Las declaraciones de Felipe VI sobre los abusos de la conquista han roto una narrativa, no la historia. Lo que la reacción política revela es la confusión persistente entre el pasado y el relato que se ha construido sobre él.
Las declaraciones de Felipe VI reconociendo abusos durante la conquista de América han provocado una reacción previsible: críticas desde la derecha, acusaciones de "presentismo" y la reivindicación de una supuesta obra civilizadora ejemplar.
Pero lo relevante no es la polémica. Lo relevante es lo que pone en evidencia: que en España se sigue confundiendo la historia con el relato nacionalista sobre la historia.
Y no son lo mismo.
Historia frente a relato
La historia de España —como la de cualquier potencia imperial— es un proceso complejo, contradictorio y lleno de tensiones. El nacionalismo español, en cambio, necesita otra cosa: continuidad, coherencia, superioridad moral. Por eso simplifica.
Donde la historia muestra conflictos, el nacionalismo ve unidad. Donde la historia muestra abusos, el nacionalismo ve excepciones. Donde la historia muestra debate interno, el nacionalismo ve misión.
El falso argumento del presentismo
La crítica más repetida es que no se puede juzgar el pasado con criterios actuales. Suena razonable. No lo es.
No hace falta traer valores del siglo XXI para cuestionar la conquista. El propio siglo XVI ya lo hizo. En 1511, el dominico Antonio de Montesinos denunció públicamente en La Española el trato a los indígenas preguntando a los colonos: "¿Estos no son hombres?". No apelaba a derechos humanos modernos. Apelaba a la teología cristiana y al derecho natural. Era una crítica moral contemporánea a los hechos.
La Escuela de Salamanca, con figuras como Francisco de Vitoria, sostuvo que los indígenas eran sujetos de derecho y negó la legitimidad de su dominación. Bartolomé de las Casas documentó la violencia y explotación durante cincuenta años de actividad ante la Corona. Y en 1550, Carlos V —el monarca más poderoso del mundo— llegó a suspender temporalmente las conquistas para debatir si eran éticamente justas.
Que el mayor imperio de su tiempo detuviera su expansión por escrúpulos morales no tiene precedente en la historia colonial europea. El debate era contemporáneo a los hechos. No es presentismo. Es historia.
Las Leyes Nuevas de 1542 intentaron limitar la explotación y prohibir la esclavización de los indígenas. Si hubo leyes para frenar abusos, es porque los abusos eran reales y reconocidos en su propio tiempo.
El problema no es la crítica, es la complejidad
El nacionalismo español no rechaza estas afirmaciones porque sean falsas. Las rechaza porque introducen complejidad. Y la complejidad es incompatible con el relato identitario.
La historia real de la expansión española en América incluye construcción institucional, evangelización y mestizaje, pero también violencia, dominación y explotación. Y, sobre todo, incluye algo que el relato nacionalista no puede integrar: el conflicto interno sobre cómo debía hacerse ese proceso.
Las propias Leyes Nuevas provocaron una rebelión armada. En el Virreinato del Perú, los encomenderos se levantaron bajo el mando de Gonzalo Pizarro. La guerra culminó con la muerte en batalla del virrey Blasco Núñez Vela en 1546. La Corona tuvo que negociar y derogar parcialmente las reformas para restablecer el orden.
El origen del relato: el XIX y su amplificación franquista
La idea de una España portadora de una misión civilizadora coherente no nace en el siglo XVI. Nace en el XIX. Es en ese contexto cuando el pasado imperial se reorganiza como relato nacional. Modesto Lafuente, en su Historia General de España, construyó una narrativa unitaria y teleológica destinada a legitimar el nuevo Estado liberal: España como sujeto moral que ya existía en la antigüedad y que cumplía una misión providencial en el mundo.
Tras el Desastre del 98 —la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas—, ese pasado imperial se convirtió en refugio simbólico. La historia dejó de ser investigación y pasó a ser un instrumento de reconstrucción identitaria, donde cualquier dato incómodo sobre la conquista era etiquetado como propaganda extranjera destinada a destruir a España.
Pero el paso decisivo no fue el siglo XIX. Fue el franquismo.
Por eso las palabras de Felipe VI no han molestado solo a la derecha ideológica: han rozado algo más profundo, incorporado durante décadas como verdad incuestionable. Ese relato no describe el pasado. Lo reordena para hacerlo útil. Y cuando choca con la evidencia, no cede: acusa.
Más allá de las leyendas
La historiografía contemporánea ha superado en gran medida la dicotomía entre leyenda negra y leyenda rosa. Hoy se entiende la conquista como un proceso complejo, en el que intervinieron múltiples actores, incluyendo alianzas decisivas con pueblos indígenas que reconfiguraron el equilibrio de poder en Mesoamérica y los Andes.
Este enfoque no niega la violencia ni la explotación, pero tampoco reduce el proceso a una caricatura moral. Lo sitúa en su complejidad histórica.
Las palabras del rey no han "comprado la leyenda negra". Han intentado alinear el discurso institucional con lo que la historiografía lleva décadas sosteniendo. El malestar que generaron no nace de su falsedad, sino de la incomodidad que provoca la verdad cuando choca contra el mito.
Lo que queda
Reconocer abusos no es atacar a España. Negarlos no es defenderla. El relato nacionalista —construido en el XIX e institucionalizado por el franquismo— no es la historia de España. Es una versión de ella, seleccionada para producir cohesión, orgullo y utilidad política.
La historia real es más rica, más tensa y más honesta que eso.



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