, sino porque la lógica material del frente ha colapsado: si no puedes ser relevado, si ves que los refuerzos no llegan, si sabes que tu unidad está siendo olvidada, ¿cuánto tiempo resistes?
Segundo acto: La evacuación como ruleta rusa. Los heridos mueren esperando un transporte que no llegará. El uso de drones FPV para atacar ambulancias y vehículos de evacuación ha hecho que el tiempo de respuesta médica aumente críticamente. Esto no solo produce muertes evitables; produce un efecto psicológico devastador: saber que estar herido equivale a estar condenado destruye la voluntad de combate más rápido que cualquier bombardeo.
Tercer acto: El suministro como lotería. La entrega de munición y comida depende de pequeños equipos en motocicletas o vehículos civiles que cruzan las zonas de muerte con una tasa de supervivencia alarmantemente baja. No pueden sostener una defensa de alta intensidad. La batalla se convierte en una cuestión de matemática: ¿cuánto tiempo puedes resistir con lo que tienes?
Este no es un colapso repentino. Es una asfixia técnica, donde cada día que pasa la defensa se vuelve un poco más insostenible. Y esa asfixia es el producto de un sistema, no de una masa.
3. El sistema detrás de la negación: el Complejo de Reconocimiento y Ataque (RUK)
Si el cerco de fuego es el efecto, el RUK es el mecanismo. El Razvedyvatel'no-Udarnyi Kompleks (Complejo de Reconocimiento y Ataque) no es una unidad de soldados, sino una cadena sensor-tirador integrada que ha comprimido el tiempo entre detección y destrucción hasta convertirlo en algo letal.
El sistema funciona así:
El sensor: Drones de reconocimiento (Orlan, Supercam) que vigilan el frente 24/7, transmitiendo video en tiempo real.
El procesamiento: Centros de mando que reciben las imágenes, calculan coordenadas y priorizan objetivos.
El tirador: Artillería, misiles, bombas planeadoras FAB o drones FPV que ejecutan el ataque.
Lo crucial es la velocidad. En 2022, el ciclo de detección y ataque podía tardar decenas de minutos. Para 2024-2025, informes de inteligencia británica confirman que este ciclo se ha comprimido a un rango de entre 3 y 6 minutos. Esta velocidad impide que las unidades cambien de posición tras ser detectadas. No hay tiempo para reaccionar. La movilidad táctica —la capacidad de un defensor de reposicionarse tras ser identificado— queda anulada.
De la detección a la muerte: cómo funciona realmente el "asalto"
Aquí es donde el mito de las "oleadas humanas" se desmonta por completo. Lo que los observadores interpretan como asaltos masivos es, en realidad, una táctica de infiltración dentro del sistema RUK.
Funciona así: grupos minúsculos de 2 o 3 soldados se infiltran para obligar al defensor a abrir fuego y revelar su posición. No están ahí para tomar la posición por asalto; están ahí para marcarla. Una vez que el defensor dispara, los drones de reconocimiento identifican la ubicación exacta, transmiten las coordenadas, y en cuestión de minutos la posición es destruida por artillería o bombas planeadoras.
Solo entonces —una vez que el RUK ha degradado la capacidad de resistencia— la infantería avanza para ocupar el terreno. No es una carga de bayoneta; es limpieza técnica. La infantería no asalta posiciones enemigas; ocupa posiciones ya neutralizadas.
Este no es un sistema que desprecie la tecnología. Es un sistema que la utiliza para transferir el riesgo del soldado al hardware. Y esa transferencia es cada vez más sofisticada.
4. La sofisticación oculta: unidades de élite tecnológica
El mito de la "horda" no puede explicar la existencia de unidades como el Centro Rubikon para Tecnologías No Tripuladas Avanzadas, formado por el Ministerio de Defensa ruso a mediados de 2024. No es una unidad de infantería; es un centro de élite encargado de la guerra de drones de alta complejidad.
Rubikon representa una capacidad que va más allá del uso masivo de drones comerciales. Utilizan drones controlados por fibra óptica, inmunes a la interferencia electrónica (EW), para realizar tareas especializadas: cazar operadores de drones enemigos, destruir los UGVs (vehículos terrestres no tripulados) que Ucrania usa para suministrar posiciones avanzadas, y crear "ventanas de oportunidad" para las operaciones de infantería.
Su despliegue en Pokrovsk a principios de 2025 fue fundamental para colapsar la "pared de drones" ucraniana. ¿Qué es la "pared de drones"? Es la saturación mutua de sistemas no tripulados que hace que cualquier concentración de vehículos blindados o grandes grupos de infantería sea detectada y destruida instantáneamente. La pared de drones había paralizado la guerra mecanizada en ambos bandos. Rubikon la atravesó.
Este tipo de unidades representan inversión en I+D militar, especialización tecnológica y doctrina adaptativa. Es decir: exactamente lo contrario de "tirar cuerpos al frente". Y es aquí donde el mito de la horda se rompe definitivamente, porque lo que vemos no es barbarie numérica, sino evolución técnica.
5. La adaptación táctica: cuando la guerra mecanizada muere
La saturación de drones FPV ha generado una realidad operativa nueva: la muerte de la maniobra mecanizada tradicional. Cualquier columna de blindados es detectada y destruida antes de llegar a su objetivo. Esta realidad ha forzado a ambos ejércitos a adaptar sus tácticas, pero Rusia lo ha hecho de manera sistemática.
Las nuevas tácticas rusas en Pokrovsk incluyen:
Grupos de asalto minúsculos: Unidades de 2-3 soldados que se mueven por los flancos, usando vegetación o escombros para evitar detección. No avanzan en línea; se infiltran como células.
Movilidad alternativa: Uso intensivo de motocicletas, ATVs y vehículos civiles rápidos para cruzar las zonas de muerte en cuestión de segundos, minimizando el tiempo de exposición a los drones.
Explotación meteorológica: Uso deliberado de niebla densa y mal tiempo para ocultarse de sensores infrarrojos y cámaras ópticas, permitiendo avances diurnos que de otro modo serían suicidas.
Esta no es desesperación. Es optimización racional ante un entorno donde la maniobra tradicional ha dejado de funcionar. Rusia ha aceptado que el avance será lento —medido a "ritmo de paso humano"— pero constante. Y esa constancia, acumulada durante meses, produce efectos estratégicos.
La economía de la exposición
Aquí entra otro elemento que desmonta el mito: el uso creciente de robots terrestres no tripulados (UGVs) como el sistema "Ulan-2" para evacuar heridos y transportar suministros. Si bien estos sistemas aún tienen limitaciones —capacidad de carga reducida, vulnerabilidad a drones enemigos—, su despliegue masivo indica un cambio doctrinal: Rusia intenta trasladar el riesgo a sistemas no tripulados siempre que la tecnología lo permite.
Esto no es humanismo; es gestión fría de recursos. El "cuerpo humano" es reconocido como un componente costoso y lento de regenerar, mientras que el hardware puede producirse en masa en la retaguardia industrial. Decir "Rusia cuida la vida de sus soldados" como frase moral es propaganda inversa. La formulación honesta es técnica: si puedes mover masa sin mover carne, lo haces.
Ahora bien, esto no significa que las bajas no sean significativas. Lo son. Por un lado, Ucrania ha reportado niveles récord de AWOL durante 2024, producto de la imposibilidad de rotar unidades agotadas. Por otro, Rusia ha logrado sostener un flujo de reclutamiento de aproximadamente 30.000 soldados mensuales mediante incentivos económicos, lo que indica que la "economía de exposición" coexiste con una necesidad constante de reposición.
La diferencia clave no está en si hay bajas —las hay, y son altas en ambos bandos— sino en cómo se producen: no como resultado de oleadas irracionales, sino como consecuencia de una guerra de atrición industrializada donde el desgaste es el método, no el accidente.
6. La dimensión política: por qué Pokrovsk importa más allá del mapa
Para entender por qué Pokrovsk no es solo una batalla más, es útil recurrir a Mark Galeotti, uno de los mayores expertos mundiales en seguridad rusa. Galeotti, que escribe desde una posición académica británica y suele ser crítico con Moscú, reconoce que el método ruso en Pokrovsk no es solo militar: es una máquina de presión política.
Pokrovsk no es solo una ciudad. Es una "contabilidad de la resistencia": una demostración de que Rusia tiene la voluntad y los medios para superar cualquier nivel de apoyo occidental. El hecho de que haya dedicado elementos de al menos dos ejércitos de armas combinadas a este eje operativo muestra una prioridad absoluta: lograr una victoria simbólica y material antes de posibles negociaciones, proyectando un mensaje de inevitabilidad.
Galeotti sostiene que Putin está explotando la fatiga del adversario, golpeando los flancos y convirtiendo la logística en un abismo. No es una carga irracional; es una estrategia de atrición moderna diseñada para demostrar que la narrativa occidental —"Ucrania resistirá porque tiene razón moral"— no puede sustituir a los fundamentos materiales de la guerra: munición, rotación, rutas y capacidad industrial.
Y aquí es donde la realidad derrota a la narrativa.
7. La realidad contra la narrativa: Pokrovsk como punto de inflexión
Como recoge el análisis del medio Hungarian Conservative, Pokrovsk es el lugar donde "la realidad derrotó a la narrativa". Durante gran parte de la guerra, el discurso occidental se ha basado en un optimismo moral que presuponía que la superioridad tecnológica y ética de Ucrania compensaría su inferioridad material. Pokrovsk ha desmantelado esta suposición al demostrar tres verdades incómodas:
La masa industrial importa. Rusia ha logrado una tasa de producción de artillería y drones que supera la capacidad de suministro de la OTAN a Ucrania, estabilizando su economía mediante la reorientación de alianzas hacia Asia. No hay valores morales que sustituyan a la capacidad de fabricar 3 millones de proyectiles al año.
La superioridad técnica es efímera. Rusia ha neutralizado sistemas occidentales antes considerados "game-changers" mediante guerra electrónica y producción masiva de contramedidas baratas. Los HIMARs siguen siendo efectivos, pero ya no son decisivos. Los Leopards siguen siendo buenos tanques, pero la pared de drones los hace vulnerables. La tecnología es una ventaja temporal; la doctrina adaptativa es permanente.
La voluntad política es un factor material. Rusia ha logrado sostener un flujo de aproximadamente 30.000 reclutas mensuales mediante una combinación de incentivos económicos masivos (salarios que multiplican por cinco o seis la media regional), campañas de reclutamiento focalizadas en zonas económicamente deprimidas, y una ventaja demográfica estructural: simplemente tiene más población disponible. No es solo autoritarismo; es un sistema de incentivos diseñado con inteligencia para convertir la desigualdad económica interna en capacidad militar. Mientras tanto, Ucrania enfrenta una crisis de movilización que amenaza la integridad de su frente: con una población más pequeña, sin la capacidad de ofrecer incentivos similares, y con una parte significativa de su fuerza laboral en el exilio o desplazada. La resistencia no es solo una cuestión de moral; es una cuestión de capacidad de regeneración de fuerzas, y esa capacidad depende de demografía, economía e incentivos, no solo de sistemas políticos.
No hay valores morales que sustituyan a la tasa de fuego de artillería o al control del espectro electromagnético. La guerra ha vuelto a sus fundamentos materiales: munición, rotación, rutas y capacidad de adaptación técnica.
Conclusión: la lección de Pokrovsk
"Horda asiática" es una palabra para no mirar. Es una coartada cultural que evita reconocer que el adversario tiene método, aprende y adapta. Pokrovsk nos obliga a mirar el mecanismo real: un sistema integrado de negación donde la Interdicción Aérea del Campo de Batalla (BAI), el Complejo de Reconocimiento y Ataque (RUK) con ciclos de respuesta de 3-6 minutos, unidades de élite tecnológica como el Centro Rubikon, y la gestión del riesgo a través de sistemas no tripulados convergen para hacer que el enemigo no pueda moverse, no pueda resistir y, finalmente, no pueda ganar.
Lo que estamos presenciando no es el fin de la estrategia, sino el nacimiento de una nueva forma de guerra industrial donde la interdicción persistente, la tecnología barata y la atrición acumulativa producen efectos estratégicos caros. Este no es un ejército que desprecia la táctica; es un ejército que ha aprendido a combatir en un entorno donde la guerra tradicional ha muerto y ha desarrollado un método nuevo.
La advertencia final es la más urgente: reconocer que el adversario tiene método, aprende y adapta es la única forma de evitar que la caricatura moral se convierta en una derrota estratégica. Pokrovsk obliga a mirar el mecanismo real de la guerra en el siglo XXI. Y ese mecanismo es mucho más peligroso —y mucho más real— que cualquier mito heredado de la Guerra Fría.



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