Bolivia: el mercado ataca, la sociedad se defiende

Bolivia: el mercado ataca, la sociedad se defiende
Opinión · América Latina · Bolivia · Ajuste estructural

Lo que en La Paz se presenta como crisis de gobernabilidad, y en Washington como intento de golpe, es algo más reconocible: una sociedad organizada que se niega a pagar el ajuste con su salario, su combustible y su tierra. La revuelta boliviana de 2026 no es caos. Es la respuesta clásica que Karl Polanyi describió hace ochenta años.

A seis meses de la investidura de Rodrigo Paz Pereira, Bolivia atraviesa una de sus crisis de gobernabilidad más agudas de las últimas décadas. La Central Obrera Boliviana mantiene un paro general indefinido desde el 1 de mayo. Más de 4.000 camiones están inmovilizados en la red andina. Hay hospitales en emergencia por desabastecimiento de oxígeno. Washington habla de golpe en marcha; Bogotá habla de insurrección popular; La Paz acaba de expulsar a la embajadora colombiana.

Bajo el ruido institucional y diplomático, hay un conflicto muy concreto. Un decreto que disparó el precio del combustible. Una ley que abrió la pequeña propiedad campesina a la ejecución bancaria. Y una sociedad que responde como sabe responder cuando aún conserva lo que el capitalismo tardío suele liquidar primero: comunidad, sindicato, organización territorial, memoria de lucha compartida.

Lo que sigue es un intento de leer esa secuencia sin las dos lecturas cómodas: ni caos irracional manipulado por Evo Morales, ni revolución popular sin contradicciones internas.

En un vistazo: la tesis
Karl Polanyi describió hace ochenta años el movimiento que vertebra esta historia. Cuando el mercado intenta someter a la sociedad a sus propias reglas —convertir la tierra, el trabajo y los recursos básicos en mercancías puras—, la sociedad responde defendiéndose. Con instituciones, leyes protectoras, sindicatos, comunidades organizadas y, cuando todo eso falla, con la calle.
El Decreto 5516 intentó mercantilizar el combustible. La eliminación de la subvención disparó la gasolina un 86% y el diésel un 123% en un país con un 85% de informalidad. La estabilización fiscal se descargó directamente sobre los hogares, el transporte y el salario real bajo una inflación proyectada del 22%.
La Ley 1720 intentó mercantilizar la tierra. Bajo el lenguaje de la modernización financiera, abría la conversión de la pequeña propiedad campesina —inembargable por mandato constitucional— en propiedad mediana susceptible de embargo, hipoteca y venta forzada. Y suspendía durante diez años la fiscalización de la Función Económica Social del suelo.
La sociedad respondió como Polanyi predijo. Marcha indígena desde Pando, paro general convocado por la COB, bloqueos territoriales, presión parlamentaria sostenida durante cinco semanas. El 14 de mayo, la Asamblea abrogó íntegramente la Ley 1720. El 20 de mayo, Paz anunció un Consejo Económico y Social y reorganizó el gabinete.
El gobierno y Washington reducen la revuelta a conspiración. «Plan macabro financiado por el narcotráfico», en palabras del portavoz gubernamental. «Intento de golpe en marcha», según Marco Rubio. Es la trampa clásica: personalizar el conflicto en Evo Morales para no hablar del decreto 5516, del FMI ni de la concentración agraria.

I. Una crisis heredada, una decisión política

Hay una verdad elemental que el lenguaje tecnocrático insiste en esconder: la economía no es neutral cuando decide quién come, quién se mueve, quién paga la crisis y quién conserva intactos sus privilegios. Bolivia vuelve a recordarlo.

Lo que el gobierno de Rodrigo Paz presenta como una amenaza al orden constitucional, y lo que Washington ya califica de intento de golpe en marcha, es en realidad algo más reconocible: una revuelta popular contra la forma en que se está administrando una crisis económica heredada. El matiz importa. Paz no inventó los problemas que recibió en noviembre de 2025. El país arrastraba el agotamiento de su modelo extractivo basado en gas natural, reservas internacionales desplomadas hasta los 3.227 millones de dólares, inflación creciente y un mercado paralelo de divisas disparado. La crisis venía de antes, y el modelo del MAS tiene su parte de responsabilidad estructural en cómo se llegó hasta aquí.

Pero una cosa es heredar una crisis y otra muy distinta decidir quién la paga. Esa decisión, y solo esa decisión, es la que está hoy en la calle.

II. El ajuste, la tierra y la calle

El Decreto Supremo 5516 eliminó la subvención a los combustibles. El gobierno lo presentó como estabilización: ahorro fiscal, salario mínimo al alza, apertura a la inversión, recuperación de la confianza de los mercados. El lenguaje oficial era impecable. La vida cotidiana lo leyó distinto: la gasolina subió un 86%, el diésel un 123%. En un país con un 85% de informalidad económica, donde el transporte y el abastecimiento dependen del combustible barato, esos porcentajes no son macroeconomía. Son la canasta básica, el pasaje, el flete del mercado, el salario real que se evapora bajo una inflación proyectada del 22%.

El gobierno puede argumentar que la subvención era insostenible y probablemente tendría razón en términos contables. Lo que esa razón no responde es la pregunta política: ¿quién paga la transición? Porque la corrección, una vez más, se descarga sobre quienes menos margen tienen para absorberla. El ajuste, cuando el diésel se dispara, deja de ser una categoría ideológica para convertirse en una forma muy concreta de redistribuir el dolor hacia abajo.

El detonante llegó por otro frente. En abril de 2026, la Asamblea promulgó la Ley 1720, impulsada por el senador y empresario agroindustrial Branko Marinkovic. La norma permitía convertir la pequeña propiedad campesina en propiedad mediana mediante un trámite voluntario y gratuito. Sobre el papel, una modernización del crédito. En la práctica, algo más grave: la pequeña propiedad agraria en Bolivia goza de inembargabilidad constitucional precisamente para protegerla de la usura, la deuda y la concentración. Al convertirla en mediana, esa tierra entraba en otro circuito —el del crédito bancario, la hipoteca, el embargo, la venta forzada— y dejaba de estar fiscalizada en su función social durante diez años.

Lo que el gobierno llamaba democratización del crédito, las organizaciones campesinas e indígenas lo leyeron como bancarización del riesgo. Y no era una lectura paranoica: era memoria histórica. El despojo moderno en América Latina rara vez llega ya con un ejército. Llega con un formulario bancario.

Que la norma viniera firmada por un referente del agronegocio cruceño no era un detalle decorativo. En una reforma sobre la tierra, la autoría social importa. No es lo mismo que una ley agraria nazca desde organizaciones campesinas que desde el mundo de la soya exportable.

La respuesta fue una marcha indígena que partió desde Pando hacia La Paz articulando a más de treinta organizaciones de tierras altas y bajas, y un paro general indefinido convocado por la Central Obrera Boliviana, secundado por campesinos, transportistas, maestros rurales, gremiales y el ala evista del MAS. El costo material fue severo y conviene no maquillarlo: pérdidas diarias de hasta sesenta millones de dólares, miles de camiones inmovilizados a temperaturas extremas, hospitales en emergencia por desabastecimiento de oxígeno, episodios documentados de violencia en los piquetes. Una revuelta puede tener razón histórica y, al mismo tiempo, producir sufrimiento inmediato sobre sectores del propio pueblo al que dice defender. La política real no ofrece pureza.

Pero precisamente porque ese dolor es real, resulta obscena su utilización selectiva. El poder descubre la palabra «humanitaria» cuando la carretera está cortada, y la olvida cuando el ajuste encarece la comida, vacía el salario y deja la tierra expuesta al banco.

Cuando se bloquea el acceso al combustible desde arriba, se llama política energética. Cuando se bloquea el salario real con una inflación del 22%, se llama estabilización. Cuando se bloquea la pequeña propiedad campesina convirtiéndola en garantía bancaria, se llama inclusión financiera. Cuando se bloquea la vida cotidiana desde los despachos, se llama responsabilidad fiscal.

El escándalo no es que Bolivia esté bloqueada: es que solo se considere violencia el bloqueo que hacen los pobres. Antes de que la carretera se rompa desde abajo, muchas veces la vida ya ha sido rota desde arriba.

El 14 de mayo, la Asamblea abrogó íntegramente la Ley 1720. Pero la abrogación no apagó la revuelta. Para entonces, la ley había dejado de ser una demanda sectorial: se había convertido en el símbolo de una orientación general.

III. La palabra mágica

Cuando una protesta social alcanza cierto tamaño, el poder activa su palabra favorita: golpe. El gobierno denunció un «plan macabro» financiado por el narcotráfico. La Fiscalía emitió orden de aprehensión contra el ejecutivo de la COB. La Cancillería anunció auditorías a ONG bajo sospecha de financiar la movilización. Estados Unidos respaldó la lectura: Marco Rubio advirtió que Washington no permitirá el derrocamiento de un gobierno legítimo en el continente. El manual está completo: criminalizar al dirigente, sospechar de la cooperación internacional, asociar la protesta al crimen organizado, internacionalizar el respaldo conservador.

«Las protestas son un intento de golpe de Estado en marcha promovido por grupos derrotados electoralmente con el apoyo del narcotráfico».

Marco Rubio, Secretario de Estado de los Estados Unidos

«Lo que ocurre en Bolivia es una insurrección popular frente a recetas de austeridad fiscal».

Gustavo Petro, presidente de Colombia

Aquí conviene ser honestos. Evo Morales está activamente involucrado. Sus bases del Trópico de Cochabamba forman parte de los bloqueos. El ala evista del MAS opera dentro del paro, y Morales se posiciona para volver. Negar el cálculo político sería ridículo. Pero una cosa es capitalizar una revuelta y otra muy distinta inventarla. Evo no subió el diésel. Evo no vació los salarios. Evo no firmó la Ley 1720.

La trampa del relato oficial consiste en encontrar un rostro polémico para tapar una causa material: si la protesta puede reducirse a Morales, ya no hace falta hablar del decreto 5516; si puede reducirse al narcotráfico, ya no hace falta hablar del FMI ni de la concentración agraria. Personalizar el conflicto para despolitizarlo es un truco viejo.

IV. Cuando la sociedad se defiende

Karl Polanyi describió hace ochenta años el movimiento que vertebra esta historia: cuando el mercado intenta someter a la sociedad a sus propias reglas —convertir la tierra, el trabajo y la naturaleza en mercancías puras—, la sociedad responde defendiéndose. No con teorías, sino con instituciones, leyes protectoras, sindicatos, comunidades organizadas y, cuando todo eso falla, con la calle. Lo llamó el «doble movimiento»: a cada avance del mercado autorregulado le corresponde, tarde o temprano, una contraofensiva social que reclama protección.

La revuelta boliviana es exactamente eso, en su forma química más pura. El Decreto 5516 intenta convertir el combustible en una mercancía sometida al precio internacional sin amortiguación social. La Ley 1720 intentó convertir la tierra campesina en garantía bancaria, es decir, en mercancía financiera susceptible de embargo. Ambas medidas avanzaban en la misma dirección: descomponer protecciones sociales acumuladas —el subsidio, la inembargabilidad constitucional de la pequeña propiedad, la fiscalización de la función social del suelo— para dejar al mercado operar sin fricciones sobre la base material de la vida boliviana.

Lo que Polanyi entendió, y lo que el ajuste contemporáneo finge no entender, es que la tierra, el trabajo y los recursos básicos no son mercancías como las demás. Son lo que él llamaba «mercancías ficticias»: cosas que no se producen para el mercado y cuya conversión forzada en mercancía destruye la sociedad que las sostiene.

La sociedad boliviana respondió como Polanyi predijo, y lo hizo porque todavía dispone de los instrumentos para hacerlo. Sindicatos con implantación territorial real, no membresía nominal. Comunidades indígenas con autoridad reconocida sobre el territorio. Federaciones campesinas con capacidad de convocatoria nacional. Una Central Obrera con peso histórico. Memoria viva de la Guerra del Agua de 2000 y de la Guerra del Gas de 2003, donde estas mismas estructuras tumbaron concesiones a Bechtel y derribaron al gobierno de Sánchez de Lozada. Ese repertorio de acción colectiva no es folclore: es infraestructura política activa.

Por eso el bloqueo, la marcha, el paro general y la presión sostenida sobre la Asamblea consiguieron en cinco semanas lo que el debate parlamentario aislado no habría conseguido: forzar la abrogación íntegra de la Ley 1720 el 14 de mayo y la apertura de un Consejo Económico y Social el 20 de mayo, junto al reordenamiento del gabinete. Ese Consejo no es un gesto de generosidad política. Es el reconocimiento de un límite. Cuando un gobierno retrocede, abroga su ley insignia y abre espacios de concertación, está admitiendo que la gobernabilidad no se decreta cuando la sociedad organizada decide no obedecer.

Las recetas unilaterales funcionan en hojas de cálculo y reuniones con inversores. En Bolivia chocan con algo que el manual del ajuste no contempla en su modelo: una sociedad que todavía existe como sociedad, y no como agregado de individuos atomizados frente a la pantalla. Esa es, en el fondo, la lección política del momento. El neoliberalismo no fracasa solo cuando produce malos números macroeconómicos. Fracasa, sobre todo, cuando encuentra del otro lado a una sociedad que aún sabe organizarse para decir no.

Quién bloqueó primero la vida

Bolivia no arde por caos. Arde porque la estabilidad prometida empezó a parecerse demasiado a la obediencia de los pobres. Arde porque el «capitalismo para todos» con el que Paz ganó las elecciones se tradujo, una vez más, en sacrificio para la mayoría y garantías para los de arriba. Arde porque el combustible no es una variable técnica sino la sangre logística del país; porque la tierra no es un activo financiero cualquiera; porque los recursos naturales no son una oportunidad de negocio sino una cuestión de soberanía.

Una revuelta puede tener razón histórica y producir desabastecimiento. Puede ser necesaria y, al mismo tiempo, terrible. Esa complejidad no la deslegitima: la explica. Nadie bloquea durante semanas un país entero porque todo vaya bien. La pregunta honesta no es si los bloqueos molestan —claro que molestan, esa es su función—, sino por qué tantos sectores han llegado a la conclusión de que solo molestando pueden ser escuchados.

Ahí está la diferencia entre orden y justicia. El orden pregunta cómo desbloquear las carreteras. La justicia pregunta quién bloqueó primero la vida.
Referencias y datos principales: Decreto Supremo N.º 5516 del Gobierno de Bolivia; Ley N.º 1720 de 10 de abril de 2026 y su abrogación de 14 de mayo de 2026; informes del Instituto de Finanzas Internacionales (IIF) sobre proyecciones macroeconómicas para Bolivia 2026; datos del Instituto Nacional de Estadística de Bolivia sobre reservas internacionales netas; reportes de la Cámara Nacional de Industrias y del SEDES La Paz; declaraciones públicas del Departamento de Estado de los Estados Unidos y de la Presidencia de Colombia; comunicados de la Cancillería boliviana de 20 de mayo de 2026.

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