El CIS confirma que el 11,3% de la bolsa abstencionista simpatiza con el PSOE, casi el doble que con el PP. El problema no es que no haya votantes: es que no votan. Y no votan porque sienten que los usan. Análisis de cómo la gestión del miedo a la derecha ha sustituido al programa político.
En una política cada vez más polarizada, las elecciones se juegan menos en "convencer al de enfrente" que en activar a los propios. Los bloques no compiten tanto por persuadir como por movilizar.
Y en ese terreno, la izquierda suele partir con una desventaja estructural: su abstención es mayor, especialmente entre votantes jóvenes, precarios y desencantados, y entre quienes esperaban una agenda transformadora que nunca llega.
Esta asimetría no es solo observable en resultados electorales: el Barómetro del CIS de diciembre de 2025 la cuantifica con precisión. Dentro del bloque que no declara voto cerrado (abstención, indecisión, blanco/nulo; N=1.231), la simpatía por el PSOE alcanza el 11,3%, casi duplicando la del PP (6,0%) y triplicando la de Vox (3,7%).
Es decir: la bolsa abstencionista tiene sesgo de izquierdas.
El problema no es que no haya "depósito movilizable"; el problema es que ese depósito no vota, y cuando no vota, pierde. Pero esa misma bolsa es también la prueba de que existe margen de crecimiento si se activa: un margen que la derecha, estructuralmente, no tiene en la misma proporción.
Hasta aquí, el diagnóstico es bastante conocido. Lo interesante es lo que viene después: la lectura moral que se hace de esa abstención y el mecanismo político que produce.
En un vistazo: El artículo argumenta que el "mal menor" no es un recurso puntual sino un mecanismo estructural que invierte la lógica democrática del voto. La abstención de izquierdas no es apatía, sino sanción racional ante la falta de alternativa real. Cuando el votante siempre vota por miedo y nunca por convicción, el partido no tiene incentivos para cambiar. La polarización no es un efecto colateral: es una estrategia que permite gestionar el descontento sin transformarse. El sistema culpabiliza la abstención porque así neutraliza la sanción sin tener que modificar la oferta política. La democracia saludable no es la que logra que todos voten pase lo que pase, sino la que convierte el voto en herramienta efectiva de control. Los datos del CIS confirman que existe un depósito movilizable con sesgo de izquierdas, pero ese depósito solo se activará cuando sienta que su voto importa, no cuando se le exija por miedo.
1) No es "pereza": la abstención también es un mensaje
Cuando se habla de abstención desde la izquierda, el relato dominante suele ser paternalista: desinterés, irresponsabilidad, inmadurez política, comodidad.
Pero hay otra explicación —más incómoda para los aparatos—: el votante abstencionista quiere una alternativa política diferente y está sancionando con la abstención.
No es que no entiendan lo que hay en juego. A menudo lo entienden demasiado bien:
- Ven promesas que se diluyen en cuanto se pisa gobierno
- Ven renuncias justificadas como "realismo"
- Ven políticas sociales convertidas en retórica, mientras lo estructural queda intacto
- Ven que la vida sigue igual, solo con otro relato
En ese contexto, abstenerse puede ser una forma de decir: "así, no".
No es pasividad. Es retirada del consentimiento.
Los datos históricos lo confirman
Y los datos históricos encajan mejor con esta lectura política que con la moralina del "no les interesa": cuando hay expectativa de cambio, la participación puede dispararse; cuando domina el bloqueo o el desencanto, la participación cae.
Por ejemplo:
- Las elecciones generales de 1982 fueron las de mayor participación histórica (en torno al 79,9%)
- La repetición electoral de noviembre de 2019 registró una de las cifras más bajas (en torno al 66,2%)
(Según series construidas a partir del histórico oficial de Infoelectoral, Ministerio del Interior)
2) El reproche como mecanismo: "si no votas, gana la derecha"
Aquí aparece el núcleo perverso del sistema: a ese votante se le dice que su deber es votar, no porque haya una propuesta que le represente, sino para impedir que gane el otro bloque.
Es el famoso "voto para frenar", el "voto útil", el "mal menor".
El mensaje implícito es brutal
"No te ofrecemos algo que desees; te ofrecemos algo que debes aceptar."
Y si no aceptas, eres culpable.
Este reproche funciona como una tecnología de disciplina electoral. Convierte el voto en una obligación moral y, al hacerlo, desactiva su función principal en democracia: ser un instrumento de premio y castigo.
Porque si el voto deja de ser premio y castigo, deja de ser control. Se vuelve ritual.
La polarización como combustible del chantaje
Y este chantaje funciona porque los partidos han logrado que odiemos al rival más de lo que exigimos al propio.
Ese desplazamiento emocional no es un detalle: según el Centro de Estudios Murciano de Opinión Pública (Universidad de Murcia), la polarización afectiva en España aumentó un 30% desde 2021. El miedo al "otro" se convierte en el pegamento que sustituye al programa: no te piden que compres una propuesta, te piden que actives una identidad defensiva.
Pero aquí está la clave: esa polarización no es un accidente ni un efecto colateral lamentable. Es funcional. Es útil para quien no quiere cambiar su oferta política.
Porque cuando el eje central del debate se desplaza de "qué ofrezco" a "qué evito", el partido no necesita mejorar su programa: le basta con administrar el pánico.
La polarización, entonces, no es crisis del sistema democrático; es estrategia del sistema. Permite:
- Gestionar el descontento sin transformarse
- Convertir la insatisfacción en lealtad forzosa
- Neutralizar la exigencia programática bajo el peso del miedo
En ese marco, la amenaza del adversario no solo moviliza: sustituye. Y ese desplazamiento —del programa al enemigo— es lo que mantiene estable un statu quo que, de otro modo, debería justificarse por sus resultados.
3) La trampa de los incentivos: si siempre votas por miedo, nada cambia
La pieza clave es esta:
Si el electorado de izquierdas vota siempre "para que no gane la derecha", entonces la alternativa política no tiene ningún aliciente para cambiar. Solo necesita recordarle el miedo.
Una asimetría fundamental
Cuando un votante conservador se enfada, suele castigar cambiando de opción dentro del bloque (otra derecha, otra sigla, otra variante).
Cuando un votante de izquierdas se enfada, muchas veces se abstiene porque siente que "no hay nada que elegir", solo matices del mismo marco.
Esa abstención es racional como sanción, pero tiene un problema: el sistema la interpreta como "ruido" o "apatía" y, sobre todo, no siempre la paga quien debería pagarla. A veces la paga el propio bloque, porque baja la participación y eso facilita la victoria del adversario.
Resultado: el abstencionista se convierte en chivo expiatorio. Y el aparato se libra de la autocrítica.
La teoría de Hirschman explica el mecanismo
Según Albert O. Hirschman (Exit, Voice, and Loyalty, 1970), la "voz" (exigir, presionar, condicionar) solo disciplina de verdad si existe una "salida" creíble.
Si el miedo al adversario desactiva esa salida ("vota aunque te decepcione, o serás culpable"), el voto se transforma en lealtad forzosa, y la promesa programática puede incumplirse con un coste electoral mucho menor.
4) El chantaje estructural: "primero evita el desastre, luego ya veremos"
Lo que se presenta como responsabilidad democrática es, en la práctica, un chantaje:
- "Vótame para frenar a la derecha"
- "Ahora no es momento de exigir"
- "Ya habrá tiempo de empujar desde dentro"
- "No se pudo hacer más"
- Repetir
El "mal menor" no es un episodio puntual: es un modelo de negocio electoral.
Una izquierda que vive del miedo al contrario no solo prioriza presionar a su electorado antes que presionarse a sí misma; también necesita mantener viva esa amenaza, cultivar esa polarización, porque es lo único que garantiza la obediencia sin tener que modificar la oferta.
La gestión del pánico se convierte en competencia central, y la construcción de alternativa en gasto superfluo.
Y eso invierte el sentido de la política: la energía no se dedica a construir alternativa, sino a administrar obediencia.
5) La abstención como huelga… y sus límites
Se puede entender la abstención de izquierdas como una huelga: "no trabajo gratis", "no regalo mi legitimidad", "no te firmo el cheque en blanco".
Condiciones para que una huelga sea eficaz
Pero toda huelga tiene dos condiciones para ser eficaz:
- Debe ser visible
- Debe ser organizada (con demanda clara)
Si no, se convierte en silencio. Y el poder siempre sabe gestionar silencios: los desprecia, los minimiza o los moraliza.
La tensión real
Aquí está la tensión real:
- Abstenerse puede ser coherente como sanción
- Pero no votar también puede producir el resultado contrario al deseado, porque el adversario sí se moviliza
La clave es que la abstención individual es casi siempre invisible: se registra como desmovilización, no como mensaje. En términos de Hirschman, es un "exit" que el sistema puede digerir sin aprender nada, porque no trae consigo una "voz" legible.
En cambio, la abstención colectiva y demandante (o su traducción en voto en blanco o voto nulo organizado) sí puede generar crisis de legitimidad: no es silencio, es señal. No es "no he venido", sino "he venido a decir que no", con un pliego de razones y una exigencia reconocible.
El diseño institucional neutraliza la protesta
Y aquí aparece otro problema: incluso cuando la protesta intenta hacerse visible dentro de la urna, el propio diseño institucional puede neutralizarla.
Según explica el Congreso de los Diputados, el voto en blanco en España cuenta como voto válido de acuerdo con la Ley Orgánica del Régimen Electoral General (LOREG); al computar entre los votos válidos, puede elevar el umbral efectivo que necesita un partido para entrar en el reparto en una circunscripción.
En circunscripciones pequeñas y con el método D'Hondt, ese efecto tiende a perjudicar a quienes están cerca del corte: es decir, puedes "protestar" y aun así reforzar el cierre del sistema.
La tragedia del abstencionista de izquierdas
Esta es la tragedia del abstencionista de izquierdas: tiene razones, pero a menudo pierde el efecto.
Y por eso el sistema insiste en culpabilizarlo: porque sabe que es un punto débil.
6) ¿Qué sería una salida no cínica?
Salir de este bucle exige decir algo que la política profesional odia escuchar:
Los votos no se exigen. Se merecen.
Una izquierda que quiera reducir la abstención no debería empezar regañando. Debería empezar preguntándose por qué su base siente que da lo mismo. Y eso implica una cosa concreta: recuperar la política como oferta, no como coacción.
Claves prácticas (sin romanticismo)
A) Compromisos verificables, no relatos
Menos épica y más contrato: medidas claras, plazos, prioridades, costes, renuncias explícitas. El votante desencantado no pide perfección: pide que no le tomen por ingenuo.
B) Conflicto con poder real, no solo con símbolos
Si toda la energía se va en batallas culturales de bajo coste mientras lo material queda intacto, la abstención crece. La gente nota cuándo se lucha de verdad y cuándo se actúa.
C) Mecanismos internos que no huelan a cartel
Cuando todo parece cerrado por arriba (listas, pactos, carreras internas), el votante percibe que su participación es decorativa. Y lo decorativo no moviliza.
D) Una relación adulta con el electorado
Basta de tratar a la base como un rebaño al que se conduce con miedo. La culpa moviliza una vez; después deja resentimiento. Y el resentimiento se convierte en abstención.
7) El punto central: ¿presionar al votante o ofrecer alternativa?
La idea clave es exactamente esta: la propia política de izquierda prefiere presionar a sus votantes antes que ofrecerles algo diferente.
Porque presionar al votante es barato. Cambiar la política es caro.
- Presionar al votante exige narrativa
- Cambiar la política exige conflicto, riesgo, ruptura de inercias y enfrentarse a límites reales (y asumir costes)
Por eso el chantaje funciona: porque es una solución eficiente… para el aparato.
La abstención, entonces, no es un "fallo moral" del electorado. Es un síntoma político. Y cuando un sistema convierte el síntoma en culpa del paciente, lo que hace es proteger la enfermedad.
Cierre: la democracia como control, no como liturgia
Una democracia saludable no es la que logra que todo el mundo vote pase lo que pase. Es la que logra que el voto sea una herramienta efectiva de control.
Si la polarización y la culpabilización de la abstención se han convertido en mecanismos de gestión del descontento —formas de garantizar lealtad sin ofrecer transformación—, entonces no estamos ante un problema de comunicación política, sino ante un problema estructural de la democracia representativa tal como funciona hoy.
El sistema no falla al producir abstención: la administra. No fracasa al generar polarización: la usa.
La conclusión es sencilla
Si la izquierda quiere menos abstención, tiene que aceptar una verdad sencilla:
Nadie moviliza a quien siente que lo usan.
Y mientras el "mal menor" sea un cheque automático, la alternativa no tendrá incentivos para existir. Porque cuando el voto se entrega por miedo, deja de ser voto: se parece demasiado a una cuota.



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