No fue improvisación ni locura de cuatro militares fachas y chusqueros. Fue Estado dual europeo aplicado a España: redes stay-behind, gobierno de concentración bajo coacción y disciplina por el miedo. Por qué el 23-F encaja perfectamente en la tradición de Gladio y cómo dejó una democracia tutelada que todavía vivimos.
Italia enseña el método (como vimos en "Italia nunca necesitó una dictadura: le bastó con el Estado doble"): no hace falta una dictadura estable si existe un Estado dual capaz de imponer límites por vías paralelas. España ofrece la variante "constitucional" del mismo dispositivo: el 23 de febrero de 1981 (23-F) como crisis inducida para estrechar el perímetro de lo posible.
La herramienta conceptual es vieja y brutal. Ernst Fraenkel llamó "Estado dual" a la convivencia entre un Estado normativo (leyes, instituciones, procedimientos) y un Estado prerrogativo (seguridad, excepción, decisión informal) que puede suspender o doblar al primero cuando invoca "razón de Estado".
En un vistazo: Este artículo sitúa el 23-F en la tradición europea del Estado dual de la Guerra Fría. La tesis: el golpe tuvo dos caras (el asalto visible de Tejero y la solución política de Armada con su gobierno de concentración), y esa dualidad no es anécdota sino estructura. El 23-F fracasa como asalto militar definitivo, pero triunfa como operación de cierre: deja una democracia más prudente, más vigilada, más consciente de sus líneas rojas. Los resultados son medibles (LOAPA, Acuerdos Autonómicos), y la crisis consolida a la Corona como vértice del Estado prerrogativo. El contexto europeo (redes stay-behind, resolución del Parlamento Europeo de 1990) muestra que España no fue una excepción, sino una variante del patrón: cuando lo civil no asegura el orden considerado seguro, el Estado prerrogativo se reserva la última palabra.
El 23-F ilustra esa dualidad en su propia estructura. Tuvo dos caras: el golpe visible de Tejero (asalto al Parlamento, coerción directa) y la solución política de Armada, el "Elefante Blanco" que diseñó un gobierno de concentración con nombres de todos los partidos: Felipe González, Jordi Solé Tura, Ramón Tamames.
La lógica era transparente: meter a la oposición en un gobierno de concentración nacido bajo coacción no es conciliar, es cooptar. El mensaje no es "ganamos"; es "a partir de ahora, jugáis dentro del perímetro".
Esa dualidad no es anécdota: es estructura. Si el objetivo fuera una dictadura militar clásica, no tendría sentido construir una "vía política" con fachada de consenso. Lo que se busca es absorber al Estado normativo dentro del prerrogativo y hacerlo pasar por salvación nacional.
1) El golpe como tecnología disciplinaria: fracasa militarmente, funciona políticamente
El 23-F ilustra una idea central de la cultura europea de Guerra Fría: cuando la legalidad no asegura el orden, queda el atajo.
No hace falta que el golpe triunfe: basta con que inocule miedo, reorganice lealtades y produzca un cierre de filas.
En Italia se vio con golpes-aviso y estrategias de tensión; en España, con una puesta en escena que permite vender el resultado como "restauración del orden". El golpe opera como vacuna: después del susto, el sistema aprende qué no puede volver a tentar.
2) El "resultado" medible: recentralización y armonización bajo presión
El disciplinamiento posterior no se demuestra con psicología, sino con política concreta. La Ley Orgánica de Armonización del Proceso Autonómico (LOAPA) se convierte en el símbolo de ese giro: armonizar, frenar, "racionalizar" el despliegue autonómico.
El matiz metodológico
La idea de armonización no nace de cero con el 23-F. Había debates previos sobre el ritmo del proceso autonómico. Pero el golpe crea la oportunidad estratégica perfecta para sellar acuerdos de Estado en clima de unidad forzada.
¿La LOAPA era inevitable sin el 23-F?
El clima político previo al golpe hacía inviable este tipo de acuerdos. Las tensiones entre UCD y PSOE, las presiones nacionalistas, la fragmentación parlamentaria: todo apuntaba a un escenario de conflicto, no de consenso.
El 23-F no inventa la agenda recentralizadora, pero sí genera las condiciones para ejecutarla. En esa línea encajan los Acuerdos Autonómicos entre UCD y PSOE del 31 de julio de 1981: un pacto que antes del golpe resultaba improbable.
El golpe funciona como catalizador: lo que antes era políticamente costoso, ahora es "responsabilidad de Estado".
3) Tutela internacional: estabilidad primero, democracia después
Aquí conviene ser preciso: España aún no era miembro formal de la OTAN en febrero de 1981, pero ya estaba dentro del problema estratégico: estabilidad + anclaje atlántico.
La frase de Alexander Haig —"asunto interno"— se ha convertido en emblema de esa actitud: pragmatismo ante cualquier salida que garantizara orden y orientación internacional.
El tratamiento historiográfico de la posición estadounidense ante el 23-F está trabajado por Misael Arturo López Zapico.
4) El "Circuito B" en versión española: inteligencia, opacidad y zonas grises
Si el marco del Estado dual es correcto, lo esperable es que existan estructuras de seguridad que sepan, midan, acompañen o condicionen. En España, el Centro Superior de Información de la Defensa (CESID) aparece recurrentemente en ese tipo de discusiones.
Ahora bien: aquí hay que escribir con bisturí.
Hay afirmaciones periodísticas que apuntan a contactos y a redes europeas "stay-behind", pero no todas tienen el mismo peso documental.
Indicios periodísticos (no pruebas concluyentes)
El periodista Alfredo Grimaldos recoge que el comandante José Luis Cortina, ligado a la Agrupación Operativa de Medios Especiales (AOME) del CESID, habría visitado al embajador estadounidense Terence Todman dos días antes del 23-F. Grimaldos lo presenta como indicio político, no como prueba concluyente de mando externo.
En el mismo terreno, Grimaldos cita una pieza de Motivos de Actualidad (abril de 1996) titulada "En el CESID está la sección española de la red 'Gladio'". Es un elemento útil para mostrar que el debate existió, pero debe tratarse como alegación controvertida, no como hecho cerrado.
Lo importante para la tesis: No hace falta convertir esto en una novela de control remoto. Lo importante es la estructura: la democracia funciona hasta que deja de producir resultados considerados seguros. En ese punto, el Estado prerrogativo se reserva la última palabra.
5) Europa como cultura del Estado dual: el contexto que hace "normal" lo anormal
El 23-F no surge en el vacío. En la Europa de la Guerra Fría existió una cultura política donde la seguridad interior se mezcló con la geopolítica y donde proliferaron redes clandestinas opacas al control democrático.
La resolución del Parlamento Europeo de 22 de noviembre de 1990 es clave como marco:
- Denuncia la existencia de redes "stay-behind"
- Critica su falta de control parlamentario
- Exige esclarecimiento y supervisión democrática
No hace falta forzar una equivalencia mecánica Italia-España para sostener el argumento: basta con situar el 23-F en esa tradición europea de tutela, donde "lo civil" tiene un límite y "lo penal" queda como recurso de último orden… o de primer reflejo.
Cierre: el golpe útil y la libertad tutelada
El 23-F fracasa como asalto militar definitivo, pero triunfa como operación de cierre: deja una democracia más prudente, más vigilada, más consciente de sus líneas rojas.
Ese es el sello del Estado dual: no necesita mandar siempre; le basta con que todos sepan que puede hacerlo.



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