sábado, junio 25, 2016

Brexit

Ahora la economía se ha convertido en algo tan incuestionable como la guerra.

Una suerte de necesidad histórica las declara y las personas de a pie deben padecerla sin rechistar, como si no fuese una obra humana, como si no fuese un producto de la actividad de las personas.

Del mismo modo, lo económico se ha convertido en una especie de incuestionable a priori kantiano que, como los a prioris kantianos en su Critica de la Razón Pura, son imprescindibles y necesarios para percibir las cosas tal y como las percibimos.

No son cuestionables porque precisamente son elementos que nos permiten percibir la realidad.

Nuestra percepción de las cosas sucede en ellos.

La economía se ha convertido en una dimensión más de la realidad como el espacio y el tiempo.

Por eso, cuando se someten las materias económicas a la valoración de la soberanía popular, de pronto esta ya no es tan soberana, puede equivocarse como el que se equivoca decidiendo que el día es noche.

Y por esto mismo ya no somos una democracia o, por lo menos, el ámbito de la democracia se ha restringido un poco más dentro de un proceso progresivo que reducirá la democracia a la mera capacidad que el individuo tiene para decidir entre dos marcas mientras todo lo demás permanecerá incuestionable, como formando parte de lo natural.

Y esto es lo que más me preocupa del Brexit: el perfume totalitario que despiden casi todas las valoraciones y opiniones que he escuchado y leído, un perfume que como el humo revela el fuego ardiente de este proceso de reducción que implica deshumanización.

Las consecuencias negativas y los reproches sociológicos abundan, como intentando tapar con palabras e imágenes (olvidemonos de las ideas) la tremenda grieta que se ha abierto en esta incuestionable realidad que incluso muchos que la padecen como una cárcel ya consideran incuestionable.

Ahora la economía se vengará.

Muchos esperan que la economía realice un escarmiento como la realidad hace con los románticos, con los inconscientes que se atreven a ir demasiado lejos cuestionándola, pero sin darse cuenta que es el escarmiento que hace el dictador, el matón que valiendose de su poder intenta confundirse con la autoridad del estado de las cosas.

Los discursos que versan sobre lo que se está haciendo mal escasean.

Lo natural no se cuestiona, no se equivoca y quienes se atreven a cuestionarlo deben pagar el precio de contradecir la ciega voluntad de ese mecanismo que se confunde con la naturaleza y que simplemente hay que aceptar como se debe asumir el paso del tiempo.

Como si la economía no fuese una obra humana y no fuesen humanos con la responsabilidad de ser precisamente humanos quienes la gobierna, quienes caen despiadadamente sobre otros seres humanos que la padecen escudandose como hacían comunistas, nazis y fascistas en el argumento de ser ejecutores de una incuestionable voluntad superior

Y no deja de tener su gracia que no haya sido Grecia, una de las principales victimas de esta voraz economía financiera especializada en devorar a sus hijos como Saturno, sino Gran Bretaña, que alberga en su capital uno de las principales sedes de esos mercados, quien haya cuestionado precisamente a esta Europa de los Mercados.

Brexit debería ser ya una figura poética en sí, muy parecida a la metáfora, dedicada especificamente a mostrarnos a nosotros, lo animales que seguimos siendo.

Es demasiado pronto para saber qué pasará con esto del Brexit pero de lo que estoy seguro es de que la economía se vengará a través de los mercados... de hecho ya lo está haciendo y lo cierto es que a la mayoría le parecerá normal que en lugar de hacer un espacio para los que se quieren marchar puedan vivir con su diferente modelo vital se los quiera machacar para que se lo piensen, para que sufran las consecuencias de su error, de su alejamiento de esa luz arrasadora que son los dictados de la economía financiera neoliberal.

Ya no es posible salirse de ella aunque sus desastres resulten más que evidentes.

Vivimos en ella y las tinieblas exteriores esperan a quienes la abandonen entre otras cosas porque es ella misma quien se encarga de producirlas.

Y se nos olvida que son personas quienes se encargan de destrozar o sancionar a otras personas tomando unas decisiones en lugar de otras.

Vivimos en un mundo en el que definitivamente Jeckyll ha devorado a Hyde y cuando lo necesita es aquel quién se transforma en éste ocultando sus maneras bestiales de monstruo bajo un ajustado y atildado barniz de caballero.

Yo me tomo el Brexit como un último destello de humanidad en un mundo que de manera voluntaria se bestializa.

Y ya empiezo a ver en medios el retrato de negro de aquellos que han votado por la salida, frente al virtuoso y luminoso retrato sociológico de todos aquellos que querían la permanencia: jóvenes llenos de ilusión cuyas vidas se han visto hipotecadas por ancianos con la vidas resueltas y rodeados de gatos

Ahora no importa demasiado que la mayoría de esos jóvenes estén condenados a una vida precaria en el que probablemente tengan un menor nivel de vida que sus padres.

Tampoco importa demasiado que quienes han votado esa salida sean quienes están manteniendo a esos jóvenes desempleados con la riqueza acumulada en una época en la que el trabajo era estable.

Ya se ha lanzado una imagen que da razón del sinsentido. una imagen en la que por supuesto hay algo que reprochar a los que han aguado la fiesta.

Como en todos los regímenes autoritarios, el sistema no se pregunta qué ha hecho mal porque entre otras cosas no puede hacer nada mal (la naturaleza nunca se equivoca) sino que cuestiona a aquellos que lo cuestionan.

Nada bueno puede haber en ellos si nos impiden hacer negocios como queremos hacerlo.

En ese contexto, el resto de personas son contingentes, estén a favor del Brexit o no.

Deben aprender a moverse alrededor de la mesa para recoger las migajas que vayan cayendo.

Los más afortunados o los más listos podrán construirse una vida.

Y tan contentos que estaremos... que ya estamos.

Un mundo feliz.


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