La absolución del arquitecto financiero del Tercer Reich no inauguró una ideología: respiró un modo de pensar que, en los mismos años, una generación de pensadores estaba convirtiendo en doctrina. Setenta y cinco años después, lo que entonces era evidencia compartida hoy es arquitectura institucional hegemónica.
Esta entrada cierra una serie de cuatro artículos sobre Hjalmar Schacht. En los tres anteriores se ha seguido una línea precisa: el modelo italiano que las élites alemanas querían importar, el hombre que lo hizo operable en Alemania, y la absolución que en Núremberg validó ese recorrido. Queda una pregunta que aquellos textos apuntaban pero no desarrollaban del todo.
Si la sentencia fue ideológica, ¿de qué ideología hablamos con precisión? ¿Dónde estaba en 1946? ¿Y qué relación guarda con la forma en que hoy se organiza el mundo? Este cierre intenta responder esas tres preguntas a la vez.
En Mussolini, un caso de éxito para las élites alemanas de Weimar se describía el modelo que esas élites querían importar: austeridad impuesta donde la democracia la bloqueaba. En Schacht: el rostro de las élites de Weimar se siguió la trayectoria del hombre que hizo operable ese modelo en Alemania. En La polémica absolución de Schacht en Núremberg se mostraba que la sentencia fue consistente con el orden institucional que nacía en paralelo —Bretton Woods, el Plan Marshall, el GATT— y no un fallo de ese orden, sino uno de sus actos constitutivos.
I. La premisa que el tribunal no tuvo que demostrar
El Tribunal Militar Internacional estableció una distinción que resultó decisiva: financiar el rearme no equivale a planificar la guerra; la técnica no implica intención. Esa separación permitió absolver a Schacht. Y, como señaló Kim Christian Priemel, consolidó una "dicotomía apologética": la escisión entre una economía considerada racional y una política presentada como ideológica.
Lo que conviene entender es que los jueces no inventaron esa distinción. La heredaron. La tradición liberal del siglo XIX había ido construyendo, desde Ricardo y Mill, la idea de que la economía era un ámbito con leyes propias, susceptibles de análisis científico, distinto de la política entendida como conflicto de intereses. Para 1946, esa idea era parte del aire intelectual de cualquier jurista formado en derecho continental o anglosajón. No hacía falta enunciarla. Se respiraba como evidencia.
Aquí es donde la historia se vuelve interesante. Porque precisamente en esos años —los treinta y los cuarenta— ese modo de pensar heredado estaba siendo refundado. Una generación de pensadores, dispersos geográficamente pero coincidentes en el diagnóstico, lo estaba transformando de evidencia tácita en doctrina explícita. El tribunal lo respiraba. Otros, al mismo tiempo, lo convertían en programa.
La sincronía importa. No se trata de sugerir que los jueces leyeran a Hayek o asistieran a seminarios en Friburgo. Se trata de algo más incómodo: los mismos años que producen la absolución de Schacht producen también el marco teórico que convertirá esa absolución en coherente con el siglo que viene.
II. La generación que estaba pensando a Schacht sin nombrarlo
El Coloquio Walter Lippmann, celebrado en París en agosto de 1938 —apenas unas semanas antes de los Acuerdos de Múnich, con los que Francia y Reino Unido cedieron los Sudetes checoslovacos a Hitler—, reunió a una veintena de economistas y filósofos en torno a un problema que planteaban con crudeza poco habitual: cómo proteger el mercado de la presión democrática de masas. Entre los asistentes estaban Hayek, Mises, Röpke, Rougier. Como ha documentado Quinn Slobodian en Globalists, el objetivo del encuentro no era restaurar el laissez-faire decimonónico, sino diseñar un marco legal e institucional que blindara la economía frente a la deliberación política. El vocabulario de la "jaula" y del "encasillamiento" (encasement) del mercado frente a la democracia nace ahí, no después.
En Friburgo, el ordoliberalismo de Walter Eucken, Franz Böhm y Alexander Rüstow articulaba una variante más sistemática. El Estado no debía intervenir en el proceso económico, pero sí garantizar un marco de reglas estables que lo hicieran previsible. La política económica debía basarse en normas, no en decisiones. La discrecionalidad parlamentaria era el enemigo. El orden debía venir de la constitución económica, no del voto.
En Viena primero y Londres después, Friedrich Hayek publicaba en 1944 Camino de servidumbre, con una tesis que iba más allá del diagnóstico técnico: toda intervención política en la economía contenía en germen el autoritarismo. La única garantía de libertad era el mercado protegido por reglas abstractas e impersonales. El libro, escrito durante la guerra, se convirtió en lectura obligatoria de los círculos conservadores anglosajones precisamente en los meses en que se preparaba Núremberg.
En Chicago, Henry Simons había formulado años antes una doctrina paralela: la estabilidad económica dependía de sustraer la política monetaria y fiscal a la discrecionalidad gubernamental, sustituyéndola por reglas automáticas. El banquero central como custodio de una técnica, no como agente político.
Y en el fondo, tejiendo el significado conjunto de todo esto, lo que Clara E. Mattei describe en The Capital Order: la invención deliberada de la economía como ciencia autónoma, separada de la política, presentada como necesidad técnica. Un proceso que, como muestra Mattei, no empieza en los cuarenta sino en los años veinte —precisamente los años en que la "trinidad de la austeridad" se ensayaba en la Italia de Mussolini, como vimos en el primer artículo de esta serie.
Ninguno de estos pensadores escribía sobre Schacht. Ninguno asistió a Núremberg. Pero todos estaban articulando lo que el tribunal respiraba como evidencia compartida: la economía como ámbito protegido de la política. Lo que en la sala flotaba como manera natural de ver las cosas, fuera de la sala se estaba convirtiendo en programa.
III. Schacht como figura inteligible
En este contexto, Schacht deja de ser una anomalía.
Se vuelve inteligible.
Su defensa en Núremberg —"yo era un técnico, ejecutaba sin decidir"— no es una coartada retórica improvisada. Es la formulación anticipada de una figura que el siglo XX va a normalizar: el experto que ejerce poder sin presentarse como actor político. El banquero central como garante de racionalidad frente al ruido democrático. El tecnócrata como soberano encubierto.
Dos momentos de su biografía lo muestran con especial claridad.
El primero es el sistema MEFO. Lo que importa ahora no es el mecanismo, ya descrito en los artículos previos, sino su forma: una tecnicidad que desplazaba el control político sin violar formalmente la legalidad. Esa arquitectura —control real detrás de apariencia técnica— es exactamente lo que la generación Lippmann-Eucken-Hayek estaba teorizando como ideal institucional. Schacht lo había ejecutado antes de que la doctrina estuviera escrita.
El segundo es más revelador. En 1938-39, el Reichsbank que dirige Schacht se enfrenta a Hitler y se niega a seguir financiando el rearme al ritmo que el régimen exige. La historiografía crítica —Tooze de forma particularmente precisa— ha mostrado que la objeción no era ética sino técnica: Schacht no se oponía a la expansión alemana, sino al recalentamiento inflacionario que comprometía la estabilidad macroeconómica.
Y aquí está lo importante. Incluso en su momento de mayor supuesta oposición al régimen, Schacht habla el lenguaje del tecnócrata, no el del ciudadano. La resistencia se formula en términos de equilibrio de divisas, no de guerra de agresión. La ideología de la separación técnico/política opera tan profundamente que, cuando el sistema produce su resistencia interna, esa resistencia no puede articularse en términos morales. Solo en términos técnicos.
Es la ideología hablando a través de sus propios agentes. La figura que el tribunal no supo condenar ya estaba siendo teorizada como norma.
IV. La "mitología monetaria" y su institucionalización
Simon Mee ha llamado a esta operación la mitología monetaria. Es una expresión útil. Nombra la imagen del banquero central —y por extensión del economista de Estado— como garante de una racionalidad pura, desconectada de las "irracionalidades" ideológicas del régimen al que sirve. Esa mitología permitió que Schacht se presentara no como cómplice del nazismo sino como servidor de una técnica que cualquier Estado necesita. Y permitió al tribunal aceptar esa autoimagen con sorprendente facilidad.
La mitología monetaria no murió con Núremberg. Se institucionalizó.
Lo que en 1946 era evidencia compartida y doctrina en formación es hoy arquitectura institucional hegemónica. Los bancos centrales independientes por mandato constitucional han consolidado la idea de que la política monetaria es un ámbito técnico sustraído al voto. Las reglas fiscales blindadas en tratados internacionales han convertido decisiones presupuestarias profundamente políticas en automatismos jurídicos. Los tribunales arbitrales de inversión permiten a corporaciones demandar a Estados democráticos ante paneles de expertos fuera del escrutinio público. Los organismos supranacionales —FMI, BCE, Comisión Europea en sus funciones económicas— operan bajo el supuesto de que la gestión económica correcta es una verdad técnica antes que una deliberación política.
Quinn Slobodian ha mostrado que el neoliberalismo no elimina el Estado: lo redefine para proteger el mercado. Wendy Brown ha descrito cómo esa lógica ha reformulado todo lo político como cuestión técnica de gestión. Wolfgang Streeck ha documentado, para el caso europeo, cómo el espacio de decisión democrática ha sido vaciado con paciencia metódica. Cada uno desde su ángulo describe lo mismo: una frontera entre técnica y política que, cuando fue trazada en Núremberg, apenas flotaba en el aire y hoy es horizonte único.
No se trata de decir que vivimos bajo un régimen criminal. El paralelismo no va por ahí. Lo que Schacht inauguró —y lo que la sentencia validó en el plano jurídico-simbólico— es la posibilidad de construir órdenes políticos donde las decisiones más consecuentes quedan protegidas de la deliberación pública por una frontera llamada técnica. Y con ellas, sus responsables.
V. La pregunta que Nikitchenko formuló antes de perderla
El voto particular del juez soviético —cuya naturaleza política propia no ignoramos— articuló en la sala la única lectura alternativa que tenía oportunidad real de ser oída: toda estructura económica es ya una decisión política, y quien la diseña responde por lo que esa estructura hace posible.
Perdió esa batalla. Y con ella, perdió el orden que defendía.
Pero su pregunta sobrevive. Setenta y cinco años después sigue sin respuesta: ¿puede alguien diseñar las condiciones materiales de un daño sin responder por él? La ideología que absolvió a Schacht ha construido un mundo donde la pregunta ni siquiera se plantea. No porque haya sido respondida, sino porque la ha declarado técnicamente improcedente.
Conclusión: la sentencia como acta de nacimiento
La serie empezó en la Italia de los años veinte, donde las élites descubrieron que la austeridad se podía imponer por la fuerza cuando la democracia la bloqueaba. Siguió con un hombre —Schacht— que exportó ese modelo a Alemania y lo volvió operable bajo apariencia técnica. Continuó con una sentencia que en Núremberg validó esa apariencia y la convirtió en acto constitutivo del orden de posguerra. Termina aquí, en la constatación de que aquello no era una anomalía del siglo XX sino el prólogo de una ideología que hoy gobierna sin nombre propio.
La figura del técnico que ejerce poder sin presentarse como actor político —el tecnócrata como soberano encubierto— es la forma dominante de poder en el siglo XXI. Los bancos centrales, las reglas fiscales constitucionalizadas, los tribunales arbitrales, los organismos supranacionales: todos operan dentro del marco que en 1946 apenas se respiraba como evidencia compartida y que Lippmann, Eucken, Hayek, Simons y Mattei —leídos retrospectivamente— estaban convirtiendo en doctrina.





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