lunes, abril 22, 2013

Como todo los regímenes nuestra partitocracia tiene su retórica y esa manera peculiar de comunicar las cosas afecta, como no podía ser de otra forma, a un aspecto esencial del régimen: la sucesión.

Y escribo esto al respecto de todo lo que tiene que ver con la presentación de Eduardo Madina como posible candidato a la sucesión de Rubalcaba como líder del PSOE.

La escenografía es casi wagneriana.

El lider vive apartado, a lo suyo, ignorando su esencial condición de guía de las masas desconcertadas. Son otros los que reconocen su carisma. Son otros los que se acercan a él y le piden que considere presentarse.

Un verdadero lider no se ofrece a liderar. Se le pide que se presente.

El portador del don es el último en enterarse de algo que para los otros resulta evidente por sí mismo. En la naturalidad con la que el talento se relaciona consigo mismo sólo hay lugar para una ascética normalidad que sólo los demás perciben como excepcional.

Por eso al líder, al verdadero elegido, hay que ir a buscarlo, pero, y aun así, no pierde los papeles al ser encontrado. Los oropeles de este mundo de cosas y necesidades no le atraen. El líder no pierde la calma. Se mantiene distante, alaba y valora las cualidades de esa institución que, increíblemente, ha pensado en él para liderar.

Se presenta modesto: el partido es lo primero y se están haciendo las cosas como deben ser hechas.

Hay que esperar: primero el contenido y luego la persona.

No pierde los papeles.

Su reino no es de este mundo.

Deslumbrantes relámpagos de lo que podría ser el mejor de los futuros estallan en su cabeza, pero si todo el mundo se lo pide e incondicionalmente acepta sin discusiones su liderazgo aceptará.

Por encima de todo la seriedad y la responsabilidad, la gran promesa como actitud.

Fundido a negro y final.



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