La "democracia" de Yeltsin colapsó la economía, multiplicó la mortalidad y entregó activos estratégicos a oligarcas. Occidente la avaló con préstamos "altamente cuestionables" y elogios a la violencia política de 1993. Putin heredó ese sistema hiperpresidencial y lo reorientó. El relato cambió: lo que antes era "transición democrática" pasó a ser "autoritarismo". Mismo diseño, distinto propósito.
Vladímir Putin no es una traición a la democracia rusa de los años 90. Es su heredero institucional directo. Gobierna con la misma Constitución que recibió aval occidental, usa los mismos poderes hiperpresidenciales que diseñó Borís Yeltsin, y ocupa el lugar que debería haber ocupado un presidente superpoderoso y autoritario afín a Occidente.
El problema no fue que Putin concentrara poder —ese poder ya estaba concentrado y fue validado externamente—. El problema fue que usó ese diseño político en beneficio de Rusia y no en beneficio de quienes lo habían avalado.
En un vistazo: Este artículo sostiene una tesis incómoda: la etiqueta de "democracia" en la Rusia de los 90 funcionó como un sello geopolítico, más que como una auditoría institucional. El "umbral" de legitimación no se colocó en la separación de poderes, sino en dos condiciones: apertura de activos estratégicos al mercado global y alineamiento con la arquitectura de seguridad occidental. Cuando Rusia cumplía esas condiciones bajo Yeltsin, se toleraron crisis constitucionales, violencia política, colapso social y un diseño hiperpresidencial sin controles. Cuando Putin heredó ese mismo sistema y lo reorientó hacia soberanía estatal, el relato cambió: lo que antes era "democracia en transición" pasó a ser "autoritarismo". Para entender a Putin desde la perspectiva de la historia reciente rusa, hay que entender primero qué sistema heredó, quién lo diseñó, y por qué recibió bendición externa.
1. El punto de partida: ¿había elecciones en la Unión Soviética?
Para entender el "salto" hay que fijar primero qué hubo antes. En la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) hubo elecciones durante décadas, pero sin pluralismo partidista real: el monopolio político lo ejercía el Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), y la competencia era, en la práctica, intra-sistema.
La novedad llega con la perestroika: según la literatura histórica y la documentación institucional sobre el periodo, las elecciones de 1989 al Congreso de los Diputados del Pueblo fueron las primeras parcialmente competitivas a escala nacional, con más de un candidato por escaño y debates públicos.
El giro jurídico clave es la abolición del artículo 6 (que consagraba el "papel dirigente" del PCUS), lo que abre formalmente el pluralismo y rompe el monopolio constitucional del partido.
Conclusión de este tramo: hay apertura legal, pero el Estado soviético llega a su final en una transición institucional incompleta y conflictiva.
2. 1991–1993: crisis constitucional, violencia política y el primer test del "umbral"
Esa transición incompleta se arrastra a la Rusia post-soviética y explota dos años después. Tras la disolución de la URSS, la Federación Rusa entra en un conflicto decisivo entre presidente y parlamento. En septiembre de 1993, Borís Yeltsin firma el Decreto nº 1400 para disolver el Soviet Supremo y el Congreso de Diputados del Pueblo; el choque desemboca en violencia y en el asalto al "White House" (la sede parlamentaria).
El patrón fundacional del régimen
Aquí aparece ya el patrón que definirá el régimen jurídico posterior: resolver un conflicto constitucional por vía excepcional y coercitiva.
Y aquí se revela por primera vez el "umbral tácito": según documentos desclasificados y compilados por el National Security Archive (Universidad George Washington), Estados Unidos elogió la actuación de Yeltsin ("superb handling"), señal de que el listón externo no era "cero violencia institucional", sino estabilidad y dirección estratégica.
La legitimidad como utilidad geopolítica
Ese mismo corpus documental añade un dato aún más revelador: según notas internas atribuidas al embajador estadounidense Thomas Pickering, Washington asumía que "no había otra opción" que apoyar a Yeltsin, al considerarlo la "personificación del cambio revolucionario" en Rusia, y un actor que jugaba bajo unos términos compatibles con el marco estadounidense.
La legitimidad, por tanto, no se extrae del cumplimiento escrupuloso del procedimiento, sino de la utilidad del líder para mantener una trayectoria política y económica determinada.
En ese contexto, varios analistas describieron la democracia rusa de mediados de los 90 como una suerte de "pueblo Potemkin": instituciones y rituales formales con apariencia agradable, pero con poco contenido sustantivo detrás. Esa metáfora funciona aquí como diagnóstico político, no como recurso literario.
3. 1993: la Constitución diseñada para un hombre fuerte (afín)
Tras la crisis se necesitaba un marco jurídico nuevo, y Yeltsin lo impuso. La Constitución rusa de 1993 introduce formalmente:
- Separación de poderes
- Derechos fundamentales
- Procedimientos electorales
Pero consolida un diseño hiperpresidencial. Según análisis jurídicos e institucionales ampliamente citados, el texto establece una presidencia claramente más poderosa que el legislativo y deja margen amplio para una gobernabilidad vertical.
Un superpresidencialismo sin controles parlamentarios
La Constitución de 1993 no es una adaptación del modelo estadounidense; es más bien una versión de ese modelo sin los controles parlamentarios: todo el poder ejecutivo, ninguno de los frenos institucionales.
En Estados Unidos: el Congreso bloquea legislación, el Senado confirma nombramientos, el impeachment es funcional. En Rusia 1993: el presidente gobierna por decreto, el control parlamentario es débil, la Duma tiene capacidad de fiscalización muy limitada.
Es una Constitución hecha a medida para un hombre fuerte. Y fue diseñada precisamente después de que Yeltsin resolviera por la fuerza el conflicto con el parlamento.
El aval occidental al diseño autoritario
Y aquí está el detalle que cierra el diagnóstico: esa Constitución hiperpresidencial, diseñada tras resolver un conflicto constitucional por la fuerza, recibió validación internacional inmediata.
La OSCE supervisó su aprobación en referéndum; las instituciones financieras siguieron operando bajo ese marco sin objeciones. No hubo cuestionamiento serio al diseño superpresidencial.
La ironía histórica que desmonta el relato posterior: esa misma Constitución es la que gobierna Putin. Los poderes "autoritarios" que se le atribuyen no los inventó él; los heredó del diseño de 1993. La arquitectura hiperpresidencial que Occidente avaló cuando la controlaba Yeltsin es la que critica cuando la usa Putin.
No hubo "giro autoritario" en el sentido institucional: Putin gobierna con el mismo marco jurídico que recibió bendición externa. Lo que cambió no fue el sistema, sino quién lo controla y para qué lo usa.
La conclusión incómoda: la Constitución rusa se hizo precisamente para un presidente con pocos controles, y Occidente la aprobó porque esperaba que ese presidente fuera permanentemente afín. El problema no fue la concentración de poder, sino que ese poder dejara de servir a los intereses que lo avalaron.
4. 1996: elecciones, captura oligárquica y el pacto político
Con esa arquitectura constitucional lista, llega la primera prueba real: la reelección de Yeltsin. En 1996 Yeltsin gana. Observadores de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) —en particular la Asamblea Parlamentaria— difundieron una valoración preliminar afirmando que las elecciones fueron "generalmente libres y justas".
Pero el punto crítico no es solo "si hubo urnas", sino qué se intercambió políticamente para ganar.
"Préstamos por acciones" (loans-for-shares): patrimonio nacional como moneda política
El esquema de loans-for-shares debe leerse como parte del contexto político-fiscal de la reelección: según el politólogo Daniel Treisman en un trabajo del National Bureau of Economic Research (NBER), el Estado, bajo presión financiera y política, entregó control sobre activos estratégicos a cambio de financiación y apoyo en un entorno de extrema fragilidad.
En términos directos: una parte del patrimonio industrial se convirtió en moneda política. No es solo una historia de "corrupción", sino de pacto de élite:
- Oligarcas sostienen al poder (financiación, medios, redes)
- A cambio de propiedad irreversible sobre las "joyas" industriales del Estado
Esto no explica por sí solo el resultado electoral, pero condiciona el campo de juego y vuelve plausible una lectura: la victoria de 1996 se aseguró, en parte, con patrimonio nacional como garantía.
El préstamo del FMI de 1996: prioridad geopolítica sobre viabilidad técnica
Pero no fue solo financiación interna; hubo también respaldo externo decisivo. Según la reconstrucción histórica del Fondo Monetario Internacional (FMI) elaborada por James Boughton (historiador oficial del FMI), el acuerdo de marzo de 1996 ascendió a 10.200 millones de dólares.
Lo decisivo no es la cifra, sino el juicio: Boughton sostiene que era "altamente cuestionable" que el gobierno ruso pudiera cumplir las reformas exigidas, pero que existía un "viento de cola político" para aprobar el desembolso.
Esto encaja exactamente con la tesis del "umbral": instituciones financieras internacionales priorizaron la supervivencia del régimen aliado y la continuidad del rumbo por encima de la viabilidad técnica inmediata. "Democracia", en ese marco, funciona como aval operativo del socio que mantiene la trayectoria.
5. El coste social de la "democracia" de los 90: liquidación con aval externo
Ahora bien, esa "democracia" que recibía aval externo, ¿cómo funcionaba internamente? Aquí la tesis se vuelve material. Y por eso es el bloque que convierte una interpretación en una conclusión difícil de desmontar.
Colapso del PIB
Según un análisis del Federal Reserve Bank of St. Louis (Reserva Federal de San Luis), en 1998 el producto interior bruto real per cápita de Rusia cae a aproximadamente el 56% del nivel de 1989.
Crisis de mortalidad sin precedentes
Según Elizabeth Brainerd, la esperanza de vida masculina cae de 63,4 años (1991) a 57,4 años (1994), un desplome extraordinario en un periodo muy corto.
Brainerd añade un dato aún más expresivo: en hombres de 35 a 44 años, el riesgo/mortalidad más que se duplicó en el arco crítico del derrumbe.
Colapso de las políticas sociales
La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) documenta atrasos sistemáticos en pensiones y prestaciones hasta finales de 1999.
Fuga de capitales: la "apertura" como liquidación
Un Policy Discussion Paper del FMI analiza la escala del fenómeno y lo vincula a gobernanza débil y fallas institucionales; además, el mismo análisis recoge estimaciones del orden de unos 11.000 millones de dólares anuales saliendo del país entre 1994 y 1998.
La "apertura" se parece así menos a modernización que a liquidación: entra financiación, sale capital; se privatiza, se externaliza riqueza; y el coste lo paga la sociedad.
Conclusión material: Este bloque sostiene el argumento "material": el régimen se legitimó externamente mientras internamente producía descomposición social y captura de activos por una élite oligárquica. Este es el sistema que hereda Putin. Este es el "experimento democrático" que colapsa en 1998.
6. 1998–1999: crisis terminal y sucesión
Ese modelo acumuló tensiones hasta el estallido. La crisis de 1998 (deuda interna, presión sobre el rublo, colapso de confianza) cristaliza el diagnóstico de "Estado débil + oligarquización + dependencia financiera".
Estudios contemporáneos en economía política internacional recogen el paquete de 22,6 mil millones de dólares anunciado en julio de 1998 y su insuficiencia para restaurar estabilidad duradera.
El relevo: cierre del ciclo Yeltsin
Y en ese contexto de crisis terminal del proyecto Yeltsin se produce el traspaso. El 31 de diciembre de 1999 Yeltsin dimite y Vladímir Putin asume temporalmente funciones presidenciales. En el mismo movimiento, queda instalado un elemento nuclear del nuevo equilibrio: garantías de inmunidad y cierre del ciclo Yeltsin, tema ampliamente recogido por análisis internacionales del periodo.
El relevo es constitucionalmente continuo, pero políticamente marca un cambio de proyecto.
7. Kosovo 1999: el catalizador geopolítico de la reorientación estatal
Pero el cambio de proyecto no se explica solo por colapso interno; hay un catalizador externo decisivo. La transición no se entiende sin 1999. Kosovo no es solo un episodio militar; funciona como señal estratégica.
Para la élite de seguridad rusa —los siloviki, es decir, el núcleo de poder proveniente de los aparatos de seguridad y coerción del Estado—, Kosovo opera como prueba de que el derecho internacional es elástico cuando lo dobla la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).
La lección estratégica que valida la recentralización
Según Alexei Arbatov, el pensamiento estratégico ruso del periodo incorpora Kosovo como un caso que reordena prioridades de seguridad y refuerza la centralidad del Estado.
En términos operativos: si Occidente puede intervenir sin contar con Rusia, entonces Rusia necesita un Estado con capacidad decisiva.
La lógica que se valida internamente es simple y brutal: para evitar un destino tipo Yugoslavia —fragmentación, intervención, irrelevancia— hace falta:
- Recentralización estatal
- Control de recursos estratégicos
- Poder ejecutivo fuerte
De ahí que la doctrina de soberanía y la reconstrucción estatal no aparezcan como capricho, sino como respuesta racional para ese aparato que acaba de presenciar una década de descomposición interna y marginalización externa.
8. Putin hereda el sistema y lo reorienta: mismo diseño, propósito opuesto
Vladímir Putin no inventa un nuevo sistema autoritario. Hereda la Constitución de 1993, usa los mismos poderes hiperpresidenciales que diseñó Yeltsin, y gobierna con la misma arquitectura institucional que recibió aval occidental.
La diferencia no es institucional, es de proyecto político.
La continuidad constitucional como prueba
Putin gobierna con la Constitución de 1993 hasta 2020 (y los cambios de 2020 son posteriores al periodo analizado aquí). Esa Constitución:
- Fue diseñada para un presidente superpoderoso
- Concentra poder ejecutivo sin controles parlamentarios efectivos
- Permite gobernar por decreto
- Subordina el legislativo al ejecutivo
Yeltsin usó esos poderes para: resolver crisis constitucionales por la fuerza, privatizar activos estratégicos, gobernar con oligarcas, mantener alineamiento con Occidente.
Putin usa los mismos poderes para: recentralizar el Estado, recuperar control sobre recursos estratégicos, subordinar oligarcas al poder político, restaurar soberanía frente a presión externa.
Las políticas concretas del "giro autoritario"
¿Cuándo exactamente Occidente deja de llamar a Rusia "democracia"? No es Putin llegando al poder (2000), sino Putin haciendo cosas específicas que cruzan el "umbral tácito":
Caso Yukos (2003): enjuicia a Mijaíl Jodorkovski, el oligarca más poderoso, y recupera control estatal sobre Yukos (petróleo). Señal: los oligarcas se subordinan al Estado o pierden sus activos.
Renacionalización parcial de sectores estratégicos: Gazprom y otros activos energéticos vuelven bajo control estatal o cuasi-estatal.
Límites a la influencia oligárquica: los que aceptan las reglas (no intervenir en política, pagar impuestos, alinearse con el Estado) pueden seguir operando. Los que no, se exilian o van a prisión.
Discurso de Múnich (2007): Putin critica abiertamente la "unipolaridad" estadounidense y la expansión de la OTAN. Ruptura discursiva con la subordinación de los 90.
Georgia (2008): primera confrontación militar abierta con un país que aspiraba a integrarse en la OTAN.
Esas son las líneas rojas reales del "umbral tácito": no la limpieza electoral ni la pluralidad mediática, sino tocar recursos estratégicos, limitar a los oligarcas vinculados a Occidente, y cuestionar la arquitectura de seguridad occidental.
Putin como respuesta al fracaso del experimento neoliberal
Putin no surge de la nada ni como anomalía autoritaria. Es la respuesta racional —desde la perspectiva del aparato estatal— al colapso del experimento neoliberal desregulado de los años 90:
- Colapso económico y demográfico documentado
- Desmantelamiento del Estado y captura oligárquica
- Dependencia financiera externa
- Marginalización geopolítica (Kosovo)
La promesa de Putin no fue restaurar el socialismo, sino restaurar el Estado: recentralización, soberanía sobre recursos estratégicos, subordinación de los oligarcas al poder político, fin de la dependencia financiera externa, y capacidad de acción autónoma en el plano internacional.
Es la reacción del núcleo duro del Estado (los siloviki) contra su propia descomposición.
9. Conclusión: Putin como el presidente que no debió serlo
Recapitulando el recorrido completo:
La Constitución rusa de 1993 se diseñó para un presidente superpoderoso con controles mínimos. Occidente la avaló porque esperaba que ese superpoder sirviera permanentemente a sus intereses: apertura de activos al mercado global, alineamiento estratégico, permeabilidad institucional.
El sistema toleró:
- Violencia política en 1993
- Captura oligárquica de activos estatales
- Colapso social sin precedentes (PIB, mortalidad, pensiones)
- Préstamos internacionales "altamente cuestionables" para sostener al régimen
Todo eso recibió el sello de "democracia en transición" porque el presidente superpoderoso era Yeltsin: permeable, privatizador, alineado.
Putin heredó ese mismo sistema constitucional —no lo inventó, no lo impuso, lo recibió— y lo usó para un proyecto opuesto: recentralización estatal, soberanía sobre recursos, límites a oligarcas, confrontación con la expansión de la OTAN.
Cuando Putin cruzó las líneas rojas reales (Yukos, renacionalización energética, Múnich, Georgia), el relato cambió: lo que antes era "democracia" pasó a ser "autoritarismo". Pero los poderes institucionales eran los mismos. La Constitución era la misma. La diferencia no fue la concentración de poder, sino quién la controla y para qué.
La tesis final: el "umbral tácito" al descubierto
El "umbral tácito" de la democracia rusa nunca fue la separación de poderes, ni la limpieza electoral, ni la pluralidad mediática. Fue otro:
Rusia fue "democracia" mientras fue permeable, privatizable y alineada. Cuando dejó de serlo, cruzó el umbral.
Putin no es la traición a la democracia rusa. Es el presidente que ocupó el lugar diseñado para un líder superpoderoso y autoritario afín a Occidente, pero que usó ese diseño político occidental en beneficio de Rusia.
Que Occidente haya leído esa reconstitución estatal como "autoritarismo" dice más sobre el criterio real de legitimación externa que sobre un giro institucional repentino. El problema no fue que Rusia dejara de ser democrática, sino que dejara de ser útil.



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