La Operación Epic Fury no es un acontecimiento exterior al declive económico estadounidense. Es un acelerador de ese declive. Y los datos lo muestran en tres frentes simultáneos.
La guerra contra Irán no es solo un error estratégico o militar. Es también un error económico. Y no porque vaya a destruir el dólar —no lo va a hacer— sino porque llega en el peor momento fiscal posible, sobre una estructura ya tensionada, y porque cada semana que se prolonga acelera un proceso de desgaste monetario que ya estaba en marcha antes de que cayera el primer misil.
El dólar sigue siendo el centro del sistema financiero internacional. La Reserva Federal lo confirma en su edición 2025 de The International Role of the U.S. Dollar: sigue dominando las reservas internacionales, los pagos globales y la deuda emitida fuera de Estados Unidos. Pero esa centralidad lleva años volviéndose más cara de sostener. Lo que esta guerra hace es agravar y acelerar ese proceso en tres frentes simultáneos: el shock energético que bloquea los tipos, el gasto militar que se suma sobre una base fiscal ya al límite, y la weaponización del dólar que da nuevos argumentos a quienes ya buscaban la salida.
I. Un privilegio que ya no es barato
Para entender por qué esta guerra importa económicamente, hay que entender primero qué se está erosionando.
Durante décadas, Estados Unidos disfrutó de lo que muchos economistas llamaron el "privilegio exorbitante": la capacidad de financiarse a costes mínimos porque el resto del mundo absorbía su deuda casi automáticamente. Cada crisis global empujaba capital hacia el dólar y hacia los bonos del Tesoro, que funcionaban como el santuario natural del miedo financiero. Ese mecanismo no dependía de la virtud estadounidense: dependía de que el sistema estaba construido a su alrededor, con una profundidad financiera, una seguridad jurídica y una liquidez que ningún rival podía igualar.
Ese automatismo se está debilitando. Y hay datos concretos que lo muestran. La prima por plazo (term premium) de los bonos del Tesoro ha escalado hacia el 1,5%, según Aberdeen Investments, señal de que el mercado ya no acepta rendimientos bajos a cambio de seguridad percibida: exige compensación creciente por el riesgo fiscal y de duración. El rendimiento del Tesoro a 10 años se sitúa en el 4,19% en marzo de 2026, según la Reserva Federal de San Francisco. Y aunque los inversores internacionales siguieron comprando activos estadounidenses en 2025 —1,55 billones en términos netos, según análisis de Torsten Slok recogidos por Edward Conard— el flujo se orientó hacia renta variable y activos privados, no hacia los bonos largos que históricamente absorbían el miedo global.
El dólar puede seguir siendo refugio inmediato y, al mismo tiempo, la deuda estadounidense dejar de ser un refugio indiscutido. Esa disociación, que antes era impensable, es hoy el nuevo escenario normal.
La guerra con Irán no crea este problema. Lo hereda. Y lo agrava en tres direcciones.
II. Primer frente: Ormuz bloquea los tipos y encarece la deuda
El cierre de facto del Estrecho de Ormuz desde el 28 de febrero no es solo una crisis energética. Es un mecanismo que encadena varios problemas a la vez y los conecta directamente con el coste de la deuda estadounidense.
La trampa es precisa: la guerra genera inflación, la inflación impide bajar tipos, los tipos altos encarecen la refinanciación. La incertidumbre política añade otra capa: el fin del mandato de Jerome Powell en mayo de 2026 está siendo vigilado de cerca por los mercados, añadiendo una "prima por incertidumbre política" sobre los activos estadounidenses en el peor momento posible.
Irán no necesita destruir la economía estadounidense. Le basta con mantener Ormuz paralizado el tiempo suficiente para que ese encadenamiento haga su trabajo.
III. Segundo frente: el gasto militar sobre una base fiscal ya al límite
La Operación Epic Fury no se financia en el vacío. Se financia sobre una estructura fiscal que ya estaba al límite antes de que comenzara.
Proyectar fuerza a miles de kilómetros del territorio propio tiene un coste logístico que se multiplica con el tiempo: cada misión aérea, cada repostaje, cada sistema de armas consumido requiere gasto extraordinario que se financia con nueva deuda en un mercado que ya exige más rendimiento por ella. El armamento de precisión cuesta entre diez y cien veces más que las municiones asimétricas que Irán despliega en respuesta.
No hace falta una cifra exacta del coste diario de Epic Fury para entender la aritmética. Cualquier número que se añada sobre una base de 1,9 billones de déficit, con tipos altos bloqueados por la inflación energética y una deuda cuyo servicio ya absorbe el mayor crecimiento presupuestario de la próxima década, empeora una trayectoria que ya era insostenible.
IV. Tercer frente: la guerra como argumento para abandonar el dólar
El tercer mecanismo es el más lento pero quizás el más duradero. Esta guerra no solo cuesta dinero. También refuerza el argumento geopolítico de quienes llevan años construyendo una arquitectura financiera alternativa.
Conviene tratar la desdolarización con seriedad y sin exageración. No estamos ante una sustitución del dólar —el yuan apenas alcanza el 1,93% de las reservas globales, frenado por las dudas sobre liquidez y transparencia regulatoria china. Lo que existe es una diversificación prudente que ahora tiene infraestructura.
El congelamiento de las reservas rusas en 2022 fue la primera señal clara de que el acceso al sistema financiero dominado por el dólar no es neutral. La Operación Epic Fury es la segunda. Para cualquier gobierno que ya estuviera considerando reducir su exposición al dólar, observar cómo Washington moviliza su arquitectura financiera como extensión de su política militar es el argumento definitivo para acelerar la diversificación.
Arabia Saudí —históricamente el pilar del petrodólar— tiene hoy una tenencia de bonos del Tesoro de 143.900 millones de dólares frente a reservas totales que superan los 415.000 millones. La diferencia es capital que ya no llega a Washington de forma inercial. Una guerra en el Golfo que demuestra una vez más que Washington actúa con independencia de los intereses de sus socios regionales no va a revertir esa tendencia.
V. La paradoja: fuerte hoy, más frágil mañana
La paradoja central de esta guerra es que puede fortalecer al dólar en el corto plazo mientras deteriora las bases de su hegemonía a medio plazo.
En el corto plazo, el shock energético debilita más a Europa y Asia —grandes importadores netos— que a Estados Unidos, hoy productor neto y mayor exportador mundial de gas natural licuado. Varios análisis de mercado recogidos por Reuters describen el reciente fortalecimiento del dólar como una recuperación "por defecto": el dólar sube no porque Estados Unidos esté especialmente fuerte, sino porque los demás quedan peor posicionados. Esa distinción importa.
Porque a medio plazo, cada uno de los tres mecanismos descritos trabaja en la dirección contraria. La inflación energética bloquea los tipos y encarece la refinanciación. El gasto extraordinario se suma sobre un déficit ya estructuralmente insostenible. Y la percepción de que el dólar es un arma tanto como una moneda empuja a más actores a construir alternativas con mayor urgencia.
El verdadero problema para Washington no es que aparezca una moneda rival capaz de destronarlo mañana. Es que su centralidad deje de ser barata, automática e indiscutida. Eso ya estaba ocurriendo antes de esta guerra. Esta guerra lo acelera.
El precio del error
La pregunta correcta no es si el dólar va a colapsar. No va a colapsar. La pregunta es cuánto cuesta mantenerlo en el centro, y si ese coste es compatible con una economía que ya dedica más de un billón de dólares anuales a pagar los intereses de su deuda pasada, que financia una guerra a miles de kilómetros de su territorio con tipos bloqueados por la inflación que esa misma guerra genera, y que cada vez que weaponiza su sistema financiero da nuevos argumentos a quienes construyen la salida.
El privilegio exorbitante no se destruye con un golpe. Se erosiona con cada crisis que, en lugar de reafirmar el automatismo del refugio, añade una razón más para buscar alternativas.
El dólar no está cayendo. Pero el imperio que sostiene su hegemonía se está volviendo cada vez más caro de mantener. Y esta guerra, lejos de revertir ese proceso, lo acelera.



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