En España se repite mucho que la justicia no funciona. Quizá la frase sea demasiado benévola. Quizá el problema no sea que funcione mal, sino que, cuando hace falta, funciona demasiado bien.
Este texto inaugura una serie que recupera, en clave breve y divulgativa, una parte del libro en el que estoy trabajando, titulado Kratos. No es un manifiesto contra la judicatura. Es una invitación a mirar la justicia como lo que también es: una forma de poder.
Lo que aquí se presenta se desarrollará pieza a pieza en las próximas entregas.
I. Una frase demasiado benévola
En España se repite mucho que la justicia no funciona. Es una frase cómoda. Sirve para explicar retrasos, contradicciones, escándalos, instrucciones interminables, filtraciones interesadas y decisiones judiciales difíciles de entender.
Pero quizá la frase sea demasiado benévola.
Quizá el problema no sea que la justicia funcione mal. Quizá el problema sea que, cuando hace falta, funciona demasiado bien.
Funciona cuando selecciona. Funciona cuando interpreta. Funciona cuando convierte una sospecha en condena pública. Funciona cuando abre procedimientos que no necesitan terminar en sentencia para producir efectos políticos. Funciona cuando una instrucción penal se transforma en pedagogía del miedo.
A eso hoy solemos llamarlo lawfare.
El problema no es que la justicia falle. El problema es que, en los momentos decisivos, funciona exactamente como necesita funcionar el orden que protege.
II. Demos sin krátos
Esta serie no quiere quedarse en el lawfare. El lawfare español será el punto de partida, no el punto de llegada. La pregunta importante es más incómoda:
¿Y si el lawfare no fuera una desviación del sistema, sino la forma más visible de una función más profunda? ¿Y si la justicia no estuviera fallando, sino mostrando para qué sirve cuando el orden se siente amenazado?
Mi libro Kratos gira alrededor de una distinción sencilla: puede haber demos sin krátos.
Puede haber pueblo, ciudadanía, voto, derechos, elecciones, alternancia, opinión pública y protesta. Y, sin embargo, faltar lo decisivo: capacidad real para imponer decisiones sobre lo importante, sobre propiedad, deuda, banca, vivienda, trabajo o poder económico. Una democracia puede permitir que el pueblo vote y, al mismo tiempo, construir mecanismos para que ese voto no mande sobre el núcleo material del sistema.
La justicia ocupa un lugar central en esa arquitectura. No es el único cerrojo, pero tiene una ventaja especial sobre los demás: puede presentarse como neutral. Un banquero defendiendo la austeridad parece un banquero. Un juez no aparece como parte interesada. Aparece como intérprete de la ley.
Y ahí está el truco. Porque el juez no solo aplica la ley. La interpreta. Aplicar la ley parece obedecer. Interpretarla es mandar.
III. El recorrido de la serie
Cada entrega abordará un eslabón del mismo argumento. El hilo será siempre el mismo, aunque cambien los ángulos y los ejemplos.
No es desconfianza contra la ley: es desconfianza contra todo poder sin contrapeso
No debemos desconfiar de la justicia porque queramos vivir sin ley. Esa es la caricatura habitual. Quien critica a los jueces quiere caos. Quien critica el Estado de derecho quiere arbitrariedad. Quien critica la Constitución quiere tiranía.
No.
Debemos desconfiar porque ningún poder debe quedar fuera de sospecha. Menos aún un poder que interpreta, selecciona, bloquea, castiga y delimita lo posible sin someterse directamente al voto.
Puede haber urnas, derechos, partidos, alternancia, indignación y pueblo. Pero si cuando llega la hora de tocar lo importante aparece una toga para decir «hasta aquí», entonces no hay krátos.
Solo hay demos administrado.




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