Analizando el cholismo

Aguantar no es creer: cuando la lealtad se convierte en purga

Cómo una afición se convierte en secta: análisis de #CholoEsAtleti y #CholismoOBarbarie

Este análisis continúa dos reflexiones anteriores: una sobre los efectos tóxicos del aguante como forma de control social, y otra sobre la línea que separa pasión de sumisión en la cultura futbolística. Aquí doy un paso más: mostrar cómo lo religioso transforma ese aguante en algo cualitativamente distinto.

Hay una diferencia que conviene decir sin eufemismos: aguantar puede ser dignidad, pero también puede ser disciplina. Puede ser una elección íntima o una obligación impuesta por el grupo. Puede unir o puede silenciar.

En los buenos momentos, esa diferencia se disimula. En los malos, aparece a plena luz: cuando el rendimiento cae o el entorno se enrarece, el discurso del "aguante" se transforma en algo mucho más serio que una simple muestra de apoyo.

Lo que emerge es una mecánica de cohesión coercitiva: se estrechan fronteras, se moraliza el desacuerdo, se inventa un enemigo total y se expulsa al disidente.

La sociología del fútbol ha descrito este giro como el paso de la lealtad espontánea a una ética del combate: no basta con apoyar; se exige "poner el cuerpo", sostener el relato y alentar sin fisuras. En ese marco, la distancia crítica se interpreta como tibieza y la tibieza como amenaza.

Para evitar hablar en abstracto, he analizado los mensajes publicados bajo dos hashtags creados por los propios cholistas para coordinar su narrativa en un contexto de tensión: #CholoEsAtleti y #CholismoOBarbarie.

Los nombres mismos son reveladores:

  • El primero establece una identidad total: el entrenador no representa al club; es el club.
  • El segundo traza una frontera binaria absoluta: o estás con el cholismo, o estás con la barbarie. No hay espacio para el matiz, no hay tercera posición posible.

No importa aquí el detalle del partido. Importa el patrón social.

En un vistazo: Este artículo analiza cómo la cultura del aguante en el fútbol puede degenerar en un mecanismo de coerción social que proscribe la disidencia. La tesis central: cuando el aguante incorpora una dimensión religiosa, se produce un salto cualitativo que transforma la lealtad en obediencia. Ya no es solo disciplina social intensa: es sacralización del poder. El líder pasa de entrenador a pastor, el seguidor de hincha a fiel, y la crítica de desacuerdo a herejía. Este mecanismo —documentado mediante el análisis de los hashtags #CholoEsAtleti y #CholismoOBarbarie— genera un micro-totalitarismo social: una lógica totalizante que produce disciplina sin deliberación, obediencia sin coerción legal, y censura sin censores oficiales. El derecho a la crítica es el límite que separa comunidad de secta. Cuando ese límite cae, el aguante ya no es virtud: es obediencia.


1) El aguante como identidad: "en las buenas y en las malas"

El punto de partida es normal y hasta admirable: la lealtad como gratitud y pertenencia.

  • "En las buenas y en las malas. Siempre contigo."
  • "Contigo hasta el final."
  • "Sigo en tu barco, no me bajo."
  • "Te apoyo ahora más que nunca."

Aquí el aguante funciona como pegamento: "yo sigo".

Pero el salto crítico aparece cuando ese "yo sigo" se convierte en "si tú no sigues, no eres de los nuestros".


2) De virtud a norma: cuando aguantar se vuelve obligación moral

En ese momento, el aguante deja de ser una elección y se convierte en norma moral. Y con la norma llega el juicio:

  • "Es de bien nacido ser agradecido."
  • "Los sin memoria, los desagradecidos…"
  • "En los tiempos malos salen… infelices frustrados…"

La palabra "agradecido" es el pivote. Como emoción, es legítima. Como obligación, es una mordaza: la crítica deja de ser análisis y pasa a ser ingratitud. Y la ingratitud no se discute: se castiga.

En cuanto el desacuerdo se convierte en falta moral, el debate se vuelve imposible. Ya no se evalúan decisiones: se evalúan personas.

Aquí aparece una distinción central en estudios culturales del hincha, formulada, por ejemplo, por Pablo Alabarces al analizar la cultura del "aguante": lo que se impone no es tanto una convicción íntima como una conducta exigida.

En otras palabras, lo que se demanda es una performance de lealtad: no se te pide que creas; se te pide que lo demuestres.


3) La purga simbólica: "depuración de cobardes"

Aquí el discurso cruza una línea: ya no busca apoyo, busca limpieza.

"Bienvenidos los tiempos difíciles porque ellos nos traerán la depuración de los cobardes."

Esto es una purga simbólica explícita. Se desplaza el conflicto del terreno deportivo al terreno identitario: el enemigo ya no es solo el rival o la mala racha; el enemigo es "el que duda".

Aparecen etiquetas de expulsión:

  • "cobardes"
  • "alimañas"
  • "desagradecidos"
  • "sin memoria"

Ese léxico no describe: ordena. Sirve para separar "puros" de "impuros", "leales" de "traidores", "los nuestros" de "los otros". La comunidad se cohesiona expulsando.


4) El enemigo total: cuando toda crítica "es de ellos"

Toda purga necesita un enemigo exterior que la legitime. En los ejemplos aparece como explicación total:

  • "Los subvencionados por la mafia del palco…"
  • "Las alimañas no van a dejarle ni los ojos."
  • "Ladran, luego cabalgamos."

El enemigo exterior cumple dos funciones:

  1. Reduce la incertidumbre ("no es complejo, es ataque")
  2. Convierte la crítica interna en sospecha ("si criticas, ayudas al enemigo")

Es el cierre perfecto del sistema: si todo disenso se asocia a una conspiración o a una "mafia", ya no existe el derecho a discrepar.

Este es el mecanismo clásico de una mentalidad de asedio: si el grupo se percibe atacado, el matiz se vuelve sospechoso y la crítica se lee como colaboración con el enemigo.

En ese clima, la cohesión no se construye por argumento, sino por cierre identitario.

Y aquí #CholismoOBarbarie cumple una función estructural: no es solo un eslogan, es un dispositivo de clasificación total. Establece que solo existen dos posiciones posibles: o defiendes el cholismo (civilización, lealtad, identidad) o caes en la barbarie (traición, caos, destrucción). El matiz queda eliminado por definición.


Los cuatro mecanismos anteriores (identidad obligatoria, moralización, purga, enemigo total) son potentes, pero todavía operan en un plano social.

Lo que sigue es distinto: cuando se introduce la dimensión religiosa, todo cambia de estatuto. Ya no estamos ante cohesión intensa, sino ante sacralización del poder. Y eso no es solo "más fuerte": es otra cosa.


5) Religión civil: el salto cualitativo de la lealtad a la fe

Y aquí está la clave que lo eleva a un carácter radicalmente distinto: lo religioso no es solo metáfora estética; es estructura de autoridad. En los tuits aparece sin disimulo:

  • "Sólo tú eres mi Pastor."
  • "Oh padre guíanos… no nos abandones…"
  • "DiegoPadreSimeone."

Este paso importa porque lo religioso no intensifica lo anterior: lo transforma. Cuando el vínculo se formula como fe:

  • La autoridad ya no necesita justificarse por resultados; se vuelve trascendente.
  • El disenso deja de ser desacuerdo opinable y pasa a ser profanación moral.
  • La rendición de cuentas desaparece: no se evalúa al pastor; se le obedece.
  • El poder se auto-legitima sin referencia externa: "Tú eres el Atleti" elimina cualquier distancia crítica posible.

En otras palabras: mientras el aguante moral todavía admite (en teoría) el debate sobre si alguien es o no "desagradecido", el aguante religioso cierra ese debate de raíz. No hay argumento posible contra "es mi pastor". La fe no se refuta.

En términos de sacralización colectiva, lo decisivo no es la doctrina sino la frontera moral: cuando el símbolo se vuelve sagrado, disentir deja de ser opinar distinto y pasa a ser profanar.

Ese mecanismo es análogo al que Emilio Gentile describe al estudiar las formas modernas de "religión política": la sacralización no necesita teología; necesita ritual, pureza y castigo del impuro.

La frase que sintetiza esta sustitución es la más peligrosa, precisamente por lo seductora:

"Tú eres el Atleti."

Como emoción, se entiende. Como fenómeno social, es un paso enorme: la institución se reduce a una figura, y la pluralidad queda subordinada a la devoción. Y de nuevo, #CholoEsAtleti no es casual: esa ecuación identitaria (líder = institución) es exactamente el movimiento que permite la sacralización.


Y aquí está la consecuencia decisiva de lo religioso: garantiza la toxicidad del aguante.

Porque en un marco religioso, la distinción entre aguante sano y tóxico deja de ser posible. No es que sea difícil; es que queda estructuralmente cerrada. Si el líder es pastor y el vínculo es fe, el aguante ya no puede ser "libre y consciente": es devoción. Y la devoción no admite crítica sin dejar de ser devoción.

En otras palabras: la dimensión religiosa convierte el aguante tóxico en la única forma de aguante compatible con el sistema. El aguante sano —aquel que convive con la crítica— pasa a ser, por definición, herejía. No hay espacio para "apoyo leal pero crítico" cuando la estructura es pastoral. O te entregas, o te vas. O eres fiel, o eres infiel.

Por eso lo religioso no solo "intensifica" la toxicidad: la vuelve inevitable. Cierra la salida.


6) Aguante sano vs aguante tóxico

Conviene fijar una distinción limpia, porque aquí no se trata de burlarse del apoyo, sino de describir el mecanismo cuando se degrada:

Aguante sano: libre, consciente, compatible con el derecho a crítica.

Aguante tóxico: exigido como prueba de pureza, incompatible con el matiz.

Se reconoce rápido:

  • Si el aguante convive con crítica, hay comunidad.
  • Si el aguante exige silencio, hay disciplina.
  • Si el aguante necesita "depurar cobardes", hay purga.

Cuando la comunidad castiga la crítica, lo que se penaliza es la "voz" en sentido político: la posibilidad de disentir dentro.

Esa formulación encaja con la distinción de Albert O. Hirschman entre "voz" y "salida": si la "voz" se castiga, quedan dos caminos estables, ambos disciplinarios por motivos distintos: silencio interior o salida exterior.


7) El ángulo ácido: el aguante como seguro de vida del poder

Hay un detalle que suele quedar fuera cuando hablamos de "aguante" como virtud comunitaria: no es neutro. En una crisis, el aguante no solo cohesiona a la base: blindaje al líder.

El carisma —en sentido weberiano— convierte el liderazgo en una forma de autoridad que no se legitima por resultados puntuales, sino por fe en la figura. Como sostiene Max Weber, la autoridad carismática descansa en el reconocimiento del grupo: cuando ese reconocimiento se vuelve moral y no instrumental, el juicio se suspende con facilidad.

Porque si el aguante se convierte en norma, se produce una inversión decisiva: el criterio deja de ser "¿qué se está haciendo bien o mal?" y pasa a ser "¿eres leal o eres enemigo?".

Y en ese momento el poder ya no necesita convencer: solo necesita activar identidad.

El resultado es perfecto para quien manda en tiempos difíciles: la crítica se vuelve moralmente sospechosa, el disidente se convierte en traidor, y la rendición de cuentas queda sustituida por una liturgia de fidelidad ("contigo hasta el final", "no nos abandones").

Es decir: el aguante se convierte en un amortiguador. Reduce el coste de los errores porque transforma los errores en pruebas de fe.

Y aquí aparece el punto verdaderamente ácido: en cuanto existe un beneficio tan claro, el liderazgo —cualquiera, en cualquier ámbito— tiene incentivos para mantener vivo el clima que lo alimenta: una sensación de asedio, un enemigo exterior, un "ellos" que acecha.

No hace falta conspiración. Basta una lógica elemental: si el entorno se interpreta como "estado de sitio", la crítica interna pasa a ser "colaboracionismo". Y si la crítica es colaboracionismo, el líder ya no se defiende: se sacraliza.

En redes sociales (RRSS), esa sacralización además se vuelve visible y cuantificable. En X, el seguidor aprende que sobrevivir en el grupo exige una performance pública de lealtad: no basta con sentir; hay que exhibir.

En ese marco, el aguante deja de ser virtud y se convierte en herramienta. Ya no sostiene solo al grupo: sostiene al poder.


8) Conclusión: el totalitarismo sin Estado, amplificado por lo religioso

Aquí está el puente político: la cultura del aguante puede generar un entorno coercitivo y disciplinador que proscribe la disidencia. No hace falta Estado, ni leyes, ni policía. Basta la comunidad cuando convierte la lealtad en obligación y el desacuerdo en pecado.

No se trata de un régimen, sino de un micro-totalitarismo social: una lógica totalizante de pertenencia que castiga la distancia crítica y proscribe la disidencia sin necesidad de Estado.

Se sostiene en cuatro mecanismos que, en la práctica, sustituyen a la coerción formal:

1. Lenguaje obligatorio
Quien no repite las fórmulas ("en las buenas y en las malas", "no dejemos de creer") queda marcado. La consigna funciona como credencial.

2. Moralización del disenso
La crítica se redefine como falta moral ("desagradecido", "sin memoria"). Ya no hay debate: hay culpa.

3. Policía social
No hay Estado, pero sí vigilancia: el grupo corrige, ridiculiza, presiona, expulsa. "Depuración de cobardes" es el programa en una línea.

4. Enemigo total
El "ellos" justifica todo y convierte cualquier matiz en traición ("mafia del palco", "subvencionados"). Así el disenso queda fuera de juego.

Las RRSS actúan como un panóptico digital: vigilancia mutua, escrutinio constante, castigo reputacional. El término "panóptico" remite a un tipo de control por visibilidad que Michel Foucault analizó como forma moderna de disciplina: no hace falta coerción directa si el sujeto interioriza la mirada del grupo.

Ese entorno convierte el matiz en riesgo y empuja a la autocensura.


Y aquí está el núcleo del argumento: lo religioso no amplifica el totalitarismo social; lo hace posible en su forma más pura.

Sin la dimensión religiosa, el aguante tóxico es disciplina social incómoda pero contestable. Con ella, se convierte en estructura de poder que se auto-legitima sin necesidad de resultados, que transforma el disenso en herejía, y que sustituye la deliberación por la obediencia.

Cuando el líder es pastor o padre, el seguidor no es ciudadano ni siquiera hincha: es fiel. Y el fiel no discute; obedece, se entrega, se purifica, expulsa al impuro.

Por eso este mecanismo es políticamente relevante: porque produce la forma más eficaz de disciplina: la que el sujeto desea y defiende como virtud propia.

Por eso este tipo de aguante es políticamente relevante: porque produce disciplina sin deliberación, obediencia sin coerción legal, censura sin censores oficiales.

El derecho a la crítica es el límite que separa comunidad de secta. Cuando ese límite cae, el aguante ya no es virtud: es obediencia.

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