miércoles, noviembre 11, 2009














EL IMAGINARIO DEL DOCTOR PARNASSUS

Locos y vagabundos suelen ser los héroes de Terry Gilliam. A veces, incluso, en un mismo personaje se acumulan esas dos cualidades de una forma sobrevenida... El caso es que para Gilliam los sucios y movedizos extremos de la sociedad en que vivimos se convierten en lugares de verdad, intactos y puros santuarios de verdades ideales y rutilantes, casi objetivas, que en general tienen que ver con lo humano del ser humano, lugares cuya existencia transcurre paralela y oculta a un mundo convencional de adultos responsables entregados al cotidiano riego del árbol de su propia vida.

Los personajes de Gilliam siempre acaban enloquecidos y de algún modo destruidos por una realidad que creían poseer y dominar. Y la raíz de su locura y perdición siempre está en un impulso demasiado humano que entra en contradicción con la gris mecánica de un sistema y una vida que se mueve bajo otros intereses. Ejemplo paradigmatico de ésto es el Sam Lowry (Jonathan Pryce) que protagoniza la maravillosa "Brazil" o el Jack Lucas (Jeff Bridges) de "El rey pescador", personajes que pasan de estar arriba a estar abajo, y en contacto con ese mundo de esencias custodiado por personajes como Archibald Tuttle (Robert de Niro) o Parry (Robin Williams), repectivamente.

En el cine de Gilliam hay siempre una crítica de la economía sentimental del mundo en que vivimos, un mundo materialista y vacío que poco a poco expulsa hacia sus extremos a todos aquellos que no pueden soportar sus duras exigencias cotidianas. Quebrados por su punto de ruptura los personajes enloquecen o se derraigan y para Gilliam hay humanidad y grandeza en esos humillados y ofendidos.

Desprestigiados en apariencia, sin embargo son ellos los guardianes de una humanidad que poco a poco se está desvaneciendo y lo hacen a su manera refugiándose en un mundo alternativo y fantasioso donde nada ni nadie puede tocarles.

Y además Gilliam disfruta mostrandoles en el más ruinoso y mugriento de sus esplendores, obligando al público a verles como formalmente son vistos, para lentamente hacernos recorrer la distancia que nos separa de ellos y mostrarnos la belleza diferencial que encierran.

Y además no suelen salir victoriosos. Los finales felices no abundan en el cine de Gilliam, por lo menos en lo que respecta al destino de sus protagonistas que casi siempre terminan tan perdidos como en un principio estaban aunque llenos de verdad, una verdad aplastada por una lógica que sólo sabe de cantidades y que es incapaz de reconocer su calidad.

Hay mucha poesía en el cine de Gilliam.

"El imaginario del doctor Parnaso" supone una sublimación absoluta de esa extremada poética de los extremos que Gilliam procesa en cada una de sus películas. Nada menos que ese vagabundo ridículo con su atracción pasada de moda llamado doctor Parnassus (un estupendo Christopher Plummer) libra una eterna lucha contra el mismísimo y tentador demonio (un maravilloso Tom Waits en un papel que le va como anillo al dedo) .

Como si se tratara de un Jesucristo una y otra vez tentado en el desierto, el vagabundo Parnassus libra un eterna lucha de insinuaciones, apuestas y tentaciones contra el mal que parece moverse a sus anchas por la restante realidad y que sólo parece encontrar una némesis a su auténtica medida en Parnassus, un andrajoso y viejo vagabundo siempre intentando ganar almas para el bien... aunque, y como astutamente plantea Gilliam, suele ser una batalla perdida de antemano.

Sobre esta base Gilliam construye su nueva locura, una de las mejores, en la que, y como siempre, la arrolladora imagineria acaba desembocando en momentos de desbordante lírica desesperada y romántica en los que el dinero, la muerte y el tiempo jamás son un obstáculo, y por supuesto en absoluto lo más importante.

Mención especial tengo que hacer para un formidable Tom Waits que con talento compone un diablo cínico y burlón que, de todo modo, recuerda a ese diablo fascinado por la entereza del amor que Margarita siente por su maestro en la obra de Bulgákov. Un diablo que por encima de todo es un embaucador y un vividor y que, de algún modo, parece superado por la maldad del mundo cuya realidad hace que él no tenga que ir a las personas sino que sean las propias personas las que se tiran en sus brazos. Un diablo aburrido que encuentra en Parnassus al mejor compañero de juegos para toda la eternidad con la tranquilidad de saber que es el propio mundo quién hace su trabajo.

Extraordinaria.

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