Las adhesiones inquebrantables a Simeone son un síntoma de captura institucional, no una prueba de amor al club. Cuando el apoyo se vuelve obediencia, la crítica se convierte en traición y el club deja de crecer
La razón de ser de este artículo es inmediata: la crisis actual del Atlético de Madrid, centrada en el juego y en la responsabilidad del entrenador, a finales de enero de 2026. La derrota en el Metropolitano ante el Bodø/Glimt (1–2) no solo dejó un resultado: abrió una grieta visible en la grada. El País describió la pitada a Diego Simeone tras un cambio interpretado como defensivo con el equipo perdiendo (la salida de Pablo Barrios por un central), leída por parte del estadio como una renuncia táctica en un momento crítico.
En ese clima se ha vuelto explícito un debate interno que llevaba tiempo latente: si Diego Pablo Simeone ha dejado de ser un acicate y empieza a ser un obstáculo para el crecimiento del equipo. No se discute solo una racha; se discute un techo. Y, como reacción, aparece la respuesta identitaria: adhesiones inquebrantables que no defienden una idea futbolística, sino una pertenencia moral. Se formulan así, sin matices, como juramento:
"Cuando cambió nuestras vidas para siempre le juré lealtad eterna, y va más allá de quererlo, de coincidir o no, de ganar o perder, es Lealtad pura y dura y es lo más noble que puedo ofrecerle como un aficionado más.
Amor con amor se paga. Adelante Diego Pablo, en vos confiamos".
Ese desplazamiento —del análisis del juego a la lealtad— es el objeto de este texto. Porque el problema no es apoyar al entrenador. El problema es cuando el apoyo se usa como mecanismo para cancelar la crítica, incluso cuando el diagnóstico es estrictamente técnico: plan de partido, lectura de escenarios, cambios, límites del modelo.
Este texto continúa y profundiza lo planteado en "Pasión o sumisión: lo que el fútbol argentino enseña al Atleti". Allí ya estaba el núcleo: con Simeone el Atlético consolidó un relato de entrega sin condiciones —luchar, sufrir, creer— que, al principio, unió y dio resultados. Y aquí está el matiz clave: en el Atleti el "aguante" no se implantó sobre la ruina, sino sobre el éxito real. Precisamente por eso el dispositivo es más eficaz: cuando el triunfo existe, la duda se convierte en ingratitud y la exigencia en deslealtad.
Además, ese aguante tiene un efecto político muy concreto: funciona mejor cuando hay un líder carismático que sirve de escudo humano. Simeone absorbe la crítica social y mediática; la "zona noble" queda resguardada. El aguante no solo protege "al club": protege al poder del club.
Y cuando eso cuaja, ocurre una inversión clara:
En un club sano: cuanto peor va, más control y más preguntas.
Bajo el aguante moralizado: cuanto peor va, más obediencia y menos preguntas.
Este artículo va de eso: de los efectos tóxicos del aguante cuando deja de ser afecto y se convierte en norma política.
En un vistazo: El "aguante" puede ser apoyo legítimo, pero cuando se moraliza se convierte en dispositivo de silenciamiento. Este artículo analiza cómo el aguante, transformado en norma identitaria, produce efectos tóxicos sobre la gestión del club: (1) descalifica al crítico en lugar de refutar la crítica, convirtiendo el debate en test de pertenencia; (2) sustituye el control institucional por una lógica de obediencia donde la autocensura desactiva la rendición de cuentas; (3) inhibe sistemáticamente la corrección cuando la gestión falla, normalizando el deterioro en lugar de activar mecanismos de cambio. En el fútbol argentino, este patrón ha permitido que crisis evitables se prolongaran hasta quiebras y descensos. En el Atlético actual, la fractura es visible: mientras unos entienden que "creer" implica callar, otros entienden que amar un club implica no renunciar al derecho a exigir. El aguante tóxico no pide apoyo: pide obediencia. Y cuando el socio obedece, el proyecto deja de crecer.
1) El truco: no se refuta la crítica, se descalifica al crítico
El aguante funciona como atajo. Evita discutir el contenido (modelo de juego, decisiones técnicas, planificación deportiva) y se centra en invalidar al que habla:
"Sos amargo."
"Sos anti."
"No sos del club."
"En las malas se alienta."
Efecto tóxico nº1: la discusión deja de ser racional y se vuelve identitaria. El aguante no responde a la crítica: responde al crítico.
Dicho de otro modo: el debate se sustituye por un test de pertenencia. La conversación ya no pregunta "¿esto funciona?" sino "¿de qué lado estás?". En términos clásicos de la cultura de hinchadas, el aguante opera como capital moral: define quién es "auténtico" y quién queda marcado como impostor.
2) De socio a fiel: cuando la pertenencia sustituye al control
Un club debería ser una institución: socios, debate, rendición de cuentas, corrección de rumbo. Pero el aguante moralizado introduce una lógica casi religiosa:
- la protesta se convierte en pecado,
- el disidente en traidor,
- la lealtad en criterio de verdad.
Efecto tóxico nº2: autocensura. Mucha gente no deja de pensar; deja de hablar para no ser expulsada del "nosotros".
En el Atlético esta dinámica no es abstracta. Se vuelve políticamente funcional porque desplaza el coste social de la crítica desde la estructura de poder hacia el aficionado crítico. Y cuando el control social se desactiva, la opacidad se normaliza.
3) El aguante y sus efectos nocivos sobre la gestión: cuando apoyar significa no corregir
Conviene precisar el argumento: el aguante, convertido en norma moral, no arruina clubes por violencia, sino por algo más silencioso y persistente: la inhibición sistemática de la crítica cuando la gestión falla.
En el fútbol profesional argentino, distintos analistas han señalado que uno de los factores que explican décadas de mala gestión, endeudamiento crónico y descensos evitables es la dificultad para interrumpir a tiempo ciclos largos de decisiones erróneas, precisamente porque el clima cultural penaliza la exigencia en nombre de la fidelidad. El periodista Ezequiel Fernández Moores ha descrito esta paradoja de forma recurrente: clubes con masas sociales enormes, pero incapaces de traducir ese apoyo en control institucional efectivo, lo que permite que dirigencias deficitarias se perpetúen sin corrección.
En la misma línea, el sociólogo Pablo Alabarces ha explicado que el "aguante", cuando se transforma en mandato identitario, desplaza el eje del club desde la rendición de cuentas hacia la demostración de lealtad, convirtiendo el fracaso en una prueba moral ("estar en las malas") en lugar de una señal de alarma organizativa. En ese marco, el deterioro deportivo deja de activar mecanismos de corrección y pasa a ser normalizado.
El resultado es un patrón reconocible:
- Gestiones que se prolongan más allá de su viabilidad, porque cuestionarlas "divide".
- Endeudamientos crecientes justificados por la épica del sacrificio.
- Descensos deportivos que no se corrigen a tiempo porque el debate llega siempre tarde.
- Reacciones defensivas del entorno cuando el problema ya es estructural.
Este es el punto central: la toxicidad del aguante no reside en el exceso de pasión, sino en su uso como anestesia organizativa. Cuando apoyar se convierte en un deber absoluto, corregir se vuelve una traición, y los clubes entran en dinámicas de decadencia larga que podrían haberse detenido mucho antes.
Este marco no describe una violencia exportable a Europa. Describe algo plenamente compatible con el contexto europeo —y con el Atlético actual—: la parálisis crítica, hoy amplificada en el ecosistema virtual de las redes sociales, donde la adhesión inquebrantable funciona como mecanismo de silenciamiento simbólico.
4) Tres casos que ilustran la parálisis crítica
El patrón descrito no es abstracto. En el fútbol argentino se reconocen casos donde la inhibición sistemática de la crítica permitió que crisis evitables se prolongaran:
• Racing: una identidad construida alrededor de "aguantar todo" permitió que la deriva económica y organizativa se prolongara hasta la quiebra y el descenso sin reacción correctiva proporcional. El orgullo de "estar siempre" funcionó como coartada cultural para no interrumpir una gestión fallida a tiempo, transformando la ruina en prueba de fidelidad antes que en señal de alarma.
• Independiente: años de decisiones económicas erróneas y deterioro deportivo desembocaron en el descenso, en un clima donde la crítica interna era deslegitimada por "hacerle daño al club". Cuando el debate se volvió inevitable, el daño ya era estructural.
• Newell's: la apelación constante a la unidad y al "bancar en las malas" ha pospuesto indefinidamente la rendición de cuentas. Crisis deportivas e institucionales recientes muestran un patrón de promesas de corrección futura que no llegan a materializarse, mientras el club permanece atrapado en una lógica de espera y desgaste.
5) Conclusión: el aguante como policía — y la fractura que deja en el Atleti
El aguante puede construir comunidad. Pero cuando se vuelve dogma, se convierte en un instrumento de control: convierte la crítica en traición y desplaza el control social desde la dirección hacia el aficionado que cuestiona.
Por eso genera fractura. En el Atlético esa fractura es hoy visible: unos entienden que "creer" implica callar; otros entienden que amar un club implica no renunciar al derecho a exigir.
Las frases tipo "del barco de Simeone no me bajo" o "contigo hasta el final pase lo que pase" no son inocuas. No expresan solo afecto: expresan renuncia a la corrección. Y ahí está el problema.
Alentar no es someterse. Y ser del club no puede significar abdicar de la lucidez. Porque el efecto tóxico final del aguante es este:
El aguante tóxico no pide apoyo: pide obediencia. Y cuando el socio obedece, el proyecto deja de crecer.



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