sábado, mayo 27, 2017

Pedro Sanchez

Vaya por delante que no me gusta Pedro Sánchez.

Como buen político que es marca blanca, a la búsqueda del éxito que pudiera acarrearle la defensa de una causa y su contraria, es un tremendo oportunista.
Su trayectoria está ahí y yo estaba allí escuchándole decir una cosa y su contraria, según la circunstancia y el interés. Nadie me va a convencer de que no lo hiciera, aunque quizá sí puedan convencerme de que lo soñé.

Otra cosa bien distinta es que se haya ganado mi respeto por haber sido capaz de jugárselo todo en el momento de la que podía haber sido su última oportunidad.
Él mismo lo dijo. Había sido capaz de irse al paro cosa que va directamente en contra de la actual definición de lo que es la política: el arte de mantener y mejorar el puesto de trabajo.

Y su valor ha sido de subirse al carro del descontento general.
El mensaje de resignación que la perezosa e interesada política "mainstream" transmite está teniendo su contrapartida en una ciudadanía que intenta resignarse, pero que está utilizando las oportunidades que le brindan los mecanismos democráticos para mostrar su descontento.
Y este descontento se resumen y manifiesta en el apoyo al más outsider de todos los candidatos.

Lo institucional ya no es un valor ganador, entre otras cosas porque ese orden que se defiende está haciendo daño a sus propios ciudadanos.

En este sentido, coincido bastante en el análisis del editorial de El País que convierte a Sanchez en un oportunista y populista.
Pero, y por supuesto, esta equiparación la hace para desprestigiar la victoria de Sánchez, entre otras cosas porque El País como portavoz del establishment no puede darse por enterado de ese proteico movimiento de contestación al que intentan etiquetar con la etiqueta del populismo.

Algo se sigue moviendo bajo los cimientos de la picadora de carne en que nuestras sociedades se están convirtiendo y el oportunista Sanchez ha tenido la valentía de, primero, reconocer la existencia de esa ola y, segundo, subirse a ella.

Los otros, los perezosos, los formales, se contentaron con sacar las mismas viejas palabras de siempre, palabras que desgraciadamente para su colesterólica pereza ya no tienen la fiabilidad de antaño.

Veremos ahora que hará Sánchez una vez que esa ola ha roto con maquiavélica precisión, resolviendo la reyerta de grupos de poder dentro del partido.
Tengo la impresión de que nada cambiará, pero si hay algo que tengo claro es que si Sánchez llega al convencimiento de necesitarlo no tendrá ningún reparo en ponerse a la izquierda de Podemos... pero también tengo claro lo contrario.

El triunfo de Sánchez no es por el momento el triunfo de una idea sino el triunfo de una astuta voluntad.

El sistema tiene una fisura en su estructura de dominación: la resignación ha contaminado a la propia política "mainstream" volviendola perezosa.
Y esa pereza pretende convertir la política en un acto de vacío intercambio en el que yo digo lo que tengo que decir y tu haces lo que tienes que hacer.
No sólo es un tema de populismo, es un tema de decadencia de una estructura de dominación que necesita de unas buenas y mejores mentiras para una población que en el fondo está deseando creerlas mientras confía no ser el desafortunado de mañana en la siniestra lotería de exclusión del capitalismo neoliberal.

Mientras sea otro al que le vaya mal, todo irá bien, pero, por favor, dame mierda de la buena para creer que en realidad no pasa nada.
Esta es la raíz del descontento.

Y en este sentido, puede que Sánchez sea todo un descubrimiento.
La renovación generacional de los guardianes de la máquina demostrando sus posibilidades resolviendo la reyerta interna del PSOE con autoridad y limpieza.
Con él parece más posible el viejo adagio de que todo cambie para que todo siga igual.
Mientras nada cambia, el cambio siempre a punto de producirse.
Un pistolero ha llegado a la ciudad.

Una cosa es una cosa y otra muy diferente es la abyección de tener que conformarse con Rajoy.

martes, mayo 09, 2017

El elefante en la habitación

Un grupo de personas están reunidas en una habitación. En medio de la misma, hay un elefante, pero ninguna de las personas que forman parte de esa reunión incluyen ese elemento de la realidad tan apabullantemente evidente en sus conversaciones.

La metáfora del elefante en la habitación es un modismo inglés que se utiliza para expresar la existencia de realidades que son bien conocidas por todos, pero de las que nadie quiere hablar.

Y la política del primer mundo hace tiempo que tiene un más que evidente elefante que es el deterioro de las condiciones de vida de buena parte de las clases medias y medio-bajas como consecuencia de las llamadas políticas de ajuste de corte neoliberal para combatir a eso que ya dura demasiado para serlo y que todavía es denominado como crisis.

La existencia de esa realidad ha supuesto la apertura de un nuevo de eje de entendimiento de la política, un eje que como línea fronteriza sitúa en un lado a la política tradicional y a otro a la política populista.

Los tradicionales no conciben la posibilidad de un cambio estratégico, asumen esta realidad de ajuste depresivo como natural e inmutable y como máximo proponen soluciones tácticas, cuando no se limitan a encogerse de hombros aceptando con resignación lo irresoluble del problema.

Los populistas plantean cambios estratégicos, de escenario, tanto desde la derecha más reaccionaria como desde la izquierda más revolucionaria.

Los primeros aceptan la agenda neoliberal como una verdad natural con independencia de las consecuencias negativas que recaen sobre la sociedad que dicen querer y defender, consecuencias que tienen que ver con una desigualdad creciente que produce la exclusión casi definitiva de los perjudicados como consecuencia de la progresiva destrucción de los estados del bienestar.

Los populistas admiten la existencia de esas realidad terrible y quieren luchar a su manera, desde la derecha o desde la izquierda, contra ella.

Y esto debería ser un valor en sí mismo con independencia de que sus soluciones nos parezcan aceptables o no.

Gente como Trump o Le Pen se atreven a hablar de ese elefante que hay en nuestra habitación.

No ignoran el creciente lado oscuro de la menguante luminosidad de nuestra realidad opulenta occidental y sin embargo el sentido común electoral sigue estando con la política electoral tradicional hecha por políticos correctos, de imagen impecable, que situados inflexiblemente la corrección política prometen gobernar nuestras sociedades desde un punto de vista que reconoce esa desigualdad que mata como inevitable.

Clinton o Macron seguramente no dirán nada preocupante pero con sus políticas contribuyen a la perpetuación de esa realidad que tanto te preocupa y de cuyos efectos negativos nadie parece hacerse responsable.

Y escribo todo ésto porque a las alturas de esta película debería ser un valor por sí mismo el atreverse a hablar de ese elefante, aunque luego esas soluciones que se proponen no nos parezcan aceptables por demasiado fascistas o demasiado comunistas.

No entiendo por qué es un valor positivo aceptar resignadamente el mejor de los males y sin embargo no lo es poner sobre la mesa temas que la correcta política tradicional no incorpora a su discurso por comodidad, pudiendo optar por las campañas de los medios de comunicación que ponen sobre la mesa toda la oscuridad de aquellos que se atreven a hablar del elefante como mejor o peor acierto.

Y parece mentira que en nuestras sociedades aparentemente educadas e ilustradas el debate sobre temas tan importantes terminen siendo reducidos a un relato emocional de buenos y malos.

No me gusta Le Pen, pero tengo que admitir que estoy más cerca de ella, que se atreve a hablar de ese elefante que de Macron que dice que no existe aunque esté apoyado en él.


La teoría de los sentimientos morales, Adam Smith


Todos los miembros de la sociedad humana necesitan de la asistencia de los demás…cuando la ayuda necesaria es mutuamente proporcionada por el amor, la gratitud, la amistad y la estima, la sociedad florece y es feliz…pero aunque la asistencia necesaria no sea prestada por esos motivos tan generosos y desinteresados…, la sociedad, aunque menos feliz y grata no necesariamente será disuelta. La sociedad de personas distintas puede subsistir, como la de comerciantes distintos, en razón de su utilidad, sin ningún amor o afecto mutuo…la sociedad podría sostenerse a través de un intercambio mercenario de buenos oficios…Pero la sociedad nunca puede subsistir entre quienes están prestos constantemente a herir y dañar a otros…La beneficencia, por tanto, es menos esencial para la existencia de la sociedad que la justicia. La sociedad puede mantenerse sin beneficencia, aunque no en la situación más confortable; pero si prevalece la injusticia, su destrucción será completa

lunes, mayo 08, 2017

La teoría de los sentimientos morales, Adam Smith


"…sentir mucho por los otros y poco por nosotros mismos, restringir nuestro egoísmo, y complacer nuestras afecciones benevolentes, constituyen la perfección de la naturaleza humana…así como amar al prójimo como a nosotros mismos es la gran ley de la cristiandad, el gran precepto de la naturaleza es amarnos a nosotros mismos sólo como amamos a nuestro prójimo o, lo que es lo mismo, como nuestro prójimo es capaz de amarnos"

sábado, mayo 06, 2017

La gran transformación, Karl Polanyi

I
“Para comenzar, debemos desprendernos de ciertos prejuicios del siglo XIX que subyacen a la hipótesis de Adam Smith relativos a la pretendida predilección del hombre primitivo por las actividades lucrativas. Como su axioma servía mucho más para predecir el futuro inmediato que para explicar un lejano pasado, sus discípulos se vieron sumidos en una extraña actitud en relación a los comienzos de la historia humana. A primera vista, los datos disponibles parecían indicar más bien que la psicología del hombre primitivo, lejos de ser capitalista, era, de hecho, comunista (más tarde hubo que reconocer que se trataba también de un error). El resultado fue que los especialistas de la historia económica mostraron una tendencia a limitar su preocupación por este período para pasar a considerar la etapa relativamente reciente de la historia, en la que se podía encontrar el trueque y el intercambio a una escala considerable -de este modo la economía primitiva quedó relegada a la prehistoria-. Este modo de presentar las cosas indujo a inclinar inconscientemente la balanza en favor de una psicología de mercado, pues resultaba posible creer que, en el espacio relativamente breve de algunos siglos pasados, todo había concurrido a crear lo que al fin fue creado: un sistema de mercado. Fue así como otras tendencias no fueron tenidas en cuenta y quedaron anuladas. Para corregir esta perspectiva unilateral habría sido preciso acoplar la historia económica y la antropología social, pero ha existido un rechazo contumaz hacia un enfoque de este tipo”.

II
"El descubrimiento más destacable de la investigación histórica y antropológica reciente es el siguiente: por lo general las relaciones sociales de los hombres engloban su economía. El hombre actúa, no tanto para mantener su interés individual de poseer bienes materiales, cuanto para garantizar su posición social, sus derechos sociales, sus conquistas sociales. No concede valor a los bienes materiales más que en la medida en que sirven a este fin. Ni el proceso de la producción ni el de la distribución están ligados a intereses económicos específicos, relativos a la posesión de bienes. Más bien cada etapa de ese proceso se articula sobre un determinado número de intereses sociales que garantizan, en definitiva, que cada etapa sea superada. Esos intereses son muy diferentes en una pequeña comunidad de cazadores o de pescadores y en una extensa sociedad despótica, pero, en todos los casos, el sistema económico será gestionado en función de móviles no económicos."

viernes, mayo 05, 2017

Aprendices y becarios

Una de las grandes ideas que se desprenden de la lectura del libro de Thomas Piketty, "El Capital en el siglo XXI", es que, y dicho en pocas palabras, nuestro mundo está regresando a situaciones de desigualdad del mundo anterior a la I Guerra Mundial.

Toda la renta acumulada por las clases medias y bajas está regresando a las clases altas para generar estructuras sociales en las que el 1% de la población posee el 95% de la riqueza.

Esto ya sucedía en lo que veníamos llamando los países del Tercer Mundo (si es que alguna vez dejó de suceder), pero lo relevante es que este proceso está empezando a afectar a los países del primer mundo.

Porque, si algo propone (y dispone) el neoliberalismo, atacando las estructuras de bienestar construidas durante buena parte del siglo XX, es un proceso de tercermundialización en el que cada uno es responsable de su destino y nadie que se encuentre en situación de ser protegido esté en condiciones de reales de serlo.

En definitiva, un mundo dickensiano del que son buen ejemplo estos restaurantes de estrellas Michelin en los que sólo falta pagar por trabajar y no tanto por el hecho de que sus cocineros sean propietarios y administradores de un saber por el que otros deban la contraprestación de su tiempo de trabajo no remunerado, sino por el otro hecho no menos cierto de que la viabilidad de esos negocios dependan precisamente de ese trabajo.

No creo que a nadie le parezca mal que un maestro reciba a cambio de su saber la contraprestación de un trabajo por parte del aprendiz, el problema es que sobre la base de esa promesa el maestro monte un negocio elitista, con precios exageradamente elevados y que le permita vivir muy bien de ello.

Ese es el matiz que estos chefs en su depravación, llamemoslo por su nombre, no perciben.

El saber convertido en instrumento de abuso.

Como dice uno de los personajes de Jean Luc Godard en su película "Film Socialisme" de 2010: "Siempre han habido miserables. Lo diferente de estos tiempos es que los miserables no tienen vergüenza de serlo".

Se nos muestran tal y como son.

Una de las principales consecuencias de ese utópico hombre neoliberal que es empresario de sí mismo es que la explotación que antes era estrictamente económica se convierte en una manera general de relacionarnos y relacionarse.

El otro convertido en un objeto entendido unicamente desde el punto de vista del beneficio que nos proporciona y por lo tanto explotable de forma natural.

Visto así el negocio hostelero de alto nivel se convierte en un agente precursor que nos muestra el mundo que se desea, el mundo que nos espera si es que no somos lo suficientemente humanos como para no hacer nada para evitarlo.

El Gulag líquido.

domingo, abril 30, 2017

Macron vs. Le Pen

Hay una pauta clara en la política electoral europea.

Ya hemos asistido varias veces a la producción de dos bloques. Los electorados se alinean en dos bloques: el candidato populista, por un lado, y, por otro, el candidato del establishment neoliberal apoyado a discreción y sin embajes por la prensa mainstream.

Y no puede ser de otra forma.

Los populismos con reales posibilidades electorales sólo pueden ser de derechas en los ricos países europeos. Después de todo, las grandes mayorías tienen mucho o poco que perder con la desigualdad a diferencia de Latinoamérica, que dio populismos de izquierda porque las grandes mayorías producto de sociedades ya muy desiguales no tenían nada que perder.

Lo que no ha cambiado es el papel de los medios de comunicación,

En ambos casos, intentan estructurar este enfrentamiento mediante una polarización: responsabilidad, estabilidad y posibilismo frente a irresponsabilidad, desestabilización y locura, por supuesto esta locura se tiñe, no sin motivos, con la ponzoña de los totalitarismos tanto de derechas como de izquierda.

Un nuevo episodio de esta polarización se produce en las elecciones francesas: el sonriente fascismo neoliberal y global de Macron contra el no tan sonriente fascismo nacionalista de Le Pen... Y sin embargo, la mala sigue siendo Le Pen.

Desgraciadamente, Le Pen propone salvar sólo a los franceses de sangre, pero a quién propone salvar a Macron.

Macron propone salvar a los que tienen, abandonando a su suerte a los que no tienen, sean inmigrantes o no.

Pero de esto, de las maldades de Macron no se habla como tampoco se hablaba de las sutiles maldades de Clinton frente a la ruidosa y evidente obscenidad de Trump.... Y sin embargo es gente como Macron o Clinton los que están haciendo el verdadero daño, el daño para la historia, a los opulentos habitantes del primer mundo.

Son ellos los que están desmontando salvajemente un estado del bienestar que utilizaba la riqueza acumulado con la explotación capitalista global para proteger a los desfavorecidos habitantes del primer mundo.

Es cierto que Le Pen no quiere ayudar a los inmigrantes pero Macron, como buen neoliberal, no quiere ayudar a nadie que no se pueda ayudar a sí mismo.

Y mientras Le Pen utiliza el nacionalismo para trazar sobre el suelo una línea que separa a los elegidos de los no elegidos, Macron utiliza el éxito económico para trazarla.

Francamente no sé qué es peor.. entre otras cosas porque no me entiendo tan antiguo como para entender la realidad como hace 50 años. Estos anteojos nos impiden ver una realidad en la que cada vez estaremos más abocados a elegir entre dos fascismos: el de ahora, el sonriente, el líquido y el de antes, el serio y endurecido.

Nos sobran consignas y clichés y nos falta una verdadera y auténtica reflexión sobre la realidad que nos rodea.

Y los medios están jugando un magnífico papel construyendo el enésimo relato de buenos y malos a los que estas sociedades tan abiertas tienen acostumbrada a nuestra adormecida y demediada inteligencia.

Hay fascismo del bueno y fascismo del malo, fascismo cool y fascismo hard.

La única diferencia es que las razones de las fascistas buenos no nos parecen tan malas. Otra cosa son sus consecuencias. Ahí están. Puedes encontrarlas llamando a cualquier puerta o doblando cualquier esquina.

Sólo tienes que aprender a ignorarlas mientras esperas que mañana la lotería del neoliberalismo no te toque y no tenga que quebrar esa empresa en que tipos tan encantadores como Macron te han convertido, lo quieras o no, y que eres tú mismo.

Ya va siendo hora de que los europeos nos pongamos las pilas.

sábado, abril 29, 2017

No deja de tener su gracia...

No deja de tener su gracia aunque no exista nada capaz de reírse.
En su evolucionar, la naturaleza ha generado una especie capaz de comprender el entorno vital en que se encuentra, un entorno vital que completamente carece del sentido que esa especie necesita para entenderse confortablemente en ese contexto.
Y confortablemente quiere decir llegar a deducir el valor especial y necesario que su yo consciente demanda de esa existencia.
Hay una tremenda y brutal contradicción entre la necesidad de comprender un todo que, por el contrario, existe sin necesitar ser comprendido en su carácter de mecanismo ciego que fue desencadadenado por un proceso energético inflacionario en el principio de los tiempos, por un desequilibrio carente de conciencia y voluntad.
Y la ironía está en que ese proceso, a través del ser humano, ha generado su propia voluntad para comprenderse pero la grandeza que encierra esa capacidad de autoconsciencia, glorificada por el filósofo Hegel y convertida en absoluto, colisiona con la modesta pequeñez de un mecanismo abandonado al proceso ciego de su propio impulso.
Y en medio de esa contradicción está la necesidad siempre insatisfecha de sentido.
Los dioses, la ciencia, el monstruo volador de los espaguetis y el fanatismo que desencadena la necesidad de que sean ciertos conviviendo con las propias limitaciones que trae consigo la intrínseca ambición que os ha hecho nacer. 
¿Qué son más ciertos: la palabra de dios o sus silencios?
Ninguno de los dos.
Y no deja de ser una lastima que esa ausencia esencial de sentido que desesperadamente buscamos rellenar (porque en el fondo no entendemos que tengamos la necesidad de comprender algo que no necesita ser compendido) no despierte en nosotros una carcajada que termine en la muerte de la necesidad que tenemos de estar en lo cierto, una necesidad que Descartes cifra glorificando nuestra capacidad para la razón y el pensamiento, una necesidad que es indiferente a nuestro entorno que para existir en su indiferencia de eones en absoluto precisa ser comprendido.
Somos nosotros y nuestra angustia, primero por saber y luego, ante las limitaciones de ese saber, por no terminar nunca sabiendo todo lo que quisiéramos saber.
Es un gran peso el de haber sido dotados de la capacidad para la razón y para el pensamiento.
Y es obvio que en absoluto nos la hemos arreglado para llevarlo.
Imagino que en el imposible de ser vistos desde fuera.por otra especie, por los propios animales que van y vienen sin más, quizá produzcan pena y conmiseración nuestras sempiternas necesidades de ser justificados, de estar en el cierto en diferentes creencias que el día a día de ese mecanismo pone a prueba, el esfuerzo por tener un sentido al que agarrarse que haga de todo esto algo más que un mecanismo al que nuestra razón quiere desesperadamente antropomorfizar conceciendole por lo civil o por lo penal un sentido y una finalidad.
De ahí vienen todos nuestros males.
De esa necesidad de estar en lo cierto, de descansar confortablemente en los fuertes brazos de un poderoso sentido que de cuenta de todo.
Existir sin más es un imposible para nosotros que, después de todo, nos hemos coronado como reyes de la creación.
Y lo peor de todo es que, como en el cuento del rey desnudo, nadie nos dice que vamos desnudos cada mañana cuando salimos bien vestidos del sentido que cada uno somos capaces de vestir.
Porque nunca habrá respuesta para las grandes preguntas que nuestra condición nos obliga a hacernos.
Y si las hay a lo máximo que llegan es a la condición de apuestas.
Nadie sabe de la vida tanto como los jugadores.