Cuando Moscú y Teherán rechazan los altos el fuego occidentales, el relato dominante los presenta como actores irracionales. Pero hay un registro de hechos concretos, algunos admitidos por los propios protagonistas, que explica por qué la desconfianza no es una anomalía. Es la respuesta racional a la evidencia disponible.
Hay una escena que se repite en los westerns americanos. El jefe indio escucha la propuesta del negociador, la traduce para su gente, y uno de los ancianos dice lo que todos piensan: el hombre blanco habla con lengua de serpiente. En el western clásico, esa desconfianza es el problema a superar. El obstáculo para la paz. La prueba de que los indios no entienden las buenas intenciones del hombre civilizado.
La historia, claro, fue otra. Los tratados se firmaron y se rompieron. Las tierras prometidas se redujeron y luego desaparecieron. Las garantías solemnes duraron hasta que dejaron de ser convenientes. Y los que habían advertido que no se podía confiar resultaron ser los únicos que habían leído correctamente la situación.
Cuando hoy Moscú y Teherán rechazan las propuestas de alto el fuego occidentales, el relato dominante los coloca en el papel del anciano desconfiado: actores irracionales, obstáculos para la paz, incapaces de reconocer una oferta sincera. Pero la pregunta que ese relato evita es la misma que evitaba el western: ¿y si la desconfianza no es irracional? ¿Y si descansa en un registro de hechos concretos, documentados, algunos admitidos por los propios protagonistas occidentales?
Lo que sigue no es un análisis sobre si Rusia e Irán tienen razón en sus guerras. Es un recuento de los engaños. De los acuerdos firmados para ganar tiempo. De los compromisos abandonados cuando dejaron de convenir. De las negociaciones que sirvieron de cobertura para preparar un ataque. Un recuento suficiente para entender por qué, cuando se propone hoy una tregua, no preguntan qué se ofrece. Preguntan cuándo llegará la próxima traición.
Rusia: cuatro décadas de promesas rotas
El 9 de febrero, el secretario de Estado James Baker se reunió en Moscú con Gorbachov para negociar las condiciones de la reunificación alemana. El mensaje fue claro, y Baker lo repitió tres veces: si Alemania unificada permanecía en la OTAN, "ni una pulgada de la actual jurisdicción militar de la OTAN se extendería en dirección este". Gorbachov respondió que la expansión sería "inaceptable". Baker: "Estamos de acuerdo con eso". El canciller Kohl repitió el mismo compromiso al día siguiente. Genscher también. Y el británico Hurd. Los documentos desclasificados del Archivo de Seguridad Nacional estadounidense lo confirman.
Ninguno lo firmó. Desde 1999, la OTAN incorporó catorce países del este europeo. Como reconoció el propio embajador estadounidense en Moscú Jack Matlock, Occidente decidió que un "compromiso claro" hecho de palabra podía ignorarse sin consecuencias formales.
Para Rusia, Ucrania no era un país más en el proceso de expansión de la OTAN hacia el este. Era la línea roja. Un Estado con el que comparte 2.000 kilómetros de frontera, historia común y una base naval en Crimea. La perspectiva de una Ucrania integrada en la alianza atlántica era, desde Moscú, tan inaceptable como lo habría sido para Washington una Cuba en el Pacto de Varsovia.
En febrero de 2014, un levantamiento popular en Kiev derivó en el derrocamiento del presidente Yanukóvich, elegido democráticamente. Fue un golpe de estado. La subsecretaria de Estado Victoria Nuland había sido grabada semanas antes acordando por teléfono con el embajador estadounidense quién debía encabezar el nuevo gobierno ucraniano. La UE y Washington reconocieron de inmediato al gobierno resultante. La respuesta rusa fue la anexión de Crimea y el apoyo a las milicias del Donbás. Ucrania entró en guerra civil.
Los Acuerdos de Minsk establecieron un alto el fuego, la retirada de armamento pesado y una reforma constitucional ucraniana que daría estatus especial al Donbás. La Misión de la OSCE documentó lo que siguió: más de 320.000 incidentes de fuego cruzado en 2016, casi 3.100 casos de armamento pesado en zonas prohibidas, al menos 17 intentos fallidos de estabilizar la tregua.
En diciembre de 2022, Angela Merkel afirmó en Die Zeit que el acuerdo de 2014 fue un intento de dar tiempo a Ucrania para fortalecerse militarmente. François Hollande lo confirmó: Minsk permitió al ejército ucraniano mejorar su capacidad de combate, algo decisivo en 2022. Los propios mediadores europeos reconocieron que la tregua no era el final de la guerra sino una de sus fases.
En marzo y abril de 2022, Rusia y Ucrania negociaron un borrador real: neutralidad ucraniana a cambio de garantías de seguridad internacionales, límites para las fuerzas armadas de ambas partes, un estatus provisional para Crimea. Los documentos examinados por The Wall Street Journal y The New York Times muestran que las posiciones no eran irreconciliables en todos los puntos. El proceso se rompió. Desde Moscú, la lectura fue clara: incluso cuando hay un borrador técnico sobre la mesa, las potencias occidentales pueden vetar la negociación si no encaja en sus objetivos estratégicos.
Irán: cuando ni cumplir ni negociar te protege
El acuerdo nuclear firmado en 2015 era técnicamente exigente: límites al enriquecimiento de uranio, reducción del número de centrifugadoras, acceso amplio a inspectores de la Agencia Internacional de Energía Atómica. Entre 2016 y 2018, la OIEA publicó informe tras informe confirmando que Irán respetaba los compromisos. No hubo violaciones técnicas que justificaran una respuesta.
En mayo de 2018, la administración Trump se retiró de forma unilateral y restableció el régimen de sanciones. Un acuerdo respaldado por resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas desapareció porque cambió el inquilino de la Casa Blanca.
Tras la retirada estadounidense, los países europeos crearon INSTEX, un mecanismo para mantener vivo el comercio con Irán sorteando las sanciones de Washington. Cuatro años de funcionamiento. Una sola transacción completada. Las empresas europeas no participaron por el riesgo de sanciones secundarias estadounidenses. El mecanismo se clausuró en 2023.
Irán y Estados Unidos llevaban semanas en negociaciones indirectas mediadas por Omán. El 27 de febrero, el canciller omaní Badr Al-Busaidi anunció un avance histórico: Irán había acordado no almacenar uranio enriquecido, aceptar la verificación completa de la OIEA y reducir de forma irreversible su material enriquecido al nivel más bajo posible. Las mayores concesiones nucleares de la historia de la República Islámica. Al-Busaidi declaró que la paz estaba "al alcance". Estaban previstas nuevas rondas para los días siguientes.
La secuencia completa no necesita interpretación: en 2018, Irán cumplió el acuerdo y le abandonaron. En 2026, negoció con más concesiones que nunca y le atacaron mientras lo hacía. La exigencia del nuevo liderazgo iraní de compensaciones económicas como condición previa a cualquier nuevo diálogo no es una postura maximalista caprichosa. Es la única respuesta lógica de quien ha comprobado, dos veces y con datos, que negociar de buena fe puede dejarte más expuesto que no negociar.
El problema no es firmar. Es creer.
Occidente sigue planteando los altos el fuego como mecanismos de salida del conflicto. La lógica implícita es que la firma de un acuerdo crea una nueva realidad política, que el compromiso formal tiene peso suficiente para sostener lo que se negocia.
Pero hay un problema estructural que Minsk, el JCPOA y Omán ponen en común: en las democracias occidentales, los acuerdos internacionales son vulnerables al ciclo electoral y a los intereses del momento. Una administración firma; la siguiente puede retirarse. Un mediador anuncia un avance; al día siguiente llegan los bombarderos. Para actores que planifican en horizontes de décadas, eso convierte cada compromiso occidental en un contrato de arrendamiento que expira cuando deja de convenir.
No hace falta defender las guerras de Rusia o de Irán para entender por qué han llegado a esta posición. Basta con leer la secuencia de hechos. Merkel y Hollande admitieron que Minsk sirvió para rearmar a Ucrania. La OIEA certificó que Irán cumplió y Trump se fue igual. Europa prometió sostener el JCPOA y no pudo completar una transacción significativa en cuatro años. Y en febrero de 2026, el mediador omaní anunció un avance histórico y veinticuatro horas después Teherán estaba en llamas.
El anciano del western tenía razón. No porque los americanos sean siempre los villanos. Sino porque había leído el historial y había entendido lo que decía. El hombre blanco no hablaba con lengua de serpiente por naturaleza. Lo hacía porque el sistema que lo sostenía —sus ciclos electorales, sus cambios de administración, sus aliados que actúan por su cuenta— no le permitía obligarse a nada de forma permanente.
Y eso, al final, es lo mismo.




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