sábado, abril 29, 2017

No deja de tener su gracia...

No deja de tener su gracia aunque no exista nada capaz de reírse.
En su evolucionar, la naturaleza ha generado una especie capaz de comprender el entorno vital en que se encuentra, un entorno vital que completamente carece del sentido que esa especie necesita para entenderse confortablemente en ese contexto.
Y confortablemente quiere decir llegar a deducir el valor especial y necesario que su yo consciente demanda de esa existencia.
Hay una tremenda y brutal contradicción entre la necesidad de comprender un todo que, por el contrario, existe sin necesitar ser comprendido en su carácter de mecanismo ciego que fue desencadadenado por un proceso energético inflacionario en el principio de los tiempos, por un desequilibrio carente de conciencia y voluntad.
Y la ironía está en que ese proceso, a través del ser humano, ha generado su propia voluntad para comprenderse pero la grandeza que encierra esa capacidad de autoconsciencia, glorificada por el filósofo Hegel y convertida en absoluto, colisiona con la modesta pequeñez de un mecanismo abandonado al proceso ciego de su propio impulso.
Y en medio de esa contradicción está la necesidad siempre insatisfecha de sentido.
Los dioses, la ciencia, el monstruo volador de los espaguetis y el fanatismo que desencadena la necesidad de que sean ciertos conviviendo con las propias limitaciones que trae consigo la intrínseca ambición que os ha hecho nacer. 
¿Qué son más ciertos: la palabra de dios o sus silencios?
Ninguno de los dos.
Y no deja de ser una lastima que esa ausencia esencial de sentido que desesperadamente buscamos rellenar (porque en el fondo no entendemos que tengamos la necesidad de comprender algo que no necesita ser compendido) no despierte en nosotros una carcajada que termine en la muerte de la necesidad que tenemos de estar en lo cierto, una necesidad que Descartes cifra glorificando nuestra capacidad para la razón y el pensamiento, una necesidad que es indiferente a nuestro entorno que para existir en su indiferencia de eones en absoluto precisa ser comprendido.
Somos nosotros y nuestra angustia, primero por saber y luego, ante las limitaciones de ese saber, por no terminar nunca sabiendo todo lo que quisiéramos saber.
Es un gran peso el de haber sido dotados de la capacidad para la razón y para el pensamiento.
Y es obvio que en absoluto nos la hemos arreglado para llevarlo.
Imagino que en el imposible de ser vistos desde fuera.por otra especie, por los propios animales que van y vienen sin más, quizá produzcan pena y conmiseración nuestras sempiternas necesidades de ser justificados, de estar en el cierto en diferentes creencias que el día a día de ese mecanismo pone a prueba, el esfuerzo por tener un sentido al que agarrarse que haga de todo esto algo más que un mecanismo al que nuestra razón quiere desesperadamente antropomorfizar conceciendole por lo civil o por lo penal un sentido y una finalidad.
De ahí vienen todos nuestros males.
De esa necesidad de estar en lo cierto, de descansar confortablemente en los fuertes brazos de un poderoso sentido que de cuenta de todo.
Existir sin más es un imposible para nosotros que, después de todo, nos hemos coronado como reyes de la creación.
Y lo peor de todo es que, como en el cuento del rey desnudo, nadie nos dice que vamos desnudos cada mañana cuando salimos bien vestidos del sentido que cada uno somos capaces de vestir.
Porque nunca habrá respuesta para las grandes preguntas que nuestra condición nos obliga a hacernos.
Y si las hay a lo máximo que llegan es a la condición de apuestas.
Nadie sabe de la vida tanto como los jugadores.

sábado, abril 22, 2017

Esa mano invisible...

Esa mano invisible que justifica desde tiempos memoriales el carácter autorregulador del mercado, se basa en individuos con una moralidad que es la opuesta a la que actualmente se considera deben tener:

"Así mismo el hombre smithiano va de lo particular a lo general evitando realizar actos que sean motivo de conflicto, de discordia, o de rencillas, en otras palabras que no promuevan el bien o la felicidad del conjunto; es decir procura el autocontrol o la moderación  de sus actos hasta el punto de la armonía social. El hombre smithiano, actuando en libertad, busca por naturaleza realizar aquellos actos que para sí son agradables y buenos en cuanto potencian su felicidad, que el realizar aquellos actos que le granjean zozobra, pleitos y discordias, es decir, infelicidad, por lo que tiende a evitarlos. Con lo que se logran  la tranquilidad, la seguridad y la paz  tanto para sí como para los demás".
(La mano invisible de Adam Smith o una crítica a la película "Una mente brillante", Emilio Muñoz Cardona)

Poner el propio interés por encima de todo no es ni razonable ni inteligente.
Desde un punto de vista humano, el egoísta inteligente pone un límite a su interés personal, para no entrar en conflicto con los otros.
Comprende que lo económico es sólo una dimensión más de lo social y está dispuesto a no comprometer ese entono de convivencia cayendo en el exceso de deseo y voluntad.

Todo lo contrario de lo que se piensa hoy en día, porque un hombre así sería por definición moderado en su ambición.

No se puede entender el concepto de mercado sin un asociado concepto de individuo que concurre en él y ese concepto es desarrollado por Smith en su "La teoría de los sentimientos morales".

La gran transformación, Karl Polanyi.

La tesis defendida aquí es que la idea de un mercado que se regula a sí mismo era una idea puramente utópica. Una institución como ésta no podía existir de forma duradera sin aniquilar la sustancia humana y la naturaleza de la sociedad, sin destruir al hombre y sin transformar su ecosistema en un desierto. Inevitablemente la sociedad adoptó medidas para protegerse, pero todas ellas comprometían la autorregulación del mercado, desorganizaban la vida industrial y exponían así a la sociedad a otros peligros. Justamente este dilema obligó al sistema de mercado a seguir en su desarrollo un determinado rumbo y acabó por romper la organización social que estaba basada en él.

viernes, abril 21, 2017

La gran transformación, Karl Polanyi

"La subordinación de lo social a lo económico — que con empecinamiento continúan defendiendo hoy los adalides del neoliberalismo— no solo ha generado en Occidente una ola de miseria que el término cuestión social eufemiza, sino que ha destruido en las comunidades dependientes de África, Asia y América las formas de vivir comunitarias y, por consiguiente, las razones de vivir. El hambre y la pobreza que se ciernen sobre estos continentes no son cataclismos naturales, ni castigos bíblicos, son efectos derivados de una destrucción sistemática de las raíces de las organizaciones sociales adaptadas a la tierra. El tercermundismo, ese concepto que reenvía a condiciones extremas de desarraigo y pobreza, y del que con ligereza se sirven algunos intelectuales orgánicos para descalificar a sus adversarios, es en realidad un producto del liberalismo desplegado a escala internacional".

domingo, abril 16, 2017

One market under God, Thomas Frank


"Lo que golpeó a la izquierda en Estados Unidos no fue la inflación ni el ascenso a la clase media de los trabajadores, fue la guerra cultural. Comenzando con la campaña de Nixon en 1968 y continuando hasta los años de Gingrich, la derecha americana pagó las facturas repartiendo favores al mundo de los negocios, pero ganó elecciones provocando, organizando y montando una reacción populista masiva contra los cambios sociales y culturales de la década de 1960 ... La guerra entre las clases había invertido la polaridad: la mayoría de los obreros (junto con sus empleadores) se enfrentó a una nueva élite, el establishment liberal y sus niños maleducados y quemadores de banderas. Esta nueva clase gobernante -una multitud de periodistas liberales, académicos liberales, empleados de fundaciones liberales, políticos liberales y los poderes sombríos de Hollywood- se ganó la rabia de la gente no por explotar a los trabajadores o por arrancar a los agricultores de sus hogares sino mostrando desprecio por la sabiduría y los valores del estadounidense promedio ".