Gladio: cuando el "aliado" norteamericano te gobierna por lo civil… y por lo penal

Gladio: cuando el "aliado" te gobierna por lo civil… y por lo penal

La relación transatlántica hoy revela su carácter extractivo y disciplinario. Pero esto no es nuevo: "Los ejércitos secretos de la OTAN", el viejo libro de Daniele Ganser sobre las redes secretas de la OTAN, sigue documentando que Europa nunca fue aliada de Estados Unidos, sino territorio tutelado. Gladio es la prueba histórica de que el bloque occidental estuvo dispuesto a operar contra su propia democracia para mantener el orden geopolítico.

En los últimos meses, la relación de Europa con Estados Unidos ha dejado de apoyarse en la liturgia y ha vuelto a la realidad: una potencia que habla de la alianza en términos transaccionales, que presiona sobre gasto en defensa mientras sabotea nuestra autonomía energética, que subordina la industria europea a sus intereses geopolíticos, y que empuja a los europeos a preguntarse, ya sin romanticismo, si "aliado" significa realmente lo que creíamos.

En ese contexto hay un libro que merece estar encima de la mesa como ejemplo histórico —no actual, pero muy revelador—: Los ejércitos secretos de la OTAN, de Daniele Ganser. Desde su publicación en 2010, su tesis sirve para mirar el largo plazo. Y, sí: a mí me resulta convincente en lo esencial. No porque aporte una revelación mística, sino porque encaja con un patrón histórico brutalmente simple: las grandes potencias no tienen amigos; tienen intereses. Y uno de los intereses principales de Estados Unidos en Europa desde 1945 no ha sido "Europa", sino que Europa permanezca dentro de su bloque: política, militar y culturalmente. Con una obsesión por encima de todas: neutralizar la influencia comunista.

En un vistazo: Este artículo asume una tesis que la historiografía mainstream no valida completamente. No porque la evidencia sea insuficiente, sino porque validarla implicaría cuestionar la narrativa fundacional del orden occidental de posguerra. La tesis central: Estados Unidos no protegió Europa; protegió su hegemonía en Europa. Gladio —las redes clandestinas stay-behind documentadas por Ganser— no fue una excepción vergonzosa de la Guerra Fría, sino un síntoma: la confirmación de que el bloque occidental estuvo dispuesto a operar contra su propia sociedad para mantener el orden geopolítico. Y eso cambia la palabra "aliado" por otra mucho menos confortable: interventor.

No toda crítica a Ganser es censura institucional —algunos historiadores cuestionan aspectos metodológicos legítimos—, pero es innegable que ningún consenso académico validará fácilmente una lectura que deslegitima las estructuras de poder que financian y articulan esa misma academia. Asumo esa incomodidad.

Y ahí es donde Gladio deja de ser una anécdota de Guerra Fría para convertirse en un diagnóstico.


1) La alianza no era una alianza: era una arquitectura de control

La Europa de posguerra no solo estaba destruida: estaba abierta. Abierta a dos cosas: a la reconstrucción (Marshall, crédito, inversión, apertura comercial), y a una alternativa política real: partidos comunistas fuertes, resistencia antifascista con legitimidad social, sindicatos potentes, y una izquierda capaz de disputar gobierno en países clave.

Aquí el Plan Marshall (formalmente, el European Recovery Program, Programa de Recuperación Europea) no puede leerse solo como generosidad: fue también una herramienta de arquitectura geopolítica. Se reconstruye Europa, sí; pero se hace reconstruyéndola dentro de un marco económico y estratégico compatible con el liderazgo estadounidense, con incentivos claros (mercados, integración, modernización) y con un objetivo político implícito: que el comunismo no capitalice el hambre, el caos y el resentimiento de la posguerra.

Desde Washington, eso era inaceptable. No por romanticismo antitotalitario, sino por algo mucho más concreto: si Europa occidental se volvía neutral o izquierdista, el tablero global cambiaba. Alemania, Italia, Francia, Grecia… no eran "socios": eran piezas estratégicas.

La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) no fue solo un pacto defensivo. Fue el marco que permitió una verdad incómoda: la seguridad europea quedó subordinada a prioridades estadounidenses. Y cuando la prioridad es mantener un bloque, el bloque se cuida incluso de su propia democracia.


2) "Por lo civil": dinero, propaganda, ingeniería política

Antes de Gladio ya existía la parte "civil" de la lucha.

Estados Unidos no combatió la influencia comunista solo con discursos: la combatió con financiación, redes, medios, presión diplomática y moldeado cultural. La Guerra Fría fue una guerra total, pero con traje y corbata.

En Italia, por ejemplo, hay documentación desclasificada (trabajada por archivos e instituciones como el National Security Archive) sobre financiación encubierta a partidos centristas —especialmente a la Democracia Cristiana— durante años clave de la posguerra para impedir que el Partido Comunista Italiano ganara centralidad institucional. Y la intervención no fue solo electoral: también fue cultural. Un caso emblemático es el Congreso por la Libertad de la Cultura (Congress for Cultural Freedom), una red de revistas, congresos y plataformas intelectuales orientada a consolidar un sentido común proatlántico y a aislar el marxismo como horizonte legítimo.

La versión amable lo llama "contención". La versión realista lo llama intervención política.

Porque si tu objetivo es que Europa "elija bien", no te puedes permitir elecciones que elijan mal.

Y aquí entra el punto que a menudo se elude: el comunismo europeo no era una amenaza militar soviética; era una opción política interna. No hacía falta un tanque ruso en Roma. Bastaba con un voto italiano.


3) "Por lo penal": Gladio como encarnación del lado sucio

Ganser coloca el foco donde duele: en la existencia de redes stay-behind (redes de "quedarse atrás"), ejércitos secretos, depósitos de armas, estructuras clandestinas conectadas a servicios y a la lógica OTAN.

La excusa oficial: prepararse para una hipotética invasión soviética.

La pregunta que el libro obliga a hacer: ¿y si esa excusa fue también una cobertura?

Y aquí aparece la clave: no solo se preparaban para la ocupación soviética. En documentación atribuida a estructuras italianas de inteligencia militar aparece formulada una "doble finalidad": la primera, resistencia ante invasión; la segunda, preparación para una "situación de emergencia" incluso sin invasión extranjera. Traducido: el riesgo podía ser interno si un giro político ponía en duda la lealtad atlántica.

A medida que la Guerra Fría se consolidó, estas redes no operaron como iniciativas aisladas, sino como un dispositivo coordinado. La historiografía y los proyectos documentales sobre la Guerra Fría (como el Parallel History Project on Cooperative Security, ligado a la ETH de Zúrich) sitúan esa coordinación en el Cuartel General Supremo de las Potencias Aliadas en Europa (Supreme Headquarters Allied Powers Europe, SHAPE), con órganos de coordinación clandestina como el Comité Clandestino de Planificación (Clandestine Planning Committee, CPC) y el Comité Aliado de Coordinación (Allied Coordination Committee, ACC). En caso de guerra, el dispositivo se vincularía al Comandante Supremo Aliado en Europa (Supreme Allied Commander Europe, SACEUR). En tiempos de "paz", la frontera entre preparación para una invasión y seguridad interna se vuelve difusa.

Porque la amenaza real, en muchos momentos, no era Moscú entrando en Europa occidental, sino la izquierda entrando en gobiernos occidentales por vía democrática. Y ante ese escenario, la democracia se convierte en un obstáculo, no en un valor.

Gladio —tal como lo describe Ganser— es la materialización del anticomunismo como práctica penal, no como debate político: no persuadir, sino neutralizar; no competir, sino bloquear; no convencer, sino intimidar, desestabilizar y, llegado el caso, ensuciar el tablero.

No hace falta imaginar un "comité OTAN" firmando órdenes con membrete. Basta con algo más real: una cultura de seguridad donde el comunismo no es un adversario político, sino una infección. Y a las infecciones no se les debate: se les extirpa.


4) Italia y Francia: cuando el comunismo era una opción real, el bloque respondió "por lo penal"

La tesis de Ganser se entiende mejor mirando los dos lugares donde el comunismo no era un fantasma: era posibilidad de poder. Italia y Francia tenían, junto a Grecia, los partidos comunistas más fuertes de Europa occidental, lo que explica por qué fueron los laboratorios donde estas tácticas se desplegaron con mayor intensidad. En ambos, la prioridad del bloque occidental no fue "convivir con un adversario político"; fue hacer imposible su victoria. A veces con dinero y propaganda. A veces con algo peor.

Italia: golpes preventivos y "estrategia de la tensión" (1960–1980)

Italia es el caso donde la hipótesis de Ganser encaja con una secuencia histórica densa: coup plots + guerra psicológica + terrorismo político en paralelo al ascenso del Partido Comunista Italiano (PCI) y al miedo permanente a un giro de gobierno.

a) Golpes "preventivos" y planes de detención de cuadros
En los años sesenta y setenta, Italia conoce ese tipo de "amago" que no busca tanto tomar el poder como fijar un límite: si el país se desvía, habrá corrección. El Piano Solo (1964) funciona como símbolo de ese estado de excepción latente: ocupación de puntos neurálgicos, control de medios y la idea —recurrente en reconstrucciones críticas— de listados y planes de detención de cuadros políticos. Y el Golpe Borghese (1970) añade el componente paramilitar, la estética clandestina y el mensaje inequívoco: hay subsuelo dispuesto a "arreglar" la política.

b) Atentados-síntoma: el ciclo que fabrica miedo y giro autoritario
Aquí no necesitas una firma en un papel para entender el mecanismo. En esta lectura, lo decisivo es el patrón: atentados, atribuciones interesadas, encubrimientos, desvíos y un clima social que empuja hacia el "orden". Un caso clave es Peteano (1972) y la reapertura judicial posterior: la investigación de Felice Casson reveló cómo se había desviado la pista hacia la izquierda. Ese hilo, en el relato general, conecta con el destape de arsenales y con el hecho político de que el Estado reconociera la existencia de estructuras clandestinas.

Desde Piazza Fontana (1969) hasta la matanza de Bolonia (1980), lo que emerge es una lógica: el terror no solo mata; enseña. Enseña a votar "bien". Enseña a preferir la seguridad. Enseña a temer el cambio.

La idea-fuerza es simple: Italia es el ejemplo de manual de lo que yo llamo "lucha por lo penal". Si el comunismo crece, se crea un entorno donde el comunismo se vuelve "ingobernable", "peligro", "caos". La violencia no es solo daño: es pedagogía política.

Francia: menos bombas públicas, más guerra sindical y control de puertos (finales 40–50) + red clandestina detrás

Francia tuvo un Partido Comunista Francés (PCF) potentísimo y una cultura política donde el comunismo era parte estructural del paisaje social. Pero el método fue distinto: menos "espectáculo italiano", más ingeniería social, guerra sindical y control de nodos estratégicos.

a) Marsella y los muelles: el comunismo se combate como si fuera una insurgencia
En Marsella el pulso era real: puertos, huelgas, cadena logística. Y el patrón es clarísimo: si el PCF y su entorno controlan el músculo social, tú atacas el músculo. No discutes ideas: rompes estructuras. El puerto no es un lugar; es un interruptor. Y quien controla el interruptor controla el país en lo material.

b) Plan Bleu, Argelia y reciclaje institucional
Francia añade un ingrediente que vuelve el cuadro todavía más inquietante: la conexión entre redes clandestinas, crisis colonial y tentaciones golpistas. El episodio conocido como "Plan Bleu" aparece como antecedente de una Francia donde el anticomunismo también adopta forma clandestina. Y durante la crisis de Argelia (1958–1961) se conforma un ecosistema de violencia política en el que destaca la Organisation de l'Armée Secrète (OAS), con su lógica de guerra interna y su desafío al poder civil.

c) Partir el sindicalismo: crear una "izquierda permitida"
La estrategia complementaria no es solo reprimir; es dividir. Si no puedes eliminar el bloque social, lo fragmentas: sindicatos alternativos, redes de influencia y una construcción paciente de una izquierda tolerable, domesticada, sin capacidad de paralizar los nervios logísticos.

Francia ilustra algo clave: a veces no necesitas años de plomo. A veces basta con una combinación más eficaz: control de puertos, ruptura sindical, disciplina social… y, detrás, la posibilidad de estructuras clandestinas que funcionan como reserva de coerción.

El factor local lo vuelve todavía más inquietante. La lectura de Ganser pone el acento en el paraguas OTAN/CIA, pero incluso aceptando esa tesis, no hay que imaginar países marioneta sin voluntad. En Italia y en general en Europa occidental, las élites locales —democristianos, aparatos de seguridad, redes empresariales, sectores de extrema derecha nacional— tenían un interés directo en frenar al comunismo, conservar cuotas de Estado y mantener el orden social. El apoyo estadounidense no fue solo una imposición: fue un recurso. Y cuando lo externo y lo interno se acoplan, la conclusión es peor: no hablamos solo de injerencia, sino de colaboración entre élites.

Un fenómeno continental. Italia y Francia son los ejemplos más nítidos por volumen político, pero el patrón no se agota ahí. En Bélgica, la larga sombra de los crímenes del Brabante alimentó investigaciones y sospechas sobre tácticas y objetivos. En Alemania Occidental, la posguerra combinó redes de inteligencia y vigilancia política con una obsesión anticomunista que atravesó sindicatos y partidos. En Noruega, la propia protesta de altos responsables de inteligencia por interferencias externas sugiere que el problema no era "un país raro", sino una lógica de bloque.


5) La "estrategia de la tensión": gobernar con miedo

El concepto central que articula esta lectura es el de la estrategia de la tensión: fabricar un clima de miedo que empuje a la sociedad hacia el "orden", hacia el "centro", hacia el "Estado fuerte". Cuando la gente está aterrorizada, vota seguridad. Y cuando vota seguridad, vota lo que conviene al bloque.

Y aquí entra un punto que en Italia se asocia de forma directa a esa lógica: los atentados de bandera falsa. No solo violencia "a secas", sino violencia diseñada para ser atribuida al enemigo interno —el comunista, el radical de izquierdas— con el objetivo de justificar redadas, criminalización política y cierre del campo de lo posible. En esta lectura, el atentado no es solo un crimen: es una herramienta para fabricar consenso y disciplina.

Ese mecanismo tiene una utilidad evidente: si la izquierda crece, tú cambias el entorno emocional en el que se vota. No necesitas prohibir partidos. Te basta con hacer que la población tema que el país se está rompiendo. Y entonces el comunismo deja de ser una opción social y pasa a ser "el caos".

Esto es lo que vuelve a Gladio tan revelador: no por el detalle técnico, sino por la lógica política que presupone. Una lógica que dice: La democracia sirve mientras produzca el resultado correcto. Si no lo produce, se la corrige.


6) El mensaje de fondo: Europa no era sujeto; era escenario

Si aceptas la tesis general del libro, el mapa se reordena de golpe.

Estados Unidos no "protegía Europa". Estados Unidos protegía su hegemonía en Europa.

Y eso tiene consecuencias morales y políticas enormes, porque desplaza la pregunta del "qué pasó" al "qué somos":

¿Qué tipo de democracias fuimos si aceptamos ejércitos clandestinos y estructuras paralelas en nuestro suelo?
¿Qué soberanía es esa que necesita secretos armados para sobrevivir?

Gladio, entendido así, no es una excepción vergonzosa. Es un síntoma: la confirmación de que Europa fue un teatro donde la Guerra Fría se jugó con herramientas que hoy solo asociamos a "regímenes autoritarios".


7) La lección actual: el aliado que te tutela termina por mandarte

Hay una conclusión que me interesa más que la arqueología de archivos:

Estados Unidos no ha sido "nuestro aliado" en sentido europeo. Ha sido nuestro tutor.

Y un tutor no comparte destino contigo: gestiona tu conducta para que no se desvíe.

El europeísmo ingenuo cree que la relación transatlántica es un matrimonio de valores. La lectura que sugiere Ganser es otra: un contrato de obediencia, con beneficios materiales, sí, pero con un precio: aceptar que ciertas líneas políticas internas no se cruzan.

Cuando lo entiendes, muchas cosas dejan de parecer "errores" y pasan a parecer lo que son: mecanismos de disciplina geopolítica.

La historia no se detuvo en 1990. La tutela mutó. Hoy, los mecanismos de "corrección" ya no necesitan redes clandestinas: operan a través de presión comercial, dependencia tecnológica, inteligencia compartida en términos asimétricos y una industria de defensa europea que sigue sin poder prescindir del ecosistema estadounidense.

Europa puede hablar de autonomía, pero su margen material es estrecho. La pregunta no es si Europa quiere autonomía; la pregunta es si puede.


Cierre: Gladio no prueba que Occidente fuera "peor"; prueba que fue… Occidente

No necesito creer que todo atentado, todo episodio oscuro, toda violencia política sea "Gladio". No hace falta ese absolutismo.

Me basta con una convicción más simple y más dura: si una red así existió, entonces el bloque occidental estuvo dispuesto a operar contra su propia sociedad para mantener el orden geopolítico. Y eso cambia la palabra "aliado" por una palabra mucho menos confortable: interventor.

Y aquí es donde el pasado deja de ser arqueología. Si Gladio fue —en esta lectura— la respuesta a un peligro: el comunismo como opción de gobierno, la pregunta inevitable es otra: ¿cuáles son los mecanismos de "corrección" actuales si Europa intentara una autonomía estratégica real frente a China o Rusia, o incluso frente a la lógica económica y tecnológica del propio bloque occidental?

Esa es la diferencia entre ser un aliado y ser un teatro de operaciones: el aliado decide; el teatro es el lugar donde otros garantizan que ciertas decisiones no ocurran.

Gladio —como idea y como arquitectura— es la encarnación de una verdad que Europa todavía no ha querido mirar de frente: En la Guerra Fría, el enemigo no era solo el soviético. También era el europeo que votaba "mal".

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